domingo, 15 de marzo de 2026

EL GAMBIGRUPO Y EL SECRETO DE LA CALZADA ROMANA. Exclusiva en la Charca de los Patos

Un sábado más en el Tejar, un sábado en el que la lluvia había dado paso a ese frío intenso que se instala en el Guadiato cuando llega el invierno. Aunque eso para el Gambigrupo no era obstáculo: bien abrigados podían salir a sus aventuras, y precisamente eso planeaban sentados junto a la chimenea en compañía del abuelo José, Dimas y las mascotas.

—¿Qué haces con esa piedra, Julián? —preguntó Pepa al ver a su amigo sosteniendo algo parecido a un ladrillo.

—Me la encontré en la charca esta mañana cuando fui a dar agua al toro Caprichoso. Sin embargo, no parece una piedra normal… mirad la forma que tiene.

Patricia la tomó en las manos y la giró para observarla.

—Esta piedra está trabajada, se nota a legua.

—¿A ver? —dijo el abuelo levantándose y tomando a su vez la piedra entre las manos—. Pues… un poco rara sí que es. A ver, chicos, la charca la hizo mi abuelo Francisco para abastecer de agua al tejar y al ganado. No recuerdo que hubiera zonas empedradas.

—¿Dónde la encontraste exactamente? —preguntó Dimas.

—En vez de tanto hablar, ¿por qué no nos abrigamos bien y vamos a verlo? —propuso Estrella levantándose.

—Es una idea magnífica, chicos, pero ni el abuelo ni yo podemos ir ahora. Tenemos cosas que hacer. Id vosotros y os seguiremos más tarde.

Así fue. Los chicos se levantaron, se pusieron los abrigos y salieron a todo correr con sus bicis hacia la charca. Al llegar a la zona, Tejo se puso a escarbar y Gambita le ayudó, aunque el gato dejó pronto lo que estaba haciendo para salir como un rayo a perseguir “algo” que nadie pudo ver.

Junto al hueco que había dejado la piedra que tenían aparecieron más. Julián apartó un poco de tierra con la punta de la bota.

—Esto no es un camino cualquiera —murmuró.

Patricia se agachó aún más. Las piedras estaban demasiado bien colocadas. Pepa levantó la vista hacia la Charca.

—Chicos… creo que acabamos de encontrar algo muy antiguo.

Entonces propuso ir a por palustres al Tejar. No hizo falta que acabara la frase: Julián montó en su bici y en menos de diez minutos estaba de vuelta con toda clase de utensilios.

Escarbaron, barrieron… hasta que, tras descubrir un metro de camino empedrado, se dieron cuenta de que no estaban ante algo común.

—Chicos… esto no lo ha hecho un tractor —dijo Patricia.

—No, ni es un camino de ganado. Estoy seguro de que continúa y de que es recto —respondió Julián con los ojos clavados en el suelo—. Las lluvias han descubierto un tesoro, amigas… un tesoro de verdad.

—Un tesoro que se hizo hace dos mil años… —pronunció Estrella con la mente en otro lugar: Mérida, su ciudad, y aquella aventura que vivieron en el Museo Nacional de Arte Romano donde consiguieron rescatar el busto de Augusto robado por ladrones. Aún quedaba en la memoria aquel viaje con el Gambigrupo y lo bien que fueron tratados por las autoridades emeritenses por resolver aquel caso.

Dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se miraron desconcertados, pero felices. Al fin Pepa rompió el momento mágico.

—Gambigrupo… acabamos de descubrir una calzada romana. Y está en nuestra charca. ¿Quién lo iba a decir? ¡Nosotros, que para poner a prueba a los amantes de la historia les pedimos decir de carrerilla los nombres de los emperadores julio-claudios! ¡Nosotros, que detuvimos ladrones con piezas extraídas de yacimientos romanos! ¡Nosotros… hemos sido nosotros!

Se levantaron y se abrazaron muy fuerte tras estallar en carcajadas y vítores tan altos que la algarabía llegó hasta el Tejar. En nada se presentaron allí el abuelo José y Dimas. Los chicos les explicaron lo ocurrido.

—Abue, si nuestro instinto no nos falla, esta es la calzada romana que unía Córdoba con Mérida. Una de las grandes carreteras de Hispania —anunció Pepa con alegría contenida.

El abuelo José se quedó boquiabierto. Se mesó la barbilla y añadió:

—Si lo que hay aquí es lo que pensamos, estamos ante la “autopista” de los metales. Por aquí circulaban plomo, cobre, plata y distintos minerales de Sierra Morena que bajaban hasta el río Betis, nuestro Guadalquivir actual, para enviarlos a Roma.

Sonrió y miró a Dimas. No podía creer lo que veía. Al final era verdad eso de “por aquí pasaban los romanos” que siempre dijeron los mayores.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Julián.

—Está claro —respondió Patricia—. Llamar al Seprona, aquí no tenemos los de patrimonio, pero sabrán cómo proceder.

De repente se dieron cuenta de que Dimas permanecía serio, mirando el trozo de calzada que los chicos habían descubierto.

—¿Qué ocurre, Dimas? —preguntó el abuelo.

Dimas meneó la cabeza mientras miraba fijamente el hallazgo.

—José… ¿y si nos quitan la charca?

El silencio cayó como una losa sobre la Charca de los Patos. Las risas se apagaron por unos segundos hasta que el abuelo habló pasando su brazo por el hombro de su amigo.

—Tranquilo, Dimas. Nadie nos quitará nada; todo lo contrario. Si conseguimos que recuperen la calzada, la vida volverá a este lugar. Los niños vendrán de nuevo a merendar, los vecinos pasearán otra vez por aquí y los viajeros harán fila para ver esta maravilla.

Julián se acercó y cogió de la mano a Dimas.

—Dimas, también habrá que velar para que Caprichoso no se dé paseos por la calzada… porque él no tiene caligae.

El hombre miró al niño extrañado.

—Las caligae eran las sandalias que llevaban los soldados romanos —explicó Julián—. En la suela llevaban tachuelas y por eso sonaban cuando desfilaban.

De repente, Dimas imaginó al toro con sandalias y no pudo reprimir la risa. Quiso decir algo, pero cada vez que abría la boca le venía otra carcajada, que acabó contagiando a todos.

Con el paso de los días llegaron las pruebas definitivas para saber si aquello era, en verdad, una calzada romana. Un grupo de profesionales, ante la atenta mirada del Gambigrupo, utilizaba las últimas tecnologías para averiguar la verdadera dimensión del descubrimiento.

Se trataba de una tecnología aérea llamada LiDAR, un sistema láser capaz de analizar el terreno desde el aire y detectar caminos antiguos ocultos bajo la vegetación.

Para sorpresa de todos, los primeros resultados revelaron la existencia de unos 3,4 kilómetros de calzada, con aproximadamente 12 metros de anchura.

—¡Pero para la época eso era enorme! —exclamó Pepa—¡los caminos romanos no iban más allá de 5 o 6 metros!

—¡Ya lo creo! —respondió el técnico—. Esta vía estaba preparada para carros, tropas y transporte de mineral.


Estrella añadió:

—Chicos… esto forma parte del corredor natural del Guadiato, una antigua vía que atravesaba lugares como Belmez, Peñarroya-Pueblonuevo o Fuente Obejuna.

El Gambigrupo se miró en silencio. Aquellas piedras que habían descubierto junto a la Charca de los Patos podían formar parte de un camino construido hace casi dos mil años.

En ese momento se perfiló una silueta a lo lejos. Una dama elegante vestida con ropas de campo. Los chicos la reconocieron al instante.

—¡Doña Sinforosa!

La llamaron con júbilo y le contaron lo sucedido atropellándose en el relato.

—¡Pero esto es magnífico! ¡Un verdadero tesoro!

La tarde caía y todos se despidieron. Acordaron que, de momento, era mejor tapar la parte que los chicos habían descubierto para evitar peligros. Doña Sinforosa se despidió y siguió su camino.

A no muchos kilómetros de allí, Casa Encantada se preparaba para la noche. La llegada de doña Sinforosa, cuando el sol ya se había despedido, les resultó un tanto extraña. Don Leonardo Peinacanas, el ratón bibliotecario, salió a saludar y a saber el motivo de tan estupenda visita.

—¡Querida amiga! ¿Qué la trae por aquí?

Doña Sinforosa le contó todo lo que había visto en la Charca de los Patos, pero no se dio cuenta de que una pequeña y revoltosa lagartija estaba escondida tras el cuadro de la chimenea y escuchó todo. Rauda, se dirigió a la emisora de radio: el Guadiato tenía que conocer el hallazgo y ella tendría el gran honor de dar la exclusiva.

Sin embargo, en su camino se topó con Plumillas.

—¡Ey, Matilda! ¿Adónde vas tan apurada? —le preguntó el ratón, feliz de ver a su amiga.

—A la emisora. Quiero repasar el programa de esta noche para que salga muuuy bien —contestó disimulando el fastidio.

Plumillas oyó voces en el salón y miró a su amiga. Reconoció a doña Sinforosa y pensó en salir a saludar, pero la lagartija intentó distraerlo con toda clase de propuestas. Sin embargo, el ratón insistía en ir a saludar.

