lunes, 27 de julio de 2026

EL GAMBIGRUPO Y LA GALERÍA DEL FRANCÉS

El verano había caído ya sobre la Charca de los Patos y el Gambigrupo seguía estudiando todo lo referente a las calzadas romanas. Tras el gran descubrimiento, estaban dispuestos a aprender cuanto pudieran sobre aquellas construcciones y se pasaban el día entre libros o preguntando a toda persona susceptible de saber algo sobre el tema.

Aprovechando que ya estaban de vacaciones, a primera hora de la mañana Pepa Jones y compañía se dirigieron a la Biblioteca Municipal de Peñarroya-Pueblonuevo, el templo del saber local. Nada más entrar, se fueron raudos a la sección de Historia para buscar información sobre las arterias que unían la Bética y la Lusitania, así como sobre los metales que se transportaban por ellas. Querían saberlo todo acerca de aquella calzada recién descubierta. Lo tenían claro: iban a buscar obras de Plinio, pues sabían que en sus escritos había mencionado el cobre de Corduba.

La auxiliar de la biblioteca sonrió al ver al Gambigrupo recorrer los estantes. No era la primera vez que aquellos cuatro niños entraban buscando respuestas. Lo que Inma no sabía era que aquella mañana, entre tantos libros, iban a encontrar algo que llevaba mucho tiempo esperando ser descubierto.

Se acercó a ellos y, conocedora de su interés por la historia del Guadiato, escuchó atentamente sus peticiones.

Los chicos se sentaron en la parte de la biblioteca que tenía unas enormes cristaleras desde las que se podía contemplar el jardín, mientras Inma se perdía entre estantes y libros. Al poco rato regresó con varios ejemplares. Entre ellos había un volumen enorme y muy antiguo sobre la historia minera del Guadiato que una familia acababa de donar a la biblioteca. Lo habían encontrado en el desván de una casa que acababan de adquirir. Llevaba un mes allí, pero nadie había pedido consultarlo.

Julián, extrañado, preguntó:

—¿Y este? Si nosotros buscábamos la calzada romana...

Inma respondió:

—Muchas veces la historia está unida. Las minas, los caminos, los ferrocarriles... Echadle un vistazo. Os dejo, chicos. Si necesitáis algo, ya sabéis dónde estoy.

Los amigos se afanaron en la búsqueda, cada uno con un ejemplar distinto. De repente, mientras Estrella y Julián hojeaban el viejo libro de minería, un papel amarillento cayó al suelo.

Estrella lo recogió y lo abrió con sumo cuidado. Se veía viejo y ajado. No era un pergamino ni un mapa del tesoro. Era un antiguo plano, repleto de líneas y anotaciones, perteneciente a una explotación minera del siglo XIX.

Sin embargo, lo que llamó la atención de los chicos no fue la fecha ni aquel laberinto de galerías dibujado sobre el papel, sino una anotación que alguien había escrito a lápiz en uno de los márgenes:

«No volver a entrar. La Galería del Francés»

Se miraron con los ojos encendidos de ilusión y aventura. Aquel mapa había permanecido durante quién sabía cuánto tiempo escondido entre las páginas del libro, sin que nadie lo descubriera.

Tenían ante ellos un auténtico tesoro.

—Ostras... Esto no puede caer en manos de cualquiera —aseveró Pepa, tomando el mapa con sumo cuidado, mientras Gambita olisqueaba el papel con evidente interés felino.

—Desde luego que no. Lo mejor será avisar a Inma para que lo guarde y hable con quien considere oportuno. Nosotros podemos hacer una copia y trabajar sobre ella —propuso Patricia.

Todos asintieron. Sí, era una buena idea.

Se levantaron y fueron a hablar con la auxiliar, que al ver aquel mapa se quedó atónita.

—¡Chicos, pero esto puede ser una grandísima noticia! Menos mal que lo habéis encontrado vosotros. Quién sabe... Podría haberlo visto alguien que no supiera valorarlo o, peor aún, alguien que lo valorara en exceso y...

Dejó las palabras flotando en el aire mientras los niños la miraban muy atentos.

—Inma, ¿nos puedes hacer una copia del mapa? —preguntó Julián.

—¡Por supuesto! Nunca he oído hablar de la Galería del Francés. Voy a ponerlo en conocimiento del cronista y de algunas personas más. Quizá podamos averiguar de qué se trata.

Les entregó la copia y les pidió que esperaran. Diez minutos después se dirigió de nuevo hacia ellos.

—¡Os invito a desayunar! ¡Esto hay que celebrarlo! —exclamó Inma, feliz—. Vamos a la Churrería La Rosca. Sé que os encantan los churros que hacen María José y Sonia, así que ¡vamos! No hay tiempo que perder.

Felices, salieron rumbo a la churrería.

Sin embargo, mientras caminaban, en la cabeza del Gambigrupo solo rondaba una idea:

encontrar la Galería del Francés.

Al llegar a la churrería, Sonia y María José los recibieron con la alegría de siempre. Como los conocían tan bien, les reservaron la mesa de la ventana, la favorita del Gambigrupo, desde donde podían contemplar un poquito del Cerco Industrial mientras desayunaban. A Gambita, como de costumbre, le sirvieron un pienso muy especial que siempre tenían preparado para el gato más aventurero del Guadiato.

—¡Chicos, qué alegría veros! —saludó Sonia en cuanto los vio entrar—. Hace un momento se han marchado vuestros amigos de la Guardia Civil. Si hubierais llegado cinco minutos antes, también habríais visto a Mónika.

—¡Y mira quién viene por aquí! —dijo María José agachándose para acariciar a Gambita, que respondió con un sonoro ronroneo—. Cada día estás más guapo, ¿eh, campeón?

Después levantó la vista y sonrió al resto.

—Bueno... ¿Qué aventura traéis entre manos? Conociéndoos, espero que esta vez no sea nada peligroso.

Los niños se miraron unos a otros y, casi al mismo tiempo, dirigieron la mirada hacia Inma.

—¡Oh, no! —se apresuró a responder Estrella—. Estamos investigando las calzadas romanas. Ya sabéis que en la Charca de los Patos ha aparecido un tramo de una de ellas y queremos aprender todo lo posible. Como donde más información hay es en la biblioteca... allí estamos pasando las mañanas.

—Y como Inma es un encanto... —añadió Patricia sonriendo—, nos ha invitado a churros con chocolate.

—¡Eso sí que es un buen plan! —rio María José—. Aunque os noto un poquito misteriosos... Así que prometedme una cosa: nada de meteros en líos.

Mientras hablaba, despeinó cariñosamente a Julián, que protestó entre risas.

—¡María José...!

—¿Qué? Si estás más guapo despeinado.

Todos soltaron una carcajada.

María José miró entonces a Sonia con una sonrisa cómplice.

—Oye, Sonia... ¿Qué te parece si mañana los invitamos nosotras a desayunar?

—¡Me parece una idea estupenda! —respondió sin pensárselo.

—Pues decidido. Mañana os esperamos otra vez. Así cogéis fuerzas para seguir aprendiendo sobre las calzadas romanas... y sobre todo lo que haga falta.

Los niños dieron un pequeño salto de alegría. ¡Otro desayuno de churros con chocolate! Aquello sí que era una suerte.

Pepa miró a sus amigos con una sonrisa.

—Al final va a resultar que investigar la historia de Peñarroya-Pueblonuevo tiene más premios de los que pensábamos.

Todos rieron mientras Sonia comenzaba a servir el chocolate caliente y el delicioso aroma de los churros recién hechos llenaba la churrería.

Al término del desayuno, se despidieron de Inma y cogieron sus bicicletas para dirigirse a la Charca de los Patos. El abuelo José los había llamado para decirles que ya había llegado Neizan, el bisnieto de Dimas, y que estaba deseando abrazarlos. El chico había pasado su primer verano charcopatero el año anterior, encajó de maravilla en el Gambigrupo y llevaba meses contando los días que faltaban para volver. Por fin, aquel día había llegado.

Nada más oír el sonido de las bicicletas, Neizan salió corriendo de la casa. Sus amigos lo recibieron entre abrazos y risas. Dimas no les había dicho el día exacto de su llegada porque quería darles una sorpresa. Y, desde luego, lo había conseguido.


