lunes, 22 de diciembre de 2025

NAVIDAD, MAGIA Y UN POCO DE DIPLOMACIA.

A unos días de Navidad y Casa Encantada sin adornar… ¡eso sí que era un problema! ¿Y qué sucedía? Pues que Matilda y Plumillas, una vez más, se habían enfadado. Ya sabéis cómo es la lagartija: revoltosa y protestona. Y cómo el ratón a veces la saca de sus casillas. Pero, claro, os estaréis preguntando qué había pasado.

Resulta que este año Matilda quería poner muchas luces de colores en la fachada de Casa Encantada y, además… montar muñecos enormes en el exterior. A Plumillas le pareció una ordinariez y dijo que no. Así, se hicieron dos grupos: los que querían una Navidad a tope de luz y decoración, y los que apostaban por una celebración sencilla y elegante, como de costumbre.

Y así… nos plantamos en vísperas de Nochebuena, sin acuerdo sobre los adornos de la casa. Para colmo, Matilda se había ido al bosque enojada, y hacía horas que no volvía. Aunque… esperad, creo que estaba el mago Pirú con ella.

—¡Vaaamos, Matilda! —dijo Pirú—. Esta actitud infantil y egoísta no es propia de ti.

—¿Y a Plumillas no le dices nada? ¡Ese ratón tonto y presumido! —lloriqueó Matilda—. ¡Si no me dejáis poner mis luces, me quedo en el bosque y aquí celebraré la Navidad yo solita!

Pirú sintió lástima por ella; a fin de cuentas, Matilda era la alegría de Casa Encantada. Sí, un poco traviesa y buscadora de líos, pero encantadora y cariñosa. Tampoco era tan malo dejarla poner unas luces… y unos muñecos… y los villancicos de Bisbal a todo dar. Aunque claro, la última vez que cedieron a lo del Santa gigante en la puerta, no quedó un ave en muchos kilómetros a la redonda. ¡Huyeron asustadísimos! Además, hubo que desactivar la cúpula de protección invisible de la casa.

—¡Pero cómo vas a pasar sola la Nochebuena! —insistió el mago—. Vamos a ver, vuelve a casa conmigo y tratemos de arreglar esto.

Camino de vuelta, encontraron a Plumillas, que venía de comprar el periódico para comprobar su último artículo, uno excelente sobre economía felina. Al ver a Matilda, torció el gesto, pero sonrió amable a Pirú para darle los buenos días.
 

—Hola —dijo Plumillas sin más, enrollando el periódico y poniéndose aún más serio—. No sé qué os trae por aquí, pero yo tengo mucha prisa. Ya que nadie se ha encargado este año de adornar la casa, iré yo al desván y pondré lo que considere. Pronto será Nochebuena, vienen nuestros amigos, habrá que recibirlos en condiciones y no con un salón aburrido, como si fuera una noche más.

Matilda se dio por aludida y, muy enfadada, comenzó a exponer sus quejas por la falta de compañerismo y el poco espíritu navideño:

—¡Y además me has escondido mis espumillones de colores para la chimenea!

—¿Has acabado? Mira, Matilda, tú no quieres adornar la casa; tú quieres convertirla en uno de esos lugares… poco recomendables. No te vamos a permitir esos horribles muñecos de plástico ni esas luces ordinarias por toda la fachada.

—¡Tú no mandas! ¡Cursi! —le espetó, poniéndose de puntillas y enseñando unos pequeños dientes afilados— 

—¡Ni tú y tu mal gusto! ¡Eres una maleducada!

Matilda se dio medio vuelta y echó a correr hacia el bosque. Estaba claro que este año la Navidad no iba a ser fácil.

Pirú estaba enfadado; la disputa entre amigos duraba ya demasiado. Para colmo, se habían formado dos bandos: en uno, Matilda con los cocineros Blasito y Benito, a quienes se había unido Smaugui, el culebre. Tener un dragón español de tu parte era un gran punto, porque amenazaba con quemar los adornos que no le gustaran. En el otro bando, Plumillas con la seño Yolanda, Bizcocho y doña Sinforosa. Ni don Leonardo ni el mago querían tomar partido en la pugna.

—Creo que tu actitud con Matilda no ha sido muy amable —le riñó Pirú a Plumillas—. Deberías ir tras ella y disculparte. Matilda es así, lo sabes. Enfadarse por este asunto es absurdo y poco generoso. ¡O acercáis posturas o este año no hay Navidad!

Diciendo esto, echó a caminar en dirección a donde se había ido la lagartija, dejando a Plumillas descolocado. Al llegar a Casa Encantada, el mago se fue derecho a la biblioteca para hablar con don Leonardo y buscar una solución. La Navidad estaba ya a unos días y debía ser una época de paz, no de rencores y enfados.


—Creo, querido Pirú, que esto ya no puede arreglarse ni con magia —dijo don Leonardo, sosteniendo en sus manos un libro sobre villancicos.

—¡Pues ya me dirá qué hacemos! No pienso pasar la Navidad en este ambiente, hágase cargo, mi querido amigo.

Don Leonardo se volvió hacia su mesa y, de un cajón, extrajo una agenda con aspecto de haber sido usada durante años.

—¡Esto solo puede arreglarlo mi amigo Jorge! —exclamó mientras agitaba la agenda en el aire. El ratón marcó un número y, al otro lado de la línea, alguien contestó raudo. Hablaron largo rato, y el mago decidió apartarse para dejar intimidad al bibliotecario.

Cuando se despidieron, Pirú se acercó intrigado:

—¿A quién ha llamado, si puede saberse?

—A mi amigo Dezcallar. Hemos llegado a un punto en que solo la diplomacia puede arreglar este conflicto, y para eso… Jorge es el mejor. Nos conocimos hace años en Nueva York cuando yo era bibliotecario y él consejero cultural. Primero nos unió el arte y luego… ¡el espionaje!

Su amigo lo escuchaba sorprendido. ¿Don Leonardo, espía? Prefería no preguntar y ver qué tal era aquel amigo del que nunca le había contado nada.

—Pero… ¿en qué han quedado? —preguntó Pirú, cruzando los brazos, cansado de tanta intriga.

—¡Oh, claro! Voy a enviarle a Smaugui para que lo traiga. La magia le sienta mal —le dijo, invitándolo a sentarse—. Verás, una vez estábamos almorzando en un restaurante cercano a la biblioteca en Nueva York, cuando recibió la visita de un chico que le informó que debía tomar un avión rumbo a Las Vegas para recuperar nada más y nada menos que un cuadro de Goya. El trayecto era largo y el tiempo escaso, así que me acordé de un amigo mago que vivía cerca de mi apartamento. Tuvo la gentileza de venir y envolverlo en una de esas nubes rosas que generáis para viajar en segundos… Pero la cosa no fue bien y anduvo horas desmayado. Al final… el cuadro se esfumó.

