domingo, 17 de diciembre de 2017

NAVIDAD CON RUFINA.



El invierno ha descendido ya sobre los campos y las hojas secas se mezclan con las primeras nieves. Alfombra multicolor que nuestra amiga Rufina pisa feliz en esta mañana de lunes.
Rufina es una liebre, tiene las orejas más bonitas del mundo y cuando corre se ven dos lunares blancos prendidos de ellas, como si fueran bolitas de algodón saltando entre la hierba.
Hoy está especialmente feliz, pues ha recibido carta de su tía Jesusa en la que le anuncia su llegada para las Navidades ¡Es fantástico pasar la Navidad en familia! Le acompañará el tío Ramón y por supuesto los primos, Pepino y Flor. 
Muy temprano, Rufina ha preparado la casa, porque nuestra liebre es muy peculiar y se hizo construir un hogar debajo de la encina más hermosa de la comarca. Don Matías, el topo, le ayudó y le ha quedado una vivienda espaciosa y ventilada que casi siempre está llena de amigos. 

Ahora se dirige a ver a Ernestina, una coneja con la que asistió al colegio y con la que guarda buena amistad desde entonces. Es la joven que más sabe de moda en el bosque, y necesita su opinión experta para el vestido que lucirá en Navidad. 
Rufina va distraída acompañada por el canto de los pájaros y el ir y venir de los vecinos del bosque. De camino al arroyo recoge unas bayas, a Ernestina siempre le gusta tomarlas con miel y algo de té. Seguro que éstas le van a encantar. 
Ya en casa de su amiga, le expone el motivo de la visita. 

- ¡Rufina, qué sorpresa! – Exclama Ernestina abrazando a la liebre- ¿Qué te trae por el arroyo? 
- Querida, he recibido carta de mis tíos, vendrán a pasar las Navidades a casa y no tengo nada decente que ponerme. Necesito tu consejo. 
- ¿Tus tíos? ¿Doña Jesusa y el señor Ramón? – Pregunta Ernestina- 
- Sí, ya sabes que son muy educados y no quisiera desentonar. 
- Pues entonces lo mejor es que hablemos con doña Petra, la araña que vive en la chumbera del camino, es una tejedora excelente y como cada estación viaja a la ciudad, siempre está a la última en cuestión de moda. 
- ¡De acuerdo! Me parece una idea estupenda, pero antes… ¿Qué te parece si tomamos un té con estas bayas que te he traído? – Propone la liebre- 

La mañana pasó entre risas y buena compañía. Doña Petra, como era de esperar, le propuso un vestido muy elegante para la cena especial y para el día a día, algunos más confortables a juego con toquita y gorro. Todo estaba listo para recibir a la familia y pasar unos días rodeada por el amor incondicional de los suyos. 
De vuelta a casa, don Matías le da las buenas tardes y le entrega un misterioso paquete. Al no estar en la encina, el cartero decidió dejarlo en casa del topo. 

- Gracias don Matías, usted siempre tan servicial – Dice Rufina- 
- ¡Oh, no hay de qué querida amiga! – Espero que sea una bonita sorpresa- 

Nerviosa cierra la puerta y se dispone a desenvolver el bulto rectangular. Aparece una caja sencilla, de madera de roble con unas letras que forman su nombre. Dentro, una tarjeta pequeña doblada en cuatro veces. Cuando la abre, el misterio se hace aún más grande: 

“Ahora que has abierto tu regalo, dobla esta carta y vuelve a abrirla el día de Navidad” 

Rufina se quedó pensando en el extraño mensaje pero obedeció. Guardó de nuevo el papel en la caja y la depositó sobre el mueble de la entrada. No sabía quién la enviaba ni por qué, pero merecía la pena descubrirlo. 


Los días fueron pasando y justo una semana antes de Navidad, llegaron los padres y los hermanos de nuestra amiga: doña Casilda y don Severo, junto a los pequeños Roque y Begoña. Fue maravilloso abrir la puerta y encontrarse con la familia, ¡oh ya lo creo! 

- Rufina, cariño, ¿qué te parece si salimos al bosque a recoger frutos y después adornamos la casa? – Propuso doña Casilda a su hija mayor. 

Así lo hicieron. Mientras, don Severo y el pequeño Roque se afanaban en cortar leña, preparar literas y disponer todo para la llegada del resto de familiares. Rufina y su madre aprovecharon para visitar a los viejos amigos y adquirir algunos regalos. A su llegada a casa, les esperaba una grata sorpresa y es que los chicos habían preparado una estupenda mesa con té y dulces para merendar. 


- ¡Papá, qué rico estaba todo! – Dijo Rufina regalando un beso extra grande a su padre- 
- ¡Eh Rufi! ¿Y yo qué? – Preguntó burlón Roque. 

El primer día junto a ellos había pasado volando y cuando nuestra querida liebre se fue a la cama, estaba tan cansada que solo tardó un segundo en dormirse. 
Al fin amaneció el 23 de Diciembre y los tíos de Rufina llegaron a casa; estaban contentísimos con su visita pues no se veían desde hacía dos años. Se instalaron y luego se fueron a dar un paseo por el entorno. Ya no nevaba, así que había zonas en el bosque donde la hierba aparecía brillante y apetecible. 
Los lebratos rápido hicieron buenas migas, de modo que esa tarde mientras en el salón se reía y se conversaba, en la habitación de juegos que don Severo había preparado para los pequeños, se tramaba una aventura. Pepino, Flor, Begoña y Roque tenían planes para el día siguiente. 

- Chicos, ¿habéis visto la casona que hay al otro lado de la cerca? – Preguntó Pepino- 
- Sí –Contestó Begoña- Pero mi hermana dice que no debemos ir porque hay muchos peligros allí. 
- ¡Oh Begoña, no seas aguafiestas! – Exclamó Roque- ¡Ya sabes que para los mayores todo es peligroso! 
- Entonces, ¿vamos mañana? –Preguntó de nuevo Pepino- 
- No sé chicos…, los papás y los tíos se enfadarán si se enteran – Se oyó la voz sensata de Flor- 
- ¡Ohhhhhhhhhh, Flor! ¡Las chicas sois unas aburridas! – Exclamó Roque poniéndose en pie- 
- ¿Ah sí? –Contestó Flor- ¡Pues mañana seremos las primeras en entrar en la casona! 

Y tramando su aventura, les sorprendió la noche y con ella…, el sueño. 