—Está diciendo algo de una calzada romana —comentó el ratón, dirigiéndose ya al salón, mientras la lagartija lo sujetaba e intentaba convencerlo para que entrara en la emisora—. ¡Matilda, suéltame, por favor!

Su amiga obedeció fastidiada. Sus deseos de ser la que diera la exclusiva de aquel descubrimiento se esfumaban.

En ese momento, los ratones cocineros, Blasito y Benito, se acercaron felices.

—¡Ah, estáis aquí! ¿No os habéis enterado de la noticia? —preguntó Blasito—. Un grupo de jóvenes ha descubierto una calzada romana en la Charca de los Patos.

Plumillas miró a Matilda y entendió. Su afán por distraerlo no obedecía a otra cosa que al interés de la lagartija por mantenerlo al margen y poder dar ella la noticia. Al achacarle la fea intención, Matilda quiso hacer ver que no era así, pero sus excusas eran cada cual más absurda y peregrina.

Se enzarzaron en una discusión elevando tanto el tono de voz que en toda la casa se percataron de que, de nuevo, Matilda y Plumillas andaban enzarzados en una de sus disputas. Don Leonardo salió al pasillo y los llamó al orden. Luego los hizo ir hasta el salón.

—¡Quería quedarse con la exclusiva del descubrimiento de la calzada romana! —gritó Plumillas, muy enfadado.

—¡Eres un embustero! ¡Te lo iba a decir! —gritaba también Matilda, enseñando sus afilados dientecitos.

Poco a poco, los habitantes de Casa Encantada se fueron dando cita en el salón principal de la casa. El Mago Pirú les reprendió duramente. Hacía pocos meses del enfado de Navidad, cuando tuvieron que hacer venir nada más y nada menos que al embajador Jorge Dezcallar para que mediara entre ellos.

—¡Bueno, ya está bien! —se impuso la voz del mago por encima de las demás—. ¡La exclusiva la vais a dar los dos o no la dará ninguno, porque convertiré vuestra emisora en un pajar!

Cuando el mago se enfadaba daba bastante respeto. Su cara afable se transformaba y hasta parecía crecer de tamaño.

—Exacto, chicos —le apoyó doña Sinforosa—. Mañana por la mañana me acompañaréis hasta el Tejar y desde allí daréis la noticia. ¿Os parece bien?

—De acuerdo —contestó Matilda—, ¿pero qué pasa si nos ven? Ellos son gente no mágica.

—¡Ay no te creas! —contestó la doña—. Vais a ver al Gambigrupo. Ellos… salvaron la Navidad hace unos años.

De repente se hizo el silencio. Había gente mágica al otro lado de la casa y ellos no lo sabían.

—Bueno, pero eso es una historia que os contaré otro día. A ver, el periodista y la lagartija, acercaos. Os voy a enseñar unas fotos que hice a los mapas para que las publiquéis en el periódico Casa Encantada Noticias.

Obedecieron y, más calmados, decidieron colaborar y hacer las cosas bien.

A la mañana siguiente, andando, llegaron hasta la Charca de los Patos. Por el camino, doña Sinforosa les había dado toda la información sobre la charca, el Tejar, el abuelo José, el Gambigrupo…

Al ver el lugar, se quedaron maravillados. Aquello era precioso. La hierba crecía verde y brillante, salpicada de margaritas y amapolas. Algunos patos nadaban tranquilos y las garcetas se veían aquí y allá. Matilda y Plumillas se quedaron mudos. Así que aquel era el centro de operaciones del grupo más atrevido del Guadiato.

Plumillas propuso grabar y que fuera Matilda quien diera la noticia. Montó el trípode y colocó el móvil mientras esperaba a que la lagartija se bajara de los muros de la charca. No había parado un segundo desde su llegada.

—¡Matilda! ¡Que te bajes! ¡Van a salir del Tejar y nos van a pillar! ¡Boba! —le gritó el ratón, perdiendo la paciencia.

Del Tejar no saldría nadie porque doña Sinforosa había ido a saludarlos y evitar así que pudieran interferir. El Gambigrupo era muy avispado; toda precaución con ellos era poca.

La lagartija acudió rauda, dando saltitos entre la hierba, hasta que al fin se colocó sobre la calzada descubierta por los chicos y que aún no habían vuelto a cubrir. Se recolocó el lazo rosa de la cola, se pasó los dedos por las pestañas y cogió el micrófono.


—Buenos días. Estamos en directo desde Los Tejares.

—¡El Tejar! —corrigió Plumillas.

Una vez terminaron, decidieron no esperar a doña Sinforosa y volvieron a la emisora. Habían dado la noticia más importante del día y estaban pletóricos. Pero para la lagartija no era suficiente, así que escribió sola un artículo, sin esperar a Plumillas, que se había entretenido con don Leonardo comentando la buena nueva.

El lunes aparecía en los periódicos:


El Gambigrupo devoró las noticias, satisfechos por haber sido ellos los descubridores de aquella calzada. Sin embargo, Pepa…

—¡Cómo que Los Tejares! ¿Quién ha escrito esto?

—Pues… aquí firma una tal Matilda —contestó Estrella leyendo uno de los periódicos—. También pone Charca de los Patos, aunque su auténtico nombre es “Charca del Tejero”.

—Bueno, eso se les puede perdonar porque por aquí todo el mundo la conoce como Charca de los Patos. Pero Los Tejares, no. Un buen periodista siempre debe documentarse bien. ¡Es el Tejar! Voy a averiguar quién es esa Matilda.

Mientras, en Casa Encantada, Plumillas reñía a Matilda por no haber esperado a escribir juntos el artículo.

—¡Y encima vas y te equivocas! ¡Siempre igual! —decía mientras agitaba el periódico en el aire delante de la lagartija.

—¡No es para tanto! Todo el mundo llama así a esa charca, ¿no? Y bueno… ¡puse Los Tejares en vez de El Tejar! ¡No se va a apagar el sol por eso!

Plumillas salió de la emisora enfadado, dispuesto a escribir un nuevo artículo y visitar el lugar. Eso sí, le habían hablado del tal Gambita, del que tenía que cuidarse mucho. Pero un ratón que se había batido con Ojáncanos ya no temía a nada.

Así que… ¡Charca de los Patos! La aventura romana comienza

Y mientras el Gambigrupo seguía vigilando su descubrimiento, Roma volvía a abrir camino en el corazón del Guadiato.


martes, 10 de febrero de 2026

EL GAMBIGRUPO Y EL CONTRATO DE LOS CINCO EUROS.

Un día más de lluvia, Julián, Pepa, Patricia y Estrella estaban desesperados. Y no digamos Gambita, que no paraba de hacer trastadas junto a Tejo, el zorro que los niños habían adoptado hacía ya un año.

Era sábado y el abuelo José había permitido que el Gambigrupo se quedara en el Tejar todo el fin de semana, aunque fuera difícil salir de aventuras como tantas otras veces. Dimas estaba encantado con los chicos y pensó que no sería difícil tenerlos entretenidos; al fin y al cabo, en el campo siempre hay algo que hacer, y a ellos les encantaba estar con los animales.

A primera hora, las chicas fueron a ver a las vacas. Les gustaba el olor del heno en los pesebres y el calorcito que desprendían en los días fríos. Julián había preferido llevar al toro Caprichoso a la Charca de los Patos para que bebiera, a pesar del aguacero que estaba cayendo.

Todo iba bien hasta que, a eso de las doce de la mañana, sonó el teléfono. Era Felipe, un amigo del abuelo. El arroyo se había desbordado y no podía pasar a dar de comer a los animales: vacas, corderos y perros quedarían sin comida si alguien no llegaba hasta ellos.

—No te preocupes, Felipe. Desde aquí puedo llegar  perfectamente; les pondremos la comida necesaria para que estén bien hasta que todo vuelva a la normalidad —dijo el abuelo muy serio, mientras miraba a Dimas.

Los niños escuchaban preocupados. La casa de Felipe estaba cerca, pero aun así los caminos estaban inundados y los arroyos empezaban a crecer.

—Abuelito, ¿podemos ayudar en algo? —preguntó Pepa, adelantándose a sus amigos.

—No, querida. Es mejor que os quedéis aquí con la abuela y el tío Jose mientras Dimas y yo vamos andando a ver qué está pasando. Nos acompañarán Casiano y Antonio. Quedaos tranquilos. Tenemos que asegurarnos de que los caminos son seguros y podemos pasar el arroyo.

—No os mováis de aquí —les dijo Dimas, apuntando a todos con el dedo índice y sin estar muy convencido de que obedecieran.

El Gambigrupo protestó de lo lindo, pero Pepa sonreía. Si se quedaban con el tío Jose estaban salvados, porque era más aventurero y trasto que todos ellos juntos ida y vuelta a las Bahamas. Sí, que se marcharan cuanto antes.

Pasó demasiado tiempo sin que los exploradores volvieran y nadie sabía qué estaba pasando. No era mucho el trayecto; ya debían estar de vuelta, así que Pepa decidió hablar con el tío Jose, que estudiaba en su habitación.

—¿Y dices que hace dos horas que se fueron? —preguntó, preocupado.

—Sí, tío. Hemos pensado enviar a Gambi con una cámara al cuello para ver qué está pasando, y Estrella cree que lo mejor es coger las bicis e ir nosotros mismos.