Tras los abrazos, los niños se fueron rápidamente a la Charca. Allí, como cada verano, el abuelo José les había delimitado una zona de baño donde podían bañarse con total seguridad. Pero este año había una sorpresa más: les había instalado una bonita carpa con aire acondicionado solar para que pudieran refugiarse del calor y pasar allí buena parte del día.

—¡Neizan, tío, qué alegría que hayas vuelto! —dijo Julián, pasándole un brazo por los hombros—. Las chicas son geniales... pero también se echa de menos tener otro chico con quien hablar.

—¡Eso seguro! —rio Neizan—. Así podemos hablar de... cosas de chicos.

Pepa, que había escuchado perfectamente la conversación, arqueó una ceja.

—Uy, uy... seguro que ya estáis tramando algo.

—¡Pues claro! —contestó Neizan riendo—. Para empezar, según el cuadrante, hoy le toca a Julián llevar a Gambita al veterinario... ¡y voy a ir con él!

—¡Pues me parece estupendo! —respondió Estrella—. Le toca desparasitarse, así que prepárate para un lanzamiento olímpico de pastilla y una colección de gruñidos tigre.

Todos rompieron a reír. Al llegar al centro de operaciones, se acomodaron bajo los eucaliptos. Aún corría una agradable brisa y la carpa podía esperar. Patricia sacó la copia ampliada del mapa y puso a Neizan al corriente de todo lo ocurrido desde que habían encontrado el misterioso plano escondido dentro del viejo libro de la biblioteca.

—¡Buah!… Chicos, esto sí que es una aventura... —exclamó Neizan cuando terminaron—. ¿Lo saben mi bisa y el abuelo José? —preguntó mirando a Pepa.


—No. Y, de momento, mejor que siga siendo así. Si se enteran de que andamos buscando una antigua galería minera...

Dejó la frase en el aire mientras pasaba las manos cuidadosamente sobre el mapa. Julián se inclinó sobre él y se quedó pensativo.

—Veamos... Aquí pone: «Explotación minera San José del Guadiato». Yo conozco el pozo San José porque mi abuelo me ha hablado muchas veces de él, pero esa coletilla de «del Guadiato»... nunca la había oído.

—Yo tampoco —añadió Pepa—. El pozo San José que conocemos es el de El Porvenir, en Fuente Obejuna, y siempre se llamó así. Además, empezó a explotarse en 1957, así que no puede ser el mismo.

—Exacto —continuó Julián—. Esa explotación es mucho más moderna y fue una de las más importantes de la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya. De ella sabemos prácticamente todo. Esta, en cambio, ni siquiera pertenecía a la SMMP, que en 1887 apenas llevaba unos años fundada. Aquí pone claramente que el propietario era D. Eusebio Laurent.

—¿Y si antes existió otro pozo con ese mismo nombre? —preguntó Patricia, señalando el plano con el dedo.

—Es posible... pero si hubiera sido importante, tendría que aparecer en algún libro, en los archivos... en alguna parte —respondió Pepa sin apartar la vista del mapa.

—Pues estamos bastante perdidos —suspiró Estrella—. Esperemos a ver qué consigue averiguar Inma.

Neizan negó despacio con la cabeza.

—Yo creo que estamos siendo demasiado pesimistas. Y también pienso que quizá no deberíamos ocultárselo a mi bisa y al abuelo José. Entre los dos conocen a muchísima gente del mundo de la mina. A lo mejor el nombre del propietario... o el del ingeniero... les resulta familiar.

En una esquina del plano destacaban dos nombres escritos con una elegante caligrafía:

Propietario: D. Eusebio Laurent.

Ingeniero jefe: J. M. de la Vega.

Y, justo debajo, una fecha: 1887

Patricia observó el plano unos segundos antes de hablar.

—Creo que esa fecha no indica cuándo se abrió la mina. Más bien será el año en que se dibujó este plano... o en que ocurrió algo importante. Quizá precisamente por eso alguien escribió aquella advertencia.

Pepa asintió lentamente.

—Tiene sentido. Si este plano ya existía en 1887, la explotación debía de ser bastante anterior. Incluso podría ser contemporánea de La Terrible, una de las primeras grandes minas de carbón de la cuenca, que comenzó a explotarse a mediados del siglo XIX. Lo raro es que no encontremos ninguna referencia a este pozo.

—Sea como sea... —dijo Estrella cruzándose de brazos—, seguimos sin saber dónde estaba.

En ese momento sonó el móvil de Estrella. Era un mensaje de WhatsApp de Inma.

INMA: ¡Hola, Gambigrupo! ¡Hola, Gambita! 🐱😊 He estado investigando por Internet y preguntando a todas las personas que he considerado oportunas, incluida la Escuela Politécnica de Belmez.

INMA: Nadie conoce un pozo llamado San José del Guadiato. Y eso, sinceramente... me tiene muy intrigada. 😳

ESTRELLA: Hola, Inma. 💙 Nosotros también hemos estado investigando y hemos llegado a un callejón sin salida.

INMA: Por cierto. No le he enseñado el plano a nadie. Solo he preguntado si conocían una explotación minera con ese nombre.

INMA: En la Politécnica creen que podrían localizar información sobre el propietario y sobre el ingeniero que firma el plano. Van a investigar.

ESTRELLA: ¡Eso ya es una buena noticia! ¿Nos vemos mañana a la misma hora?

INMA: ¡Claro! Si encuentro algo en la biblioteca, lo tendré preparado para cuando lleguéis.

ESTRELLA: ¡Fantástico! 😘😘😘😘😘 De parte de todos... y de Gambi.

INMA: ¡Hasta mañana, grupito! 💙🐱

Julián movió la cabeza afirmativamente  y volvió a contemplar el plano.

—¿Os dais cuenta? —murmuró sin apartar la vista del papel—. Lo raro no es que exista este mapa...

Los demás levantaron la cabeza.—Lo raro es que nadie recuerde la mina.

Durante unos segundos, nadie dijo una palabra. Incluso Gambita dejó de juguetear con una hoja seca y se acercó despacio al plano, como si también él quisiera descubrir el secreto que llevaba oculto... desde 1887.

De vuelta al Tejar, Neizan convenció a sus amigos para contar al abuelo José y a Dimas todo lo que habían descubierto. Los dos escucharon en silencio mientras los niños les enseñaban la copia del plano y les explicaban todo lo que habían averiguado hasta ese momento. Cuando terminaron, Dimas frunció el ceño.

—José... ¿te acuerdas de aquello que contaba tu padre? Decía que el suyo hablaba de un hombre que desapareció en una mina sin que hubiera habido ningún derrumbe ni accidente. Entró en una galería... y nunca volvió a salir. Creo que era un francés.

El abuelo José hizo un esfuerzo por recordar.

—No me acuerdo, Dimas... —respondió negando despacio con la cabeza—. ¿No era mi tío Santiago quien contaba esa historia?

—Pues... ahora que lo dices...

Los dos quedaron pensativos durante unos segundos. Los niños aguardaban impacientes. Al fin, el abuelo José volvió a hablar.

—Sí... mi tío Santiago decía que un francés había desaparecido en una mina y que, en las noches sin luna, se aparecía a los mineros del turno de noche preguntándoles dónde estaba la salida —sonrió levemente—Claro que aquello no dejaban de ser supersticiones de la época.

Los cinco amigos se miraron con los ojos como platos.

—¡Un fantasma! —exclamó Neizan.

Dimas soltó una carcajada —¡Anda ya, criatura! Los fantasmas existen en los cuentos, no en las minas.

Pero al Gambigrupo aquella historia le había despertado aún más la curiosidad.  Entonces, el abuelo José volvió a fijarse en el plano. De repente abrió mucho los ojos.

—¡Un momento!... Dimas... mira esto.

—¿Qué pasa?

José señaló con el dedo un pequeño triángulo invertido dibujado al final de la Galería del Francés. Dimas acercó la cara al plano. Durante unos segundos ninguno dijo nada.



—No puede ser... —murmuró.

—¿Qué ocurre? —preguntó Pepa.

—Ese símbolo... —Dimas levantó lentamente la vista.— Es exactamente igual que uno que hay grabado en los ladrillos del viejo pozo que está junto al Arroyo de la Hontanilla.

El silencio fue absoluto. El abuelo José comprendió inmediatamente lo que estaban pensando los niños y se puso serio. Muy serio.