El día de Nochebuena apareció nevando, así que la chimenea ardía desde muy temprano en el salón. Rufina, ajena a lo que sus hermanos y primos tramaban, fue a llamarlos para que bajaran a desayunar. 

- ¡Venga lebroncillos! ¡Hoy es Nochebuena! ¿Queréis que los Reyes Magos piensen que sois unos perezosos? ¡Que sepáis que sus pajes ya están dando vueltas para ver qué tal os portáis! 

Tocó a la puerta de la habitación de Flor y Begoña, pero no contestó nadie así que pensó que estaban dormidas y como eran días de vacaciones, decidió dejarlas un ratito más. 

- Oye Rufina, ¿los chicos no bajan? – Preguntó doña Jesusa al cabo de media hora- 
- Pues tía, creo que entraré y los despertaré, van a dar las diez de la mañana. 

La sorpresa al abrir las habitaciones fue mayúscula, ni rastro de sus hermanos y primos. Rufina fue a los armarios y vio que se habían llevado sus mochilas y los abrigos. Aquí pasaba algo raro. 
Preocupadísima bajó las escaleras a todo correr. 

- ¡Papá, mamá, tíos! ¡Los chicos no están en sus habitaciones! 
- ¿Cómo que no están? – Preguntó doña Casilda quitándose el delantal- Rufina, no es posible, tu padre y yo nos levantamos al alba, los habríamos visto salir. 
- Mamá, no están. – Repitió nuestra amiga- 

Ajenos a la preocupación de la familia, los pequeños hacía buen rato que habían llegado al borde de la cerca que separaba el bosque del territorio de los hombres. 

- Tengo hambre, chicos – Se quejó Flor- Podíamos comer un poco, estoy agotada de la caminata. 
-  Suerte que tuve la precaución de hacer buen acopio de provisiones en la despensa de la prima – Contestó Pepino- 

Nuestros amiguitos dieron buena cuenta de las viandas y tras trazar un plan para entrar en la casa, se lanzaron al ataque. 


Dentro de la casona habitaba un joven huraño que vivía apartado del pueblo. No le gustaba la Navidad y mucho menos los niños así que en aquel lugar, había conseguido la paz que decía desear. Tenía un perro con muy malas pulgas al que el resto de perros de la comarca no querían tener como amigo, así que eran tal para cual. 
Los cuatro aventureros lograron llegar hasta la ventana que daba al salón, se habían subido unos encima de otros y ahora Roque, que era el más pequeño, les contaba lo que sucedía en el interior de la casa. 

- Hay un hombre muy delgado y muy feo que está desayunando algo que humea, debe ser café porque está migando pan. A los pies hay un perro dormido, no parece peligroso. 
- ¡Déjame ver a mí, por favor! – Pidió Begoña- 

Se disponían a deshacer la torre cuando Pepino, que aguantaba el peso de todos, estornudó e hizo que sus primos se vinieran al suelo. El perro, al oír el estruendo salió corriendo de la casa. 

- ¿Qué pasa ahí afuera? – Preguntó el malhumorado joven- 

Los lebroncillos intentaron escapar por el lugar que vinieron, pero el can les cerraba el camino. 


- Chicos, no perdáis la calma – Acertó a decir Flor muy asustada- Todo saldrá bien. 

No terminó sus palabras cuando una oscuridad impenetrable se cerró en torno a las jóvenes liebres. 

- Bien amigo, creo que esta noche cenaremos carne – Dijo el joven enjuto levantando la bolsa en la que había atrapado a los incautos exploradores- 


Mientras, en la encina de Rufina todo era preocupación. Era ya la una y media del mediodía y ni rastro del personal menudo, así que habían decidido llamar a los amigos y organizarse por patrullas. Don Matías, el topo, encabezaba la que estaba compuesta por sus propios familiares y las ardillas. La coneja Ernestina había hablado con sus hermanos y se pusieron en marcha junto a los patos y la araña doña Petra, nadie mejor que ellos conocían tan bien los arroyos. Y por último, nuestros amigos. 
La nieve arreciaba y las voces de los buscadores se perdían llevadas por un viento fuerte y aullador. La búsqueda se hacía cada vez más difícil. 

- ¡Flooor, Pepino, Begoña, Roqueee! – Gritaban todos- 

Al pasar por el camino que lleva al pueblo, don Sebastián el búho, se sorprendió al ver a su amiga Rufina en un día tan desapacible. Teniendo en cuenta que además, era víspera de Navidad. 

- Rufina, querida… ¿Cómo es que salís en un día así? ¿Ocurre algo? Te veo preocupada. 
- Oh, don Sebastián, se trata de mis hermanos y mis primos, salieron esta mañana de casa y no han regresado. 
- ¿Te refieres a cuatro pequeñas liebres con mochila y abrigo de colegio? – Preguntó el búho bajando sus lentes- 
- Sí, ellos mismos. – Contestó don Ramón- ¿Les ha visto? 
- ¡Ya lo creo! Pasaron muy temprano por aquí, oí que una de las chicas hablaba de una casa…, y una cerca. No les escuché muy bien porque en ese momento me llamó mi mujer. 
- ¡Oh Dios mío! ¡La casa de don Ruperto! – Exclamó espantada Rufina- Ayer les llamó la atención cuando pasamos por la vereda. 
- Pues si se dirigían allí…, me temo querida amiga que necesitaréis ayuda para salvarlos de un futuro negro… - Dijo el búho- Iré con vosotros. 

Mientras, en casa del joven Ruperto, los lebratos permanecían dentro del saco. Intentaban por todos los medios rasgarlo con uñas y dientes, pero era de una lona tan fuerte que todo empeño era inútil. Para colmo, tenían poco espacio y se les hacía difícil respirar. 

- Chicos no teníamos que haber venido…. – Se lamentó Flor entre sollozos- 
- ¡Oh no seas llorica, Flor! Hay que trazar un plan para salir de aquí – Expuso Begoña- 

En la cocina, un gran caldero hervía con verduras. 

- Esto ya está, ahora pondré a esos conejos – Indicó el malvado hombre- 

Al oírlo, nuestros amigos se asustaron. 

- ¡No somos conejos! – Gritó Pepino- 
- ¿Quieres callarte? ¡No estamos en condiciones de tener discusiones de ese tipo ahora!– Zanjó Roque- 

En ese instante, Rufina y el resto de amigos llegaban a las puertas de la vivienda. Había que hacer algo rápido. Don Sebastián había observado la escena y si no actuaban, los pobres lebroncillos servirían de cena a ese majadero y su perro. Lo primero era precisamente, distraer al can. 

