sábado, 28 de febrero de 2015

AVENTURAS CON PIRÚ, 2ª PARTE. PIRÚ Y LOS OJÁNCANOS

Hace un día maravilloso, he salido a dar un paseo para comprobar que el sol no se ha olvidado de nosotros. Los árboles ya no van desnudos y han hecho asomar sus primeras prendas primaverales en forma de hojas brillantes, a sus pies, flores amarillas acarician sus troncos agradecidos de años.

- No puedo estar aquí sin las niñas y sin Narizotas, no, no me siento feliz al cien por cien entre toda esta abundancia y sin ellas. - Pienso a medida que recojo florecillas aquí y allá para llevarme el aroma a casa. Me paro a los pies de una linda mimosa, a mamá le encantará perfumar el salón con estas flores que tanto le gustan-
- Con permiso- Le digo al árbol antes de cortar unas ramitas cuajadas del fragante tesoro, después, le doy las gracias por tan generoso presente.
Ya de vuelta....

- ¡Tita Pituuuusaaaaaaaaaa! Dos bichillos camuflados de sobrinas corren a mis brazos ¡Ay! Que se me hacen mayores...
- Tita, ¿de dónde vienes? - Pregunta Esther tirándome de la manga del jerséis hasta hacer perder dentro de ella mi mano-
- Vengo del Peñón, de dar una vuelta para ver como estaba el campo.
- ¡Y te has ido sin nosotras! ¡Eres una mala tita, te vas a enterar!

Tienen mucha fuerza, siempre acabo patas arriba en el sofá y ellas encima a pellizcos, cosquillas... En cuanto puedo, pongo orden y les propongo visitar a Pirú en la compañía de Narizotas que anda saltando por todos sitios, a veces pienso que ese gato es un híbrido entre rana y felino.

- Tita Pitusa ya tenemos al minino, pero no encontramos el transportin- Dice Marta que siempre intenta por todos los medios, evitar que el gato viaje donde debe-
- Andad, coged al peludito y entradlo en el transportin si no queréis que esos caballeros de verde que encontramos a veces en la carretera, nos multen por no hacer las cosas bien.
-Vaaaale tita, qué pesada eres... ¿Podemos llevarnos también a Tomás? - Pregunta Esther.

Tomás últimamente está un poco golfales, reconozco que es un gato demasiado casero y comprometido con la familia, tanto que a veces se olvida de sus orígenes felinos para perderse en dudas existenciales acerca de quien es. Ayer sin ir más lejos, lo pesqué maullándole a una manga de mi abrigo de piel sintética, uno muy divertido que parece un peluche, se ve que quería ligar con él pero la prenda, no estaba por la labor. Y así se pasa la vida, haciendo uso de ese idioma al que las niñas llaman "balleno", queriendo deslumbrar a lo que a todas luces él debe considerar una gata gigante.
- Niñas, Tomás nunca ha venido de aventuras y no creo que le guste subir al coche, una cosa es que cada día se de un paseito conmigo por la acera y otra es motorizarlo. Mejor que venga Narizotas, alguien tiene que hacer compañía a la abu en nuestra ausencia, ¿no?

Las niñas asienten y gano la batalla, sólo me faltaba ir de aventuras con dos gatos...
Botellines de agua, chocolate, mandarinas, chuches para mininos, botiquín de primeros auxilios y pañuelos. Reviso cuidadosamente nuestra mochila antes de emprender la aventura.
- Marta, por favor, trae la rosa que nos regaló Pirú para consultar si el camino está expedito.
- Expe…, ¿qué? - Me pregunta con sus enormes ojos negros abiertos como balcones-
- Expedito Marta significa libre, en este caso, libre de Rementeadores. - Contesta la sabihondilla de Esther-
- Sabihonda- Le digo en tono de broma-
- Y tú rata barata- Me contesta-

Colocamos la rosa sobre la mesa y abrimos sus pétalos con cuidado, rápidamente unas pequeñas llamas comienzan a arder en su interior.

- Tita ¿puedo espolvorear yo las llamas?- Pregunta Marta-
- Claro que sí bichito, venga hazlo.

Al instante, el fuego se torna azul metalizado y en el centro, la cara risueña de Pirú aparece nítida.


- ¡Mis queridas niñas, os estaba esperando!- Exclama apoyando las manos sobre su pecho-
- ¡Pirú hola! - le saludo con una sonrisa- ¿Hay algún problema en visitarte? Las niñas y yo te echamos de menos.
- ¡Oh no queridas, ninguno! Los Faunos mantienen a raya a los Rementeadores y he pensado que podía daros una pequeña lección de tiro con arco que no olvidaréis ¿Os apuntáis?
- ¡Siiiii! - Contestaron las niñas al unísono contentísimas con la propuesta-
- Muy bien, cerrad la rosa y os espero, hoy almorzaréis aquí y será un día maravilloso- Nos dice Pirú mientras se despide sacudiendo su mano en señal de adiós-

Entre risas y emoción nos dirigimos a nuestra pequeña carroza plateada, que no es otra cosa que un pequeño Seat Ibiza. Me percato de que la puerta del transportin que alberga a Narizotas va entreabierta, lo cual significa que en un femtosegundo el gato estará fuera y trotando libremente por el coche.
- Tita Pitusa, por favor, ponnos música bien bonita, una de esas que nos gusta a nosotras, que suene y huela a aventura- Me dice Esther a quien veo por el retrovisor con el gato al hombro-
- Vale, pero el gato poca vergüenza a su sitio que salimos a carretera.
- De acueeeerdo... Qué aburrida eres, tita - Me dice Esther-

El sol brilla bien alto, acariciando las conciencias adormecidas y vistiendo de luz un invierno agonizante. La música nos envuelve y soñamos con castillos cátaros, unicornios, misterios, leyendas y trovadores que amenizan una fiesta en la vieja Francia.
Cogemos rumbo a la sierra, está preciosa, con el sol como corona nos devuelve a la vista todo su esplendor y belleza. La dehesa se llena de aves que nos regalan el concierto más especial de todos, el de la Primavera. Aprovechando que circulamos por un camino terrizo, las niñas han vuelto a sacar al gato, decido quitar el cd y abrir la ventana para que entre el sonido de la Naturaleza. Narizotas asoma su cabecita y percibe el viento en el rostro peludo, las niñas lo celebran y yo rezo para que no se le ocurra hacer nada raro.
Llegados al punto donde dejamos el coche la otra vez, aparco bajo la generosa sombra de una encina, cargada de años y de frutos decide darnos maternal acogida entre sus brazos de fresca penumbra.

 - Ay tita Pitusa, qué diferencia con la otra vez, ¿eh? ¡Cómo nevaba! Y hoy hace hasta calor - Dice Marta bajando del coche entusiasmada-

Nos ponemos en camino, el gato haciendo piruetas imposibles y saltando sobre las flores amarillas que el viento mece a su antojo. De repente, una silueta enfundada en una preciosa túnica celeste agita un báculo en el aire en señal de saludo.

- ¡Pirú! Las niñas echan a correr y son acogidas en un abrazo envolvente, el mago revuelve sus cabellos y las abraza con cariño una y otra vez. Reconozco que no las imité por aquello de que una no tiene diez años, pero mi corazón deseaba hacer lo mismo que las niñas habían hecho desde el impulso de la infancia más maravillosa. Al llegar a su altura, es Pirú quien me regala un abrazo tan fantástico que casi se me saltan las lágrimas.
- ¡Tita Pitusa, los abrazos de Pirú son los mejores del mundo! - Dice Marta encantada con el descubrimiento-
- Os tengo preparada una sorpresa, ya veréis ya. - Nos dice Pirú con las niñas literalmente incrustadas en sus costados- Tita Pitusa, coge de la mano a Marta, vamos a hacer un viaje maravilloso hacia un lugar que os va a gustar.

Obedezco y al punto, Pirú dibuja un gran círculo en el aire con ayuda de su báculo. Una cascada brillante nos envuelve, millones de partículas esplendentes nos rodean y sentimos que el suelo deja de existir, estamos suspendidas en el aire y seguimos elevándonos. Risas emocionadas en el interior de aquella inmensa luz, en tan sólo unos segundos, volvemos a tocar tierra.
Poco a poco, la cortina reluciente se desvanece, tenemos que hacer un esfuerzo para acostumbrar los ojos a la natural luz diurna. Estamos en un lugar maravilloso, rodeados de árboles frutales, palmeras, flores, un sitio de esos a los que tienes la seguridad de querer volver sólo con verlo unos segundos. Otra sorpresa nos aguarda.