Pirú frunció el ceño: era la primera vez que oía que alguien se sintiera mal viajando con la magia. Estaba seguro de que el hechicero no ajustó bien las coordenadas. Ser buen mago no es fácil.

—No sé yo si mandar al culebre es buena idea. Tenga en cuenta que está en el bando de Matilda… —aseveró Pirú.

—No te preocupes, lo traerá sin rechistar.

El mago marchó a su laboratorio y, a eso de las cinco de la tarde, la seño Yolanda tocó a la puerta: había llegado el invitado.

Pirú se encontró con un ratón de porte distinguido y pelo gris. Su mirada serena reflejaba la sabiduría de quien ha recorrido el mundo y escuchado sus secretos. Caminaba con la elegancia natural de los diplomáticos y su sonrisa, siempre amable, tenía el poder de abrir puertas y corazones. En él convivían el refinamiento de los salones más ilustres y la calidez de quien nunca olvida el valor de un gesto sincero.

En resumidas cuentas,  le pareció un ratón único, capaz de llevar el peso del mundo con una ligereza que solo da la experiencia y el buen humor. Tras un rato de charla, se atrevió a preguntar:


—Me ha dicho don Leonardo que no te sienta bien la magia. ¿Cómo es que no puedes viajar en ella?

—¡No me hables! —respondió Jorge—. Anduve días desorientado, con dolor de cabeza… No vuelvo a probar algo así. Créeme, me hubiera venido muy bien en determinadas circunstancias, pero no… prefiero viajar por otros medios. Por cierto, este dragón español que me ha traído es muy cómodo y muy simpático; lo de decir tacos en lugar de lanzar llamas, supongo que será cosa de la tierra…

—Generalmente es educado, pero es que su amiga Matilda… —comentó Pirú.

—Sí… ¿Hay algo más español que soltar un taco? —preguntó Jorge sonriendo.

—¡Ya lo creo que sí! ¡Los churros! —y ambos rieron—.

Don Leonardo convocó a Matilda y a Plumillas para intentar arreglar el problema que arrastraban desde hacía más de un mes.




Cuando estuvieron en el salón, Jorge se presentó:

—Bien, Matilda, tú debes ceder algo y Plumillas también. Empecemos por algo pequeño, así avanzaremos —propuso Jorge, ante la atenta mirada de Pirú.

Matilda comenzó a dar vueltas en torno al diplomático, como solía hacer con los desconocidos. Lo olía, le rebuscaba en los bolsillos de la chaqueta…

—¡Matilda! —gritó Pirú, sabiendo que lo próximo, si no le gustaba, sería un mordisco. Pero no pasó nada.

—¡Qué bien habla este ratón! Me gustas —dijo Matilda, mostrando su dentadura blanca y su mejor sonrisa—. Coleguita, soy la mejor arquera de España y la galaxia. ¿Te gustaría echar unas flechas? Aún hay luz. ¿Qué dices?

—¿Eres arquera? —preguntó Jorge, sorprendido.

—¡La mejor! He cazado ojáncanos… ¿Te animas?

Jorge estuvo tentado, pero recordó su misión: mediar en un conflicto.

—Otro día, Matilda. Ahora estamos aquí para solucionar un problema.

—¡Te tomo la palabra! —dijo sonriendo—. Y dime, ¿qué hacías antes de que mi amigo Smaugui te trajera? Casi no me deja entrar al salón. Que si Jorge esto, que si Jorge lo otro…

—¡Vaya! Él también me cae bien. Estaba con mi amigo Arjun, embajador de la India en Francia…

—¡No me digas! ¿Y tiene elefantes? Me molan muchísimo los elefantes. ¡Tienes que llevarme contigo a ver elefantes!

El invitado rio ante las ocurrencias de Matilda; le pareció alegre y entusiasta, pero muy habladora. La tarde avanzó, recuperaron las negociaciones, pero solo a medias. Matilda, decepcionada, decidió marcharse con una pequeña maleta, pese a los ruegos de los asistentes.

Se habían puesto de acuerdo en la música y en los adornos de la chimenea, pero las luces exteriores seguían siendo un obstáculo. Verla marchar dejó un ambiente de tristeza desconocido en Casa Encantada. Blasito y Benito no paraban de llorar, y la seño Yolanda culpó a todos de no haber sido más generosos.

—¿Qué hay de malo en adornar con exceso una casa? —se preguntaba—. ¿Merecía la pena perder a Matilda por eso?

Arrepentida por su intransigencia, se adentró en el oscuro bosque. Los demás, al verla, cayeron en la cuenta de su error. Rápidamente, organizaron cuadrillas de búsqueda. El frío arreciaba, y Matilda no resistiría mucho sin la magia de Pirú. 

Pararon en una gruta donde Smaugui previamente había lanzado una llamarada. El calor era tan agradable que a muchos les entró sueño. Mientras, Pirú escudriñaba su bola mágica. 

—¿Qué ocurre? —preguntó Jorge.

—No lo sé. Esta bola puede ver los tiempos, pero no me ofrece ninguna imagen actual de Matilda. Esta gruta fue de un mago blanco; no puede haber nada malo en ella.

—Amigos, si avanzamos más allá del río, nos adentramos en un territorio peligroso. Hay puertas giratorias escondidas, duendes de no muy buen carácter.... —dijo don Leonardo sin ocultar su preocupación.

En ese momento, entró Plumillas a todo correr, había salido para poder pensar un poco en lo que estaba pasando y tener las palabras de disculpa apropiadas cuando viera a su querida amiga. 

—¡Chicos! ¡He encontrado esto! —exclamó levantando en alto la pequeña maleta de Matilda. Estaba rota por un lado y tenía algunos arañazos.

Todos se levantaron a la vez. En sus caras se colgó el miedo. Si Matilda había perdido su maleta era porque estaba en peligro. Por fortuna, el carcaj, las flechas y el arco no habían aparecido y eso significaba que los conservaba.

De repente, la bola mágica de Pirú comenzó a lanzar destellos en todas direcciones, se giraron y pudieron ver a Matilda entre rejas. Estaba en una cueva y no parecía de ojáncanos.  La bola se apagó y todos allí se quedaron a oscuras. 

—Ahora sí que tenemos un problema —murmuró Pirú levantándose y mirando a los presentes. Si mi intuición no falla, Matilda está en la cueva de una bruja. Me las he visto algunas veces con ellas y en verdad os digo.. algunas pueden ser muy perversas.

—¿Cuál es el plan? —Preguntó Plumillas.
—La Navidad.