- Nosotros nos encargamos – Planteó Ernestina, la coneja- 

Se subió a la ventana y comenzó a golpear con sus manos, el perro al verla salió a toda mecha por la puerta. 

- ¡Chicos, corred! – Gritó Ernestina a sus hermanos- 

Don Severo estaba muy preocupado, aquello no saldría bien…. 

- Escucha cariño – Dijo la mamá de Rufina – Vamos a sacar a nuestros hijos y sobrinos de ahí, así que no te pongas triste. 

En ese momento a doña Petra se le ocurrió un plan. No había mortal que resistiera la cercanía de una buena araña y ella, era la más hermosa de la comarca. Se iba a enterar ese don Ruperto de lo que era un buen susto. Antes, preparó una cuerda bien larga con su resistente hilo. 
La araña se introdujo por la puerta que el perro al salir había dejado abierta, lentamente subió hasta la mesa de la cocina y se plantó detrás de don Ruperto, éste, fue a girarse para coger una botella de aceite justo cuando se encontró con doña Petra en posición feroz. Fue tal el susto que se llevó que trastabilló y cayó al suelo, momento que aprovecharon todos para entrar y reducirlo con la extraordinaria cuerda que doña Petra había tejido. El joven, al ver a los animales se desmayó, hecho que facilitó con creces la tarea. 


Imagen extraída de la web 

- ¡Estamos aquí! – Gritaron los cautivos al escuchar las voces familiares- 

Rufina deshizo el lazo que cerraba el saco y los pequeños salieron uno tras a otro, corriendo directamente a los brazos de sus madres. 

- Bien, ahora no hay tiempo para regañinas, hay que salir de aquí pero ya tendré una charla con vosotros, amiguitos. – Dijo Rufina cogiendo de la oreja a su hermano Roque- 
- ¡Ay, ay ,ayyy, mamááááá! – Se quejó el pequeño. 

A todo correr, se alejaron de la casa. En el camino se encontraron con Ernestina y sus hermanos, que habían conseguido burlar al perro y volvían por si necesitaban ayuda. Gracias a Dios, todo estaba ya resuelto. Los amigos no quisieron dejar solos a la familia, así que les acompañaron hasta la encina, sin embargo, a la llegada les esperaba otra desagradable sorpresa. Con las prisas habían dejado la puerta abierta y los ratones se habían comido la cena de Nochebuena. 

- Oh Dios mío…, es culpa mía por no haber cerrado el portón, fui la última en salir – Dijo pesarosa doña Jesusa- 
- No tía, por favor…, no te acuses. Ha sido mala suerte, nada más. Lo importante es que todos estamos a salvo – Dijo Rufina abrazando a su tía- 
- Y digo yo amigos – Propuso don Matías- ¿No es mucho más divertido pasar esta noche juntos en lugar de cada cual en su casa con su familia? 
- ¡Claro que sí! – Exclamó don Sebastián- Voy a por mi mujer, traeremos la cena. 


Y así, una a una, todas las amistades de Rufina fueron y volvieron con viandas para celebrar la noche de Nochebuena junto a ella y su familia. Nadie echó en falta nada, pues habían traído tanta comida que podrían haber invitado a todos los animales del bosque. 


Estaban bailando y riendo cuando el reloj del salón dio las doce de la noche y una pequeña caja de madera se iluminó sobre el mueble de la entrada. Rufina recordó lo que había leído en el papel que se contenía en ella y de nuevo la abrió expectante. Cuando lo hizo, la carta esta vez decía lo siguiente: 

“El verdadero Espíritu Navideño no está en los regalos, ni en las cenas, ni en los vestidos de fiesta, ni en los adornos. La verdadera Navidad está en el Amor que se desprende de la familia y los amigos. Feliz Navidad” 

Fdo: El Niño Jesús. 

PD: Me han dicho SSMM los Reyes Magos de Oriente que todos los habitantes del Guadiato habéis sido muy buenos. 

Y así fue como la liebre Rufina y su estupenda familia pasó las mejores Navidades de su vida. 
¡Feliz Navidad, amigos! 


miércoles, 1 de noviembre de 2017

BESOS

Besos esperando un hogar. Besos esperando, acumulados en el corazón y que mueren día a día caducados de tiempo. Te abrazaría, escúchame, de verdad te abrazaría, pero hay demasiados besos muertos entre nosotros, flores artificiales que crecen en un jardín sin gloria.
No me busques si traes cenizas en los ojos, no si no es para darme los besos que me debes y escondes tras la sonrisa.  Libérame de ella, no hago sino morir cada vez que la abres a ojos anónimos que, como no saben, no sufren. Eres hermoso, todo tú desde los besos a las sonrisas, pero no es de buen gusto decirlo; educación metamorfoseada que me llega  a través de los prodigios de la imagen.
Mágicos ojos engalanados de humo que depositan su parpadeo en mi vida. Te abrazaría, escúchame, de verdad te abrazaría si no hubiera tantos besos  esperando un destino en la fragilidad de nuestra realidad.  Besos que rezan en latín y pecan a la luz de la luna menguante, besos de cartón bajo espadañas coronadas de cigüeñas, besos de lápiz rojo que deja marcas en tus labios. Los besos que me debes son los que ya llevas y esta noche no es posible rescatarlos  sin la necesidad imperiosa de tu abrazo.  Vuelve y libérame.
Pepa Gómez.


Esta obra está protegida por las leyes de copyright y tratados internacionales. Número Registro Propiedad Intelectual:  1803146136805

sábado, 19 de agosto de 2017

CAPÍTULO III: DOÑA SINFOROSA Y DOÑA PIEDITA. La nueva vecina.


Al fin sábado, había amanecido una mañana espléndida y la señora Sinforosa iba y venía en la cocina preparando un suculento desayuno. Los pájaros cantaban en los árboles y las flores se dejaban conquistar por una brisa cálida propia del mes de mayo.

- A ver dónde tengo esas tazas tan bonitas...

Nuestra amiga quería sorprender a Pepe y a Carmelo, así que había pensado sacar la vajilla de verano. Estaba salpicada de flores, como a ella le gustaba. Las tazas, de tamaño generoso, estaban pintadas con topos malvas en su interior.


- Bizcocho, algo de trigo para Pepe, galletas, tortitas con nata y sirope de fresa, leche, cacao..., creo que es suficiente.