- ¡Iván! - Las niñas descubren con alegría que nuestro joven amiguito aparece entre los árboles en compañía del Trenti, el duende travieso que encontramos en el bosque la última vez.
- ¿Habéis visto qué sorpresa? - Dice Iván - Pirú vino a buscarme hace unas horas y aquí estoy, esperando a que llegarais.

Tras los saludos, Pirú nos enseña un lugar acondicionado como galería de tiro. En el fondo, una diana con la silueta de un Rementeador aguarda a ser agujereada por tan intrépidos arqueros. A un lado, cinco estupendos arcos "longbow" profusamente decorados, envidia de cualquier tirador que se precie.

- Bien chicas, empezáis vosotras- Dijo Pirú- Ahí tenéis dos arcos zurdos y
uno diestro, quiero diez flechas en el centro de la diana en dos minutos.
- ¿Cómooooooooooooo? -Dijimos todas sorprendidas- ¡Pero eso es imposible!
- No, no lo es, esa destreza se le exigía a cualquier arquero digno de llamarse así en la Edad Media. Os contaré un cuento antiguo que me contaba mi padre y a él el suyo, reflexionad y después, comenzaremos.
Pirú hizo que nos sentásemos en el suelo, muy atentas, escuchamos sus palabras.

- "Después de ganar varios concursos de arquería, el joven y jactancioso campeón retó a un maestro Zen que era reconocido por su destreza como arquero. El joven demostró una notable técnica cuando le dió al ojo de un lejano toro en el primer intento, y luego partió esa flecha con el segundo tiro. "Ahí está", le dijo el viejo, "¡a ver si puedes igualar eso!". Inmutable, el maestro no desenfundo su arco, pero invitó al joven arquero a que lo siguiera hacia la montaña. Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió hacia lo alto de la montaña hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un frágil y tembloroso tronco. Parado con calma en el medio del inestable y ciertamente peligroso puente, el viejo eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco, y disparó un tiro limpio y directo. "Ahora es tu turno", dijo mientras se paraba graciosamente en tierra firme. Contemplando con terror el abismo aparentemente sin fondo, el joven no pudo obligarse a subir al tronco, y menos a hacer el tiro. "Tienes mucha habilidad con el arco", dijo el maestro, "pero tienes poca habilidad con la mente que te hace errar el tiro".


Demasiado rápida va muestra mente cuando dice que no a algo tan sencillo - Prosiguió Pirú- Quiero que meditéis unos segundos aquí sentadas sobre la hierba y que imaginéis claramente cómo vuestras flechas se clavan en el blanco de la diana, que no es más que un dibujo que la vista utiliza para limitar el tiro. Quiero que os veáis disparando sobre un lienzo blanco que las flechas atraviesan por su centro.
Tras unos minutos, las niñas y yo abrimos los ojos, tomamos los arcos y una tras otra comenzamos a disparar. Marta se hizo un Robin, que es entrar una flecha dentro de la otra y el resto se juntaron en apenas el tamaño de una moneda, justo en la zona vital del Rementeador. Sí señor, sabia lección.


Iván había ido a dar un paseo con el Trenti y con Narizotas, llevaba toda la mañana tirando y al parecer había batido su marca en varias ocasiones, al regresar, nosotras aún andábamos entusiasmadas con nuestros tiros, así que seguíamos lanzando flechas y disfrutando de la excelente puntería.

La voz de nuestro amigo algo agitada nos sobresaltó.

- ¡Pirú, hemos visto unos pájaros horribles que vienen a toda prisa hacia aquí! ¡Son muy feos y vienen en bandadas de miles, ocultando el sol!
- Vaya...- Dijo Pirú tornando su gesto habitualmente tranquilo- Son Térades del norte, mitad reptil, mitad cuervo. Aves espías al servicio del Mago Negro, su labor es buscar víctimas para los Rementeadores y por lo tanto para su amo.

Nos quedamos perplejos... Menuda fauna abundaba en los alrededores sin que nada supiésemos.

- ¿Son chivatos, Pirú? -Preguntó Iván.
- Eso es, pequeño, -Dijo el mago sonriendo- Son aves muy cotillas, aunque no siempre fue así, un extraño sortilegio las convirtió en lo que ahora son, al parecer por su hedonismo.
- ¿Hedo…, qué?- Preguntó Marta
- Pequeña, estas aves fueron en su día las más bonitas del mundo, eran extremadamente presumidas y soberbias, tanto, que llegaron a encerrarse en un palacio construido con las flores más bellas del jardín de la Tierra, para que nadie pudiera igualarlas en hermosura. Se volvieron intolerantes y caprichosas, impidiendo que el resto de criaturas compitiera con ellas en belleza, por lo tanto, comenzaron a secuestrar  doncellas, gatitos, caballos y todo aquello que pudiera hacerles sombra. El Gran Mago se enfadó con las aves y las castigó a vivir atrapadas en un cuerpo que cada mañana al despertar, les recordase que el exterior de las criaturas no era lo que les daba valor como tal. Lo importante, el verdadero tesoro, se encontraba más adentro. El hechizo se rompería si aceptaban su nueva imagen con humildad de corazón, pero lejos de eso, se aliaron con Óminor, que les prometió vengarse de todo aquello que ofendiese su enorme ego. Cada día que pasa su aspecto es más terrorífico porque su interior, se ha convertido en un pozo de rencor y amargura.
Los niños se asustaron, el duende de un salto se coló en uno de los bolsillos de la túnica de Pirú y Narizotas se refugió en los brazos de Marta. Aquella historia era triste y a la vez temible. Un sonido lejano, como un grito ahogado y ronco se enroscó en el viento, el sol pareció encogerse.

- ¡Chicos, corred, resguardaos bajo los árboles! ¡Vamos, rápido! -Gritó el Mago-

Cogimos nuestros arcos y flechas y nos dirigimos a la arboleda, Pirú levantó el báculo y pronunció un hechizo.

- ¡Arbóreus ramificalis totam agooora!


Al instante, los árboles comenzaron a entrelazar sus ramas, se juntaron en estrecho abrazo hasta constituir una bóveda verde y opaca por la que no pasaba ni una gota de luz. Nos cobijamos bajo ella entre sorprendidos y asustados. Pirú nos invitó al  silencio llevándose su dedo índice a los labios. En unos segundos el sol se ocultó, el ruido se hizo ensordecedor y las ramas comenzaron a temblar.

- No temáis amigos -susurró Pirú a los árboles - No permitiré que esas criaturas malignas os hagan daño-

Nos miramos sorprendidos, los ojos de Esther brillaban con la fuerza del carbón encendido, sus manos se cerraban alrededor del arco, tensas y dispuestas a entrar en combate. Pasaron unos minutos eternos hasta que por fin la luz volvió a hacerse presente.

- Queridas niñas, querido Iván, vamos a recoger nuestras cosas y a emprender la vuelta hasta mi cueva. No estoy seguro de que estas aves vinieran a espiarnos, mi intuición me dice que huyen de algo, si vinieran a cotillear, hubieran sido extremadamente sigilosas...
- ¿Rementeadores tal vez? -Preguntó Iván-
- No, esos son de los suyos... Algún otro peligro de los que acechan estos bosques desde que el Mago Óminor recobró poder- Contestó Pirú-

Los árboles deshicieron su abrazo y la bóveda celeste volvió a hacer acto de presencia. El astro rey, acarició nuestro rostro y vi como Esther lo elevaba hacia él en señal de agradecimiento. Pirú nos planteó volver a pie, todo parecía estar tranquilo pero no quería correr riesgos, de modo que tomamos un estrecho sendero que se empinaba serpenteante a través de los matorrales. Llegamos hasta un arroyuelo cantarín que nos cerraba el paso, Narizotas saltó sobre las piedras que puestas hábilmente por alguien, hacían de pasadizo a la otra orilla. Primero pasó el gato, después Pirú con el Trenti para ayudarnos desde el otro lado, luego Iván, las niñas y finalmente la que escribe. Sin embargo... La mala fortuna hizo que pisase una piedra por el borde y ésta se moviese, causando el desplome de mis cientos setenta y ocho centímetros sobre el agua para regocijo, risas y cachondeito variado del personal menudo. Allí estaba yo, en mitad del agua helada con el pompis incrustado en la arena, y por si fuera poco, Narizotas vino saltando hasta colocarse sobre mí para hacerme cucamonas y carantoñas gatunas.