Se hizo el silencio ¿Cómo que la Navidad? 

En estos bosques —comenzó Pirú en voz baja—, hace muchos, muchos años, cuando yo aún era un mago inexperto, las gentes celebraban el solsticio con rituales antiguos. Honraban a los árboles, al fuego y al agua. Adornaban manantiales, colgaban flores en los balcones, bailaban bajo las estrellas y saltaban las hogueras para atraer la luz. Estamos en un lugar sagrado. Los seres elementales que habitan este bosque aún celebran una Navidad distinta, más antigua y más pura que la que conocemos hoy. Ellos pueden ayudarnos a encontrar a Matilda, de eso estoy seguro. Algo ocurre aquí… mi magia pierde fuerza, no sé por qué. No debemos quedarnos quietos. Es momento de ponernos en marcha.

Jorge escuchaba con los ojos muy abiertos, desde que había llegado palabras como: ojáncano, bruja, duendes... se pronunciaban con toda normalidad ¿Estaría despierto realmente o todo era un sueño? Una voz lo sacó de sus pensamientos.

—¿Estás bien? —La seño Yolanda se había sentado a su lado, alarmada por la expresión del diplomático.

—¡Oh, sí! ¡Qué diablos, no! ¿Qué es eso de ojáncanos y duendes? —se quejó Jorge.

—Es nuestra mitología —aclaró don Leonardo—. España tiene sus propias hadas y duendes. Tú mismo has conocido a Smaugui. ¿Qué te sorprende tanto?

De repente, una gran carcajada rebotó en las paredes de la cueva, todos reían mientras Jorge pasaba de la sorpresa a la indignación disimulada. Pirú se acercó y le dijo:

—¿Te has mirado, amigo?

Pero el diplomático no salía de su asombro y la bromita se le empezaba a hacer pesada.

—No te comprendo, Pirú —dijo, mirando su traje y reloj—, ¿qué es todo esto?

—Eres un ratón.

—Sí, claro —contestó—, soy un ratón, como la mayoría de vosotros. ¿Qué tiene eso que ver? —preguntó Jorge.

—A ver… eres un ratón que habla y viaja en un dragón español —le explicó el mago sonriendo—. Vives en un cuento, estás siendo soñado por Pepa. Todos nosotros vivimos porque ella nos sueña. Claro que eso no quita para que nos hayamos rebelado alguna vez, pero esa es otra historia.

Jorge se quedó boquiabierto. ¡Claro que era un ratón! ¡Un ratón mallorquín y viajero! ¿Pepa? ¿Qué Pepa? 

Entonces, de lejos, comenzó a llegar un cántico suave, con un deje antiguo, como si atravesara los tiempos hasta nuestros días. Siguiendo aquel sonido hipnotizante, caminaron por el bosque hasta ver luces centelleantes. De repente, apareció un enorme árbol. Miles de pequeñas bujías brillaban, moviéndose entre sus ramas… y en torno a nuestros amigos. La música celestial llenaba sus almas de paz.



—Es el árbol de la Navidad —habló Pirú sonriente—El auténtico árbol de la Navidad que los seres elementales elaboran cada año con los sueños cumplidos de los niños.

Mientras admiraban aquel maravilloso espectáculo, el mago tomó una luz palpitante en su mano y en ese momento, un pequeño ser salió de debajo del árbol: un trenti, un duende travieso del bosque.

—¿Qué os trae por aquí? —preguntó el duende—. Soy Serafín y espero a otros amigos para dejar nuestros deseos junto a los de los niños. Si lo que deseáis no hace daño, los deseos cumplidos de los niños harán realidad el vuestro.

La seño Yolanda explicó lo ocurrido, pero al oír “bruja”, el duende arrugó el entrecejo.


—No hay brujas aquí, pero sí ojáncanos malhumorados. A unos veinte kilómetros al norte hay una gruta por donde nadie pasa. Allí viven dos. Las Anjanas los mantienen alejados, pero si vuestra amiga ha llegado hasta allí… será difícil rescatarla.

—¡Veinte kilómetros! —exclamó Plumillas.

—Eso no es problema —dijo Smaugui—. ¿Para qué estoy aquí?

El duende explicó al mago cómo recuperar su magia y le entregó una de las luces del árbol de Navidad, con la condición de devolverla al terminar. Aquella luz, amor puro, les ayudaría a sobrevivir y vencer el mal.

Subieron a lomos de Smaugui y en cinco minutos llegaron al lugar. Los árboles estaban muertos, los arroyos secos… los ojáncanos destrozaban todo a su paso. Jorge, prudente, no se separaba del mago y hacía preguntas.

—Un ojáncano es un ser malvado —explicó Pirú—. Gigante, cruel, temido, con un solo ojo, voz de trueno, pelo rojo y áspero, diez dedos en manos y pies, y dos hileras de dientes. Solo tiene un punto débil: un pelo blanco en la barba. Si lo arrancas, muere.

—¿Habéis matado alguno? —preguntó Jorge.

—Nunca. No ha hecho falta, pero son muy peligrosos. A veces la astucia es más hábil que la fuerza.

Jorge se estremeció, pero se quedó con un par de palabras de la frase del mago: astucia y habilidad, nadie más indicado que él en situaciones peligrosas para lograr un resultado positivo. Estaba decidido, negociaría con los ojáncanos.

Smaugui, valiente, se adelantó a sus amigos, entró en la cueva que tenían justo en frente  y comenzó a llamar a Matilda. Al oírlo, ella se volvió loca de contenta: ¡habían venido a rescatarla! Se había arrepentido mil veces de su tonta reacción. En su huida se topó con un duende tentirujo que, con engaños, la condujo hasta allí y, casi sin darse cuenta, se vio a oscuras en una cueva tenebrosa con dos de las criaturas más temidas del mundo.

Pensó que todo había acabado, pero al mismo tiempo sabía que era Navidad, que tenía derecho a su milagro, y comenzó a imaginar que tal vez alguien escucharía su llamada. No podía ser que Dios dejara a una criatura soñada terminar de ese modo. Aunque a veces era revoltosa, su corazón era noble; alguna solución habría para una lagartija cabezota… y para sus amigos, igual de cabezotas.

Al escuchar su nombre, Matilda supo que estaba a salvo y comenzó a gritar, a reír y a llamarlos a todos.

Pero de repente, un ojáncano desafiante se interpuso entre ellos y la cueva. El suelo tembló con su patada; todos cayeron rodando. Smaugui al oír el alboroto salió rápidamente y firme enfrentó al monstruo. Recibió un fallido zarpazo que esquivó volando mientras el resto corría en distintas direcciones. 