La mesa había quedado preciosa, en ese instante, Carmelo hizo acto de presencia en la cocina, había entrado por la gatera que tenía practicada en la puerta.

- ¡Doña Sinforosa! ¡Doña Sinforosa vengo de la Cuesta la Vieja! - Gritó muy alterado, elevándose sobre sus patitas traseras-
- Buenos días pequeño, ¿y qué has visto que te trae tan nervioso?
- Pues verá doñi, es que.... ¡No sé lo que es! Hay nuevos vecinos pero sólo he visto a una señora delgada que parece volar en lugar de andar. Doña Sinforosa, ¡es una bruja! – Exclamó  abriendo mucho los ojos-
- Jajajajajaja ¡vamos Carmelo, las brujas no existen! Ven, ven aquí y cuéntame con tranquilidad qué es lo que has visto.

La señora tomó al minino por los bracitos y se sentó en un sillón balancín que tenía justo a mano. Lo colocó en su regazo y éste al cobijo y la seguridad de su ama, se hizo un rosco en sus piernas.

- Vaaamos gato perezoso, no te duermas ahora. Venga, no tengas miedo y cuenta a mamá qué has visto en la Cuesta la Vieja.
El gato se incorporó y luego volvió a sentarse sobre sus patas traseras.

- Verá doñi, había ido a saludar a mis amigos, los gatos de la cuesta que vienen de cuando en cuando por casa, justo cuando apareció esa mujer. Pero en realidad no es una mujer porque de sus faldas sobresalen ruedas como las de los carros ¡Y no van tiradas por ningún animal! Le digo que eso es brujería.

La señora Sinforosa se quedó mirando al gato fijamente, esa descripción le encajaba con una amiga muy querida a la que hacía años no veía, pero le extrañaba que carteándose tan frecuentemente, no hubiese recibido noticias de su llegada.

- Está bien Carmelo, creo que lo mejor es que nos acerquemos hasta allí después de desayunar ¿Qué te parece? Así podremos saber qué clase de bruja es esa mujer de la que hablas.
- ¿Es necesario que yo vaya? Es que....

- Es totalmente necesario, querido. No vencerás tus miedos si no te enfrentas a ellos- Acompañó la frase con una larga caricia sobre la cabeza del gato-
- Está bien... si usted lo dice...

En ese instante, Pepe entró en la estancia, había escuchado todo lo que habían hablado y vino a dar su opinión.

- ¡Buenos días! ¿De verdad vamos a conocer a una bruja? - Preguntó mientras se posaba en la cabeza de Carmelo.
- Bueeeno, vamos a visitar a los nuevos vecinos y a ofrecerles nuestra ayuda para lo que necesiten - Contestó doña Sinforosa a medida que servía el cacao calentito-
- Es una bruja, te lo digo Pepe - Susurró el gato al jilguero-
- Bueno, dejaos de tonterías y desayunad, voy a ver a Juanito para pedirle que nos lleve, así que cuando vuelva no quiero ver ni una miga en el plato.
- ¿Y usted no desayuna? - Preguntó el jilguero-
- Empezad sin mí, ahora vuelvo- Dijo mientras se quitaba el delantal y se perdía en el patio.

A los diez minutos volvía y se sentaba junto a sus amigos, tomó su taza y se sirvió el cacao.

- Bien chicos, en media hora salimos hacia la Cuesta la Vieja para ver quién es esa misteriosa bruja que tanto asusta a Carmelo. El jilguero no pudo reprimir la risa y el gato lo miró molesto.
Tal y como habían previsto, en media hora se hallaban a bordo del flamante dog-cart tirado por Juanito que iba contándoles cosas de la ciudad, el lugar donde había nacido.
Las ruedas del coche dejaban una estrecha y larga huella sobre la manta de hierba fresca aún perlada por el rocío de la mañana. Los viajeros charlaban animadamente hasta que a lo lejos se divisó una casita preciosa de ventanas blancas y techos ondulados. A la puerta, unas mesas flanqueadas por bancos permanecían atentas a la llegada de algún inesperado visitante.

Hacía sólo unas semanas, esa casa estaba descuidada y sucia. Las hierbas crecían sin control y las ventanas eran dos oquedades en las paredes de la vieja morada. Ahora, los nuevos inquilinos habían realizado unas labores de adecentamiento realmente espectaculares, entre las que se incluía haber domesticado un jardín que a todas luces parecía una selva.
Una verja les cerraba el paso, ante su vista una tablilla de madera decorada con flores les daba la bienvenida:

"El Alto de los Reyes"

- El Alto de los Reyes...¡Pues esto seguirá siendo la Cuesta la Vieja o Cuesta de los Gatos! - Exclamó Carmelo molesto-
- ¡Pero bueno minino enfadón! ¿Se puede saber qué te pasa a ti con los nuevos vecinos? -Le preguntó la señora Sinforosa poniéndose en jarras-
- ¡Es que ella es bruja, doñi!
- ¡Y dale con que es bruja! Amiguito, este comportamiento no es normal en ti, ya tendremos unas palabras cuando lleguemos a casa- Dijo la dama un tanto molesta por la cabezonería del gato-
- Yo no digo nada... Me vaya a quedar sin merienda - Habló el jilguero por lo bajo-

Se disponían a abandonar el coche para adentrarse en las inmediaciones de la casa, cuando la puerta se abrió y por ella salió una pequeña damita de edad incierta, delgadita, con cara de porcelana y mirada firme. Aquellos ojos transmitían nobleza, vida y seguridad, honradez y pureza de sentimientos. Allí, de pie en la entrada recordaba por su apostura a la diosa Vesta, envuelta en un suave vestido crudo de corte imperio y falda plisada.

- ¡Pero bueno! ¿Es que no vas a dejar nunca que te sorprenda? - Preguntó la dama dirigiéndose a doña Sinforosa-
- ¡Piedita! Pero... ¡Te hacía en París! ¿Cómo no me has avisado, alma loca?

Las dos amigas se fundieron en un largo y cariñoso abrazo, hacía tanto tiempo que no se veían que a cada poco dejaban de abrazarse para mirarse detenidamente una a la otra y sonreír. Cuántos años habían pasado desde que iban juntas al colegio... Allí trabaron buena amistad pero al cumplir los quince años Piedita se fue a vivir a Francia. Su padre era ingeniero y había inventado una máquina a la que llamaban ciclo o velocípedo y parecía que en el país vecino se habían interesado en el invento. Ella había heredado de su progenitor la pasión por los viajes y eso la había llevado a permanecer largas temporadas en los más insospechados destinos. En todo este tiempo, las dos amigas jamás perdieron contacto y cada cumpleaños un regalo viajaba desde cualquier lugar del mundo hasta Villa Rosita y viceversa.