—No, no, las bicicletas no. Está lloviendo demasiado.

Se levantó y se puso un chubasquero, e instó a los chicos a que hicieran lo mismo.

—Vamos, será mejor que no perdamos tiempo. Esta manía de no querer móviles nos va a traer un disgusto cualquier día —dijo el tío Jose, mientras se calzaba unas botas de agua.

Cuando salieron al exterior, el aguacero arreciaba. Se ajustaron bien los gorros y se enfrentaron a la lluvia y al viento. La sorpresa fue mayúscula al llegar al pequeño arroyo que separaba sus tierras de las de Felipe. No era precisamente el grande que se había desbordado, sino uno que en teoría no revestía peligro de crecer de manera exagerada. Sin embargo… habían calculado mal.

Todo apuntaba a que el abuelo, Dimas y los demás habían logrado acceder a la casa, pero no habían podido volver.

—Lleva demasiado caudal; es peligroso cruzar —apuntó Patricia.
—Sí, y si no han regresado es porque tampoco han podido cruzar más arriba —reflexionó Julián.

En ese momento aparecieron Dimas y el abuelo. Venían andando por mitad del sembrado, más mal que bien, hundiéndose en la tierra, lo que hacía difícil el avance. Los chicos se pusieron muy contentos al ver que estaban bien.

Separados por el arroyo, que había crecido de manera alarmante, hablaron.

—Papá, ¿qué ha pasado? ¿Por qué no has cogido tu móvil? Esa manía vuestra de no querer estar localizados…
—Bueno, ya hablaremos de eso —dijo el abuelo José—. Lo importante es que estamos bien. Cuando vinimos se podía cruzar; como de costumbre, no corría más que un pequeño caudal. Dimos de comer a los animales, pero a la vuelta había aumentado tanto el cauce que no pudimos pasar ni por aquí ni por ningún otro lado.
—Si esto no baja, mal vamos —apuntó Dimas, señalando el agua—. Es la hora de comer y no podemos cruzar.
—¡Eso no es problema, Dimas! —dijo Pepa—. Podemos traer ahora mismo todo lo necesario para que podáis comer hasta que baje el arroyo, y para aguantar varios días si fuera necesario. ¿No es verdad, chicos?

Todos asintieron, aunque al abuelo no le entusiasmaba que anduvieran fuera con aquel temporal. También sabía que de nada servirían sermones ni advertencias: si el Gambigrupo se empeñaba en algo, lo haría.

—¡Buena idea! —exclamó Julián—. Estamos de vuelta en menos que se dice miau.
—De acuerdo. A las dos y media volveremos para vernos aquí y recoger lo que traigáis —asintió el abuelo.

De vuelta al Tejar y con la ayuda de la abuela María, prepararon viandas para un regimiento: mantas, baterías, dos móviles cargados a tope —uno de Pepa y otro de Estrella— para que pudieran comunicarse con el tío Jose, y linternas por si se iba la luz antes de que pudieran volver.

—Bueno, chicos, esto ya está —afirmó el tío Jose—. Vamos a repartirnos la carga y salimos. Es mejor que Gambita se quede aquí con Tejo; llueve mucho y…

No le dio tiempo a terminar la frase. Enseguida apareció el gato con un chubasquero y botas que los chicos le habían comprado para que pudiera seguirlos en todas sus aventuras. Por increíble que pareciera, el michi estaba encantado y dispuesto a colaborar.

—¡En marcha! —ordenó Estrella, mientras se cargaba una mochila llena de pan, dulces, chocolate… y todo lo necesario para preparar desayunos.

Si antes la tierra estaba mal, ahora los charcos y el barro hacían que tuvieran que andar el doble, bordeando constantemente los lugares impracticables. Pero nada paraba al Gambigrupo, liderado por el tío Jose. A la hora acordada aparecieron el abuelo José y Dimas, que recogieron todo y se despidieron cabizbajos, pidiendo que avisaran a las familias de Casiano y Antonio, cosa que, precavidos, ya habían hecho, tranquilizándolos en todo momento.

Al caer la tarde, las luces se encendieron en el Tejar y con ellas la conversación. Sabían que al otro lado del arroyo todo estaba bien gracias a la comunicación por móvil; además, había dejado de llover. Pero ahora el aburrimiento era total. Gambita dormía plácidamente, Tejo —tras haber sido bañado— jugueteaba con una pelota y Patricia aprovechaba para pintar a ambos con sus acuarelas. Los demás no acababan de encontrar modo de entretenerse.

—¿Qué os pasa, chicos? —preguntó el tío Jose, sabiendo que si el Gambigrupo se aburría rondaba alguna travesura.
—Nos aburrimos —suspiró Julián.
—Pues eso se va a acabar, porque en menos de una horas hay que ordeñar. Y más nos vale hacerlo bien porque, de lo contrario, ¡Dimas nos va a dar para el pelo!

La noticia les alegró. ¡Algo de acción por fin! Dispuestos, se dirigieron a los establos, pero para sorpresa de todos… ¡no estaban las vacas! Al verlo todo vacío se pusieron las manos en la cabeza. ¿Cómo había pasado? Se atropellaban en las palabras buscando una explicación.

—¿Quién fue el último en salir? —preguntó Julián.

De repente, las miradas se dirigieron al tío Jose.

—¡Tío! ¡Pero mira que eres despistado! ¿En qué estabas pensando? —exclamó Pepa, poniéndose en jarras.

—Lo siento, chicos. Pensé que quedaba alguien… no sé, me he despistado —dijo, encogiéndose de hombros.
—Pff… verás Dimas y el abue cuando se enteren —le contestó Pepa, sacudiendo las manos.
—¡Eso! ¡Tú dame ánimos!
—Bueno, tranquilidad ante todo. Ha dejado de llover, así que podemos salir a buscarlas; la parte mala es que ya no se ve —dijo Julián.

Pero eso no fue obstáculo para el Gambigrupo. Bien pertrechados de linternas, chubasqueros, botas y hasta pequeños focos solares, salieron por los caminos encharcados. No podían haber ido muy lejos; además, con lo grandes que eran, sería imposible no verlas. Gambita llevaba su cámara de visión nocturna conectada al móvil de Julián. Él podía adentrarse por lugares impensables para humanos en aquellas circunstancias.

A eso de las nueve de la noche, y tras haber peinado buena parte de los alrededores sin resultados, decidieron volver al Tejar. Era muy raro; no era posible que en tan poco tiempo se hubieran esfumado así como así, sin dejar rastro. No podían atravesar los arroyos y solo podían haber escapado por la parte de la charca que da al camino largo. Sin embargo, tras llegar casi al pueblo andando, no había ni rastro de los animales.

Desanimados, llegaron a la casa. Nada más abrir la puerta…

—¡Un momento! —exclamó Estrella—. ¿Qué es eso que hay en el suelo?

El tío Jose se agachó y recogió un sobre que alguien había colado por debajo de la puerta. Los niños le apremiaron para que lo abriera. Dentro, una nota:

“Si queréis recuperar las vacas, no llaméis a la Guardia Civil. Mañana, a las seis de la mañana, dirigíos a la casa de la Charca de los Patos. Llevad luz para que os veamos. En la puerta, colgada del tirador, encontraréis una mochila con instrucciones y un contrato de cesión de la charca y los alrededores. Está todo arreglado; bastará con un garabato para hacernos con ella. Después, apagad todas las luces salvo una. Permaneced allí hasta las siete y media de la mañana. No llaméis a nadie. A esa hora, volved al Tejar: allí estarán los animales.”

PD: Sabemos dónde están José y los demás. Si queréis volver a verlos, no hagáis ninguna tontería.

—Pues ahora sí que tenemos un problema —murmuró Patricia.

Los ánimos se vinieron abajo. No sabían quién podía estar haciendo una cosa así. El abuelo no tenía enemigos, pero el Gambigrupo… habían ayudado a desmantelar dos bandas de ladrones de patrimonio y habían detenido a un pirómano. Enemigos no les faltaban, aunque también tenían muchos amigos, entre los que se encontraban Mónika, Luis y Alberto, los agentes del Seprona de la Guardia Civil.

—Chicos, esto se complica y mucho —dijo cabizbajo el tío Jose, a quien en ese momento se le había venido el mundo encima.

—A ver, no nos rindamos aún —habló Julián, intentando calmar a todos—. Tenemos hasta las seis de la mañana para trazar un plan. ¿Estamos solos en el Tejar? —preguntó, mirando al tío Jose.
—Sí. A pesar de las circunstancias, convencí a mi madre para que se marchara al pueblo, así que de momento estamos nosotros, Tejo y Gambita.

Se sentaron frente a la chimenea del gran salón. Al principio todo era desesperación, pero poco a poco los ánimos se fueron calmando.


—Recapitulemos —habló Pepa—. Tenemos una nota y, por nuestra parte, varios enemigos que podrían haberla enviado. Si son ellos, sabemos cómo funcionan. Tío ¿Qué enemigos puedes tener tú?

—¿Yo? ¡Ninguno!
—¿Alguna novia aparte de tía Alicia? —le preguntó Estrella, guiñando un ojo—. ¿Alguna que pudiera estar enfadada como para querer arrebatarnos nuestro centro de operaciones?
—¡Pero bueno! —se levantó el tío Jose como si tuviera un muelle en el culete—. ¿Y vosotros cómo sabéis que tengo novia? ¿Tía Alicia?