Armándose de valor, Jorge salió de detrás de unas piedras y se plantó delante de aquel horrible ser reuniendo toda la dignidad de la que era capaz.

—Permítame presentarme, señor del bosque… Soy Jorge Dezcallar. Propongo un acuerdo: deje en libertad a nuestra amiga.

El ojáncano bajó la cabeza para mirar al ratón con su único ojo. Jorge no parpadeó; su corazón latía a mil por hora. Pirú le gritó que volviera, don Leonardo también, pero el diplomático se mantuvo firme.

El monstruo bajó la cabeza hasta estar a su altura. Todos pensaron que no saldría de allí, su actitud podría costarle la vida.

—Escúcheme, señor ojáncano. Le encantan las bellotas y le ofrezco una finca con miles de encinas. ¿Qué me dice?

Plumillas se sorprendió. ¡No podían permitir que destruyera las dehesas! Don Leonardo pidió calma: Jorge sabía lo que hacía.

Mientras tanto, Smaugui atacó por detrás, hincando sus garras en el ojáncano. El monstruo gritó y se levantó, manoteando en busca del culebre. Los demás aprovecharon para entrar en la cueva.

—¡Corre, Jorge! —gritó la seño Yolanda—.

Pirú sacó la luz de Navidad que le dio Serafín y todo se iluminó: ¡allí estaba Matilda encerrada! Al ver a sus amigos, se volvió loca de alegría.

Pero faltaba don Leonardo. Una voz lejana anunció que el bibliotecario había sido interceptado por un segundo ojáncano.




Pirú formuló un hechizo y liberó a Matilda, que abrazó a todos con alegría. Debían salir de allí y rescatar a don Leonardo. Los dos enormes monstruos les esperaban, uno con el ratón en la mano. Pirú lanzó un rayo que impactó en el pecho del que aprisionaba al bibliotecario, pero no fue suficiente. Jorge retomó la negociación, prometiendo encinas y hasta ¡tortillas de patata! para ganar tiempo.

—¿Pero qué dice? —Preguntó sorprendido Plumillas. ¿Tortillas de patata? 

Pirú le pidió calma, había que acumular segundos, minutos... Si lo conseguían, el plan del mago era que la seño Yolanda y Plumillas hicieran uso de la luz de la Navidad y él de la magia paralizante, sumando ambas cosas podrían salir de allí con vida. Ultimaban los detalles cuando vieron a uno de los ojáncanos taparse los oídos, acercarse enfadado a Jorge y capturarlo.

—¡Cállate! —rugió el monstruo mientras lo levantaba por la chaqueta. Nuestro amigo pataleaba para intentar soltarse.

—¡Suéltame bicho maloliente! ¡Haré que te quedes sin ese pelo espantoso de tu barba si no me sueltas ahora mismo! ¡Llamaré a mi amigo el marajá de Capurtala y te apisonarán sus elefantes y ... ¡¡¡¡AAAAAAAHHHH ¡SOCORRO QUE ME COMEEEEE!

El ratón desaparecía entre los temibles dientes del monstruo, mientras sus amigos gritaban su nombre, el otro ojáncano no perdía tiempo y los capturaba a todos. ¿Qué había pasado? ¿Cómo habían llegado a estar en esa situación?

Pero no contaban con que Matilda había regresado al interior de la cueva para recuperar su carcaj y su arco. Comenzó a disparar flechas que impactaron en los ojos de los monstruos El primero soltó a don Leonardo, que cayó desde gran altura al suelo, mientras aquel ser se arrancaba el dardo afilado, del tamaño de una pequeña aguja.

El segundo estaba a punto de tragarse a Jorge, pero abrió la boca… y el ratón saltó desde dos metros de altura, siendo rescatado por Smaugui, que aprovechó para atacar de nuevo tras dejar a su amigo en el suelo.

De repente, una luz poderosa surgió de la mano del ojáncano que aprisionaba a Pirú, Plumillas y la seño Yolanda. La luz se multiplicó por un millón y rodeó a los ojáncanos, que quedaron cegados por un instante.

Nuestros amigos cayeron al suelo, pero ilesos, se fueron levantando uno a uno. Las lucecitas los rodearon también a ellos, y un amor indescriptible los elevó. Smaugui brillaba como una llama gracias a las pequeñas piedras semipreciosas entre sus escamas.

Jorge y don Leonardo, suspendidos en el aire, giraban mientras sentían cómo su cuerpo y su alma se recomponían. Todos estaban siendo envueltos por la magia de la Navidad: aquellas luces llenas de amor, los deseos cumplidos de los niños, ahora ayudaban a nuestros amigos a regresar a casa.

Las luces se apagaron. Todos estaban bien. Los arroyos corrían, la vegetación volvía a la vida, y los ojáncanos se transformaron lentamente en dos hermosos árboles.

—Bien, amigos, acabáis de ver la fuerza del amor —exclamó don Leonardo—. El que sentimos por nuestros amigos nos hizo arriesgar la vida para rescatar a Matilda. Ese amor nos salvó a todos.

Matilda abrazó a Plumillas y le pidió perdón; él hizo lo mismo. Devolvieron la luz al árbol y volaron junto a Smaugui a Casa Encantada.

Al día siguiente, temprano, la cocina estaba llena de dulces, chocolates y churros. Era hora de decorar. Matilda y Plumillas pusieron villancicos clásicos: Sinatra, Dean Martin, Judy Garland… cuya voz recorría cada ladrillo mientras  los amigos colgaban guirnaldas, bolas de colores, bolas de nieve, cascanueces y un precioso Portal de Belén.

Jorge reía con las ocurrencias de Matilda; Plumillas sonreía al ver a su amiga entusiasmada y le preparó una sorpresa: un gran muñeco de nieve en el exterior. Todos estaban felices.

—¡Se acabó! —exclamó Matilda—. ¡Feliz Navidad, amigos!

Las risas y los vivas estallaron en Casa Encantada. Jorge se sintió feliz:

—Gracias por acogerme aquí. No sé si mi diplomacia os ha servido, pero a mí sí me ha servido vuestra magia. Contad conmigo para vuestras aventuras.

—¡Y con la tortilla de patata! —gritó Smaugui desde la ventana.

La Navidad había llegado a Casa Encantada. Los sueños de los niños brillaban en lo alto, velando por la inocencia del mundo.