-¡Tita Pitusa! Jajajajajajaja ¡Si es que eres una patilarga! -Gritaba Esther muerta de la risa, risa que en unos segundos se extendió como la pólvora. Todos, pero todos, reían a carcajadas a costa de una servidora que tras observar el panorama, fue contagiada también por el carcajeo del público.
Me ayudaron a salir y al verme de esa guisa, de nuevo nadie pudo contener las carcajadas, así seguimos caminando como pudimos, yo hecha unos zorros y ellos con flato por reírse de servidora. Castiguito del Niño Jesús.
Pirú pensó que no era bueno que continuase con la ropa mojada así que una vez más hizo uso de la magia. Con el báculo "construyó" una especie de nube violeta en la que entré y al instante sentí un agradable calorcito que secó mis prendas. La verdad, no sé para qué quiere la gente las secadoras, donde se ponga un buen mago....
Continuamos camino, Narizotas había atrapado un saltamontes y vino corriendo a ofrecérnoslo, a mí que me dan pánico, me faltó tiempo para echar a correr y alejarme lo más posible del guarrísimo minino. De nuevo, las risas.

-¡La tita Pitusa es una cagona! -Gritaba Marta! –

Vaya, parece ser que los elementos confabulaban contra mí aquella mañana.
Corría alejándome de ellos cuando me topé de bruces con un enorme ser rojizo tan alto como un árbol, con colmillos temibles y afilados y un sólo ojo en la frente. Bajé la vista y observé que tenía diez dedos en cada pie. Su barba era poblada, sucia y muy descuidada. En medio se entreveía un pelo más grueso en color blanco, si mis conocimientos de mitología no me fallaban, o estaba soñando o me encontraba ante el temible Ojáncano. Una criatura malvada que vive en cuevas junto con la Ojáncana. Son maléficos y su presa favorita son los niños que se pierden en el monte, sólo pueden ser neutralizados si se les arranca el pelo cano de la barba, pero antes, hay que cegarlos.


- ¡Atrás tita Pitusa! -Gritó Pirú- ¡Es un Ojáncano!
-Estaba paralizada de miedo, era enorme y sus fauces daban escalofríos. Rápido monté mi arco y le amenacé, despacio retrocedí caminando hacia atrás, intuía que mis acompañantes apuntaban al monstruo con sus armas. Al fin me puse a su altura.
-Estamos en peligro- Dijo Pirú- No es normal que esta criatura salga de su cueva antes de la caída del sol, debe estar hambriento. No dejéis de apuntarle y no mostréis temor.

El Ojáncano levantó las manos y emitió un sonido terrorífico, al instante, varios seres iguales al que teníamos a la vista, aparecieron rodeándonos.

- Esto no me gusta nada- Dijo Esther que no dejaba de apuntar al primero de los seres- Pirú, ¿no puedes hacer algo para sacarnos de aquí? - Susurró- Como antes, cuando nos trajiste en esa nube brillante-
- Pequeña, si lo hago es posible que una de estas criaturas entre en el círculo brillante por error y lo transportemos hasta la cueva. Un fallo en el cálculo y nos jugamos la vida, prefiero no arriesgarme.
- ¿Y qué podemos hacer? - Preguntó Iván-
- Están hambrientos, tenemos que mostrarnos seguros o saltarán sobre nosotros. Hay otro modo de neutralizaros sin tener que matarlos, Esther, ¿sabes tocar la flauta?
- Sí Pirú, me han enseñado en el colegio.
- Estupendo, mira dentro de mi zurrón y coge la que tiene el color azulado, toca la melodía más bella que sepas.

Esther obedeció pero de repente, Narizotas sin saber por qué saltó sobre el Ojáncano que se acercaba por la derecha y se enredó en su barba.

- ¡Narizotas! ¡Narizotas vuelve aquí inmediatamente! -Gritamos todos, pero el gato, no hizo caso-

Los gigantes se abalanzaron sobre nosotros y cogieron a Pirú, viendo con asombro los demás, como el báculo se escurría de entre sus manos y lo hacía suyo una de las criaturas.

- ¡Oh no! ¡Se llevan a Pirú! - Gritaron asustados los niños-
- No os preocupéis- les dije armándome de valor- ¡Chicos, apuntad al ojo, tenemos que recuperar el báculo y el zurrón para que Esther pueda tocar!
- ¡Pirú ha dicho que no matemos a ninguno!- Gritó Marta-
- Si no conseguimos quitar del medio al que se lleva a Pirú, estamos perdidos ¿No os dais cuenta de que no hay otro modo de liberarle? - Les grité mientras disparaba al Ojáncano que se me venía de frente. Erré el tiro y la flecha le rozó la cabeza, lo cual lo enfureció aún más.
- ¡Dita sea! - Exclamé- ¡Vamos, hay que seguir al que se lleva al mago!

Corrimos a través del monte, disparando a todos lados pero los nervios no nos dejaban centrar la flecha, al menos, los manteníamos a raya. Narizotas había vuelto loco al Ojáncano que había atacado, tironeaba de las barbas, le arañaba, le corría por el cuerpo de tal manera que el gigante huía despavorido intentando deshacerse del minino.

- ¡Bien por Narizotas! - Gritó Iván.

Veíamos a Pirú intentado deshacerse del zurrón sin éxito, para dejarlo caer y que Esther pudiese recuperar la flauta, el Ojáncano lo rodeaba fuerte con uno de sus robustos brazos y con la nada despreciable mano le tapaba la cara para evitar que pudiera lanzarle algún hechizo. Amordazado, nuestro amigo poco podía hacer por nosotros. No contó sin embargo el gigante con el Trenti, que sigiloso se deslizó desde el bolsillo hasta la hebilla del zurrón, hábilmente lo desató y la talega cayó al suelo sin que se percatara el captor. Esther corrió hacia ella mientras Iván la cubría, una flecha fue a parar justo a la mitad de la frente del Ojáncano que casi atrapa a la niña, pero el chico estuvo rápido y tras saltar sobre el gigante, arrancó la barba cana y éste se desplomó sin vida.

- ¡Bien Iván, buen trabajo! - Gritó Marta.

Esther, rápida cogió la flauta mientras nosotros la cubríamos en medio de un mar de flechas y unos gigantes hábiles para esquivarlas. De repente el sonido mágico de aquel instrumento invadió el lugar.
Los Ojáncanos detuvieron su feroz acometida, la música penetró en sus sentidos y el carácter agresivo de aquellos seres se desvaneció. Esther seguía tocando mientras los gigantes se sentaban embobados con el sonido que salía de la flauta. Pirú regresó a nuestro lado acompañado de Narizotas y el duende, poco a poco nos fuimos alejando del peligro.
Esther no dejaba de tocar y así continuó hasta que los perdimos de vista. Se quedaron allí, sentados en la verde pradera, mansos como gatitos, hipnotizados por la música que salía del sencillo instrumento. Ya a salvo...

- Pirú, creo que esto es tuyo -Dijo Iván entregándole el báculo al mago-
- Gracias Iván...Chicos, os debo la vida -Dijo Pirú abrazándonos a todos - Hoy hemos aprendido una lección que no olvidaremos y es que hasta el más temible de los caracteres puede ser domado con dulzura, no lo olvidéis.
- No lo haremos Pirú - Dijo Esther- Yo añadiría que: ¡La música amansa a las fieras!

Todos reímos de buena gana. El resto del día lo pasamos en las cercanías de la cueva de Pirú, al llegar, una mesa llena de delicias gastronómicas nos esperaba, dimos buena cuenta de ellas pues las emociones nos abrieron el apetito, ¡y en qué modo! Al caer la tarde nos despedimos de Pirú y del Trenti, al que los niños habían decidido llamar Bartolín, nombre con el que el duende parecía estar encantado.
- Pirú, ¿tendremos algún día una aventura tranquila? - Pregunté al Mago cuando me despedía de él-
- ¡Seguro que sí tita Pitusa! , prometo que la próxima será una excursión hacia el Lago de las Ondinas.

- ¡Ay siiiiiii! ¿Cuándo, cuándo, cuándo, cuándo? - Repitieron los niños excitadísimos con la noticia.

- Estad atentos a la rosa... - Nos dijo a medida que nos envolvía de nuevo en la nube brillante y nos devolvía sanos y salvos al coche-
- Chicos, abrochaos el cinturón, salimos a carretera.
- Vale tita, ponnos música tranquila, por favor.