—Escuchadme bien los cinco —dijo mientras los muchachos levantaban la cabeza.— Ni se os ocurra acercaros a ese pozo. Nunca os dejo ir por allí... pero desde este momento os lo prohíbo expresamente. Si me entero de que habéis puesto un pie cerca del Arroyo de la Hontanilla... —hizo una pausa.—Se acabaron los baños en la Charca de los Patos durante todo el verano.

Aquello iba completamente en serio, nunca habían visto al abuelo José hablar con esa firmeza. Pepa fue la primera en asentir.

—Vale, abuelo... mensaje recibido.

—Y otra cosa —añadió José mientras doblaba cuidadosamente la copia del plano—. Este mapa se queda conmigo.

Los chicos intercambiaron miradas de decepción. Sin embargo, ninguno protestó.

Mientras Julián y Neizan llevaban a Gambita al veterinario, las chicas no podían dejar de darle vueltas a todo aquello. Si el símbolo coincidía... ¿Aquella era realmente la mina del plano? Llamaron inmediatamente a Inma y la pusieron al corriente de todo.

Entretanto, el abuelo José y Dimas decidieron actuar. Llamaron a la alcaldesa y le explicaron con detalle el hallazgo. Le pidieron que enviara cuanto antes a la Policía Local y a técnicos especializados para señalizar y asegurar la zona del antiguo pozo. Si aquella noticia llegaba a hacerse pública antes de tiempo, no tardarían en aparecer curiosos, buscadores de tesoros y aficionados a la historia minera. Lo importante era que el lugar quedara protegido y que fueran los especialistas quienes lo investigaran.

A la mañana siguiente los chicos regresaron a la biblioteca. Inma los esperaba con una carpeta llena de notas y nada más verlos sonrió.

—Tengo noticias.

Los cinco se acercaron inmediatamente.

—He conseguido averiguar que D. Eusebio Laurent desapareció realmente en una explotación minera de su propiedad. Con el paso de los años, los documentos originales desaparecieron, probablemente durante el incendio de la biblioteca, y la ubicación exacta de la mina se perdió.

Los niños contuvieron la respiración.

—Pero... —Inma levantó una hoja.— Con la información que vosotros habéis aportado... todo apunta a que aquella explotación estaba junto al Arroyo de la Hontanilla.

Los cinco se miraron, era exactamente lo que temían. Inma los observó unos segundos antes de preguntar:

—No estaréis pensando en entrar, ¿verdad?

Nadie respondió. Ella suspiró.

—Además, la alcaldesa está al corriente y ya habrá ordenado asegurar el pozo para que nadie pueda acercarse.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. Finalmente habló Julián.

—No queremos entrar... —Inma lo miró desconfiada.—Solo queremos identificar exactamente cuál era la Galería del Francés.

—Julián... —dijo Inma sonriendo con resignación— os conozco demasiado bien.

Los chicos bajaron la cabeza.

—Vosotros nunca os quedáis solo en mirar —prosiguió mientras juntaba las manos como si estuviera rezando y su voz se volvía muy seria.—Escuchadme, por favor. Ya habéis hecho un descubrimiento extraordinario. Gracias a vosotros, el plano está a salvo, los especialistas lo están estudiando y vuestro nombre quedará unido a este hallazgo. Eso ya es muchísimo— los miró uno por uno.—Ahora dejad que trabajen los profesionales.. No os imagináis lo peligrosa que puede ser una mina abandonada. Mucho más una que lleva cerrada cerca de dos siglos —sonrió con cariño— Prometedme que no vais a acercaros.

Los cinco asintieron, pero Inma los conocía demasiado bien. Mientras los veía marcharse, no pudo evitar pensar que aquella promesa... quizá no duraría mucho.

De allí se fueron directamente a La Rosca, donde Sonia y María José ya les tenían preparada su mesa de siempre. Nada más verlos entrar, saludaron con cariño a Neizan, a quien recordaban perfectamente del verano anterior. Sin embargo, enseguida notaron que algo no iba bien.

—Chicos... ¿qué os pasa? —preguntó Sonia extrañada—. Os veo un poco tristes.

Pepa dejó la mochila junto a la silla, alzó a Gambita para sentarlo frente a su cuenco de pienso y suspiró.

—Nada... que los mayores, a veces, son un auténtico rollo.

Las dos mujeres intercambiaron una sonrisa divertida.

Mientras desayunaban, los niños les contaron todo lo que había sucedido: el plano, la antigua mina, la advertencia del abuelo José, la conversación con Inma y el pozo al que no se podían acercar. Cuando terminaron, Sonia y María José se miraron un instante.


—Pues siento deciros que vamos a ponernos de parte de los mayores —dijo Sonia con una sonrisa.

—Y del abuelo José —añadió María José—. Una mina abandonada no es un sitio para jugar. Así que, esta vez, hacedles caso.

Los cinco dejaron escapar un suspiro casi al mismo tiempo. María José soltó una carcajada.

—¡Bueno, bueno! Esas no son las caras habituales de nuestro Gambigrupo. Quiero volver a ver esas sonrisas inmediatamente.

Los niños no pudieron evitar reír. Después, María José miró a Neizan.

 —Y tú, disfruta muchísimo del verano. Estoy segura de que os esperan un montón de aventuras... aunque, si puede ser, que no os den tantos sustos como esta —todos rieron.—Venga, terminad el desayuno. Y antes de iros, avisadme.

—¿Para qué? —preguntó Julián.

—Porque os voy a preparar unos churros para que se los llevéis al abuelo José y a Dimas. Seguro que también se merecen un desayuno como Dios manda.

—¡Eso sí que es una buena idea! —exclamó Pepa.

Y, por primera vez desde que habían descubierto que no podrían investigar el pozo "San José del Guadiato", el Gambigrupo volvió a sonreír de verdad.

De vuelta al Tejar vieron movimiento junto a los restos del viejo pozo que, finalmente, había resultado ser el del plano, a orillas del Arroyo de la Hontanilla. Varios operarios colocaban vallas y cintas de seguridad alrededor de la boca de la mina. Parecía que la aventura terminaba allí. O, al menos, eso pensaban los mayores. Fue entonces cuando Neizan sonrió de esa forma que todos conocían.


—Chicos... ¿y si le gastamos una broma a mi bisa Dimas y a los demás?

Estrella frunció el ceño.

—¿Una broma? ¿Qué estás pensando?

—¿Os acordáis de la leyenda? La del francés que se aparecía a los mineros preguntando dónde estaba la salida...

Los cinco comenzaron a sonreír. Aquello prometía.

—Esta noche todos los hombres que están trabajando en la siega van a dormir en la era. Los he oído hablar. Estarán el abuelo José, mi bisa Dimas y los demás... 

Patricia comenzó a reír antes incluso de poder hablar 

—¡Espera... espera...! —tuvo que respirar hondo un par de veces—¡Ya está! —Todos la miraron—Necesitamos un traje de licra negro.

—¿Para qué? —preguntó Julián.

—Porque voy a pintarle encima un señor del siglo XIX. Levita, leontina... todo. Desde lejos parecerá un fantasma de verdad.

—¡Pues sí que has mejorado mi idea! — Dijo Neizan abriendo mucho los ojos.

—Y todavía no he terminado —Patricia sonrió satisfecha.—.Tenemos focos solares... sedal transparente y esos muñecos viejos del almacén del Tejar.

—¡Ya te veo venir! —comentó Julián empezando a reír

—Los colocamos delante de la era. Al principio parecerán simples muñecos...

—¡Y cuando todos estén mirándolos... los moveremos con los sedales! —Estrella terminó la frase.

—¡Exacto! —exclamó Patricia entre carcajadas.

—Y entonces apareceré yo caminando despacito por el camino... —añadió Neizan.

—¡Y yo me encargo de las luces! —dijo Julián aplaudiendo con entusiasmo—Las esconderé cerca del pozo. Las encenderé y apagaré poco a poco... unas doradas y luego una blanca.

Pepa ya estaba pensando en el material.

—La media negra para la cara la tengo. El traje de licra lo buscamos esta tarde en algún bazar. Patricia, haznos una lista con las pinturas que necesitas.

—La hago en un segundo porque alguna cosa me falta —sacó un papel de la mochila y un lápiz donde escribió con rapidez.— Tomad. Y no os olvidéis del rotulador blanco.