Para Jorge, con todo cariño.
Ya ves que en Casa Encantada las cosas son un poco distintas. Aquí la diplomacia se ejerce entre ratones, lagartijas y dragones españoles; y la Navidad, a veces, salva lo que parecía imposible.
Si algún día te miras al espejo y te notas un poco más gris, o descubres que te han crecido las orejas… no te alarmes: es que alguien te está soñando en Casa Encantada.
Gracias por entrar en este cuento y por no enfadarte por verte convertido en roedor mediador. Bienvenido. Ojalá te haga sonreír.
Pepa.



jueves, 30 de octubre de 2025

LA TARDE DE GALA

Aúllan las estrellas en este arco negro y silencioso que es el cielo. Podría decir que es de seda, que es la tarde enjoyada a lomos de un gato oscuro con ojos de pedrería. Es la noche de verano en la vida del andaluz conquistado de ilusiones.   Ve un cielo cincelado por poemas y velas encendidas, preparado para soltar las salmodias de siglos, derretidos ya bajo esta cubierta que no muda.

Un corazón cotidiano lleno de amores nuevos que canta a las afroditas de una tierra imperecedera. Seguidillas en el aire, vestiduras de hoja perenne para los árboles coquetos, iluminados de un golpe certero de luna. Pandereta de plata para los enamorados de este paisaje donde las pupilas zigzaguean en busca de un te quiero.

Es de noche, la sierra desaparece entre los mantos del firmamento. Luceros trashumantes bendiciendo esta tinta que sale de mis dedos.

martes, 7 de octubre de 2025

LLUVIA EN LA CIUDAD

Hay brillantes en el suelo. La luna cae desnuda en los charcos y reclama los ojos del que pasa; no creo que la noche esté para romances.  La lluvia enmaraña la luz de las farolas, es una cascada intermitente de plata y azabache que llama mi atención. Es la primavera, que cae a mis brazos en la noche de abril. La recojo como un tesoro, como una cascada que despeña las tristezas adquiridas durante el invierno.

A lo lejos parpadea una estrella, se desliza entre nubes y agua como una hoguera en mitad del firmamento, desesperada y viva, me alumbra con sus deseos.  Esto, es todo cuanto el cielo me debe, su belleza nocturna como el augurio de un nuevo día cargado de amor sin relojes. Un día, en el que acaso no llueva y las palabras cansadas pasen por mis manos hacia ese universo escurridizo y frágil de los poetas.

miércoles, 27 de agosto de 2025

TOMÁS, EL ÁNGEL TRAVIESO. Un cuento de amor, cielo y familia

Diez de la mañana en el cielo. Bueno… ya sé que en el cielo el tiempo no existe, pero para entendernos. Como cada día, san Rafael Arcángel repasaba la lista de los ángeles que irían a la Tierra como bebés; por supuesto, su área de acción era Córdoba y provincia. Y también como cada día, un pequeño revoltoso protestaba porque nunca le llegaba la hora de ver a su mamá.

En el cielo hay cole y, de todos los profes, san Rafael es el más esperado. Sin embargo, no siempre los angelitos vienen a la Tierra nada más elegir mamá, pues ello necesita una preparación muy, pero que muy organizada.

A la salida de clases, al pequeño Tomás lo esperaba la bisbi Carmelita, que es como llamaba nuestro protagonista a su bisabuela Carmen. Él ya había elegido mamá, pero… al Arcángel nunca le parecía lo suficientemente preparado como para ir a su barriguita.

—A ver, Tomás, ¿por qué lloras ahora? —le preguntó la bisbi.
—Porque san Rafael no quiere mandarme con mi mamá; dice que he sido travieso y que así no puedo ir con ella.

El pequeño ángel se frotaba la cara con los puños mientras las lágrimas le salían a borbotones.

—Bueno, muy bien no te has portado —le dijo bisbi Carmelita sonriendo—. Ayer le soltaste los bueyes a san Isidro y uno todavía no ha aparecido; y al tata Manuel y a la tata Luisa les escondiste las llaves del comercio y no pudimos abrir por la tarde. ¿Y qué le hiciste al bisbi Manolo la semana pasada? Le quitaste las muletas… ¡Muy bueno no eres, eh!

En realidad, las trastadas de Tomás siempre eran divertidas, pero claro, san Rafael era tan estricto que no dejaba pasar una.

Los familiares del ángel Tomás vivían en el cielo muy entretenidos con sus cosas, aunque no lo creáis: allí hacen lo que les gustaba hacer aquí, así que mientras cuidan de los que tienen que venir, pasan el "tiempo" con lo que más felices les hacía y les hace.

—Bisbi… cuéntame otra vez cómo es mami, por favor…

—Pues mami, que es mi nieta querida, es una preciosa jovencita morena, de pelo largo y suave, ojos como luceros y corazón enorme. Es muy lista y trabajadora y te va a querer muchísimo. Además, tiene dos hermanos: la tita Carmen y el tito Manuel Juan que no se lo dice a nadie, pero está deseando tener un sobrino.

—¿Y los abuelitos? —preguntó ilusionado.
—La abuelita Marce y el abuelito Jose. ¡No sabes lo bien que cocina tu abuela! ¡Ya verás! Como no pongas freno, te pondrás como una bolita.

Tomás reía a carcajadas porque su bisbi le hacía cosquillas en la tripa.

—Pero el abuelo Jose es serio, me dices, así que tendré que ser el doble de trasto que aquí.
—No es serio, solo que no le gustan… los malos —le aclaró bisbi Carmelita.
—Seré trasto —repitió sonriendo y ladeando la cabeza.
—Te va a querer igual.
—Pues trasto y medio ¡Hecho! Ja, ja, ja, ja, ja.
—Tienes muchas ganas de ir, ¿verdad? —le preguntó su bisabuela con el corazón encogido, porque si bien iba a hacer muy felices a los suyos en la Tierra, allí se quedaba sin su ángel favorito.
—Sí —contestó en voz baja— y no sé qué hacer para conseguirlo.
—¡Pero yo sí! Vamos ahora mismito a hablar con Jesús; él entenderá tus razones.

Desde el cole se dirigieron al bosque, donde a esas horas solía estar Jesús jugando con los niños que acababan de llegar. Nada más verlos, los invitó a acercarse agitando su mano. Tomás voló a sus brazos, y fue recibido con tanto amor que empezó a dudar de su venida a la Tierra.

—¿Qué trae por aquí a la bisbi Carmelita y a su ángel Tomás? —preguntó mientras los niños con los que jugaba se alejaban prudentemente hacia otra zona del bosque.
—Querido Jesús, mi bisnieto quiere ir ya a conocer a su mamá a la Tierra, pero el Arcángel san Rafael piensa que no está preparado porque es un poco… inquieto —lo dijo enarcando las cejas y mirando fijamente a su interlocutor para que entendiera.
—Ya… inquieto —contestó Jesús pellizcando con ternura el moflete de Tomás—. Vayamos a dar un paseo por el bosque y hablemos.