Y vosotros... Ya sabéis, si os encontráis con un Ojáncano y no tenéis a mano una flauta, silbad una bella melodía.



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CIELOS VALLEINCLANESCOS



Se enciende el cielo pero sospecho que su color es mentira, es como un invento de Valle-Inclán; tras las nubes y el azul está el frío dispuesto a corroer los huesos.
- Enséñame el sol, aunque me mientas- Pienso mientras recorro estas calles que me llevan a Casa Encantada. Si es que el sol no es también un sueño delante de mis ojos.
Estos cielos vienen conmigo allá donde voy, sobre estas calles goteadas de gentes que van y vienen. Calles que a veces no llevan a ningún lado, bueno sí..., a los recuerdos, esos que en ocasiones no encuentro, se los ha llevado él y se ha dormido con ellos.

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VERSO LIBRE


- No busco comprensión en la queja y en la pena, más bien soy una exaltada vitalista que proclama la necesidad de la risa - Y se levantó dejando atrás a aquellas mujeres y su padecimiento existencial.

Su piel no tenía el color del arroz, ni cubría los brazos en señal de recato porque ella, a diferencia de las demás, no estaba sujeta a la temporalidad. No le gustaba compartir sus vicisitudes personales con aquellas cotorras que jamás captarían la emoción velada que se esconde en una sonrisa, así que se refugió en el humeante café que la induciría a uno de sus diarios análisis introspectivos.

- En su belleza solo cabe oportunidad - Se escuchó en el salón- Pero ella sonrió y se sumergió en el delicioso placer de saberse verso libre..., y anónimo.


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viernes, 27 de febrero de 2015

OTOÑO


Todavía el sol acaricia los corazones esta tarde. Luz entre nubes cargadas de invierno, de vaho, de hielo... Pero no será el frío quien hoy anestesie mi ánimo, es Ra quien preside.
Errantes mis ojos, tras el viento buscan un final y un comienzo entre la espuma; son nubes prendidas con alfileres a la bóveda azul, extensa... Fin de los días eternos, comienzan las noches de mármol en los que el amor es imagen y palabra. Abrir la puerta al reflejo convexo de los sentimientos.., porque Amor, es eso.


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ÁRBOL DE INVIERNO


Y el cielo puso corona de nieve sobre su carne dormida. Invierno modelado en la sombra donde no hay caracolas, ni mar, ni espumas... Sólo copa de plata en sus brazos de siglos. 
Me ha dicho que recuerda el estío, pero en realidad es un sueño.

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jueves, 26 de febrero de 2015

UNA NOCHE QUE NO ES AQUELLA.



Esta noche no es la que era, antes tenía voces de niños, alegrías veraniegas, madreselvas, estrellas en las dobleces del cielo... No, no es en invierno esta noche como era aquella.
Tampoco es un lugar, porque las noches van y vienen a través del tiempo que pasa pero no muere. Así que no podré ir, ni vendrás tú. 
Sin embargo, acudirá el verano a nuestras vidas y las olas del mar traerán en su arrugada cresta mil risas; más no la tuya.
Ahora está oscuro y es invierno. El invierno no es estación para locos, amado mío... Diría la bella que baila en torno al piano.
Amado mío, love me forever. And let forever begin tonight.
No reconozco estas cosas que digo, porque la noche está llorando a escarcha viva.

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TORMENTA EN CASA ENCANTADA


Vaya tarde que llevamos...Otro relámpago, Esther se tapa los oídos, Marta corre como alma que lleva el diablo y el nuevo gatito que hemos adoptado, se esconde bajo el sofá.

- Tita, ¿nos llevas a la Casa Encantada? Nos encanta ver llover allí.- Apunta Esther que es una aventurera de cuidado...
-Mmmm ¿con estos truenos?-
- ¡Siiiiiiiii, siiiiiiiii tita Pitusa por fa, por faaaaaa! Prometemos no bajarnos del coche.- Marta zalamera me hace ojitos.
-De acuerdo, pero el gato se queda.Y si vamos, es para bajar y entrar.

-¡El gato viene! -Replica la abogadilla de Esther-
- ¡Pero mona! ¿Cómo vamos a llevarnos al gatillo? ¡Si está como un rebaño de cabras, sólo hará dar la lata!

Ojitos, esta vez de Esther.

-Vaaaaaaaaaale, es que hacéis conmigo lo que queréis. Tita pitusa, tita pitusa... ¡Más bien tita de trapo!

Risas de las niñas y ojos curiosones de gatito recién adoptado.

- ¡Venga Narizotas, que nos vamos de aventuras con la tita!- Dijo Esther exultante de felicidad por poder compartir un viaje con el nuevo minino.

Montamos en el coche y ponemos rumbo a Casa Encantada. El gato, hace gala de una sinvergonzonería insólita y se lo pasa de miedo con las niñas en el asiento de atrás. No tiene miedo y salta de Marta a Esther jugando con todo lo que pilla. Va fuera del transportin...Ejem.
Un trueno... La lluvia cae trayendo un intenso olor a tierra mojada que nos rodea y hace que inflemos los pulmones entornando los ojos de manera instintiva.

- Tita pitusa que bien huele a tierra mojada- Dice Marta.
- Sí monas, es un olor maravilloso, nos conecta con lo primigenio y nuestro ser se estremece. Eso nos recuerda que todo lo que nos rodea está hecho de la misma sustancia que nosotros, por eso nuestro cuerpo reacciona así.
-Pero tita, eso no puede ser porque mira las piedras...
-Esther, al final en nuestro último componente, el más pequeñito, pequeñito, todos somos lo mismo..., seres vibratorios en un entorno vibratorio. No lo he explicado bien, pero creo que lo entiendes.
-Uy, que bonito es eso, cuánto sabes tita pitusa...
-Mmmmm, eso suena a pitorreito sobrinero....
- Jajajajaja, anda tita, pon musiquita que vamos a enseñar a bailar a Narizotas ¡Que sea de la nuestra!

Enfilamos la curva a la derecha adentrándonos bajo el puente de la vieja vía de tren.


El rostro de las niñas se relaja, el gatito se hace una rosca en las piernas de Esther que no cesa en sus caricias. Silencio, la música se desliza, la lluvia cae, los relámpagos iluminan el habitáculo y llena de luz las caras de mis sobrinas. Éste momento lo guardaré para siempre.
Llegamos hasta el silo y aparco, la lluvia arrecia y las peques no hacen ni por moverse. La casa aparece entre nubes, desolada, llena de sombras y más sola que nunca.

- Monas, poneos los chubasqueros, desembarcamos.
- Tita, ¿puedo entrarme a Narizotas aquí entre el chubasquero y mi camiseta?
- Esther, puedes hacer lo que quieras, tus padres no van a enterarse....

Feliz, abre la cremallera del ligero plástico salpicado de florecitas e introduce al gato, lo sujeta con sus manos y el animal, encantado con su aventura, asoma la cabeza y las manitas expectante.
La tierra permanece dura, aún no ha llovido lo suficiente como para que aparezcan charcos, el viento viene fresco y la tarde oscurece. Caminamos escuchando el ronroneo incesante de Narizotas y el golpeteo de la lluvia sobre los chubasqueros. Esther se detiene.

- Tita..., ¿has visto eso?
- El qué Esther... No seas bicho, no me asustes...
- Eso, allí junto al banco de baldosas amarillas. En la ventana del segundo piso se mueve algo. - Dice apuntando con el dedo índice de su mano izquierda.

Me asusto, Marta retrocede y Esther dirige sus pasos hasta la sombra que parece cobrar vida. De repente, se detiene y se gira hacia nosotras.

-¡Sois unas cagonas! ¡Las dos!

Marta y yo nos miramos. - ¡Tita que no se diga! Y la seguimos con más miedo que vergüenza. Un trueno. Las dos gritamos al unísono, Esther se monda... La sombra se mueve, pienso que puede ser la de un eucalipto o la de la palmera que se mece al otro lado. Me relajo pero Marta aprieta mi mano y susurra:

- Tita vámonos...

De repente, Esther se pierde entre las ruinas, un haz de luz iridiscente nos envuelve y explota en un millón de puntos luminosos. La Casa se transforma...

- ¡Tita, Marta, corred, tenéis que ver esto!