Los chicos se rieron de lo lindo, descargando un poco el ambiente de preocupación que flotaba en el aire.

—Mira que eres bobo… —le dijo Patricia—. El Gambigrupo lo sabe todo. Se llama Alicia, vive en Peñarroya, en la calle Córdoba; sus padres son Rafael y María Jesús y sus…
—¡Pero seréis cotillas! —interrumpió el tío Jose, sorprendido de veras—. ¿Me habéis estado espiando?
—Lo vemos y lo sabemos toooodo —dijo Julián, acercándose a él y poniéndose un dedo bajo el ojo derecho.
—Qué sinvergüenzas sois… —dijo sonriendo—. Así que tía Alicia…
—Aquí lo que es de uno es de todos, chaval… —le dijo Estrella, riendo.

Las risas despertaron a Gambita y a Tejo, que se pusieron a jugar por el salón. Aquello también ayudó a destensar los nervios y a pensar con claridad. Frente a unos vasos de leche y galletas caseras, las posibles soluciones fueron desfilando hasta que…

—¡Chicos, creo que lo tengo! —exclamó por fin Julián—. Iremos a las seis hasta la charca, con las linternas, para que vean que nos acercamos. Está claro que nos están vigilando. Cuando lleguemos, cogeremos esos papeles y los cambiaremos de manera que ellos no sean conscientes. Un pequeño cambio que no sea perceptible, pero que les impida llevar a cabo sus planes. Patricia y yo volveremos al Tejar, haremos lo necesario y regresaremos de nuevo evitando los caminos. Y para eso nos llevaremos a Gambita y a Tejo, porque ellos de noche ven mejor; nos guiarán por lo seguro, sorteando charcos grandes y evitando que nos caigamos. Eso sí, necesitaríamos ropa oscura…
—Ese plan está bien —dijo Estrella—, pero cojea. No se pueden ir de rositas; tiene que ser algo más redondo.
—A ver —propuso el tío Jose—. Una vez volváis con los papeles, alguien debe regresar de nuevo, esperar antes de la hora acordada y esconderse. Cuando traigan las vacas y entren en el establo, podemos cerrar la puerta y dejar encerrados a los que vengan con ellas. No serán los extorsionadores gordos, pero seguro que la Guardia Civil sabe qué hacer con ellos.
—No sé, chicos… Es un poco peligroso. Daos cuenta de que han dicho que saben dónde están el abuelo José y Dimas y que no avisemos a nadie. Además, los delincuentes llevarán móviles y llamarán a los otros —comentó Pepa.
—¡Eso no es posible! —exclamó feliz el tío Jose—. El establo es antiguo, con muros de piedra gruesa, tierra húmeda y hierro viejo. Todos sabéis que allí nunca ha habido cobertura, ni allí ni en el patio. No funciona el móvil ni nada moderno. Ni una rayita. Esa zona se traga las señales: cero cobertura.

Lo habían olvidado, y esa era, sin duda, la mejor noticia. Encerrarían a los que trajeran las vacas. Además, a Julián se le ocurrió avisar a Mónika y a Luis, del Seprona, para explicarles que el abuelo José y Dimas, junto a Antonio y Casiano, estaban atrapados en el cortijo de Felipe por la crecida del arroyo. No les dirían nada más, salvo que no hicieran ruido para no preocupar a la abuela, que estaba en el Tejar. Eso, ya les extrañaría, sabían que a esas horas nunca estaba. Una vez fueran conscientes de que el abuelo y los demás estaban a salvo, llamarían para contar el resto.

—No está mal, chicos. No es un gran plan, pero nos sirve —asintió el tío Jose.
—¡Esperad! ¡Se me ha ocurrido algo más! —exclamó Patricia, levantándose y dando pequeños saltitos de alegría—. Tenemos que camuflar mi móvil en la mochila. Activaremos el geolocalizador y así sabremos dónde están en cada momento. Con el Seprona en el cortijo de Felipe y los otros dos encerrados aquí, lo tenemos fácil.
—¡Ahora sí es un plan brillante! —exclamó Estrella—. Pero para pasar desapercibidos necesitamos esa ropa negra de la que hablaba Julián. ¿Podemos encontrar algo aquí?
—¡Ya lo creo! ¡En los baúles del altillo! —exclamó Pepa.

Se dirigieron raudos al altillo, un lugar lleno de aperos del campo y cachivaches varios. En un rincón, casi oculto tras cajas y algunas tejas viejas, apareció el baúl. Dentro había ropas de diferentes tamaños, muy antiguas todas y algunas picadas, pero servirían. En el pasillo estaba la máquina de coser y no había tiempo que perder. Se fueron turnando y arreglaron como pudieron los trajes que encontraron. A eso de las dos y media de la mañana lo tenían todo previsto.

Julián y Patricia volverían con Tejo, cambiarían los documentos y camuflarían el móvil en la mochila. Regresarían rápido a la casa de la charca. Luego Julián volvería solo, se escondería a la espera de la llegada de las vacas y cerraría la puerta del establo para atrapar a los delincuentes. 

Sabían que era peligroso y que, si veían llegar al Seprona, el abuelo y los demás corrían peligro. Por eso se aseguraron de hacer las cosas bien e informar a sus amigos de la Guardia Civil en clave. No sabían si eran los ladrones de patrimonio quienes estaban detrás de todo aquello y estaban convencidos de que, de ser ellos, incluso podían estar escuchando lo que hablaban o escribían desde los móviles.

A las tres menos cuarto, decidieron que Patricia enviara un mensaje a Mónika. Sabían que estaba de noche.

PATRICIA:
Hola, Mónika.  👋👋Perdona las horas. El abuelo José, junto a Dimas y dos hombres más, están “retenidos” en el cortijo de Felipe desde mediodía. No pueden volver porque ha crecido el arroyo y estamos preocupados. Ya sabéis que ellos nunca llevan móvil…😟

PATRICIA:
¿Podéis ir a ver cómo están? 🙏Eso sí, por favor, no hagáis ruido, especialmente al volver. María está con nosotros y se asustará si os ve u os oye. Le hemos dicho que ya habéis ido y que los vais a rescatar mañana. Le hemos mentido un poquito…

A Mónika le resultó rarísimo aquel WhatsApp. Si José y sus hombres estaban en el cortijo de Felipe sin poder volver y lo sabían desde mediodía, ¿por qué no habían llamado? ¿Y por qué enviaban un mensaje a las tres de la mañana? Conocía al Gambigrupo: algo estaba pasando. Decidió mentir y seguirles la corriente.

MÓNIKA:
Sí, chicos. Felipe dio aviso al cuartel. Dos agentes quedaron en ir a verlos, pero ha habido imprevistos y no pudieron. Alberto y yo estábamos preparándonos para salir ahora. 

MÓNIKA:
Lo siento, ha habido muchos avisos. Estamos un poco desbordados. 🙆

PATRICIA:
¡Muchísimas gracias! 😍No os preocupéis, lo comprendemos. Acordaos de no hacer ruido 😉; la abuela María está muy preocupada por todo lo que está pasando. Nosotros también. Cuando estéis de vuelta, decidnos cómo están. Bastará con un WhatsApp cuando regreséis al cuartel. Volved lo antes posible, por favor. 

MÓNIKA:
De acuerdo, chicos. Llevamos algo de comer; Felipe nos dijo que en la despensa había para un día o así. Nosotros podemos pasar. Habéis hecho bien en no intentarlo vosotros, es peligroso. Iremos, nos aseguraremos de que están bien, dejaremos víveres y mañana, en cuanto podamos, los rescataremos.

PATRICIA:
Ok. Y ya sabéis, sin ruidos, por favor, que María es muy fina… 😘😘

MÓNIKA:
Tranquilos, así lo haremos. Dad besos a todos y decidles que no tardaremos nada en ir y volver. 😘😘

Algo no encajaba. Mónika no dudaba de que los hombres estuvieran atrapados sin poder cruzar el arroyo, pero conociendo al Gambigrupo, no les faltaría de nada… eso si no habían ideado ya algo para rescatarlos. Allí pasaba algo más. La reiteración en no hacer ruido, en que volvieran pronto, la palabra “retenidos” entrecomillada… Presentía que alguien podía estar leyendo los WhatsApp, alguien que no quería que la Guardia Civil estuviera allí, pero que, si llegaban para ver a los atrapados y se marchaban rápido, no sospecharía.


—Luis, el Gambigrupo está en peligro —murmuró Mónika, enseñando los mensajes a su compañero, que frunció el ceño—. Ellos no mandan mensajes a estas horas y mucho menos medio en clave y en estos términos. Llamarían. Los están vigilando. A ellos o a José y a los demás. Además, sabemos que María no suele dormir en el Tejar, hoy mismo la he visto entrar en su casa del pueblo a eso de las cinco de la tarde.

—Que no hagamos ruido, especialmente al volver… Quien sea nos verá llegar.

—Lo que no puede es vernos volver, al menos a los dos —añadió Mónika.

—¡Bingo! Iremos en una sola moto. Apagaremos la luz cuando lleguemos al arroyo. Avanzaremos con una sola linterna y luego uno de los dos volverá; el otro se quedará con ellos y sabremos qué está pasando.