Jesús dejó en el suelo al pequeño y extendió sus manos con las palmas hacia arriba. Ellos las tomaron, uno a cada lado, y comenzaron un largo y bello paseo en el que hablaron de muchas cosas y ultimaron muchos detalles.

—Creo que lo mejor es que hables con san Rafael para ver si puedes hacer algún trabajo extra que te permita ir pronto con mamá —sugirió Jesús.
—¡Me tiene manía! ¡No le pregunto nada!
—¡Tomás! —le riñó la bisbi—. Aquí nadie tiene manía a nadie. ¡No seas maleducado! Después que elegí este nombre porque tenemos un familiar sacerdote en la Tierra… Jesús, no se lo tomes en cuenta, por favor.

Pero Jesús reía y reía con las cosas de aquel ángel simpático y revoltoso. En realidad, lo que más le gustaba era rodearse de pequeños traviesos, porque eran los más divertidos.

—Y por cierto… —dijo la bisbi Carmelita, tomando de un pico la túnica de Jesús, al que cogió desprevenido—. ¿Pero tú has visto cómo llevas la túnica? ¡Está llena de remiendos, alma de cántaro! Anda, pásate luego por casa, te cojo medidas y te hago una nueva.
—Pero…
—¡Ni pero ni peras! —le interrumpió la bisbi sin que pudiera decir ni mú—. Te vienes y te hago una con bordados a máquina; vas a estar guapísimo. Vamos hombre, ¿dónde se ha visto que el Hijo de Dios vaya como uno de esos que hay ahora por España y que andan…
—¡Carmen, que te veo venir! —le cortó Jesús divertido.
—Pues eso… los coletas esos o como se llamen.

Jesús meneó la cabeza sonriendo. La bisbi no tenía remedio; si se empeñaba en algo, había que hacerlo de inmediato, así que iría a por su túnica nueva, que era una cosa que en realidad… le hacía muy feliz.

Se despidieron con la promesa de que hablaría con san Rafael, pero a cambio, Tomás debía ser buenísimo durante al menos dos semanas.

Al día siguiente, san Rafael llamó a Tomás a la salida de clase. Le dijo que tenía algo para él, y el ángel se sintió tremendamente ilusionado.

—Bien, pequeño, no puedo decir no al Jefe y he decidido que pronto irás con mamá Grego…
—¡Yupiiiiiii! ¡Por fin! —exclamó el pequeño mientras revoloteaba feliz alrededor del Arcángel, sin dejarlo hablar.
—¡No tan rápido, jovenzuelo! Quiero que hagas algunos trabajos antes de ir a la Tierra.
—¡Jopé! ¡Mira que eres aburrido! —dijo Tomás tapándose la boca y dándose cuenta de que había metido la pata… una vez más.
—¿Cómo has dicho? —preguntó el Arcángel poniéndose en jarras.
—¡José! José ha venido, eso quería decir. El padre de Jesús… ya sabes, el carpintero. Sabes quién es, ¿no? La semana pasada me hizo un caballito de madera y…
—¡Tomás! —lo frenó san Rafael en su verborrea, mientras se moría de risa por dentro.
—Quéééé… ¡Madre mía, que me vais a borrar el nombre!

El Arcángel tomó aire y elevó los ojos buscando algo en lo que centrarse para no reírse. Tomás era de todos los ángeles, el que siempre lograba distraerlo de sus fines y, a la vez, uno de sus preferidos, aunque en el cielo todos son queridos por igual.

—Pero mira que eres sinvergonzón, Tomás —dijo san Rafael meneando la cabeza y sonriendo—.
—Ave…

Aquella palabra hizo que el custodio de Córdoba rompiera a reír sin freno. Cuando al fin recuperó el aliento…

—Creo que estás más que preparado para ir a Peñarroya-Pueblonuevo, pero antes… —levantó el dedo para impedir que volviera a hablar— irás al comercio de tus tatarabuelos. Allí la tata Luisa te enseñará a estar detrás de un mostrador, tratar a las personas, hacer cuentas…
—¡Guay! ¡Me gusta! ¿Y qué más?
—San Isidro no encuentra a uno de sus bueyes; tienes que ir con él y buscarlo.
—Bueno, pero que… san Isidro es un poco aburrido, ¡todo el día rezando y tiene aquí a Dios! Bueno… a su Hijo. Pero que es pesao el hombre… —murmuró mientras se atusaba las plumas de las alas.
—Tomás… es quien cuida de las cosechas y de los hombres que trabajan la tierra, los labradores. Debes tener más respeto hacia él; no ha estado bien soltar a sus bueyes.
—Vaaaaale, iré a buscar a ese animal con él, pero cuando lo encontremos quiero que me suba y me dé un paseo.

El Arcángel no salía de su asombro, pero accedió a su petición. Se despidieron y el pequeño se marchó volando y cantando, feliz de saber que pronto conocería a su mamá.

Como os decía, en el cielo hay comercios, claro que sí. No son muy distintos a los de aquí, la diferencia es que se paga con amor. Uno de ellos lo tenían Manuel y Luisa, y hacia allí se encaminaba volando como un rayo nuestro ángel. Esa mañana tenía que ayudar a ordenar estanterías e iba dispuesto a hacerlo muy bien para ir pronto con mamá.

Había mucha clientela en la tienda, entre ellos niños, con los que Tomás se puso a jugar hasta que su tata Luisa lo llamó.

—Se acabó lo bueno, chicos, me llama la tata —dijo Tomás despidiendo a sus amigos.
—A ver, pequeño, ¿ves todas esas chuches? Pues tienes que sacarlas de los saquitos y ponerlas en aquellos tarros de cristal que tienes en el otro lado del mostrador —dijo, señalando hacia la esquina—. Cada tarro tiene una etiqueta; no te equivoques y pon cada cosa en su sitio.

La tata se marchó a atender mientras Tomás se afanaba en su tarea, feliz y encantado con el encargo. Pasado un buen rato y habiéndose despejado aquello de personas, el tata Manuel llamó la atención de su mujer.

—Luisa, mira tu tataranieto —dijo señalando al ángel.

Tomás estaba sentado en el mostrador con varios tarros de chuches alrededor y con los mofletes abultados. Se había comido más de tres nubes, varios barquillos de chocolate y masticaba algún otro manjar de los muchos que había allí para la clientela menuda.

—¡Tomás! —exclamó la tata Luisa—. ¡Pero será posible…! ¡Este ángel es lo más glotón que he visto en mi vida!

Tomás, sorprendido por haber sido pillado infraganti, dejó de masticar. Tenía el moflete izquierdo como si se hubiera metido una pelota de tenis. Sus tatarabuelos se acercaron y al verlo, no pudieron contener la risa.