Todos rompieron a reír., la operación acababa de comenzar.

Mientras Neizan y Estrella iban al pueblo a comprar lo necesario, los demás prepararon los muñecos, los sedales y los focos solares. Al caer la tarde todo estaba listo, solo faltaba esperar. Y aquella noche tenía un ingrediente perfecto: ¡No había luna!

Poco antes de medianoche, el Gambigrupo ocupó sus posiciones. Las chicas arrastraron cuidadosamente los muñecos hasta dejarlos frente a la era. Julián escondió los focos junto a las vallas del pozo Neizan terminó de ponerse el traje. La verdad era que Patricia había hecho un trabajo increíble, desde lejos parecía realmente un hombre vestido como a finales del siglo XIX. Para rematar el disfraz, le colocaron un viejo sombrero que habían "tomado prestado" al abuelo José.

—Como se entere... —susurró Pepa.

—Primero tendrá que pillarme —contestó Neizan muerto de risa.

En la era seguían hablando y riendo alrededor de la cena. Alguno terminaba su vaso de gazpacho, otro se disponía a acostarse y entonces... Una luz dorada surgió lentamente desde el lugar donde estaba el antiguo pozo, subió despacio hacia el cielo, se apagó y volvió a encenderse. Después apareció otra. Y otra más.

Uno de los segadores dejó el vaso sobre el suelo.

—José... ¿estás viendo eso?

Todos guardaron silencio. Una luz blanca iluminó de repente los tres muñecos.

—Pero... si eso no estaba ahí hace un rato... —murmuró Dimas—Voy a echar un vistazo.

Tres hombres comenzaron a acercarse despacio, sin hacer ruido. Entonces... Los muñecos se movieron, cada uno dio un pequeño salto en una dirección distinta. Los tres hombres se quedaron completamente inmóviles. Nadie dijo una palabra y  justo en ese momento... Por el camino apareció una figura caminando muy despacio. La luz lo iluminaba unos segundoss, luego desaparecía en la oscuridad... Y volvía a aparecer.

—¡Madre mía! —Murmuró uno de los hombres dando dos pasos hacia atrás.

—¿Pero... qué demonios es eso? —Dijo otro dejando caer el sombrero

Y entonces alguien gritó... —¡¡Corred!!

Aquello fue un auténtico caos.  Unos echaron a correr hacia las naves, otros hacia el arroyo y  alguno salió disparado hacia la casa. Hasta Dimas, que intentaba hacerse el valiente, acabó acelerando el paso al ver acercarse aquella misteriosa figura.

Escondidos entre los matorrales, los niños ya no podían contener la risa. Solo hubo una persona que no perdió la calma: el abuelo José. Se quedó quieto unos segundos, escuchó aquellas carcajadas y sonrió para sí.

—Ya decía yo... —miró directamente hacia el lugar donde intuía que estaban escondidos.—Si ya sabía yo que prohibirles algo iba a acabar exactamente así...

Fue tranquilamente hasta el porche, cogió la manguera, abrió el grifo y sin decir una palabra más...Se dirigió hacia los matorrales.

—¡Ahora os vais a enterar vosotros!

Un potente chorro de agua salió disparado. Las primeras en gritar fueron las chicas.

—¡¡¡Abueeeee!!! —Gritó Pepa riendo y corriendo sin rumbo fijo.

Los demás salieron corriendo entre carcajadas. Neizan apareció empapado con su traje de fantasma, Julián intentó esconder los focos, Patricia sujetaba los muñecos mientras no podía parar de reír. En pocos segundos todos quedaron completamente calados, pero ninguno dejó de reír.

Al escuchar las carcajadas, los hombres fueron regresando poco a poco y al descubrir el truco comenzaron a reír también.  Dimas cogió el traje de licra entre las manos y lo observó con detenimiento.



—Pero... ¡Si esto lo habéis pintado vosotros!

—Nos ha llevado toda la tarde —contestó Patricia orgullosa

—¡Qué imaginación tenéis! —Dimas negó con la cabeza, admirado.

—Es que nos habéis dejado sin aventura... —Dijo Pepa cruzando los brazos.

El abuelo José soltó una carcajada.—¿Cómo que sin aventura? ¿Os parece poco haber encontrado una mina perdida durante más de cien años?

Neizan sonrió —Sí... ¡pero investigar está mucho mejor!

El abuelo le revolvió el pelo —Anda, investigadores... Coged vuestras mantas y venid a dormir con nosotros. Creo que os lo habéis ganado.

Los cinco se miraron sorprendidos.

—¿Y mañana? —preguntó Julián.

—Mañana vendrá un ingeniero de minas a examinar el pozo —les dijo el abuelo José guiñando un ojo. Luego hizo una pequeña pausa .—Y me da la impresión de que le vendrán muy bien cinco ayudantes... siempre que prometan no gastarles ninguna broma.

Todos levantaron la mano al mismo tiempo.

—¡Prometido!

—Bueno... Casi prometido —Añadió Neizan.

Aquella noche la era se llenó de risas. Los segadores no dejaban de probarse el traje del supuesto fantasma mientras otros intentaban descubrir cómo habían conseguido mover los muñecos sin que nadie los viera. Poco a poco, el cansancio fue venciendo al Gambigrupo.

Antes de quedarse dormidos, Pepa miró hacia la oscuridad donde se escondía el viejo pozo. La aventura no había terminado, solo acababa de empezar porque, pasara lo que pasara... Algún día descubrirían qué había ocurrido realmente en la Galería del Francés.

MENSAJE IMPORTANTE DEL GAMBIGRUPO: Antes de despedirnos queremos contaros una cosa.

La aventura que acabáis de leer es una OBRA DE FICCIÓN inspirada en la historia minera del Valle del Guadiato y en algunos lugares reales de Peñarroya-Pueblonuevo.

La Galería del Francés, la historia del señor Laurent y muchas de las aventuras del Gambigrupo han nacido de la imaginación de la autora.

Las antiguas minas son lugares apasionantes, pero también pueden ser muy peligrosos. Por eso queremos pediros un favor: No entréis nunca en una mina abandonada, ni traspaséis un recinto vallado o señalizado. Si queréis descubrir la apasionante historia minera de nuestra comarca, hacedlo siempre a través de rutas guiadas y profesionales que conocen este extraordinario patrimonio.

Las mejores aventuras son aquellas que nos permiten descubrir, aprender y volver a casa con una sonrisa.

¡Nos vemos en la próxima aventura! ¡Ah! ¡Y bienvenido, Neizan!

El Gambigrupo y Gambita.


viernes, 10 de julio de 2026

EMMA Y SU BOTÓN MÁGICO. Un cuento por una buena causa

Hoy el Gambigrupo se pone serio, Pepa Jones, el abuelo José, Dimas, Julián, Patricia, Estrella y Gambita te piden que ayudes a una buena causa adquiriendo este libro en Amazon.

«Emma y su botón mágico» acerca a los peques con sensibilidad y ternura, a la realidad de la traqueostomía y de tantos niños que conviven cada día con enfermedades poco frecuentes.

Este cuento no solo entretiene, este cuento enseña y encima... ayuda. 

Descubre con Emma la verdadera magia y aprende a comprender, respetar y  querer a quienes hacen del mundo un lugar más valiente.  

El Gambigrupo te dice que con este cuento no solo disfrutarás de una bonita historia. También estarás colaborando con una familia que necesita el apoyo de todos. Por eso, te invitan a darle una oportunidad a este cuento tan especial. 

A veces, un pequeño gesto puede cambiar la vida de muchas personas. También ayudará a que muchos niños y familias puedan descubrir la historia de Emma y aprender, a través de ella, el valor de la empatía y la inclusión. 

Anuncio que donaré un ejemplar a la Biblioteca Pública Municipal de Peñarroya-Pueblonuevo, para que muchos papás lo adquieran y se sumen a esta ola de solidaridad y cariño.

Gracias por creer que los cuentos también pueden hacer un mundo mejor.

Pepa Gómez



 

domingo, 15 de marzo de 2026

EL GAMBIGRUPO Y EL SECRETO DE LA CALZADA ROMANA. Exclusiva en la Charca de los Patos

Un sábado más en el Tejar, un sábado en el que la lluvia había dado paso a ese frío intenso que se instala en el Guadiato cuando llega el invierno. Aunque eso para el Gambigrupo no era obstáculo: bien abrigados podían salir a sus aventuras, y precisamente eso planeaban sentados junto a la chimenea en compañía del abuelo José, Dimas y las mascotas.