—Buen plan. En marcha —ordenó Mónika, dándole una palmada en el hombro a su compañero.

Los chicos seguían despiertos a las cuatro y cuarto de la mañana cuando llegó un mensaje al móvil de Patricia.

MÓNIKA:
Chicos, todo bien. 😊Ha ido solo Alberto porque no hay efectivos y estamos atendiendo diversas urgencias. Le ha sido difícil pasar; ha tenido que subir bastante más arriba, pero quedaos tranquilos, ya está todo solucionado. No vayáis vosotros. 😉

MÓNIKA:
Les ha dejado comida y ha vuelto rápido. Ha hecho el menor ruido posible; espero que María no se haya percatado, las motos hacen tanto ruido… Por cierto, les ha dejado un melmi. A tu abuelo le encanta ese dulce y les hará bien en esas circunstancias. 😺😺

PATRICIA:
¡Gracias, Mónika! María no se ha enterado, sois fantásticos. Gracias por acordaros del dulce. Besitos 💖💖😘😘

MÓNIKA:
Besos a todos. Idos a dormir ya y me vais diciendo si sucede algo más. 😘😘😘😘😘

Patricia leyó en voz alta los mensajes.

—¡Chicos, han captado el mensaje! —dijo Pepa, muy contenta—. Melmi es el gato de Mónika. Significa que ella se ha quedado con el abuelo y los demás. No sé cómo lo han hecho, pero Alberto no ha ido solo: han ido los dos y ella se ha quedado.

Estallaron de alegría al saber que lo más importante estaba a salvo. Confiaban en que los delincuentes no se hubieran percatado de la treta.

Se echaron a dormir apenas una hora y, a las cinco y media, ya estaban en pie, colocándose aquellas ropas tiesas y oscuras que olían a alcanfor, pero que eran ideales para volver sin ser vistos. El hecho de que no hubiera luna ayudaba, aunque también dificultaba andar por el campo si no se conocía bien el terreno.

A las seis, con linternas en las manos y acompañados de Gambita y Tejo, ambos con arneses, se dirigieron a la Charca. Por suerte, había dejado de llover, pero los caminos estaban impracticables. Tal y como habían dicho los delincuentes, había una mochila colgada del pomo de la puerta y dentro unos documentos donde aparecían los datos del abuelo José e incluso una copia de su DNI.

Se quedaron sorprendidos. Los papeles decían que el abuelo les cedía la charca de por vida por un precio simbólico de cinco euros. Aparecía incluso un número de cuenta que, efectivamente, era real. Había también unos planos y un dibujo con un complejo turístico.


Querían convertir el centro de operaciones del Gambigrupo en un hotel.

—¡Chicos, ni de broma vamos a consentir esto! —estalló el tío Jose, indignado.
—¡Por supuesto que no! —secundó Julián.
—Vamos a cambiar estos papeles. Pondremos otra cuenta corriente y la transferencia será nula, con lo cual se invalida el documento —razonó Patricia.
—Es brillante —aprobó Estrella.
—Esperad, chicos, hay algo más —advirtió Pepa, sacando una última nota de la mochila.

“Ahora dejad una sola luz, de móvil o de linterna, y sentaos juntos. Agrupaos. Enviad un WhatsApp al 323 25 26 25 y esperad respuesta. Recibiréis un enlace. Es una transmisión en tiempo real. Tenéis que tener el teléfono enfocando a vuestras caras, a todas… Os conocemos. No podréis tramar nada. A las siete se apagará la transmisión y podréis volver.”

Hasta nunca. Os enviaremos invitación cuando inauguremos el hotel… 😆

—Chicos… hasta aquí hemos llegado —murmuró el tío Jose, abatido.
—¡De eso nada! ¿Qué hora es? —preguntó Estrella con rapidez.
—Las seis menos cinco. Hemos llegado un poco antes —respondió Julián.
—Patricia, ¿puedes grabar un vídeo y luego ponerlo en reproducción en bucle?
—¡Fantástica idea! —respondió ella al instante—. Conectaremos, haremos como que, con los nervios, se cae el móvil y aprovecharé para meter el vídeo. Después, Julián y yo seguiremos con el plan.

Así lo hicieron. No pareció que al otro lado se percataran de la trampa. Julián y Patricia continuaron con el plan: volvieron en total oscuridad con Tejo, que los guio de regreso al Tejar campo a través, eludiendo charcos y zonas peligrosas donde tropezar y caer. 

Rápidamente retiraron una parte interior de la mochila. Patricia colocó algodones, introdujo el móvil con el geolocalizador, volvió a poner más algodones y cerró. Nada hacía sospechar que había sido manipulada ni que se hubiera introducido nada en ella. Cambiaron el documento donde figuraba la cuenta corriente y firmaron.

Julián quiso acompañar a su amiga de vuelta, pero la niña no quiso. Tejo y ella regresaron junto a los demás y él se escondió cerca del establo. Cubierto con ramas y forraje, era imposible verlo. Allí permaneció, a la espera de que llegara la hora en que volvieran los animales.

Estaban todos agotados y nerviosos, deseando que aquella pesadilla terminara cuanto antes, especialmente Julián, que no paraba de temblar de frío y de nervios. A eso de las siete menos veinticinco escuchó pisadas de animales. Estaban cerca, pero rezaba para que no vinieran por el lado del camino donde él se escondía. Afortunadamente, llegaron por el otro lado. Supo que pasaban por delante de la casa y luego escuchó las pisadas sobre el suelo del patio.

Salió de su escondite con el corazón a mil por hora. Se asomó a la esquina justo a tiempo para ver a dos hombres con palos en las manos entrando detrás de los animales. Corrió a todo lo que sus piernas daban, empujó el portón y echó el enorme cerrojo, cerrando después el candado. Estuvo a punto de fracasar en el intento porque, al oír el ruido de la puerta, los hombres se volvieron, pero Julián había pasado ya el cerrojo.

Comenzaron a golpear la puerta y a gritar que abrieran. Poco después dejaron de hacerlo. Julián supuso que intentaban llamar por teléfono. Tenían poco tiempo hasta que se dieran cuenta de que no había cobertura.

En la Charca, el tío Jose sujetaba el teléfono deseando que todo acabara. De repente, el WhatsApp dio por terminada la sesión. Se miraron y, sin decir una palabra, salieron corriendo hacia el Tejar.

Nada más llegar, consultaron el geolocalizador para ver si habían retirado la mochila. Había que impedir que los que estaban encerrados gritaran o dieran golpes, así que entraron y se dirigieron rápidamente al patio. Sin abrir la puerta y a través de la reja, les ordenaron que guardaran silencio, explicándoles que era la única manera de salir bien de aquella situación.

El tío Jose les aseguró que la Guardia Civil estaba ya en camino, y no mentía. Julián había puesto al corriente a Mónika, que había detectado a dos hombres vigilando la casa donde el abuelo José, Dimas y los demás estaban retenidos. A la espera de que los chicos dieran la señal, Mónika aguardó con aquellos hombres en total silencio y, después, avisó a sus compañeros, que en ese mismo momento se dirigían hacia allí. Confiaba plenamente en el Gambigrupo; conocerlos era su mejor baza.

De repente, comprobaron que la mochila se movía rápido. Salía de la Charca en dirección a Pueblonuevo y, en unos trece minutos, tomaba la circunvalación rumbo a Badajoz. Todo había terminado. La Guardia Civil podía actuar cuando quisiera.

Y así fue. Mónika y Alberto llegaron al Tejar. Sus compañeros habían detenido a los hombres que vigilaban el cortijo de Felipe y, aprovechando que el arroyo había bajado, trajeron de vuelta al abuelo José y a Dimas. Antonio y Casiano habían sido llevados a sus respectivas casas.

—¡Abue! ¡Dimas! —gritó Pepa al verlos, corriendo a los brazos de los dos.

Dimas la levantó en el aire mientras la niña reía feliz. El resto se unió en un gran abrazo, incluido el tío Jose, que no podía contener la emoción.

—Papá, lo hemos pasado fatal sin saber qué iba a pasar. No sabes qué alegría me da verte… —dijo, fundiéndose en un abrazo largo y sincero con su padre.
—Ya pasó todo, tranquilo —respondió el abuelo.


—Bueno, chicos, una aventura más cerrada —dijo Mónika con una sonrisa—. No sé de quién salió la idea de colocar el geolocalizador, pero ha sido brillante. Ya hay una patrulla rastreando la señal y en breve los detendrán.

—Habéis demostrado una vez más que sois muy valientes. Efectivamente, eran parte de la banda de ladrones de patrimonio que desarticulamos hace unos años gracias a vosotros. Son muy peligrosos, chicos.
—¡Y muy tontos! ¡Siempre los pillamos! —rio Julián, abrazándose a sus amigas.

Todo había terminado bien. Entraron en el Tejar y prepararon un gran desayuno. Aunque la lluvia seguía cayendo, no importaba, porque tarde o temprano dejaría de llover. Lo que verdaderamente importaba era que todos estuvieran bien y que el centro de operaciones del Gambigrupo siguiera siendo la Charca de los Patos. Como antes, como siempre y para siempre. 