—Pero criatura… se trataba de ordenar las chucherías, no de comértelas —le dijo el tata Manuel riéndose—. Así no terminas nunca. Por cierto, ¿has probado las bolitas de anís?
—¡Sois los dos iguales! —les dijo la tata Luisa—. Anda, en vez de ordenar los dulces, que no vas a dejar uno, mejor ven conmigo a revisar las cuentas.

El ángel se bajó del mostrador, no sin antes coger un puñado de bolitas de anís con la complicidad del tata Manuel y la sonrisa de Luisa, y muy atento se sentó junto al cuaderno de las cuentas.

—Tata Luisa… no le digas nada a san Rafael de que me he comido las chuches. Porfi…
—Yo no le digo nada, pero él… es un Arcángel, lo ve y lo sabe todo —le dijo poniéndose las manos en la cara como si tuviera unas gafas, haciendo reír a Tomás.
—¡Pues qué faena! Porque así no hay modo —se quejó el ángel, dejando el lápiz y cruzándose de brazos en clara señal de enfado—. ¿Y hay Arcángeles en la Tierra, tata?
—No, al menos que los llames.
—¡Ni de broma llamo yo al metete de Rafael!

En ese momento, el Arcángel apareció, para disgusto de nuestro protagonista, pero decidió no darse por enterado de lo sucedido.


—¡Pero bueno, mi pequeño ángel! Veo que has seguido al pie de la letra lo que te encomendé y estás ayudando a tus tatas. ¡Eso está muy bien! —dijo alborotando los rubios cabellos de Tomás.
—¿Has visto? Mi tataranieto es un ángel muy bueno; san Rafael, creo que está listo para ir a ver a su mamá, a sus tíos, abuelos… ¿no crees? —preguntó Luisa.
—¡Por supuesto que sí! Pero aún queda una cosa. En la puerta te espera san Isidro; hay que buscar al buey.

El pequeño se despidió de sus tatarabuelos. Justo salía para reunirse con san Isidro, y Jesús entraba a la tienda.

—¡Hola, familia! —dijo alzando los brazos y haciendo brillar su sonrisa—. Hoy busco a Carmen, prometió hacerme una túnica nueva.

Manuel y Luisa se mostraron emocionadísimos; no todos los días Jesús entraba en casa de uno, así que salieron raudos a abrazarlo.

—¡Qué alegría que estés aquí! —dijo feliz el tata Manuel.
—Siempre es una alegría estar con vosotros, pero hoy vengo a ver a Carmen. Me prometió esa maravillosa túnica nueva, así que aquí estoy para las medidas. En realidad, es casi una orden, a su parecer; no debo andar por ahí con estos ropajes —y se encogió de hombros sin dejar de sonreír.
—Pasa, pasa, está en el patio con su hermana Luisa; creo que andaban eligiendo telas precisamente. Si Carmelita dice que tienes que tener una túnica nueva, es que tienes que tenerla —apostilló la tata Luisa divertida.

Mientras Jesús se perdía en el interior de la tienda, Tomás saludaba a san Isidro, que había venido con el otro buey, el que le quedaba…

—¡Hola, San! —exclamó volando en círculos.
—¡Hola, pequeño ángel! Espero que estés dispuesto a acompañarme hasta que encontremos al buey.
—Vale, pero dime su nombre, porque si no… ¿cómo lo vamos a llamar?
—Pues… el caso es que no tienen nombre más allá de lo que algunas localidades en la Tierra puedan darle. La verdad es que yo nunca les puse uno.
—¿En serio? ¿No pusiste nombre a tus bueyes? —preguntó muy sorprendido Tomás—. Pues hay que solucionar eso, porque si cada pueblo los llama de una manera… ¡apañados vamos! ¡Venga, San, a por ellos!

Echaron a andar los tres mientras el ángel y san Isidro discutían posibles nombres para los animales. Pasaron por huertas, lagos, arroyuelos llenos de vida y miles de flores en las orillas.

El santo reía con las ocurrencias de Tomás. A veces lo subía a lomos del buey y este le lamía los pies descalzos haciéndole cosquillas. Se cruzaron con labradores que en esa época segaban el trigo y también con un hortelano que les ofreció melocotones y agua fresquita. El ángel lo estaba pasando en grande, hasta que vieron algo marrón que se movía a lo lejos. San Isidro se detuvo.

—Mira, Tomás, creo que ese es mi buey.

Se acercaron, el animal dejó de pastar y levantó la cabeza. Reconoció a su amigo y fue a reunirse con él. El santo se sintió feliz de ver de nuevo a su buey.

—¡Mi querido amigo! ¡Cuánto te he extrañado! —dijo mientras acariciaba el testuz del animal.

El buey se separó de ellos y caminó unos metros, luego se detuvo y miró a Tomás y al santo como si quisiera indicarles que lo siguieran. Ellos se miraron entre sí y decidieron ir donde los llevaba.

El animal siguió caminando y mirando atrás para asegurarse de que lo seguían, hasta que llegaron a un llano. Allí, una linda vaquita los recibió.

—¡Vaya, vaya, vaya! ¡Así que te habías venido aquí porque te has enamorado, pillín! —exclamó san Isidro muy feliz por el gracioso acontecimiento.
—¿Lo ves, San? Si es que le hice un favor… No se puede privar a un enamorado de ver a su novia. Aunque la novia en cuestión sea una vaca. Criaturitas de Dios son, no te digo más… —explicó emocionado y divertido el ángel Tomás.
—¡Ay, Tomasillo, que siempre te sales con la tuya! —rio el santo cogiendo al ángel y sentándolo a lomos de la vaca—. ¿Y tú qué dices, bonita? ¿Te vienes con nosotros?

La vaca miró al buey y ambos empezaron a caminar rumbo a casa.

—Oye, San, ¿no tendrá dueño? —preguntó Tomás mientras se balanceaba a lomos de su nueva amiga.
—No, querido ángel, aquí no funciona así. Si ya olvidaste que los animales aquí nos eligen, es que debes ir a la Tierra; ya estás preparado.

Tomás no entendió muy bien qué quería decir, pero le encantó oír que estaba preparado; eso significaba que podía conocer a su mamá.

—¿Has oído, vaquita? ¡Voy a casa! ¡Voy con mamá!

Y así, los bueyes de san Isidro volvieron a estar con él, como debe ser, pero con la alegría de tener una amiga con ellos. Tomás les puso nombre: Solano, un buey fuerte y noble, como el sol del campo; Lucero, firme y luminoso, como la estrella que guía; y Estrella, la vaquita alegre y tierna que se suma al camino con luz propia. Feliz, regresó al hogar de los ángeles para dormir y descansar después de un día lleno de emociones.