—¿Qué haces con esa piedra, Julián? —preguntó Pepa al ver a su amigo sosteniendo algo parecido a un ladrillo.

—Me la encontré en la charca esta mañana cuando fui a dar agua al toro Caprichoso. Sin embargo, no parece una piedra normal… mirad la forma que tiene.

Patricia la tomó en las manos y la giró para observarla.

—Esta piedra está trabajada, se nota a legua.

—¿A ver? —dijo el abuelo levantándose y tomando a su vez la piedra entre las manos—. Pues… un poco rara sí que es. A ver, chicos, la charca la hizo mi abuelo Francisco para abastecer de agua al tejar y al ganado. No recuerdo que hubiera zonas empedradas.

—¿Dónde la encontraste exactamente? —preguntó Dimas.

—En vez de tanto hablar, ¿por qué no nos abrigamos bien y vamos a verlo? —propuso Estrella levantándose.

—Es una idea magnífica, chicos, pero ni el abuelo ni yo podemos ir ahora. Tenemos cosas que hacer. Id vosotros y os seguiremos más tarde.

Así fue. Los chicos se levantaron, se pusieron los abrigos y salieron a todo correr con sus bicis hacia la charca. Al llegar a la zona, Tejo se puso a escarbar y Gambita le ayudó, aunque el gato dejó pronto lo que estaba haciendo para salir como un rayo a perseguir “algo” que nadie pudo ver.

Junto al hueco que había dejado la piedra que tenían aparecieron más. Julián apartó un poco de tierra con la punta de la bota.

—Esto no es un camino cualquiera —murmuró.

Patricia se agachó aún más. Las piedras estaban demasiado bien colocadas. Pepa levantó la vista hacia la Charca.

—Chicos… creo que acabamos de encontrar algo muy antiguo.

Entonces propuso ir a por palustres al Tejar. No hizo falta que acabara la frase: Julián montó en su bici y en menos de diez minutos estaba de vuelta con toda clase de utensilios.

Escarbaron, barrieron… hasta que, tras descubrir un metro de camino empedrado, se dieron cuenta de que no estaban ante algo común.

—Chicos… esto no lo ha hecho un tractor —dijo Patricia.

—No, ni es un camino de ganado. Estoy seguro de que continúa y de que es recto —respondió Julián con los ojos clavados en el suelo—. Las lluvias han descubierto un tesoro, amigas… un tesoro de verdad.

—Un tesoro que se hizo hace dos mil años… —pronunció Estrella con la mente en otro lugar: Mérida, su ciudad, y aquella aventura que vivieron en el Museo Nacional de Arte Romano donde consiguieron rescatar el busto de Augusto robado por ladrones. Aún quedaba en la memoria aquel viaje con el Gambigrupo y lo bien que fueron tratados por las autoridades emeritenses por resolver aquel caso.

Dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se miraron desconcertados, pero felices. Al fin Pepa rompió el momento mágico.

—Gambigrupo… acabamos de descubrir una calzada romana. Y está en nuestra charca. ¿Quién lo iba a decir? ¡Nosotros, que para poner a prueba a los amantes de la historia les pedimos decir de carrerilla los nombres de los emperadores julio-claudios! ¡Nosotros, que detuvimos ladrones con piezas extraídas de yacimientos romanos! ¡Nosotros… hemos sido nosotros!

Se levantaron y se abrazaron muy fuerte tras estallar en carcajadas y vítores tan altos que la algarabía llegó hasta el Tejar. En nada se presentaron allí el abuelo José y Dimas. Los chicos les explicaron lo ocurrido.

—Abue, si nuestro instinto no nos falla, esta es la calzada romana que unía Córdoba con Mérida. Una de las grandes carreteras de Hispania —anunció Pepa con alegría contenida.

El abuelo José se quedó boquiabierto. Se mesó la barbilla y añadió:

—Si lo que hay aquí es lo que pensamos, estamos ante la “autopista” de los metales. Por aquí circulaban plomo, cobre, plata y distintos minerales de Sierra Morena que bajaban hasta el río Betis, nuestro Guadalquivir actual, para enviarlos a Roma.

Sonrió y miró a Dimas. No podía creer lo que veía. Al final era verdad eso de “por aquí pasaban los romanos” que siempre dijeron los mayores.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Julián.

—Está claro —respondió Patricia—. Llamar al Seprona, aquí no tenemos los de patrimonio, pero sabrán cómo proceder.

De repente se dieron cuenta de que Dimas permanecía serio, mirando el trozo de calzada que los chicos habían descubierto.

—¿Qué ocurre, Dimas? —preguntó el abuelo.

Dimas meneó la cabeza mientras miraba fijamente el hallazgo.

—José… ¿y si nos quitan la charca?

El silencio cayó como una losa sobre la Charca de los Patos. Las risas se apagaron por unos segundos hasta que el abuelo habló pasando su brazo por el hombro de su amigo.

—Tranquilo, Dimas. Nadie nos quitará nada; todo lo contrario. Si conseguimos que recuperen la calzada, la vida volverá a este lugar. Los niños vendrán de nuevo a merendar, los vecinos pasearán otra vez por aquí y los viajeros harán fila para ver esta maravilla.

Julián se acercó y cogió de la mano a Dimas.

—Dimas, también habrá que velar para que Caprichoso no se dé paseos por la calzada… porque él no tiene caligae.

El hombre miró al niño extrañado.

—Las caligae eran las sandalias que llevaban los soldados romanos —explicó Julián—. En la suela llevaban tachuelas y por eso sonaban cuando desfilaban.

De repente, Dimas imaginó al toro con sandalias y no pudo reprimir la risa. Quiso decir algo, pero cada vez que abría la boca le venía otra carcajada, que acabó contagiando a todos.

Con el paso de los días llegaron las pruebas definitivas para saber si aquello era, en verdad, una calzada romana. Un grupo de profesionales, ante la atenta mirada del Gambigrupo, utilizaba las últimas tecnologías para averiguar la verdadera dimensión del descubrimiento.

Se trataba de una tecnología aérea llamada LiDAR, un sistema láser capaz de analizar el terreno desde el aire y detectar caminos antiguos ocultos bajo la vegetación.

Para sorpresa de todos, los primeros resultados revelaron la existencia de unos 3,4 kilómetros de calzada, con aproximadamente 12 metros de anchura.

—¡Pero para la época eso era enorme! —exclamó Pepa—¡los caminos romanos no iban más allá de 5 o 6 metros!

—¡Ya lo creo! —respondió el técnico—. Esta vía estaba preparada para carros, tropas y transporte de mineral.


Estrella añadió:

—Chicos… esto forma parte del corredor natural del Guadiato, una antigua vía que atravesaba lugares como Belmez, Peñarroya-Pueblonuevo o Fuente Obejuna.

El Gambigrupo se miró en silencio. Aquellas piedras que habían descubierto junto a la Charca de los Patos podían formar parte de un camino construido hace casi dos mil años.

En ese momento se perfiló una silueta a lo lejos. Una dama elegante vestida con ropas de campo. Los chicos la reconocieron al instante.

—¡Doña Sinforosa!

La llamaron con júbilo y le contaron lo sucedido atropellándose en el relato.

—¡Pero esto es magnífico! ¡Un verdadero tesoro!

La tarde caía y todos se despidieron. Acordaron que, de momento, era mejor tapar la parte que los chicos habían descubierto para evitar peligros. Doña Sinforosa se despidió y siguió su camino.

A no muchos kilómetros de allí, Casa Encantada se preparaba para la noche. La llegada de doña Sinforosa, cuando el sol ya se había despedido, les resultó un tanto extraña. Don Leonardo Peinacanas, el ratón bibliotecario, salió a saludar y a saber el motivo de tan estupenda visita.

—¡Querida amiga! ¿Qué la trae por aquí?

Doña Sinforosa le contó todo lo que había visto en la Charca de los Patos, pero no se dio cuenta de que una pequeña y revoltosa lagartija estaba escondida tras el cuadro de la chimenea y escuchó todo. Rauda, se dirigió a la emisora de radio: el Guadiato tenía que conocer el hallazgo y ella tendría el gran honor de dar la exclusiva.