—Abue, ¿sabes una cosa? El tito tiene novia, se llama Alicia —dijo Pepa, muerta de risa.

—¡Pero eso es una buenísima noticia! —respondió el abuelo, mirando al tío Jose, que enrojecía por momentos.
—¡Sois unos cotillas! ¡Os vais a enterar!

Y comenzó a correr tras los chicos, que, muertos de risa, se escondían aquí y allá para evitar las cosquillas que vendrían si los atrapaba. Dimas y el abuelo reían tanto que las lágrimas les caían a borbotones.

Así terminó una mañana de emociones y risas, algo habitual en aquella casa. Ahora tocaba descansar de una noche larga y tensa, porque pronto el Gambigrupo saldría a vivir nuevas aventuras y, para eso… había que estar muy descansado.

Para el tío Jose, con mucho cariño.
Espero que hayas pasado un rato divertido leyendo este cuento y que el abrazo que te has dado con el abuelo lo hayas sentido tan vivo como esta aventura.
Bienvenido al Gambigrupo. ¡Cuidado con ellos, que son unos cotillas!


lunes, 22 de diciembre de 2025

NAVIDAD, MAGIA Y UN POCO DE DIPLOMACIA.

A unos días de Navidad y Casa Encantada sin adornar… ¡eso sí que era un problema! ¿Y qué sucedía? Pues que Matilda y Plumillas, una vez más, se habían enfadado. Ya sabéis cómo es la lagartija: revoltosa y protestona. Y cómo el ratón a veces la saca de sus casillas. Pero, claro, os estaréis preguntando qué había pasado.

Resulta que este año Matilda quería poner muchas luces de colores en la fachada de Casa Encantada y, además… montar muñecos enormes en el exterior. A Plumillas le pareció una ordinariez y dijo que no. Así, se hicieron dos grupos: los que querían una Navidad a tope de luz y decoración, y los que apostaban por una celebración sencilla y elegante, como de costumbre.

Y así… nos plantamos en vísperas de Nochebuena, sin acuerdo sobre los adornos de la casa. Para colmo, Matilda se había ido al bosque enojada, y hacía horas que no volvía. Aunque… esperad, creo que estaba el mago Pirú con ella.

—¡Vaaamos, Matilda! —dijo Pirú—. Esta actitud infantil y egoísta no es propia de ti.

—¿Y a Plumillas no le dices nada? ¡Ese ratón tonto y presumido! —lloriqueó Matilda—. ¡Si no me dejáis poner mis luces, me quedo en el bosque y aquí celebraré la Navidad yo solita!

Pirú sintió lástima por ella; a fin de cuentas, Matilda era la alegría de Casa Encantada. Sí, un poco traviesa y buscadora de líos, pero encantadora y cariñosa. Tampoco era tan malo dejarla poner unas luces… y unos muñecos… y los villancicos de Bisbal a todo dar. Aunque claro, la última vez que cedieron a lo del Santa gigante en la puerta, no quedó un ave en muchos kilómetros a la redonda. ¡Huyeron asustadísimos! Además, hubo que desactivar la cúpula de protección invisible de la casa.

—¡Pero cómo vas a pasar sola la Nochebuena! —insistió el mago—. Vamos a ver, vuelve a casa conmigo y tratemos de arreglar esto.

Camino de vuelta, encontraron a Plumillas, que venía de comprar el periódico para comprobar su último artículo, uno excelente sobre economía felina. Al ver a Matilda, torció el gesto, pero sonrió amable a Pirú para darle los buenos días.
 

—Hola —dijo Plumillas sin más, enrollando el periódico y poniéndose aún más serio—. No sé qué os trae por aquí, pero yo tengo mucha prisa. Ya que nadie se ha encargado este año de adornar la casa, iré yo al desván y pondré lo que considere. Pronto será Nochebuena, vienen nuestros amigos, habrá que recibirlos en condiciones y no con un salón aburrido, como si fuera una noche más.

Matilda se dio por aludida y, muy enfadada, comenzó a exponer sus quejas por la falta de compañerismo y el poco espíritu navideño:

—¡Y además me has escondido mis espumillones de colores para la chimenea!

—¿Has acabado? Mira, Matilda, tú no quieres adornar la casa; tú quieres convertirla en uno de esos lugares… poco recomendables. No te vamos a permitir esos horribles muñecos de plástico ni esas luces ordinarias por toda la fachada.

—¡Tú no mandas! ¡Cursi! —le espetó, poniéndose de puntillas y enseñando unos pequeños dientes afilados— 

—¡Ni tú y tu mal gusto! ¡Eres una maleducada!

Matilda se dio medio vuelta y echó a correr hacia el bosque. Estaba claro que este año la Navidad no iba a ser fácil.

Pirú estaba enfadado; la disputa entre amigos duraba ya demasiado. Para colmo, se habían formado dos bandos: en uno, Matilda con los cocineros Blasito y Benito, a quienes se había unido Smaugui, el culebre. Tener un dragón español de tu parte era un gran punto, porque amenazaba con quemar los adornos que no le gustaran. En el otro bando, Plumillas con la seño Yolanda, Bizcocho y doña Sinforosa. Ni don Leonardo ni el mago querían tomar partido en la pugna.

—Creo que tu actitud con Matilda no ha sido muy amable —le riñó Pirú a Plumillas—. Deberías ir tras ella y disculparte. Matilda es así, lo sabes. Enfadarse por este asunto es absurdo y poco generoso. ¡O acercáis posturas o este año no hay Navidad!

Diciendo esto, echó a caminar en dirección a donde se había ido la lagartija, dejando a Plumillas descolocado. Al llegar a Casa Encantada, el mago se fue derecho a la biblioteca para hablar con don Leonardo y buscar una solución. La Navidad estaba ya a unos días y debía ser una época de paz, no de rencores y enfados.


—Creo, querido Pirú, que esto ya no puede arreglarse ni con magia —dijo don Leonardo, sosteniendo en sus manos un libro sobre villancicos.

—¡Pues ya me dirá qué hacemos! No pienso pasar la Navidad en este ambiente, hágase cargo, mi querido amigo.

Don Leonardo se volvió hacia su mesa y, de un cajón, extrajo una agenda con aspecto de haber sido usada durante años.

—¡Esto solo puede arreglarlo mi amigo Jorge! —exclamó mientras agitaba la agenda en el aire. El ratón marcó un número y, al otro lado de la línea, alguien contestó raudo. Hablaron largo rato, y el mago decidió apartarse para dejar intimidad al bibliotecario.

Cuando se despidieron, Pirú se acercó intrigado:

—¿A quién ha llamado, si puede saberse?

—A mi amigo Dezcallar. Hemos llegado a un punto en que solo la diplomacia puede arreglar este conflicto, y para eso… Jorge es el mejor. Nos conocimos hace años en Nueva York cuando yo era bibliotecario y él consejero cultural. Primero nos unió el arte y luego… ¡el espionaje!

Su amigo lo escuchaba sorprendido. ¿Don Leonardo, espía? Prefería no preguntar y ver qué tal era aquel amigo del que nunca le había contado nada.

—Pero… ¿en qué han quedado? —preguntó Pirú, cruzando los brazos, cansado de tanta intriga.

—¡Oh, claro! Voy a enviarle a Smaugui para que lo traiga. La magia le sienta mal —le dijo, invitándolo a sentarse—. Verás, una vez estábamos almorzando en un restaurante cercano a la biblioteca en Nueva York, cuando recibió la visita de un chico que le informó que debía tomar un avión rumbo a Las Vegas para recuperar nada más y nada menos que un cuadro de Goya. El trayecto era largo y el tiempo escaso, así que me acordé de un amigo mago que vivía cerca de mi apartamento. Tuvo la gentileza de venir y envolverlo en una de esas nubes rosas que generáis para viajar en segundos… Pero la cosa no fue bien y anduvo horas desmayado. Al final… el cuadro se esfumó.

Pirú frunció el ceño: era la primera vez que oía que alguien se sintiera mal viajando con la magia. Estaba seguro de que el hechicero no ajustó bien las coordenadas. Ser buen mago no es fácil.

—No sé yo si mandar al culebre es buena idea. Tenga en cuenta que está en el bando de Matilda… —aseveró Pirú.

—No te preocupes, lo traerá sin rechistar.

El mago marchó a su laboratorio y, a eso de las cinco de la tarde, la seño Yolanda tocó a la puerta: había llegado el invitado.

Pirú se encontró con un ratón de porte distinguido y pelo gris. Su mirada serena reflejaba la sabiduría de quien ha recorrido el mundo y escuchado sus secretos. Caminaba con la elegancia natural de los diplomáticos y su sonrisa, siempre amable, tenía el poder de abrir puertas y corazones. En él convivían el refinamiento de los salones más ilustres y la calidez de quien nunca olvida el valor de un gesto sincero.

En resumidas cuentas,  le pareció un ratón único, capaz de llevar el peso del mundo con una ligereza que solo da la experiencia y el buen humor. Tras un rato de charla, se atrevió a preguntar:


—Me ha dicho don Leonardo que no te sienta bien la magia. ¿Cómo es que no puedes viajar en ella?