Entramos empujadas por una creciente curiosidad, las paredes descarnadas habían desaparecido, en su lugar, un tupido bosque cuajado de flores, el sol en lo alto y de fondo algo más que un rumor de agua comenzó a invadir nuestros oídos, una melodía excepcional acariciaba los sentidos de manera mágica. Nadie hablaba, no hacía falta. Esther nos hizo un gesto para que guardáramos silencio, descorrió la cortina de arbustos y ante nuestros ojos apareció un hermoso y cristalino lago, en él, unas bellas mujeres de largos cabellos color verde bailaban y cantaban sobre las aguas, iban vestidas con ropas azules que refulgían al sol y adornaban sus cabezas con flores y nenúfares. De sus sensuales labios se desprendía la dulce melodía que embriagaba los sentidos, sin embargo, nos pareció que los labios no se movían. De repente, las miradas de aquellas extrañas jóvenes se volvieron hacia nosotras y un halo de magnetismo y sensualidad se extendió por el lugar, temí que al descubrirnos, las bellas criaturas se marcharan.

- ¿Quienes son tita? Susurró Marta.
- Son Náyades, hadas de agua dulce, habitan en ríos, aguas y fuentes. No es fácil verlas.
- Dios mío....-Dijo Esther- son muy hermosas. El gatito acaricia su barbilla y la niña le sonríe sin apartar los ojos de las hadas.
-Sí, lo son, -afirmé- Son seres legendarios amantes de la música. La corriente de los ríos, las cascadas y en definitiva todo el mundo acuático tiene su ritmo.

De repente las hadas se diluyeron en el agua y la música se apagó. Me quedé analizando un rato el momento que acababa de vivir, pensé que merecía la pena rescatar la fantasía. De nuevo, el ronroneo del gato nos devuelve a la realidad. Las paredes vuelven a estar descarnadas y la lluvia retoma su son.

-¿Crees que debemos contar esto, tita?- Pregunta Esther con la cara y las manos cubiertas del polvillo dorado que dejan las hadas al pasar.
- No tesoro, creo que no. Guardaremos este secreto para siempre y lo compartiremos cada vez que sintamos la necesidad de reunirnos para hablar de cosas bonitas. ¿Qué os parece?

Las niñas asintieron, el gatito maulló divertido.

De vuelta a casa, el reloj marcaba las siete y media de la tarde, los relámpagos rasgaban el cielo plomizo dibujando miles de caminos brillantes y temblorosos. El relámpago se apaga y el sonido nos invade. Apretamos el paso y la lluvia nos acompaña. Tac, tac, tac, las gotas golpean el plástico de nuestros chubasqueros, el gatito se resguarda en el cuerpecito de Esther. Al fin llegamos, dentro del coche nos quedamos en silencio, saboreando nuestra última aventura.

- Tita pitusa, pon música. Que llegue al corazón de la fantasía y esté cantada por Elfos.


Inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual, obra 1008227110976 . Prohibida su copia o reproducción, todos los derechos reservados.

miércoles, 25 de febrero de 2015

EL JARDINERO DE CASA ENCANTADA

En Casa Encantada existió un jardinero, supongamos que el nuestro atiende al nombre de Ramón y soñemos.
La silueta de un hombre no muy joven se dibuja entre las brumas de la mañana, es Ramón, el jardinero de la Casa Encantada que, como cada despertar, comienza muy temprano su frenética actividad propia de las oficinas.
Ramón no es muy alto, en sus manos se pueden leer años de trabajo en el campo y en sus ojos cargados de historia, toda una vida llena de sueños que no siempre se cumplieron.
Feliz se dirige al cobertizo donde guarda sus herramientas de trabajo: un rastrillo, unas tijeras de podar, una pala, una azada y una espuerta es todo cuanto posee para crear los más bellos pensamientos que jamás se vieron en Peñarroya-Pueblonuevo. Y digo crear, porque estas flores sólo pueden cultivarse si antes se sueñan; él las crea en su pensamiento cada noche, las riega con su cariño y en primavera florecen hermosas, grandes, bellísimas y coloridas.

- ¡Buenos días Ramón!
- ¡Buenos días don Leonardo!

Don Leonardo entra en las oficinas, el papeleo de las minas es a menudo interminable, pero Ramón no entiende de eso ni falta que le hace.

- Bueno preciosas, hoy os toca a vosotras, voy a podaros para que luzcáis bien bonitas en primavera. Parece que ya no va a helar así que venga, voy a quitaros ese traje viejo que lleváis para que podáis sacar vuestras nuevas hojas. Además, seguro que alguien os quiere para adornar a la Virgen, con que ya estamos tardando.

Ramón coge las tijeras y comienza la poda de las rosas con sumo cuidado, como la madre que por primera vez corta las uñitas de su bebé. Ramón canturrea "mi niña Lola" mientras hace su trabajo.



- Ay que ver lo que me gusta a mí "el Pepe Pinto", en cuanto pueda ahorrar unos duros me voy a verlo cantar.

El sol de febrero despunta arriba, bien alto, Ramón entorna los ojos y frunce el ceño mientras caracolea un bonito quejido en su garganta. Los oficinistas dejan el lápiz y el secante y se dirigen a las ventanas sigilosamente.

-¡Ramón está cantado! Susurra Julio a los compañeros que con sumo cuidado se desplazan para oírle, saben que si los ve, el jilguero cerrará su pico.

Martín le jalea en silencio imitando cada palabra que sale de la garganta de Ramón, que entusiasmado no se ha percatado del improvisado público que lo admira.
El jardinero termina la canción y deja la tijera por unos momentos,  ay..., qué día tan hermoso con este sol y la hierba apuntando fresca y verde. Así se olvidan las penas de una España que se tiñó de rojo líquido por el odio y la ignorancia de políticos manipuladores y envenenadores de pueblos. Ya pasó... Ojalá que nadie remueva estas cosas, ojalá.... Piensa Ramón mientras cambia las tijeras por la azada.

- Ramón, este año ha llovido bastante y el jardín va estar precioso, ya lo verá.
- Pues eso pienso yo don Leonardo, que con el agua que ha caído, la primavera va a ser mu buena y los animales se van a criar solos.
- ¡Tenga buen día y cuídese esa tos, hombre!
- Esto es un resfriaillo de ná. ¡Con Dios, don Leonardo!

Ramón se dirige a un arriate donde han nacido los jacintos y dentro de nada comenzarán a florecer. Allí hunde sus manos en la tierra húmeda y aparta las malas hierbas, piensa en como los hombres a veces se tuercen en su camino y acaban transformándose en "cizaña", como se le llama aquí a las hierbas dañinas. Su filosofía sencilla es a veces un libro de vida: "caminar sin hacer daño a los demás". Arranca otra hierba y silva una melodía.

- Cachis la mar..., cómo está esto de yerbajos y eso que los arranco casi a diario. Si es que no pue ser, las malas hierbas crecen hasta en las mejores familias.

Ramón sigue rumiando su letanía de quejas sobre la "cizaña" mientras acaba con ellas a buen ritmo. La mañana se va consumiendo y el estómago del jardinero reclama su sustento, en una talega de listas de lo más primorosa, aguarda el trozo de pan con morcilla que saciará el hambre creciente de nuestro amigo. Había adquirido su manjar el día de antes en La Parrilla, aprovechando que era domingo fue a tomarse unos vinos "an ca Hilario el del comercio" y compró unas morcillas que venían avaladas por muy buena fama.
Qué buen rato había echado allí en el salón del bar-comercio, siempre había alguien dispuesto a contar un chascarrillo divertido. Los hijos de Hilario eran más malos que un rajón, especialmente el chico, del que contaban ponía guindillas en la estufa... Demonio de nene.
Ramón acabó su tentempié y se incorporó a la tarea, echó un vistazo al camino plagado de transeúntes que iban y venían al comercio y al bar de al lado: "los Melgarejos"

-¡Ramooooon, que te se van a caer y te van a partí un pié hombreeeee! ¡Er tío que bien viveee!