Sin embargo, en su camino se topó con Plumillas.

—¡Ey, Matilda! ¿Adónde vas tan apurada? —le preguntó el ratón, feliz de ver a su amiga.

—A la emisora. Quiero repasar el programa de esta noche para que salga muuuy bien —contestó disimulando el fastidio.

Plumillas oyó voces en el salón y miró a su amiga. Reconoció a doña Sinforosa y pensó en salir a saludar, pero la lagartija intentó distraerlo con toda clase de propuestas. Sin embargo, el ratón insistía en ir a saludar.

—Está diciendo algo de una calzada romana —comentó el ratón, dirigiéndose ya al salón, mientras la lagartija lo sujetaba e intentaba convencerlo para que entrara en la emisora—. ¡Matilda, suéltame, por favor!

Su amiga obedeció fastidiada. Sus deseos de ser la que diera la exclusiva de aquel descubrimiento se esfumaban.

En ese momento, los ratones cocineros, Blasito y Benito, se acercaron felices.

—¡Ah, estáis aquí! ¿No os habéis enterado de la noticia? —preguntó Blasito—. Un grupo de jóvenes ha descubierto una calzada romana en la Charca de los Patos.

Plumillas miró a Matilda y entendió. Su afán por distraerlo no obedecía a otra cosa que al interés de la lagartija por mantenerlo al margen y poder dar ella la noticia. Al achacarle la fea intención, Matilda quiso hacer ver que no era así, pero sus excusas eran cada cual más absurda y peregrina.

Se enzarzaron en una discusión elevando tanto el tono de voz que en toda la casa se percataron de que, de nuevo, Matilda y Plumillas andaban enzarzados en una de sus disputas. Don Leonardo salió al pasillo y los llamó al orden. Luego los hizo ir hasta el salón.

—¡Quería quedarse con la exclusiva del descubrimiento de la calzada romana! —gritó Plumillas, muy enfadado.

—¡Eres un embustero! ¡Te lo iba a decir! —gritaba también Matilda, enseñando sus afilados dientecitos.

Poco a poco, los habitantes de Casa Encantada se fueron dando cita en el salón principal de la casa. El Mago Pirú les reprendió duramente. Hacía pocos meses del enfado de Navidad, cuando tuvieron que hacer venir nada más y nada menos que al embajador Jorge Dezcallar para que mediara entre ellos.

—¡Bueno, ya está bien! —se impuso la voz del mago por encima de las demás—. ¡La exclusiva la vais a dar los dos o no la dará ninguno, porque convertiré vuestra emisora en un pajar!

Cuando el mago se enfadaba daba bastante respeto. Su cara afable se transformaba y hasta parecía crecer de tamaño.

—Exacto, chicos —le apoyó doña Sinforosa—. Mañana por la mañana me acompañaréis hasta el Tejar y desde allí daréis la noticia. ¿Os parece bien?

—De acuerdo —contestó Matilda—, ¿pero qué pasa si nos ven? Ellos son gente no mágica.

—¡Ay no te creas! —contestó la doña—. Vais a ver al Gambigrupo. Ellos… salvaron la Navidad hace unos años.

De repente se hizo el silencio. Había gente mágica al otro lado de la casa y ellos no lo sabían.

—Bueno, pero eso es una historia que os contaré otro día. A ver, el periodista y la lagartija, acercaos. Os voy a enseñar unas fotos que hice a los mapas para que las publiquéis en el periódico Casa Encantada Noticias.

Obedecieron y, más calmados, decidieron colaborar y hacer las cosas bien.

A la mañana siguiente, andando, llegaron hasta la Charca de los Patos. Por el camino, doña Sinforosa les había dado toda la información sobre la charca, el Tejar, el abuelo José, el Gambigrupo…

Al ver el lugar, se quedaron maravillados. Aquello era precioso. La hierba crecía verde y brillante, salpicada de margaritas y amapolas. Algunos patos nadaban tranquilos y las garcetas se veían aquí y allá. Matilda y Plumillas se quedaron mudos. Así que aquel era el centro de operaciones del grupo más atrevido del Guadiato.

Plumillas propuso grabar y que fuera Matilda quien diera la noticia. Montó el trípode y colocó el móvil mientras esperaba a que la lagartija se bajara de los muros de la charca. No había parado un segundo desde su llegada.

—¡Matilda! ¡Que te bajes! ¡Van a salir del Tejar y nos van a pillar! ¡Boba! —le gritó el ratón, perdiendo la paciencia.

Del Tejar no saldría nadie porque doña Sinforosa había ido a saludarlos y evitar así que pudieran interferir. El Gambigrupo era muy avispado; toda precaución con ellos era poca.

La lagartija acudió rauda, dando saltitos entre la hierba, hasta que al fin se colocó sobre la calzada descubierta por los chicos y que aún no habían vuelto a cubrir. Se recolocó el lazo rosa de la cola, se pasó los dedos por las pestañas y cogió el micrófono.


—Buenos días. Estamos en directo desde Los Tejares.

—¡El Tejar! —corrigió Plumillas.

Una vez terminaron, decidieron no esperar a doña Sinforosa y volvieron a la emisora. Habían dado la noticia más importante del día y estaban pletóricos. Pero para la lagartija no era suficiente, así que escribió sola un artículo, sin esperar a Plumillas, que se había entretenido con don Leonardo comentando la buena nueva.

El lunes aparecía en los periódicos:


El Gambigrupo devoró las noticias, satisfechos por haber sido ellos los descubridores de aquella calzada. Sin embargo, Pepa…

—¡Cómo que Los Tejares! ¿Quién ha escrito esto?

—Pues… aquí firma una tal Matilda —contestó Estrella leyendo uno de los periódicos—. También pone Charca de los Patos, aunque su auténtico nombre es “Charca del Tejero”.

—Bueno, eso se les puede perdonar porque por aquí todo el mundo la conoce como Charca de los Patos. Pero Los Tejares, no. Un buen periodista siempre debe documentarse bien. ¡Es el Tejar! Voy a averiguar quién es esa Matilda.

Mientras, en Casa Encantada, Plumillas reñía a Matilda por no haber esperado a escribir juntos el artículo.

—¡Y encima vas y te equivocas! ¡Siempre igual! —decía mientras agitaba el periódico en el aire delante de la lagartija.

—¡No es para tanto! Todo el mundo llama así a esa charca, ¿no? Y bueno… ¡puse Los Tejares en vez de El Tejar! ¡No se va a apagar el sol por eso!

Plumillas salió de la emisora enfadado, dispuesto a escribir un nuevo artículo y visitar el lugar. Eso sí, le habían hablado del tal Gambita, del que tenía que cuidarse mucho. Pero un ratón que se había batido con Ojáncanos ya no temía a nada.

Así que… ¡Charca de los Patos! La aventura romana comienza

Y mientras el Gambigrupo seguía vigilando su descubrimiento, Roma volvía a abrir camino en el corazón del Guadiato.


martes, 10 de febrero de 2026

EL GAMBIGRUPO Y EL CONTRATO DE LOS CINCO EUROS.

Un día más de lluvia, Julián, Pepa, Patricia y Estrella estaban desesperados. Y no digamos Gambita, que no paraba de hacer trastadas junto a Tejo, el zorro que los niños habían adoptado hacía ya un año.

Era sábado y el abuelo José había permitido que el Gambigrupo se quedara en el Tejar todo el fin de semana, aunque fuera difícil salir de aventuras como tantas otras veces. Dimas estaba encantado con los chicos y pensó que no sería difícil tenerlos entretenidos; al fin y al cabo, en el campo siempre hay algo que hacer, y a ellos les encantaba estar con los animales.

A primera hora, las chicas fueron a ver a las vacas. Les gustaba el olor del heno en los pesebres y el calorcito que desprendían en los días fríos. Julián había preferido llevar al toro Caprichoso a la Charca de los Patos para que bebiera, a pesar del aguacero que estaba cayendo.

Todo iba bien hasta que, a eso de las doce de la mañana, sonó el teléfono. Era Felipe, un amigo del abuelo. El arroyo se había desbordado y no podía pasar a dar de comer a los animales: vacas, corderos y perros quedarían sin comida si alguien no llegaba hasta ellos.