—¡No me hables! —respondió Jorge—. Anduve días desorientado, con dolor de cabeza… No vuelvo a probar algo así. Créeme, me hubiera venido muy bien en determinadas circunstancias, pero no… prefiero viajar por otros medios. Por cierto, este dragón español que me ha traído es muy cómodo y muy simpático; lo de decir tacos en lugar de lanzar llamas, supongo que será cosa de la tierra…

—Generalmente es educado, pero es que su amiga Matilda… —comentó Pirú.

—Sí… ¿Hay algo más español que soltar un taco? —preguntó Jorge sonriendo.

—¡Ya lo creo que sí! ¡Los churros! —y ambos rieron—.

Don Leonardo convocó a Matilda y a Plumillas para intentar arreglar el problema que arrastraban desde hacía más de un mes.




Cuando estuvieron en el salón, Jorge se presentó:

—Bien, Matilda, tú debes ceder algo y Plumillas también. Empecemos por algo pequeño, así avanzaremos —propuso Jorge, ante la atenta mirada de Pirú.

Matilda comenzó a dar vueltas en torno al diplomático, como solía hacer con los desconocidos. Lo olía, le rebuscaba en los bolsillos de la chaqueta…

—¡Matilda! —gritó Pirú, sabiendo que lo próximo, si no le gustaba, sería un mordisco. Pero no pasó nada.

—¡Qué bien habla este ratón! Me gustas —dijo Matilda, mostrando su dentadura blanca y su mejor sonrisa—. Coleguita, soy la mejor arquera de España y la galaxia. ¿Te gustaría echar unas flechas? Aún hay luz. ¿Qué dices?

—¿Eres arquera? —preguntó Jorge, sorprendido.

—¡La mejor! He cazado ojáncanos… ¿Te animas?

Jorge estuvo tentado, pero recordó su misión: mediar en un conflicto.

—Otro día, Matilda. Ahora estamos aquí para solucionar un problema.

—¡Te tomo la palabra! —dijo sonriendo—. Y dime, ¿qué hacías antes de que mi amigo Smaugui te trajera? Casi no me deja entrar al salón. Que si Jorge esto, que si Jorge lo otro…

—¡Vaya! Él también me cae bien. Estaba con mi amigo Arjun, embajador de la India en Francia…

—¡No me digas! ¿Y tiene elefantes? Me molan muchísimo los elefantes. ¡Tienes que llevarme contigo a ver elefantes!

El invitado rio ante las ocurrencias de Matilda; le pareció alegre y entusiasta, pero muy habladora. La tarde avanzó, recuperaron las negociaciones, pero solo a medias. Matilda, decepcionada, decidió marcharse con una pequeña maleta, pese a los ruegos de los asistentes.

Se habían puesto de acuerdo en la música y en los adornos de la chimenea, pero las luces exteriores seguían siendo un obstáculo. Verla marchar dejó un ambiente de tristeza desconocido en Casa Encantada. Blasito y Benito no paraban de llorar, y la seño Yolanda culpó a todos de no haber sido más generosos.

—¿Qué hay de malo en adornar con exceso una casa? —se preguntaba—. ¿Merecía la pena perder a Matilda por eso?

Arrepentida por su intransigencia, se adentró en el oscuro bosque. Los demás, al verla, cayeron en la cuenta de su error. Rápidamente, organizaron cuadrillas de búsqueda. El frío arreciaba, y Matilda no resistiría mucho sin la magia de Pirú. 

Pararon en una gruta donde Smaugui previamente había lanzado una llamarada. El calor era tan agradable que a muchos les entró sueño. Mientras, Pirú escudriñaba su bola mágica. 

—¿Qué ocurre? —preguntó Jorge.

—No lo sé. Esta bola puede ver los tiempos, pero no me ofrece ninguna imagen actual de Matilda. Esta gruta fue de un mago blanco; no puede haber nada malo en ella.

—Amigos, si avanzamos más allá del río, nos adentramos en un territorio peligroso. Hay puertas giratorias escondidas, duendes de no muy buen carácter.... —dijo don Leonardo sin ocultar su preocupación.

En ese momento, entró Plumillas a todo correr, había salido para poder pensar un poco en lo que estaba pasando y tener las palabras de disculpa apropiadas cuando viera a su querida amiga. 

—¡Chicos! ¡He encontrado esto! —exclamó levantando en alto la pequeña maleta de Matilda. Estaba rota por un lado y tenía algunos arañazos.

Todos se levantaron a la vez. En sus caras se colgó el miedo. Si Matilda había perdido su maleta era porque estaba en peligro. Por fortuna, el carcaj, las flechas y el arco no habían aparecido y eso significaba que los conservaba.

De repente, la bola mágica de Pirú comenzó a lanzar destellos en todas direcciones, se giraron y pudieron ver a Matilda entre rejas. Estaba en una cueva y no parecía de ojáncanos.  La bola se apagó y todos allí se quedaron a oscuras. 

—Ahora sí que tenemos un problema —murmuró Pirú levantándose y mirando a los presentes. Si mi intuición no falla, Matilda está en la cueva de una bruja. Me las he visto algunas veces con ellas y en verdad os digo.. algunas pueden ser muy perversas.

—¿Cuál es el plan? —Preguntó Plumillas.
—La Navidad.

Se hizo el silencio ¿Cómo que la Navidad? 

En estos bosques —comenzó Pirú en voz baja—, hace muchos, muchos años, cuando yo aún era un mago inexperto, las gentes celebraban el solsticio con rituales antiguos. Honraban a los árboles, al fuego y al agua. Adornaban manantiales, colgaban flores en los balcones, bailaban bajo las estrellas y saltaban las hogueras para atraer la luz. Estamos en un lugar sagrado. Los seres elementales que habitan este bosque aún celebran una Navidad distinta, más antigua y más pura que la que conocemos hoy. Ellos pueden ayudarnos a encontrar a Matilda, de eso estoy seguro. Algo ocurre aquí… mi magia pierde fuerza, no sé por qué. No debemos quedarnos quietos. Es momento de ponernos en marcha.

Jorge escuchaba con los ojos muy abiertos, desde que había llegado palabras como: ojáncano, bruja, duendes... se pronunciaban con toda normalidad ¿Estaría despierto realmente o todo era un sueño? Una voz lo sacó de sus pensamientos.

—¿Estás bien? —La seño Yolanda se había sentado a su lado, alarmada por la expresión del diplomático.

—¡Oh, sí! ¡Qué diablos, no! ¿Qué es eso de ojáncanos y duendes? —se quejó Jorge.

—Es nuestra mitología —aclaró don Leonardo—. España tiene sus propias hadas y duendes. Tú mismo has conocido a Smaugui. ¿Qué te sorprende tanto?

De repente, una gran carcajada rebotó en las paredes de la cueva, todos reían mientras Jorge pasaba de la sorpresa a la indignación disimulada. Pirú se acercó y le dijo:

—¿Te has mirado, amigo?

Pero el diplomático no salía de su asombro y la bromita se le empezaba a hacer pesada.

—No te comprendo, Pirú —dijo, mirando su traje y reloj—, ¿qué es todo esto?

—Eres un ratón.

—Sí, claro —contestó—, soy un ratón, como la mayoría de vosotros. ¿Qué tiene eso que ver? —preguntó Jorge.

—A ver… eres un ratón que habla y viaja en un dragón español —le explicó el mago sonriendo—. Vives en un cuento, estás siendo soñado por Pepa. Todos nosotros vivimos porque ella nos sueña. Claro que eso no quita para que nos hayamos rebelado alguna vez, pero esa es otra historia.

Jorge se quedó boquiabierto. ¡Claro que era un ratón! ¡Un ratón mallorquín y viajero! ¿Pepa? ¿Qué Pepa? 

Entonces, de lejos, comenzó a llegar un cántico suave, con un deje antiguo, como si atravesara los tiempos hasta nuestros días. Siguiendo aquel sonido hipnotizante, caminaron por el bosque hasta ver luces centelleantes. De repente, apareció un enorme árbol. Miles de pequeñas bujías brillaban, moviéndose entre sus ramas… y en torno a nuestros amigos. La música celestial llenaba sus almas de paz.



—Es el árbol de la Navidad —habló Pirú sonriente—El auténtico árbol de la Navidad que los seres elementales elaboran cada año con los sueños cumplidos de los niños.

Mientras admiraban aquel maravilloso espectáculo, el mago tomó una luz palpitante en su mano y en ese momento, un pequeño ser salió de debajo del árbol: un trenti, un duende travieso del bosque.

—¿Qué os trae por aquí? —preguntó el duende—. Soy Serafín y espero a otros amigos para dejar nuestros deseos junto a los de los niños. Si lo que deseáis no hace daño, los deseos cumplidos de los niños harán realidad el vuestro.

La seño Yolanda explicó lo ocurrido, pero al oír “bruja”, el duende arrugó el entrecejo.


—No hay brujas aquí, pero sí ojáncanos malhumorados. A unos veinte kilómetros al norte hay una gruta por donde nadie pasa. Allí viven dos. Las Anjanas los mantienen alejados, pero si vuestra amiga ha llegado hasta allí… será difícil rescatarla.

—¡Veinte kilómetros! —exclamó Plumillas.

—Eso no es problema —dijo Smaugui—. ¿Para qué estoy aquí?