- ¡Ay Sinforosa querida, quería darte una sorpresa pero ya ves, te me has adelantado! - Exclamó doña Piedita asiendo por los brazos a su amiga-.
- No cambiarás jamás ¡Eres temible!

Las dos amigas rieron de buena gana.

- Pero bueno, no te quedes en la puerta, entra que quiero enseñarte mi casa- De repente se percata de la presencia del minino y el jilguero.

- ¿Son tus amigos? - Preguntó doña Piedita señalándolos-
- ¡Oh Dios mío, casi me olvido de ellos! - Exclamó la dama llevándose las manos a la cabeza- Disculpadme queridos... Ella es doña Piedita, mi querida amiga de la infancia y ellos son Carmelo y Pepe - Dijo volviéndose hacia su amiga-

Los animales se quedaron sorprendidos, en teoría nadie sabía que podían comunicarse con la doñi.

- No temáis, amigos - Dijo la señora- Soy la única sabedora y guardiana del gran secreto de doña Sinforosa, así que podéis estar tranquilos en mi compañía.

Los animales bajaron del coche y fueron a saludar educadamente. Pepe se puso sobre el hombro de doña Piedita y le cantó una melodía que andaba componiendo desde hacía semanas. Carmelo, aún seguía reticente.


- Piedita, querida, ¿sabías que Carmelo pensaba que eres una bruja? - Dijo doña Sinforosa divertida mientras el gato se ruborizaba-
- ¡Oh, no me digas! ¡Qué divertido! Jajajjaja ¿Qué te hizo pensar eso?- Preguntó.
- Pues...Es que esta mañana no tenía pies, sólo unas ruedas enormes que asomaban bajo su vestido y yo...
-¡Válgame el Señor! Jajajajaja, tu gato y yo nos vamos a llevar de maravilla, Sinforosa- Dijo a su amiga mientras se agachaba para coger en brazos a Carmelo, cosa que no acababa de gustar en demasía al felino-
- Vamos, quiero que veáis todos ese extraño artilugio que me convierte en bruja.

Salieron de nuevo al exterior y sobre una verja de madera se hallaba la culpable de las pesadillas de Carmelo.

- Ahí tenéis mi escoba. - Dijo doña Piedita riendo a carcajadas-

Un hermoso velocípedo o bicicleta como ella la llamaba, descansaba sobre la hierba. En el manillar, un canastillo lleno de flores recogidas esa misma mañana en la que el gato Carmelo se había topado con ella.
La curiosidad innata del felino lo llevó a reparar detenidamente en aquel invento.

- Doña Piedita, ¿podría llevarme en esta cesta? - Preguntó-.
-¡Pues claro que sí, querido! Vamos, subid los dos y daremos un paseo.

Doña Sinforosa vio como su amiga se alejaba pedaleando con el gato y el jilguero en la cesta. Se lo estaban pasando tan bien que agradecía al cielo que aquella inesperada vecina, no fuese otra que su querida Piedita.
Casi a la una y media de la tarde decidieron regresar a Villa Rosita, no sin la promesa de volver al día siguiente a la fiesta que iban a organizar en El Alto de los Reyes para celebrar la vuelta de la mejor amiga de la dama.

El domingo llegó cargado de sorpresas y en torno a una mesa decorada con un lindo mantel celeste se congregaron los más variados amigos. Doña Sinforosa, Carmelo y Pepe se presentaron con una muñequita a la que la dama había puesto el nombre de doña Aurora. Doña Lola, la oveja de los Silva, acudió muy guapa con sus bucles recién peinados y oliendo a espliego, trajo como presente un bonito bolso de lana tejido durante los días de invierno. Regalo que a nuestra nueva amiga llamó especialmente la atención. Así hasta doce entrañables criaturas que compartieron la alegría de una merienda al calor de la primavera y la amistad.
Bien entrada la tarde, doña Piedita se adentró en la casa del brazo de su amiga.

- Ayer no tuvimos oportunidad, así que quiero que conozcas mi nuevo hogar con detenimiento y me des tu opinión.

- Veamos querida, tú siempre tuviste un gusto exquisito para la decoración. –Dijo doña Sinforosa a medida que las dos amigas se perdían en las estancias de la casa-

Número de Registro Propiedad Intelectual: 201399901322175

Prohibida su copia total o parcial y/o reproducción por cualquier medio sin consentimiento expreso y por escrito de su autora.

lunes, 31 de julio de 2017

CAPÍTULO II: DOÑA SINFOROSA BAJA AL PUEBLO. Una visita muy especial.


La nieve ha remitido al fin y las primeras flores multicolores asoman salpicando aquí y allá el verde manto. La primavera ha llegado al corazón de Villa Rosita y doña Sinforosa se siente feliz. Hoy, se ha levantado de muy buen humor, ha cogido su mantel, su pequeña sillita de eneas y ese bolso gigante fabricado con trozos de tela donde guarda todas sus muñecas de trapo. Va a dirigirse al mercado para venderlas y cerrar una ansiada compra que trae en mente desde hace meses. A Carmelo y Pepe les encantará la sorpresa que su amita va a darles en tan sólo unas horas. 
La dama se dirige a su armario.

-Ummmm, veamos..., creo que me pondré esta falda beige y la camisa de flores rosas. Sí, es apropiado para un día tan especial.

La falda, como es natural en una dama de su clase, le cubre hasta los tobillos. Elaborada en algodón y bordada en los bajos en tonos crudos, tiene bolsillos donde guarda caramelos que ella misma elabora con azúcar y esencias naturales. La camisa es de seda estampada con unos pequeñísimos ramilletes de flores color rosa palo. Para terminar el conjunto se coloca una pamela de rafia natural, a la que ha cosido unas flores secas. Cuando bajó, el gato y el jilguero dormían plácidamente acurrucados en sus respectivas camitas, así que doña Sinforosa se dirigió a la cocina para desayunar algo ligero y salir cuanto antes. No había contado con el fino oído de Carmelo.