Ramón se ríe con las ocurrencias de su amigo "er pirata", que siempre anda metiéndose con él porque dice que vive como un marqués. El pirata es minero del pozo Langreo, en La Parrilla, un accidente lo dejó tuerto de un ojo y el mote le cayó por derecho propio. Le gusta el aguardiente y el cante y de vez en cuando, Ramón le corta unas rosas para "la Agustina" porque el pirata se emociona con la bebida y le llega borracho más de una vez, cuando la mujer se harta lo echa de casa, aunque siempre acaba perdonándolo porque a pesar "del vicio" no es mal hombre.
El día transcurre en paz, la gente va y viene con carros, mulas y algún coche. Los trenes no paran en su incesante ir y venir, humo de máquinas que se mezcla con el sonido característico de las ruedas sobre las vías. Mujeres que cargan cántaros de agua a la cabeza y pesados fardos, son las "cosarias", que llevan mercancías diversas a quien no quiere desplazarse a por ellas. A Ramón le dan pena, algunas son mayores y sus piernas ya no están para esos trotes, pero así es la vida, hay que trabajar para llevar el pan a casa. Los guardias andan atentos para que nadie cruce las vías pero siempre se les escapa alguien, el mes pasado multaron a las mulas de Manolito, el hermano de Hilario. Puf, con el genio que tiene...
El jardinero vuelve a mirar las rosas, han quedado perfectas, el ingeniero asturiano le ha pedido que vaya a su casa porque no hay nadie como él para podarlas. Tiene unas manos mágicas para estas flores, pareciese que con sus caricias cobren vida los rosales. A Ramón no le importa, total le pilla cerca y es mejor no contrariar a los jefes. A veces sueña que le toca la lotería y se compra una casa como la del ingeniero, una bien grande con un jardín hermoso lleno de flores bien cuidadas. Después se iría a ver el mar que aún no conocía porque la mili le había tocado en Sevilla, allí había oído a los compañeros contar que el mar crece y se encoge dependiendo de si era mañana o noche, y que eso se llamaba mareas.
Ramón apartó sus sueños, a fin de cuentas no eran más que eso. Fue al cobertizo a dejar los aperos, allí se encontró con uno de los oficinistas que le dijo que lo requerían en la segunda planta para arreglar un desconchón que se había hecho por la caída de una estantería.

-¡Qué vida ésta, no le dejan parar a uno! Menos mal que lo mismo valgo pa un roto que pa un descosío. Lo malo es que tenía que pasarme por la casa el ingeniero..., bueno, si eso voy esta tarde.

Y Ramón se pierde por las escaleras de la Casa Encantada con sus pantalones raídos, sus manos surcadas de trabajo y una espuerta llena de herramientas destinadas a solucionar el desperfecto de la pared. Sube cargando sus sueños sobre unos hombros cansados, su nuca cubierta de canas se balancea a cada peldaño mientras los oficinistas lo animan a echarse una copla. El jardinero sonríe porque a pesar de todo, sabe que le escuchan a escondidas, es su pequeño momento de lujo en un mundo que se olvidó de él el día que rifaron la fortuna.

- Bah, qué más da. Yo soy feliz con mis rosas y mis cantes, que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.

Y su pensamiento queda flotando en el aire, rebotando en las paredes de una casa que hoy ya no ofrece nada de lo que tuvo. Ramón vive entre las hierbas, ahí sigue cuidando las plantas, cantando por Pepe Pinto, filosofando con su sabiduría de hombre bueno. Sí, tenemos jardinero en Casa Encantada, para él este vídeo cargado de belleza y música. 

lunes, 23 de febrero de 2015

PIRÚ Y LOS REMENTEADORES


Sábado lluvioso, sábado de brumas y sueños, las niñas están inquietas y el gato ronronea abandonado a las caricias de Esther. De repente, la pregunta mágica.
- Tita Pitusa ¿Nos vamos de aventuras? Esther se frota la nariz y me sonríe.
- Pues....
- ¡Sí tita, sí por favor, venga que voy a por el transportin y metemos a Narizotas! -Apuntó Marta levantándose como un saltamontes-
- De acuerdo, preparadlo todo y poned al minino en su sitio, hoy saldremos a carretera así que no podréis sacarlo. ¿Me habéis oido? Les digo apuntándoles con el dedo.
Las niñas corren a por el transportin y se colocan sus chubasqueros y sus botas de agua mientras yo preparo una merienda a base de chocolate con almendras, galletas y zumos.
- ¿Listas? - Les pregunto cargando al hombro la mochila con lo que ellas llaman "pan del camino"-
- ¡Listas, tita! - Sonrisas XXL
Esther ha metido a Narizotas en el transportin que sigue ronroneando a sabiendas de que le espera una tarde divertidísima bajo la lluvia y en compañía de sus mejores amigas, Marta sonríe a la espera de que le de el móvil, ella siempre es la guardiana del mágico aparato.
Antes de irnos pasamos a recoger a un nuevo amiguito, es Iván, tiene once años y es un niño alegre y cariñoso que vive su infancia igual que mis sobrinas, disfrutando del maravilloso tesoro que otros a su edad, ya han perdido.

- ¡Papá, mamá que me voy de aventuraaaas! - Iván sale corriendo como un loco en busca de su chubasquero cuando le proponemos el plan para la tarde. Su cara refleja una felicidad sólo comparable a la noche de Reyes-
- Pero... ¿Vais de aventura lloviendo? No, no, no, mejor otro día Iván, hace frío y esta lluvia os calará hasta los huesos.- Dice la mamá del niño un tanto preocupada-
- Venga mujer, deja que se vaya, ¿qué iba a hacer solo aquí toda la tarde con nosotros? Seguro que con María José y sus sobrinas se lo pasa de miedo -Replicó el padre intercediendo a favor del sábado aventurero-
-¡ Sí, sí por favor mamiiiii! -Suplica el niño con cara de penita profunda-
Al final la mamá de Iván despliega una sonrisa y todos respiramos, eso significa que tenemos nuevo compañero desde hoy.

- Entonces ¡Eeeeeen marcha! -Les digo a los tres aventureros que corren a entrarse en el coche. La primera sorpresa para Iván se llama Narizotas-
- Iván, tienes que conocer nuestros secretos si quieres ser un aventurero pituso en toda regla- Dice Marta mientras pone al gato en brazos del niño-
- De acuerdo, contadme.
-Verás, -prosigue Esther- Cuando lleguemos al bosque lo primero que tienes que hacer es saludar a los Elfos ¿Hablas élfico?
- Pues..., no, no tengo ni idea.
- No te preocupes, nosotras te enseñaremos todo lo que necesitas saber. Mira, cuando lleguemos tú sólo di ¡Aiya mellon Eldas! Que significa: ¡Hola amigos Elfos! No olvides pronunciar la elle como dos eles.

Les miro por el retrovisor mientras les pido que vuelvan a meter a Narizotas en el transportín, salimos a carretera. Todos sentaditos y con sus cinturones siguen riendo y charlando, pronunciando palabras élficas que sólo ellos conocen y haciendo gala de una camaredería como no esperaba menos de los tres tesoros que llevo en el asiento de atrás.

- ¡Tita pitusa, música de aventuras please! -Habla Marta mientras de fondo se oye la risa de Iván y de Esther-


En unos segundos se hace un silencio esperado, los niños se dejan llevar por la melodía y observo a retazos sus ojos alucinados. Sus mentes viajan lejos del habitáculo del coche, están en bosques llenos de hadas, animales que van y vienen, un joven caballero, una reina, un castillo...Sueños infantiles en una tarde fría de invierno.

- Tita, ¿cómo se llama esta canción? - Pregunta Esther.
- La música de los dioses.



Y el silencio se reinicia tras un suspiro de Esther, la paz inunda mi reino, un reino donde las hadas tienen un nombre conocido y familiar.
La tarde se vuelve oscura, el cielo plúmbeo amenaza con desplomarse sobre nosotros, se cierra a derecha e izquierda extendiéndose entre los árboles y las pocas casas diseminadas en el monte. Tomamos el camino que nos lleva hasta la finca de Las Picazas y la lluvia da paso a un viento enfurecido que hace a los árboles inclinarse ante su majestad airada. El cielo sigue oscureciéndose y difuminándose en distintas tonalidades de gris, el personal del asiento trasero observa por las ventanas el espectáculo invernal. Comienzo a preocuparme, subo la calefacción porque el frío se hace pertinaz pero a la pregunta de si volvemos a casa, el no, fue rotundo y contundente.
De repente, algo blanco se posa en el parabrisas, sale despedido y se queda suspendido en el aire, inicia una danza al son del viento antes de caer al suelo y después desaparece. Otro más, otro... Está nevando.

- ¡Está nevando titaaaa!

Los niños pegan sus caras a los cristales embobados con la magia de la nieve, los copos son cada vez más grandes y numerosos pero ellos no quieren volver, desean bajarse para disfrutar del maravilloso espectáculo.