El duende explicó al mago cómo recuperar su magia y le entregó una de las luces del árbol de Navidad, con la condición de devolverla al terminar. Aquella luz, amor puro, les ayudaría a sobrevivir y vencer el mal.

Subieron a lomos de Smaugui y en cinco minutos llegaron al lugar. Los árboles estaban muertos, los arroyos secos… los ojáncanos destrozaban todo a su paso. Jorge, prudente, no se separaba del mago y hacía preguntas.

—Un ojáncano es un ser malvado —explicó Pirú—. Gigante, cruel, temido, con un solo ojo, voz de trueno, pelo rojo y áspero, diez dedos en manos y pies, y dos hileras de dientes. Solo tiene un punto débil: un pelo blanco en la barba. Si lo arrancas, muere.

—¿Habéis matado alguno? —preguntó Jorge.

—Nunca. No ha hecho falta, pero son muy peligrosos. A veces la astucia es más hábil que la fuerza.

Jorge se estremeció, pero se quedó con un par de palabras de la frase del mago: astucia y habilidad, nadie más indicado que él en situaciones peligrosas para lograr un resultado positivo. Estaba decidido, negociaría con los ojáncanos.

Smaugui, valiente, se adelantó a sus amigos, entró en la cueva que tenían justo en frente  y comenzó a llamar a Matilda. Al oírlo, ella se volvió loca de contenta: ¡habían venido a rescatarla! Se había arrepentido mil veces de su tonta reacción. En su huida se topó con un duende tentirujo que, con engaños, la condujo hasta allí y, casi sin darse cuenta, se vio a oscuras en una cueva tenebrosa con dos de las criaturas más temidas del mundo.

Pensó que todo había acabado, pero al mismo tiempo sabía que era Navidad, que tenía derecho a su milagro, y comenzó a imaginar que tal vez alguien escucharía su llamada. No podía ser que Dios dejara a una criatura soñada terminar de ese modo. Aunque a veces era revoltosa, su corazón era noble; alguna solución habría para una lagartija cabezota… y para sus amigos, igual de cabezotas.

Al escuchar su nombre, Matilda supo que estaba a salvo y comenzó a gritar, a reír y a llamarlos a todos.

Pero de repente, un ojáncano desafiante se interpuso entre ellos y la cueva. El suelo tembló con su patada; todos cayeron rodando. Smaugui al oír el alboroto salió rápidamente y firme enfrentó al monstruo. Recibió un fallido zarpazo que esquivó volando mientras el resto corría en distintas direcciones. 

Armándose de valor, Jorge salió de detrás de unas piedras y se plantó delante de aquel horrible ser reuniendo toda la dignidad de la que era capaz.

—Permítame presentarme, señor del bosque… Soy Jorge Dezcallar. Propongo un acuerdo: deje en libertad a nuestra amiga.

El ojáncano bajó la cabeza para mirar al ratón con su único ojo. Jorge no parpadeó; su corazón latía a mil por hora. Pirú le gritó que volviera, don Leonardo también, pero el diplomático se mantuvo firme.

El monstruo bajó la cabeza hasta estar a su altura. Todos pensaron que no saldría de allí, su actitud podría costarle la vida.

—Escúcheme, señor ojáncano. Le encantan las bellotas y le ofrezco una finca con miles de encinas. ¿Qué me dice?

Plumillas se sorprendió. ¡No podían permitir que destruyera las dehesas! Don Leonardo pidió calma: Jorge sabía lo que hacía.

Mientras tanto, Smaugui atacó por detrás, hincando sus garras en el ojáncano. El monstruo gritó y se levantó, manoteando en busca del culebre. Los demás aprovecharon para entrar en la cueva.

—¡Corre, Jorge! —gritó la seño Yolanda—.

Pirú sacó la luz de Navidad que le dio Serafín y todo se iluminó: ¡allí estaba Matilda encerrada! Al ver a sus amigos, se volvió loca de alegría.

Pero faltaba don Leonardo. Una voz lejana anunció que el bibliotecario había sido interceptado por un segundo ojáncano.




Pirú formuló un hechizo y liberó a Matilda, que abrazó a todos con alegría. Debían salir de allí y rescatar a don Leonardo. Los dos enormes monstruos les esperaban, uno con el ratón en la mano. Pirú lanzó un rayo que impactó en el pecho del que aprisionaba al bibliotecario, pero no fue suficiente. Jorge retomó la negociación, prometiendo encinas y hasta ¡tortillas de patata! para ganar tiempo.

—¿Pero qué dice? —Preguntó sorprendido Plumillas. ¿Tortillas de patata? 

Pirú le pidió calma, había que acumular segundos, minutos... Si lo conseguían, el plan del mago era que la seño Yolanda y Plumillas hicieran uso de la luz de la Navidad y él de la magia paralizante, sumando ambas cosas podrían salir de allí con vida. Ultimaban los detalles cuando vieron a uno de los ojáncanos taparse los oídos, acercarse enfadado a Jorge y capturarlo.

—¡Cállate! —rugió el monstruo mientras lo levantaba por la chaqueta. Nuestro amigo pataleaba para intentar soltarse.

—¡Suéltame bicho maloliente! ¡Haré que te quedes sin ese pelo espantoso de tu barba si no me sueltas ahora mismo! ¡Llamaré a mi amigo el marajá de Capurtala y te apisonarán sus elefantes y ... ¡¡¡¡AAAAAAAHHHH ¡SOCORRO QUE ME COMEEEEE!

El ratón desaparecía entre los temibles dientes del monstruo, mientras sus amigos gritaban su nombre, el otro ojáncano no perdía tiempo y los capturaba a todos. ¿Qué había pasado? ¿Cómo habían llegado a estar en esa situación?

Pero no contaban con que Matilda había regresado al interior de la cueva para recuperar su carcaj y su arco. Comenzó a disparar flechas que impactaron en los ojos de los monstruos El primero soltó a don Leonardo, que cayó desde gran altura al suelo, mientras aquel ser se arrancaba el dardo afilado, del tamaño de una pequeña aguja.

El segundo estaba a punto de tragarse a Jorge, pero abrió la boca… y el ratón saltó desde dos metros de altura, siendo rescatado por Smaugui, que aprovechó para atacar de nuevo tras dejar a su amigo en el suelo.

De repente, una luz poderosa surgió de la mano del ojáncano que aprisionaba a Pirú, Plumillas y la seño Yolanda. La luz se multiplicó por un millón y rodeó a los ojáncanos, que quedaron cegados por un instante.

Nuestros amigos cayeron al suelo, pero ilesos, se fueron levantando uno a uno. Las lucecitas los rodearon también a ellos, y un amor indescriptible los elevó. Smaugui brillaba como una llama gracias a las pequeñas piedras semipreciosas entre sus escamas.

Jorge y don Leonardo, suspendidos en el aire, giraban mientras sentían cómo su cuerpo y su alma se recomponían. Todos estaban siendo envueltos por la magia de la Navidad: aquellas luces llenas de amor, los deseos cumplidos de los niños, ahora ayudaban a nuestros amigos a regresar a casa.

Las luces se apagaron. Todos estaban bien. Los arroyos corrían, la vegetación volvía a la vida, y los ojáncanos se transformaron lentamente en dos hermosos árboles.

—Bien, amigos, acabáis de ver la fuerza del amor —exclamó don Leonardo—. El que sentimos por nuestros amigos nos hizo arriesgar la vida para rescatar a Matilda. Ese amor nos salvó a todos.

Matilda abrazó a Plumillas y le pidió perdón; él hizo lo mismo. Devolvieron la luz al árbol y volaron junto a Smaugui a Casa Encantada.

Al día siguiente, temprano, la cocina estaba llena de dulces, chocolates y churros. Era hora de decorar. Matilda y Plumillas pusieron villancicos clásicos: Sinatra, Dean Martin, Judy Garland… cuya voz recorría cada ladrillo mientras  los amigos colgaban guirnaldas, bolas de colores, bolas de nieve, cascanueces y un precioso Portal de Belén.

Jorge reía con las ocurrencias de Matilda; Plumillas sonreía al ver a su amiga entusiasmada y le preparó una sorpresa: un gran muñeco de nieve en el exterior. Todos estaban felices.

—¡Se acabó! —exclamó Matilda—. ¡Feliz Navidad, amigos!

Las risas y los vivas estallaron en Casa Encantada. Jorge se sintió feliz:

—Gracias por acogerme aquí. No sé si mi diplomacia os ha servido, pero a mí sí me ha servido vuestra magia. Contad conmigo para vuestras aventuras.

—¡Y con la tortilla de patata! —gritó Smaugui desde la ventana.

La Navidad había llegado a Casa Encantada. Los sueños de los niños brillaban en lo alto, velando por la inocencia del mundo.



Para Jorge, con todo cariño.
Ya ves que en Casa Encantada las cosas son un poco distintas. Aquí la diplomacia se ejerce entre ratones, lagartijas y dragones españoles; y la Navidad, a veces, salva lo que parecía imposible.
Si algún día te miras al espejo y te notas un poco más gris, o descubres que te han crecido las orejas… no te alarmes: es que alguien te está soñando en Casa Encantada.
Gracias por entrar en este cuento y por no enfadarte por verte convertido en roedor mediador. Bienvenido. Ojalá te haga sonreír.
Pepa.