- ¡Buenos días doña Sinforosa!, ¿sale ya para el mercado? - Preguntó el gato estirándose sobre las manos y alargando su fibroso cuerpo como si fuese de goma-
- Buenos días, querido. Así es, he de vender las últimas muñequitas porque con este invierno tan crudo que hemos tenido...Nuestra despensa está bajo mínimos.
- Bueno, no se preocupe, pronto volverá a estar llena. He pensado que Pepe y yo podemos trabajar en el huerto esta mañana, hay que arrancar algunas hierbas y cavar las fresas que ya están saliendo.

Doña Sinforosa cogió al minino cariñosamente entre sus brazos acercando la cara de Carmelo a la suya.

- Mi querido, querido amigo, no es necesario que trabajéis porque vuestra compañía me basta para ser feliz, las despensas de mi corazón están repletas.
-Rrrrrrrrrr. El gato comenzó a ronronear cerrando sus ojitos y acariciando la barbilla de la dama. - Lo hacemos felices doñi, somos una familia así que todos ayudamos en lo que podemos. 
Doña Sinforosa depositó a Carmelo en el suelo regalándole varias caricias extras en su suave cabeza.
- Te prepararé un tazón de leche con miel y unas galletas. Despierta por favor a Pepe y así desayunamos todos juntos- Rozó la nariz del minino con su dedo índice- ¿De acuerdo?
- ¡De acuerdo doñi! 
En un segundo Pepe el jilguero entraba en la cocina que voló hasta el hombro de la dama para acercar su cabecita a modo de caricia.

- ¡Buenos días mi pequeño cantor! - Exclamó doña Sinforosa acariciando a Pepe-
- ¡Buenos días doñi!

Mientras servía la mesa, el jilguero cantaba una linda melodía. Pronto hubo sobre el mantel leche calentita, galletas, algo de alpiste, miguitas de pan y tarta de frambuesa porque a Carmelo le encantaba. Desayunaron felices, después, el gato y el jilguero salieron a despedir a su amiga, pero ante la mirada extrañada de los animales, doña Sinforosa volvió sobre sus pasos.


- Chicos, ¿queréis acompañarme al pueblo?

Pepe y Carmelo se miraron, el gato tenía planes, se había empeñado en arreglar las fresas del huerto así que animó al jilguero a acompañar a la doñi. De este modo, quedaba más tranquilo sabiendo que doña Sinforosa no partía sola.
El gato vio como sus amigos se alejaban andando por el prado. La falda de la dama acariciaba las hierbas, flotaba sobre las flores secuestrándolas por segundos y liberándolas a cada paso que daba. El pájaro, feliz canturreaba en el hombro de su mentora.

- Me preocupa que lleve tanto peso usted sola, si pudiese ayudarle... - Habló Pepe al percatarse de los aparatosos trastos que portaba la doñi-
- No te preocupes querido, estoy acostumbrada a estos menesteres, además, ahora pasaremos por la granja de los Silva, allí siempre hay alguien que a estas horas baja al pueblo y seguro que tiene a bien llevarnos.

Abandonaron el camino y llegaron hasta un gran caserón blanco; el pájaro se quedó asombrado por la cantidad de animales que pastaban en los alrededores. Bajo un roble, don José cargaba varios fardos en un carro tirado por una mula, al ver acercarse a la dama detuvo su trajín y fue raudo a saludarla.


- ¡Doña Sinforosa! ¡Ya la echábamos de menos por la granja! Hace semanas que no baja al pueblo así que estábamos preocupados. Hoy mismo, sin ir más lejos, iba a enviar al mozo hasta Villa Rosita para saber de usted.
- ¡Ay don José, ustedes siempre tan amables! Gracias, de salud estoy bien pero con el tiempo que hemos tenido no me he atrevido a salir de casa, así que he aprovechado para coser y arreglar algunos muebles que ya necesitaban un poco de atención.
- Bueno, bueno amiga mía, eso está muy bien. Voy a bajar al pueblo a llevar la leche y algunos quesos que me encargó don Hilario, el de los ultramarinos Ambrojo. Si quiere puedo llevarla, siempre tengo sitio para una dama y sus muñequitas - Dijo sonriendo-
- ¡Oh, muchas gracias don José!, ya sabe que me viene muy bien poder transportar todo esto en el carro.
-Faltaría más, señora mía.

Don José se percató de la nueva compañía de la dama.

- Doña Sinforosa, ¿y ese pequeño jilguero? Es realmente bonito.
- Pues mire, llegó a casa moribundo en mitad de una tormenta, lo recogí y lo cuidé, ahora alegra con su canto mis días. Es tan simpático que me acompaña allá donde voy, así que hoy he decidido llevarlo conmigo al mercado. 
- Usted y ese amor por los animales...La envidio señora, créame. Tenga cuidado allí abajo porque un animal tan manso puede ser un plato apetitoso para cualquier amigo de lo ajeno. Por no hablar de los gamberros...
- Pierda cuidado, no lo perderé de vista -Contestó doña Sinforosa-

Don José pone su dedo cerca de las patitas de Pepe que raudo se dispone a tomar posesión del mismo. El hombre sonríe y le otorga unas caricias.

- Don José, quisiera pasar un minuto a saludar a doña Amparo, hace tanto que no nos vemos...
- Faltaría más, pase, pase. Yo me quedo aquí ultimando las cosas. 
- Voy a entrar por la puerta de atrás, como siempre,  así veo a sus preciosas ovejas; ya sabe que me parecen las más hermosas de la comarca.

Doña Sinforosa dio rodeo a la casa, sabía que en el cercado estaría su amiga Lola y aprovechó para entregarle un presente.

- ¡Doña Lola! ¡Amiga mía cuánto tiempo! 
La oveja levantó la mirada y vio a su amiga que la saludaba sonriente; rápido corrió hasta la valla para corresponder al saludo.
-¡Buenos días tenga, amiga querida! No sabe cuánto la hemos echado de menos. Pero bueno, ¡qué bien acompañada viene! ¡Pepe, encantada de volver a verte!
- Buen día doña Lola, ya ve, de buena mañana acompañando a la doña. 

Intercambiaron saludos y algunas buenas noticias, como la maternidad de doña Francisquita, -la burra de los vecinos-, y la incorporación de un nuevo capataz a la granja. Don Severo estaba ya viejito y casi no podía hacer su trabajo, ahora vivía con sus hijos en el pueblo, pero pasaba casi toda la semana con los Silva. A decir verdad, don José le echaba de menos y había decidido que se quedara, de ese modo descansaría de sus años de trabajo disfrutando de la quietud y tranquilidad de los campos que había cuidado como si fueran propios. De paso, le hacía compañía a su suegro, don Marcelino, con quien había trabado buena amistad a lo largo de los años.