Al día siguiente, fue al cole como siempre, acompañado de la bisbi Carmelita, que iba un poco más callada de lo normal.

—Bisbi, ¿te ocurre algo?
—No, cariño, es que estoy muy feliz por ti, nada más.

Al llegar al cole, los esperaba san Rafael y Jesús, sonrientes, rodeados de ángeles y de todos los amigos y familiares de Tomás en el cielo. El ángel supo lo que aquello significaba y de repente sintió vértigo. Voló y se abrazó fuerte a su bisbi.

—Promete que siempre estarás conmigo, que aunque me vaya a la Tierra, tú estarás cuando te llame.

La bisbi estaba tan emocionada que no podía hablar. Acarició el pelo de su bisnieto y lo llevó junto al Arcángel.

—Querido Tomás, ha llegado tu hora —dijo san Rafael—. Partes a la Tierra con tu mamá; ya sabes que se llama Grego y que desea tenerte muy pronto en sus brazos. Serás su felicidad en las horas que vienen, así que debes ser amoroso y bueno, como el ángel que eres.

En ese momento, Jesús tomó la palabra:


—He decidido no quitarte las alas. Llevas una misión muy importante y te harán falta, pequeño. A petición de tu bisbi, ella será tu ser protector y tu guía en la Tierra; siempre que la necesites estará, pero no actuará mientras no la llames. Debes recordar esto.

La bisbi Carmelita estaba feliz; no esperaba menos después de la túnica tan bonita que le había cosido. Ser el guía espiritual y ángel de la guarda de su bisnieto era lo más bonito que le había pasado desde su llegada al cielo y su reencuentro con la familia. ¡Esto, sin duda, era lo más!

—Gracias, querido Jesús, no esperaba tanta generosidad; ha sido una sorpresa —le dijo emocionada.
—¡Oh, vamos, Carmen! ¡Pero si te has pasado la eternidad pidiéndome hasta el color de los ojos! Ja, ja, ja, ja, ja. ¡Eres tremenda! He accedido a todo lo que me has pedido, así que espero que estés requetecontenta.

Todos celebraron las palabras de Jesús con aplausos y risas. Uno a uno, Tomás se despidió de sus familiares y amigos, tomó de la mano a san Rafael y se perdió entre unas nubes blancas que lo llevaron a su nuevo hogar.

—¡Caray! ¡Qué delgadita es mamá! Ainsss, que no me puedo mover en su barriguita. ¡Hola, mamiiiiiiii! ¡Voy ya, no puedo estar más tiempo aquí dentro!

Y al fin, un cuatro de julio de 2025…

—Bienvenido, Tomás, no puedes ser más bonito… —dijo mamá al ver a su bebé.

El ángel no podía hablar, pero sabía que mamá le entendería sin palabras, como solo se entiende la gente que se ama.

—Te quiero, mami; antes de que la vida me borre los recuerdos del lugar del que vengo, quiero decirte que todos te aman, que la familia está bien y que te van a cuidar mucho. Tú no la ves, pero aquí hay alguien muy especial para ti: es mi bisbi, que ahora es mi ángel de la guarda y el tuyo.

En ese momento, la bisbi Carmelita se acercó a su nieta, le acarició el cabello y se sentó en el filo de su cama. Tomás la miraba sonriente.

—La mamá más bonita de España, cuidaré de ti y de tu pequeño.

Pasados unos días, Tomás se revolvía en el coche de paseo. Su madre veía que miraba mucho hacia una esquina, como si viera a alguien.

—¡Bisbi! ¡Quítame esto que me pica!
—¡Pero te quieres estar quieto, criatura! A ver, tienes puesto un traje precioso para ir a pasear, haz el favor de estarte quietecito.
—¡Pero es que me apachurra las alas!
—A ver, la mami no puede verlas; haz el favor de portarte bien y cuando no estén mirando, yo te abro los botones traseros de la camisa y sacas las alas. ¿De acuerdo?
—Vale, bisbi ¡Dame un besito!

Grego no paraba de mirar al bebé; ¿qué estaría pensando tan pequeño? ¿Y por qué se movía tanto?

—Mamá, ¿te has fijado que Tomás mira mucho a un punto fijo? Como si viera algo o a alguien. No sé… no para de moverse y de mirar —preguntó a su madre, que había advertido lo mismo desde hacía días.
—Cosas de bebés, hija. Lo importante es que esté sanito.


Y salieron a pasear por el barrio mientras Tomás miraba con amor infinito a su mamá y a su bisbi, que los acompañaba a todos sitios. Nuestro ángel había cumplido su sueño y estaba feliz de haber llegado a la Tierra y de tener a la mejor familia y a los mejores amigos. Ahora tocaba crecer, ser bueno a medias para que el abuelo Jose corriera mucho tras él y amar para siempre a la persona que le había dado la vida: su madre.

Y así comenzó la historia de Tomás en la Tierra. Un ángel travieso, lleno de amor y alegría, que llegó con las alas abiertas y el corazón dispuesto a aprender. Sus días estarían llenos de juegos, risas y aventuras, siempre acompañado por los que lo querían, visibles e invisibles, en un cielo que seguía atento a cada uno de sus pasos.

—Tomás, ¿te puedo contar un secreto? —susurró la bisbi.
—¡Sí! —contestó emocionado.
—Nunca olvides que siempre tendrás alas y que siempre podrás volar… pero el amor será tu mejor guía.

Y Tomás, feliz, cerró los ojos un instante, sintiendo que la magia del cielo lo acompañaría siempre.

FIN

Para Grego, que descubre en sus brazos la mayor de las aventuras: la de ser mamá.
Que cada página de este cuento recuerde que Tomás llegó rodeado de amor,
con alas invisibles y con una familia entera que lo acompaña desde el cielo.
Con todo mi cariño, para ti y tu pequeño ángel.


miércoles, 5 de marzo de 2025

NIEBLA OMEYA


La  niebla envuelve la ciudad, Córdoba es un corcel de crines blancas, una paloma que tiembla, una bailarina quieta. Va extendiendo su tul mientras esconde el regazo henchido de perlas mojadas, vistiendo de blanco virginal a la reina Omeya.

Córdoba es hoy un sueño bajo el palio gris del cielo. Cerrados los ojos a las primeras rosas, gira el rostro hacia las nubes por si una vez más allí naciera el sol de garabato. Pero hoy no hay sol. Hoy, la ciudad se viste de filigranas y espejos rotos e inventa un poema. No esto, un poema. de esos que paren las noches de insomnio. 

Pobres mis palabras reptan sobre el papel mientras me pierdo en la esponjosidad que me rodea. El frío es toga, sábanas densas de espuma que se enroscan en mi garganta. 



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