Llegamos y a penas paro el motor el gato ya está fuera, en unos segundos todos estamos de pie, colocándonos los guantes y cerrando bien la capucha de los chubasqueros para evitar que se cuele el frío. Ajusto las bufandas una a una, sólo veo naricillas rojas y ojos alucinados, afilados a causa de una sonrisa que permanece escondida bajos las ropas de abrigo. Miro que las botas de agua queden fuera de los pantalones y doy comienzo a la marcha. El gato va delante, saltando y retorciéndose en complicadas piruetas aéreas en busca del copo esponjoso que se le escapa entre sus manitas. Tiene el pelo salpicado de bolitas de nieve pero no quiere que Esther lo coja, prefiere ir andando. Bueno..., andando es un decir.
Bajamos una vereda inclinada y llegamos a un arroyo flanqueado por espeso monte bajo que nos dificulta el paso, Iván no duda en apartar el frondoso ramaje y abrir camino, ahora sólo queda pasar al otro lado.

- Está bien, yo iré delante - Digo examinando concienzudamente nuestras posibilidades. Entre la broza y el arroyo queda un angosto espacio resbaladizo que nos permite avanzar unos tres metros hasta el lugar donde se estrecha el cauce. Unas pizarras a uno y otro lado hacen de improvisado pasadizo, sin embargo, el espacio entre ellas es de casi un metro y hay que saltar.
Me quito el cinturón de los pantalones y lo ato por encima del chubasquero algo más arriba de la cintura, después, cojo a Narizotas y lo deposito dentro. El gato apoya sus patitas en el improvisado escalón que forma el cinturón y saca su cara sinvergonzona por el hueco que le deja la cremallera. Es hora de saltar. Primero arrojo la mochila que cae sin problemas al otro lado y luego sujetando con una mano al animal, cojo algo de carrera y me impulso. Caigo al otro lado sin dificultad, dejo a Narizotas en el suelo y ayudo a pasar a la chiquillería que loca de contenta ríe y grita ante la hazaña.
Un empinado camino se vislumbra entre el espeso monte. Caminamos observando como la nieve va depositando en la cúpula de los árboles una cabellera blanca que chorrea hasta las ramas más pequeñas. De repente, algo cruza como una exhalación, me detengo pero el gato corre veloz detrás de la extraña aparición.

- ¡Narizotas ven aquí! ¡Narizotas vuelve! -Los gritos de los niños no sirven de nada y el gatito se pierde entre la maleza. Preocupada pido que se esperen y me adentro en el monte; le llamo insistentemente pero no acude, así que decido volver junto a los niños para esperar un poco, guarecidos bajo el saliente de una roca. Al cabo de unos minutos interminables vemos un rabito blanco y negro que asoma entre las hierbas, en la boca trae una criatura que se agita y no deja ver exactamente su naturaleza, cuando la deposita en el suelo, un grito ahogado se apodera de nuestras gargantas.

-¡Un, un, un duendee! -Gritó Iván agachándose para recogerlo.


Un pequeño ser vestido con una túnica de hojas y musgo se debatía por soltarse de las manos de Iván, finalmente y ante la imposibilidad de escapar, se rindió. Tenía la carita muy negra y los ojos verdes. Estaba asustado.

- ¿Cómo te llamas? -Le preguntó Marta- No queremos hacerte daño, sólo hablar contigo.

El duende se frotó los ojos y con voz aflautada dijo:

- Soy un Trenti, un duende y vivo aquí, en el bosque. Iba a gastaros una broma cuando apareció el, el.... Bueno, tengo que irme que tengo prisa.
- ¡Espera! Le dijo Iván, ¿Qué es lo que has visto para que corrieses de esa forma? ¿El gato?
- No, el gato no, el gato tonto ese apareció después - Los niños se miraron ¡Había llamado tonto a Narizotas! - Es que....- prosiguió la criatura- por aquí hay Rementeadores, son peligrosos y corría a la cueva del viejo Pirú para refugiarme.
- ¿El viejo Pirú?- Pero..., no conozco a nadie por aquí que viva en una cueva, los ermitaños desaparecieron con la Edad Media y....- El duende me interrumpió-
- ¿Y esta listilla quien es? - Preguntó el Trenti señalándome-
- Ohmms es la tita pitusa, no te preocupes ya te acostumbrarás a ella- Dijo Esther mientras yo la miraba sin salir de mi asombro-

La nieve comenzó a caer en abundancia, el camino había desaparecido bajo un manto blanco que recordaba las estampas navideñas de la infancia. Me asusté porque esta vez habíamos llegado demasiado lejos.

- Ummmm, va a ser complicado que salgáis ahora de aquí. ¿Por qué no me acompañáis hasta la cueva? Pirú estará encantado de recibiros y estaremos calentitos y a salvo.- Propuso el Trenti-

Nos miramos, y tras la insistencia de la gente menuda, tuve que ceder. Dimos un largo rodeo, bordeamos roquedos que no recordaba haber visto antes, Esther llevaba a Narizotas en el chubasquero e Iván portaba al duende que calentito entre las manos enguantadas del niño, iba feliz silbando una hermosa melodía.

- Deteneos, es aquí. - Dijo el Trenti estirando los brazos.

Una cueva de piedra casi dorada apareció al apartar algunas espesas ramas cubiertas de nieve, la puerta era de madera y el tirador un trozo de raíz. Llamé y apareció un anciano de barba larguísima y grisácea, vestía una túnica blanca salpicada de hojitas verdes muy pequeñas, en su mano, un largo báculo que utilizaba a modo de bastón.

- ¡Pasad queridos amigos, pasad, os estaba esperando!- Dijo el anciano desplegando una enorme sonrisa-
- Chicos, dad las buenas tardes- Les susurré a los niños-
- Buenas tardes, señor- Dijeron al unísono-
- ¿Cómo sabía que vendríamos? No entiendo yo... - Le pregunté a Pirú-
- Querida amiga, yo lo sé todo de los que entráis en mi bosque. Acompañadme. - Dijo ceremoniosamente-

Esther dejó a Narizotas en el suelo que se lo estaba pasando bomba con el Trenti y un pequeño Trastolillo que se había unido al juego. Nosotros pasamos a una estancia preciosa, ocupada por sillas talladas con figuras florales y lo que parecía una mesa central con forma de rosa donde en el medio, ardía una fogata caldeando extraordinariamente el lugar. Iván se quedó atónito ante aquella fantástica mesa-chimenea.
Pirú se dirigió hacia la mesa e hizo que todos nos colocásemos alrededor. Abrió uno de los pétalos y sacó unos brillantes polvos azulados con los que espolvoreó el fuego, al instante, pudimos ver la carretera por donde habíamos venido, un señor en su coche saliendo de un cortijo cercano y de repente... Un extraño animal cuya visión nos aterrorizó, era un híbrido de mantis religiosa y araña. La parte delantera del animal estaba formada por la cabeza de la mantis, tenía unos largos brazos erizados de pinchos y unas manos terminadas en pinza. El cuerpo era redondo, negro y peludo, pero todos nos fijamos en el vientre blanquecino del que colgaban una veintena de crías amarillentas.

- ¡Dios mío! ¿Qué es eso? - Grité asustada retirándome de la mesa-
- Es un Rementeador- Dijo Pirú- Un ser maléfico, una de las criaturas más temibles del Bosque de la Sombra. Borra de recuerdos bellos vuestra mente y se los entrega al malvado Mago Negro, después, él permite que los humanos sin memoria sean devorados por el monstruo. Por estos parajes aún transitan algunos Faunos, seres guardianes de los bosques, semidioses de campos y selvas, conocedores de los secretos de la agricultura y los animales. Los Rementeadores temen su presencia porque tienen el poder de vaciar sus ojos y dejarlos sin su malvado don. Son de los pocos que se atreven a enfrentarse a un ser de estas características.
- Un momento señor Pirú - Dijo Marta- ¿Cómo ha llamado a este bosque?
- El Bosque de la Sombra no es éste, sino el que está al otro lado de los sueños, queridos amigos, en él habitan los seres sin esperanzas y está gobernado por el Mago Óminor, el Mago Negro de las sombras. Emplea todo su poder en intentar pasar a este lado pero sólo podrá hacerlo robando los pensamientos bellos de las criaturas, para ello, se sirve de los Rementeadores que tienen la facultad de saltar a esta realidad gracias a las pesadillas de los niños. Si os encontráis con uno no miréis a sus ojos o estaréis perdidos. El hecho de que esté aquí hoy no es casualidad, os ha intuido, sabía que vendríais a vuestras aventuras y os busca, os está buscando...