- Lola, tienes razón, don Severo no se hará nunca a estar en el pueblo, él pertenece a estos paisajes y es aquí donde ahora debe estar, disfrutando de un tranquilo retiro.
- Ya lo creo, doñi, tenía usted que ver cuando llega el hijo los sábados para llevarlo a su casa, el pobre es todo tristeza…, y eso que tiene dos nietecitos. A doña Amparo se le parte el corazón, así que los domingos por la tarde, su regreso es toda una fiesta.

- Te entiendo, querida, te entiendo- Dijo doña Sinforosa moviendo afirmativamente la cabeza-
- ¡Oh, casi me olvido! Lola, te he traído un presente, creo que te gustará porque se llama igual que tú.

Doña Sinforosa extrajo de su bolso una linda oveja fabricada con rizo de toalla, iba acompañada de un jabón que ella misma había elaborado y un botecito de esencia del bosque con un cepillo especial para la lana.

- ¡Oh, doña Sinforosa!, ¡es lo más bonito que he visto en mi vida! Pero... No tenía que haberse tomado tantas molestias por mí.
- Querida, no es ninguna molestia, espero verte el sábado por casa a la hora del té.
- Cuente conmigo. Le agradezco mucho este presente, el mismo sábado estrenaré la esencia para ir a visitarla. Dele recuerdos a Carmelo. Pepe, cuida bien de la doñi.
-Gracias Lola, nos vemos en unos días, hasta entonces cuídate mucho. Llevo algo de prisa porque tengo que saludar a doña Amparo y bajar al pueblo. Me alegra haberte visto.

Doña Sinforosa acarició varias veces la cabeza de la oveja y ambos se despidieron de ella hasta el sábado.
Ya en el mercado, nuestra amiga dispuso como de costumbre su pequeño puesto. Don José se aseguró de que todo estaba en orden antes de marchar y desearle una buena venta.

- Vamos a ver... Carmelita, hoy te pondremos aquí cerca de doña Juana, y a ti Paquita junto a Flor.

Una a una fue sentando a las muñecas en la mesa, todas preciosas y elaboradas con ese amor que solo ella sabía poner en sus labores. Había traído también unos cojines muy hermosos que había bordado junto a Pepe en las tardes que la nieve blanqueaba los prados. Doña Sinforosa pinchaba la aguja y el jilguero tiraba del hilo bien arriba. ¡Fue divertidísimo! 


- Bien, todo dispuesto, estas verjas que me ha dejado don José son preciosas y creo que le darán un toque hogareño a la composición- Susurró la dama al terminar de colocar su puesto-

La mañana transcurría tranquila, había vendido ya dos muñecas y un cojín cuando el jilguero pidió permiso para echar un vistazo por el mercado. Doña Sinforosa le recordó la necesidad de andarse con precaución, pues los chicos andaban a esas horas con los tirachinas y algunos tenían una puntería endiablada.

-Descuide doñi, tendré mucho cuidado.

No habían pasado quince minutos desde la partida de Pepe, cuando en los puestos de más arriba se organizó tremenda algarabía.

- ¿Qué sucede? -Preguntó la dama a una señora que bajaba justo del lugar de donde provenían los gritos.
- Pues al parecer, unos chicos han querido cazar a un pájaro que andaba revoloteando por los puestos, el animal intentado escapar se ha escondido en el tenderete del señor Amalio, el lechero, con tan mala fortuna que ha tirado una cántara de leche; y ya sabe usted el humor que se gasta ese hombre. ¡Está que trina!

- ¡Oh Dios mío! ¡Ese es Pepe!- Pensó doña Sinforosa-

Agradeció la información y se dirigió hacia el puesto del lechero.
- ¡Ahí viene! - Se oyó decir- ¡Ella es, ella es la dueña de ese pajarraco, la he visto esta mañana mientras montaba el puesto!

Una mujer entrada en años, enjuta, arrugada como un sarmiento y envuelta en un elegante vestido negro, señalaba a nuestra amiga con el dedo.

- Buenos días don Amalio ¿Qué ha sucedido? -Preguntó doña Sinforosa en tono amable-
- ¿Es suyo este pájaro, doña Sinforosa? -Le enseñó una jaula donde Pepe permanecía encerrado. A la dama casi se le rompe el corazón al ver a su amigo allí metido-
- Sí, lo es. Se ha debido escapar mientras montaba mi puesto; ruego me disculpe si le ha ocasionado algún contratiempo.
- ¿Algún contratiempo, dice? ¡Señora mía, su querido pajarraco ha tirado una cántara de leche llena y no pienso soltarlo mientras usted no me pague los reales que cuesta! ¡Con que ya está poniendo el dinero sobre la mesa o le juro que esta mediodía comeré pájaro frito!
- Don Amalio, no creo necesaria esa medida, ahora mismo abonaré el importe del destrozo.

Las gentes murmuraban alrededor de doña Sinforosa, el mercado se había quedado prácticamente vacío y todas las señoras se habían concentrado en el lugar del altercado.

- Ahí tiene, creo que con eso será suficiente. Ahora, por favor suelte a mi pájaro- Ordenó la doñi muy seria-
- De mil amores, pero mire lo que le digo, si vuelvo a verlo por aquí sacaré mi escopeta y no tendré piedad.
- ¡Es usted un ....! - Por educación, la dama retuvo sus palabras. Recuperó a Pepe y se alejó con él entre las manos, abriéndose paso entre una multitud que a veces le daba la razón y a ratos se la quitaba.
- Doña Sinforosa, le pido mil perdones por haber sido tan poco cuidadoso, pero de verdad que no vi esa cántara - Habló el jilguero en tono angustiado-
- Pierde cuidado Pepe, tú no tienes la culpa, ese viejo diablo es un cascarrabias que habría hecho cualquier cosa por sacarle los cuartos al primero que se lo pusiera fácil.
- No la entiendo...
- Pues que aprovecha cualquier oportunidad para colocar su mercancía de modo que esté a punto de caer con un leve roce. No es la primera vez que él mismo empuja disimuladamente alguna cántara y culpa a los chiquillos o a cualquier señora mayor que camine con cierta dificultad. Es una actitud abyecta y despreciable.
- ¿Lo dice en serio? - Preguntó Pepe extrañado-
- Totalmente querido, tú no has podido tirar esa cántara, no tienes fuerza suficiente para ello, así que no te apures.
- Pero el dinero...
- El dinero va y viene. Fin de la conversación - Zanjó doña Sinforosa-