—No te preocupes, Felipe. Desde aquí puedo llegar  perfectamente; les pondremos la comida necesaria para que estén bien hasta que todo vuelva a la normalidad —dijo el abuelo muy serio, mientras miraba a Dimas.

Los niños escuchaban preocupados. La casa de Felipe estaba cerca, pero aun así los caminos estaban inundados y los arroyos empezaban a crecer.

—Abuelito, ¿podemos ayudar en algo? —preguntó Pepa, adelantándose a sus amigos.

—No, querida. Es mejor que os quedéis aquí con la abuela y el tío Jose mientras Dimas y yo vamos andando a ver qué está pasando. Nos acompañarán Casiano y Antonio. Quedaos tranquilos. Tenemos que asegurarnos de que los caminos son seguros y podemos pasar el arroyo.

—No os mováis de aquí —les dijo Dimas, apuntando a todos con el dedo índice y sin estar muy convencido de que obedecieran.

El Gambigrupo protestó de lo lindo, pero Pepa sonreía. Si se quedaban con el tío Jose estaban salvados, porque era más aventurero y trasto que todos ellos juntos ida y vuelta a las Bahamas. Sí, que se marcharan cuanto antes.

Pasó demasiado tiempo sin que los exploradores volvieran y nadie sabía qué estaba pasando. No era mucho el trayecto; ya debían estar de vuelta, así que Pepa decidió hablar con el tío Jose, que estudiaba en su habitación.

—¿Y dices que hace dos horas que se fueron? —preguntó, preocupado.

—Sí, tío. Hemos pensado enviar a Gambi con una cámara al cuello para ver qué está pasando, y Estrella cree que lo mejor es coger las bicis e ir nosotros mismos.

—No, no, las bicicletas no. Está lloviendo demasiado.

Se levantó y se puso un chubasquero, e instó a los chicos a que hicieran lo mismo.

—Vamos, será mejor que no perdamos tiempo. Esta manía de no querer móviles nos va a traer un disgusto cualquier día —dijo el tío Jose, mientras se calzaba unas botas de agua.

Cuando salieron al exterior, el aguacero arreciaba. Se ajustaron bien los gorros y se enfrentaron a la lluvia y al viento. La sorpresa fue mayúscula al llegar al pequeño arroyo que separaba sus tierras de las de Felipe. No era precisamente el grande que se había desbordado, sino uno que en teoría no revestía peligro de crecer de manera exagerada. Sin embargo… habían calculado mal.

Todo apuntaba a que el abuelo, Dimas y los demás habían logrado acceder a la casa, pero no habían podido volver.

—Lleva demasiado caudal; es peligroso cruzar —apuntó Patricia.
—Sí, y si no han regresado es porque tampoco han podido cruzar más arriba —reflexionó Julián.

En ese momento aparecieron Dimas y el abuelo. Venían andando por mitad del sembrado, más mal que bien, hundiéndose en la tierra, lo que hacía difícil el avance. Los chicos se pusieron muy contentos al ver que estaban bien.

Separados por el arroyo, que había crecido de manera alarmante, hablaron.

—Papá, ¿qué ha pasado? ¿Por qué no has cogido tu móvil? Esa manía vuestra de no querer estar localizados…
—Bueno, ya hablaremos de eso —dijo el abuelo José—. Lo importante es que estamos bien. Cuando vinimos se podía cruzar; como de costumbre, no corría más que un pequeño caudal. Dimos de comer a los animales, pero a la vuelta había aumentado tanto el cauce que no pudimos pasar ni por aquí ni por ningún otro lado.
—Si esto no baja, mal vamos —apuntó Dimas, señalando el agua—. Es la hora de comer y no podemos cruzar.
—¡Eso no es problema, Dimas! —dijo Pepa—. Podemos traer ahora mismo todo lo necesario para que podáis comer hasta que baje el arroyo, y para aguantar varios días si fuera necesario. ¿No es verdad, chicos?

Todos asintieron, aunque al abuelo no le entusiasmaba que anduvieran fuera con aquel temporal. También sabía que de nada servirían sermones ni advertencias: si el Gambigrupo se empeñaba en algo, lo haría.

—¡Buena idea! —exclamó Julián—. Estamos de vuelta en menos que se dice miau.
—De acuerdo. A las dos y media volveremos para vernos aquí y recoger lo que traigáis —asintió el abuelo.

De vuelta al Tejar y con la ayuda de la abuela María, prepararon viandas para un regimiento: mantas, baterías, dos móviles cargados a tope —uno de Pepa y otro de Estrella— para que pudieran comunicarse con el tío Jose, y linternas por si se iba la luz antes de que pudieran volver.

—Bueno, chicos, esto ya está —afirmó el tío Jose—. Vamos a repartirnos la carga y salimos. Es mejor que Gambita se quede aquí con Tejo; llueve mucho y…

No le dio tiempo a terminar la frase. Enseguida apareció el gato con un chubasquero y botas que los chicos le habían comprado para que pudiera seguirlos en todas sus aventuras. Por increíble que pareciera, el michi estaba encantado y dispuesto a colaborar.

—¡En marcha! —ordenó Estrella, mientras se cargaba una mochila llena de pan, dulces, chocolate… y todo lo necesario para preparar desayunos.

Si antes la tierra estaba mal, ahora los charcos y el barro hacían que tuvieran que andar el doble, bordeando constantemente los lugares impracticables. Pero nada paraba al Gambigrupo, liderado por el tío Jose. A la hora acordada aparecieron el abuelo José y Dimas, que recogieron todo y se despidieron cabizbajos, pidiendo que avisaran a las familias de Casiano y Antonio, cosa que, precavidos, ya habían hecho, tranquilizándolos en todo momento.

Al caer la tarde, las luces se encendieron en el Tejar y con ellas la conversación. Sabían que al otro lado del arroyo todo estaba bien gracias a la comunicación por móvil; además, había dejado de llover. Pero ahora el aburrimiento era total. Gambita dormía plácidamente, Tejo —tras haber sido bañado— jugueteaba con una pelota y Patricia aprovechaba para pintar a ambos con sus acuarelas. Los demás no acababan de encontrar modo de entretenerse.

—¿Qué os pasa, chicos? —preguntó el tío Jose, sabiendo que si el Gambigrupo se aburría rondaba alguna travesura.
—Nos aburrimos —suspiró Julián.
—Pues eso se va a acabar, porque en menos de una horas hay que ordeñar. Y más nos vale hacerlo bien porque, de lo contrario, ¡Dimas nos va a dar para el pelo!

La noticia les alegró. ¡Algo de acción por fin! Dispuestos, se dirigieron a los establos, pero para sorpresa de todos… ¡no estaban las vacas! Al verlo todo vacío se pusieron las manos en la cabeza. ¿Cómo había pasado? Se atropellaban en las palabras buscando una explicación.

—¿Quién fue el último en salir? —preguntó Julián.

De repente, las miradas se dirigieron al tío Jose.

—¡Tío! ¡Pero mira que eres despistado! ¿En qué estabas pensando? —exclamó Pepa, poniéndose en jarras.

—Lo siento, chicos. Pensé que quedaba alguien… no sé, me he despistado —dijo, encogiéndose de hombros.
—Pff… verás Dimas y el abue cuando se enteren —le contestó Pepa, sacudiendo las manos.
—¡Eso! ¡Tú dame ánimos!
—Bueno, tranquilidad ante todo. Ha dejado de llover, así que podemos salir a buscarlas; la parte mala es que ya no se ve —dijo Julián.

Pero eso no fue obstáculo para el Gambigrupo. Bien pertrechados de linternas, chubasqueros, botas y hasta pequeños focos solares, salieron por los caminos encharcados. No podían haber ido muy lejos; además, con lo grandes que eran, sería imposible no verlas. Gambita llevaba su cámara de visión nocturna conectada al móvil de Julián. Él podía adentrarse por lugares impensables para humanos en aquellas circunstancias.

A eso de las nueve de la noche, y tras haber peinado buena parte de los alrededores sin resultados, decidieron volver al Tejar. Era muy raro; no era posible que en tan poco tiempo se hubieran esfumado así como así, sin dejar rastro. No podían atravesar los arroyos y solo podían haber escapado por la parte de la charca que da al camino largo. Sin embargo, tras llegar casi al pueblo andando, no había ni rastro de los animales.