Iván me miró asustado y me cogió del brazo pidiéndome que volviésemos a casa. Las niñas no podían apartar sus ojos del horrible animal que se visualizaba en las llamas.

- Aquí estaréis a salvo hasta que los Faunos puedan devolverlo al otro lado. Sentaos, os serviré chocolate caliente, tortitas y dulces para pasar la tarde, después, cuando el peligro haya pasado, yo mismo os llevaré hasta el coche.
A un movimiento del báculo una nube rosada nos cubrió, el gato una vez más quiso atraparla entre sus manitas pero al despejarse, una mesa llena de magdalenas, tortitas, frutas caramelizadas y dulces de diversa especie rodeaban una fuente que manaba chocolate calentito. Todos nos miramos asombrados ante la magia de aquella tarde y acto seguido... Comimos mientras Pirú nos contaba historias de Hadas, caballeros encantados y Magos que un día fueron los señores del lugar.
Había entrado la noche y me preocupaba no haber vuelto a casa, Pirú consultó las llamas de nuevo para ver si el Rementeador había desaparecido, pero no, seguía merodeando los caminos que habíamos tomado. Me removí inquieta en mi asiento.

- ¿Ocurre algo, tita pitusa? - Preguntó Pirú.
- Sí Pirú, tengo que llevarme a los niños, ha caído la noche y sus padres estarán muy preocupados.
- No puedes hacer eso, no eres consciente del peligro que corréis- Me contestó con la cara visiblemente alarmada- Si sales ahí afuera, os atrapará, no sabéis nada sobre como defenderos de ese animal y lo que es peor, si os lleva al lado de Óminor, nadie podrá rescataros.

Los niños seguían jugando con los duendes y el gato ajenos a mi preocupación, mi reloj marcaba las siete y media de la tarde y había oscurecido por completo tras una cortina blanca de nieve incesante. El Rementeador seguía afuera y sólo se me ocurría una manera de salir de allí. A la entrada había reparado en una excelente colección de arcos, las niñas y yo somos buenas tiradoras y el blanco a batir es grande, podríamos intentarlo. Pirú al oír mi propuesta se puso las manos en la cabeza.

- ¿Pretendes salir ahí fuera con tres niños y unos arcos para enfrentarte a un Rementeador tú sola? Créeme muchacha, eres una insensata, no imaginas el peligro que entraña salir a la nieve con un cazador como ese animal. Vuestras huellas le guiarán hasta vosotros. Deja que los Faunos se ocupen de él.
-¡Pero los Faunos no aparecen y yo tengo que llevar a los niños a sus casas! Pirú ¿No lo comprendes?

El anciano suspiró - Está bien, os proveeré de mis mejores arcos y flechas y además quiero que os llevéis esto- Depositó en mi mano una campana de cristal con una bellísima flor rosada en su interior-
- Es la flor de Sandáe, si estáis en peligro la liberas y las criaturas del bosque acudirán en vuestro auxilio. Cuando la liberes, cuidado de no pincharte con alguna de sus espinas o tu alma volará con ella.

Nos despedimos de Pirú y de los duendes prometiendo volver cuando el tiempo mejorara, acto seguido, nos adentramos en la oscuridad del bosque. Al andar, las botas se hundían en la nieve hasta los tobillos, la imagen del entorno no parecía la misma de hacía unos minutos, es como si algo o alguien le hubiera robado la belleza. Los niños no habían advertido que a medida que avanzábamos, nuestros pasos iban cerrando el camino y tanto éste como las huellas, desaparecían sin dejar indicio alguno de que antes allí hubiese habido una senda. Frente a nosotros, sólo penumbra, extraños sonidos y árboles cubiertos de nieve.
Seguimos caminando, pero el paisaje se hacía tortuoso y cambiante, de repente, el silbido de una flecha nos obligó a mirar hacia el sitio desde donde provenía el sonido. Vimos a Iván sobre una roca húmeda, arco en mano y disparando a un extraño y enorme ser que avanzaba hacia él. Veloces, montamos las flechas y comenzamos a disparar, al fin, aquel monstruo se dejó ver por entero. Allí estaba el temido Rementeador frente a nosotros, con ocho patas rapidísimas que dotaban al animal  de una extraordinaria rapidez. Sus ojos rojos y brillantes se posaron en Esther que presta le lanzó una flecha privándole de uno de ellos, enfurecido, aquel ser se abalanzó sobre ella pero Iván se interpuso en su trayectoria y se enganchó a una de sus pinzas.

- ¡No Iván!- Gritó Esther que seguía lanzando flechas sin que hicieran merma en aquel enorme monstruo-

El niño trepó por el brazo con la idea de llegar hasta el ojo que le quedaba intacto y cegar al animal, pero éste fue más rápido y lo atrapó con la otra pinza. Narizotas arañaba y mordía una de las patas del Rementeador pero a él no parecía importarle. Impotentes, presenciábamos como el monstruo acercaba a Iván hasta las crías ¡Iba a servírselo de merienda! De repente, el brazo que atrapaba al niño comenzó a elevarse y fue dirigiéndose hacia el ojo que el animal aún conservaba. Marta tuvo una idea y nos colocamos justo bajo el vientre del monstruo comenzando a disparar a las crías, mucho más vulnerables que la madre. Cayeron dos, tres, cinco….El Rementeador emitió un gruñido que nos hizo enloquecer, parecía que los oídos nos fueran a estallar de un momento a otro. Como esperábamos, soltó a Iván que cayó desde una altura superior a dos metros, sin embargo no contamos con un enorme haz de luz enceguecedora que salió del abismal ojo de aquel ser; la luminiscencia nos envolvió y nos dejó sin sentido. Un sueño tibio y dulzón se apoderó de todos, incluido Narizotas; no luchamos, por el contrario nos dejamos invadir por el letargo. Las fuerzas al fin nos habían abandonado no sólo a causa de la azarosa batalla librada contra un espécimen que escapaba a todas luces a nuestro entendimiento, también por el duro discurrir entre un sinuoso paisaje de árboles retorcidos y terreno abrupto surcado por aguas bravías y cubierto de una nieve que posibilitaba el avance a duras penas.

De repente, tomamos conciencia y abrimos los ojos, junto a nosotros había un hombre alto y silencioso, con la tez pálida y los ojos pequeños y hundidos, la barba cerrada era negra y larga dándole aspecto de desaliño. Al hombro llevaba una zamarra de musgo seco y los pies protegidos con sandalias recubiertas de piel de lobo. En la mano derecha portaba una flauta, era el sonido que sumidos en aquel estado gaseoso habíamos estado escuchando.


- Amigos – Dijo – He de irme, os dejo en buenas manos. – Sin más, dio media vuelta y se marchó –

Estábamos confusos, nos incorporamos y pudimos ver que no estábamos en el bosque y que el monstruo había desaparecido. Nos hallábamos junto al coche cuando de repente aparecieron unos extraños seres de apariencia mitad humana y mitad animal, pues sus cuartos traseros se correspondían con los de una cabra.

-¡Son Faunos! Gritó Esther.

Se acercaron y nos hablaron.

- Habéis tenido mucha suerte, os habéis enfrentado a una de la criaturas más peligrosas y temibles del bosque pero si estáis con vida, debéis agradecérselo a Narizotas, fue él quien pudo liberar la flor de Sandáe y de este modo la voz de auxilio llegar hasta nosotros.

Nos miramos sorprendidos y agradecimos a aquellos seres su intervención. Preguntamos quién era el señor que aguardaba a nuestro lado hasta que despertamos, era "el Musgoso" otro ser mitológico del bosque. Antes de marchar, el que parecía de mayor edad se dirigió a mí.

- Esperamos volver a veros pronto por estos bosques, Pirú me ha dado esto para ti. -Depositó en mi mano una réplica pequeña de la mesa que vimos en su cueva, dentro ardían unas llamas y pude ver la cara del anciano sonriendo.
- Necesitarás esto también- Dijo el Fauno dejando en mi mano una bolsita de tela- Cuando vengáis, consultad antes las llamas y así no correréis peligro.-Añadió-

Nos despedimos de ellos, el coche avanzaba y los niños agitaban las manos en un adiós que era más un hasta pronto. Los Faunos se difuminaron en la oscuridad y nosotros llegamos por fin a nuestro hogar.
Antes de separarnos, Marta toma la palabra.

- Tita, Iván se incorpora a las aventuras ¿Verdad?
- ¡Por supuesto que sí! - Contesto - ¡Queda usted fichado!

Todos en casa, a salvo y felices. Aventura superada.


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