Pepe respiró aliviado, recogieron el puesto y se dirigieron hacia el interior del pueblo. La doñi tenía que resolver allí un asunto muy importante.
Llegaron hasta una casa señorial pintada en colores muy llamativos, en la puerta un señor dio la bienvenida a la mujer.
El interior era algo oscuro para el gusto de la dama, pero elegante y distinguido. Los muebles parecían tallados a mano y los cuadros eran muchos y variados. Anduvo unos metros y llegó hasta un precioso jardín interior con plantas exóticas, allí, un matrimonio entrado en años la recibió con toda amabilidad. 
- Don Matías, doña Mariquilla, encantada de volver a verles- Pronunció doña Sinforosa al tiempo que empujaba la cabecita de Pepe para que permaneciese en el interior del bolsillo de su falda-
- La estábamos esperando, por favor, tome asiento - Pronunció don Matías poniéndose en pie-

Doña Sinforosa procuró sentarse de modo que su amigo estuviese cómodo, en nada, éste volvió a subir la cabeza sabiendo que bajo la mesa nadie podría verlo. Por no hablar de que así escucharía mucho mejor la conversación...

- Entonces - Tras los saludos de rigor tomó la palabra la dama- La oferta del dog-cart, ¿sigue en pie?
- Oh sí, doña Sinforosa- Habló la vieja señora- Nosotros ya no vamos a salir a la montaña, y hemos pensado que ese carruaje podría venirle de perlas para sus traslados desde Villa Rosita, por ello nos pusimos en contacto con usted antes de las nieves.
- La verdad es que no imaginan lo mucho que me ayudaría, siempre ando necesitando de la amabilidad de todos y con ese coche incluso podría desplazarme a otros pueblos para vender mi mercancía.
- ¡Oh, por supuesto! Es una excelente idea amiga mía- Exclamó don Matías- La animo a que la ponga en práctica.
- Pues bien, si el precio sigue siendo el mismo, no hay más que hablar. Me lo quedo – Sentenció doña Sinforosa sonriente-
- ¡Esto hay que celebrarlo! - Propuso don Matías- Tome con nosotros un licor de almendras amargas de nuestras bodegas. Mientras, uno de los criados dispondrá el coche y el caballo para que pueda llevárselo.

Tras cerrar la compraventa, los señores y su invitada salieron al jardín para ver el dog-cart, un modelo de coche muy funcional y bastante apropiado para nuestra amiga.

- Ahí lo tiene, doña Sinforosa- Dijo don Matías- La verdad es que he pasado muy buenos ratos con él pero uno se hace mayor y no necesita la mitad de las diversiones que tenía de mozo. El caballo es muy noble, sé que estará bien con usted.
-Descuide, de sobra sabe que los animales son mi debilidad. El coche es una maravilla y estoy segura de que el caballo será también un fiel compañero.


En unos minutos el carruaje estaba listo. Habían acoplado el caballo y sólo faltaba que su nueva propietaria tomase posesión de ambos.

- Gracias por todo, han sido ustedes muy generosos conmigo porque de sobra sé que el precio que me han puesto por él, es muy inferior al que hubiese podido alcanzar en cualquier mercado.
- Oh querida, pero queríamos que lo tuviera usted, sabemos que no podrá estar en mejores manos- Dijo doña Mariquilla- Pero espere, ¡casi me olvido! Se adentró en la casa con pasos acelerados y al instante volvió con una preciosa manta inglesa.
- Tome, la he usado durante muchos años, ahora quiero que la tenga usted. Me he permitido la licencia de bordarle sus iniciales.

La señora le entregó la manta sonriente, doña Sinforosa no escatimó palabras de agradecimiento. Se despidieron con la promesa de volver a verse el domingo.
Pronto abandonaron el pueblo y se adentraron en los caminos. El coche era una bendición, doña Sinforosa y Pepe estaban tan contentos que no pararon de cantar en todo el trayecto.

A la llegada a Villa Rosita...

- ¡Carmeloooo! ¡Sal tienes que ver esto! - Voló Pepe hasta el interior de la casa sorprendiendo al gato que se hallaba preparando un postre a base de nata.
- Pero... ¿Qué ocurre? ¿A que viene tanto jaleo?- Preguntó desorientado-
- Sal ahí afuera y lo verás- Le contestó el jilguero-

Carmelo se quedó sorprendido ante la visión que ofrecía doña Sinforosa feliz sobre su flamante coche. Una lagrimita se escurrió entre las pestañas del minino, de sobra sabía los esfuerzos de la mujer para bajar al pueblo cada día en los periodos de frío y los de fustigante sol. Ahora, un sueño largamente acariciado se hacía realidad ¡Por fin, por fin, doña Sinforosa tenía un medio de transporte como merecía!

- ¡Carmelo! ¡Pero no llores querido! -Exclamó la dama al ver la emoción del gato!- Venga, sube que vamos a dar un paseo los tres.
- De acuerdo pero.... ¡Yo también tengo una sorpresa!

El jilguero y la doñi se miraron extrañados viendo como el gato corría al interior de la casa.

-¡Que alguien me eche una mano! - Se oyó desde su interior-

Doña Sinforosa bajó rauda y se encontró con una grata visión. Carmelo había preparado un almuerzo a base de empanada de atún y frambuesas con nata para el postre. Ahora sólo quedaba coger un mantel y la cestita para llevarlo hasta algún lugar en mitad del hermoso bosque, una vez allí, los tres darían buena cuenta de la vianda.
Ya acomodados en el coche, tomó la palabra el jilguero.


- Habrá que poner un nombre al caballo, ¿verdad?

- Oh, no es necesario. Me llamo Juan, Juanito para los amigos- Contestó el equino sorprendiendo a los presentes-
- Bien Juanito, pues llévanos a un sitio hermoso donde celebrar que nos hemos conocido ¡En marcha! –Anunció doña Sinforosa exultante de alegría-


El carruaje se adentró en el bosque, desde lejos se oían los cánticos de la feliz y peculiar familia a la que sin pensar, había llegado un nuevo integrante, Juanito.
Número de Registro Propiedad Intelectual: 201399901322175

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