Desanimados, llegaron a la casa. Nada más abrir la puerta…

—¡Un momento! —exclamó Estrella—. ¿Qué es eso que hay en el suelo?

El tío Jose se agachó y recogió un sobre que alguien había colado por debajo de la puerta. Los niños le apremiaron para que lo abriera. Dentro, una nota:

“Si queréis recuperar las vacas, no llaméis a la Guardia Civil. Mañana, a las seis de la mañana, dirigíos a la casa de la Charca de los Patos. Llevad luz para que os veamos. En la puerta, colgada del tirador, encontraréis una mochila con instrucciones y un contrato de cesión de la charca y los alrededores. Está todo arreglado; bastará con un garabato para hacernos con ella. Después, apagad todas las luces salvo una. Permaneced allí hasta las siete y media de la mañana. No llaméis a nadie. A esa hora, volved al Tejar: allí estarán los animales.”

PD: Sabemos dónde están José y los demás. Si queréis volver a verlos, no hagáis ninguna tontería.

—Pues ahora sí que tenemos un problema —murmuró Patricia.

Los ánimos se vinieron abajo. No sabían quién podía estar haciendo una cosa así. El abuelo no tenía enemigos, pero el Gambigrupo… habían ayudado a desmantelar dos bandas de ladrones de patrimonio y habían detenido a un pirómano. Enemigos no les faltaban, aunque también tenían muchos amigos, entre los que se encontraban Mónika, Luis y Alberto, los agentes del Seprona de la Guardia Civil.

—Chicos, esto se complica y mucho —dijo cabizbajo el tío Jose, a quien en ese momento se le había venido el mundo encima.

—A ver, no nos rindamos aún —habló Julián, intentando calmar a todos—. Tenemos hasta las seis de la mañana para trazar un plan. ¿Estamos solos en el Tejar? —preguntó, mirando al tío Jose.
—Sí. A pesar de las circunstancias, convencí a mi madre para que se marchara al pueblo, así que de momento estamos nosotros, Tejo y Gambita.

Se sentaron frente a la chimenea del gran salón. Al principio todo era desesperación, pero poco a poco los ánimos se fueron calmando.


—Recapitulemos —habló Pepa—. Tenemos una nota y, por nuestra parte, varios enemigos que podrían haberla enviado. Si son ellos, sabemos cómo funcionan. Tío ¿Qué enemigos puedes tener tú?

—¿Yo? ¡Ninguno!
—¿Alguna novia aparte de tía Alicia? —le preguntó Estrella, guiñando un ojo—. ¿Alguna que pudiera estar enfadada como para querer arrebatarnos nuestro centro de operaciones?
—¡Pero bueno! —se levantó el tío Jose como si tuviera un muelle en el culete—. ¿Y vosotros cómo sabéis que tengo novia? ¿Tía Alicia?

Los chicos se rieron de lo lindo, descargando un poco el ambiente de preocupación que flotaba en el aire.

—Mira que eres bobo… —le dijo Patricia—. El Gambigrupo lo sabe todo. Se llama Alicia, vive en Peñarroya, en la calle Córdoba; sus padres son Rafael y María Jesús y sus…
—¡Pero seréis cotillas! —interrumpió el tío Jose, sorprendido de veras—. ¿Me habéis estado espiando?
—Lo vemos y lo sabemos toooodo —dijo Julián, acercándose a él y poniéndose un dedo bajo el ojo derecho.
—Qué sinvergüenzas sois… —dijo sonriendo—. Así que tía Alicia…
—Aquí lo que es de uno es de todos, chaval… —le dijo Estrella, riendo.

Las risas despertaron a Gambita y a Tejo, que se pusieron a jugar por el salón. Aquello también ayudó a destensar los nervios y a pensar con claridad. Frente a unos vasos de leche y galletas caseras, las posibles soluciones fueron desfilando hasta que…

—¡Chicos, creo que lo tengo! —exclamó por fin Julián—. Iremos a las seis hasta la charca, con las linternas, para que vean que nos acercamos. Está claro que nos están vigilando. Cuando lleguemos, cogeremos esos papeles y los cambiaremos de manera que ellos no sean conscientes. Un pequeño cambio que no sea perceptible, pero que les impida llevar a cabo sus planes. Patricia y yo volveremos al Tejar, haremos lo necesario y regresaremos de nuevo evitando los caminos. Y para eso nos llevaremos a Gambita y a Tejo, porque ellos de noche ven mejor; nos guiarán por lo seguro, sorteando charcos grandes y evitando que nos caigamos. Eso sí, necesitaríamos ropa oscura…
—Ese plan está bien —dijo Estrella—, pero cojea. No se pueden ir de rositas; tiene que ser algo más redondo.
—A ver —propuso el tío Jose—. Una vez volváis con los papeles, alguien debe regresar de nuevo, esperar antes de la hora acordada y esconderse. Cuando traigan las vacas y entren en el establo, podemos cerrar la puerta y dejar encerrados a los que vengan con ellas. No serán los extorsionadores gordos, pero seguro que la Guardia Civil sabe qué hacer con ellos.
—No sé, chicos… Es un poco peligroso. Daos cuenta de que han dicho que saben dónde están el abuelo José y Dimas y que no avisemos a nadie. Además, los delincuentes llevarán móviles y llamarán a los otros —comentó Pepa.
—¡Eso no es posible! —exclamó feliz el tío Jose—. El establo es antiguo, con muros de piedra gruesa, tierra húmeda y hierro viejo. Todos sabéis que allí nunca ha habido cobertura, ni allí ni en el patio. No funciona el móvil ni nada moderno. Ni una rayita. Esa zona se traga las señales: cero cobertura.

Lo habían olvidado, y esa era, sin duda, la mejor noticia. Encerrarían a los que trajeran las vacas. Además, a Julián se le ocurrió avisar a Mónika y a Luis, del Seprona, para explicarles que el abuelo José y Dimas, junto a Antonio y Casiano, estaban atrapados en el cortijo de Felipe por la crecida del arroyo. No les dirían nada más, salvo que no hicieran ruido para no preocupar a la abuela, que estaba en el Tejar. Eso, ya les extrañaría, sabían que a esas horas nunca estaba. Una vez fueran conscientes de que el abuelo y los demás estaban a salvo, llamarían para contar el resto.

—No está mal, chicos. No es un gran plan, pero nos sirve —asintió el tío Jose.
—¡Esperad! ¡Se me ha ocurrido algo más! —exclamó Patricia, levantándose y dando pequeños saltitos de alegría—. Tenemos que camuflar mi móvil en la mochila. Activaremos el geolocalizador y así sabremos dónde están en cada momento. Con el Seprona en el cortijo de Felipe y los otros dos encerrados aquí, lo tenemos fácil.
—¡Ahora sí es un plan brillante! —exclamó Estrella—. Pero para pasar desapercibidos necesitamos esa ropa negra de la que hablaba Julián. ¿Podemos encontrar algo aquí?
—¡Ya lo creo! ¡En los baúles del altillo! —exclamó Pepa.

Se dirigieron raudos al altillo, un lugar lleno de aperos del campo y cachivaches varios. En un rincón, casi oculto tras cajas y algunas tejas viejas, apareció el baúl. Dentro había ropas de diferentes tamaños, muy antiguas todas y algunas picadas, pero servirían. En el pasillo estaba la máquina de coser y no había tiempo que perder. Se fueron turnando y arreglaron como pudieron los trajes que encontraron. A eso de las dos y media de la mañana lo tenían todo previsto.

Julián y Patricia volverían con Tejo, cambiarían los documentos y camuflarían el móvil en la mochila. Regresarían rápido a la casa de la charca. Luego Julián volvería solo, se escondería a la espera de la llegada de las vacas y cerraría la puerta del establo para atrapar a los delincuentes. 

Sabían que era peligroso y que, si veían llegar al Seprona, el abuelo y los demás corrían peligro. Por eso se aseguraron de hacer las cosas bien e informar a sus amigos de la Guardia Civil en clave. No sabían si eran los ladrones de patrimonio quienes estaban detrás de todo aquello y estaban convencidos de que, de ser ellos, incluso podían estar escuchando lo que hablaban o escribían desde los móviles.

A las tres menos cuarto, decidieron que Patricia enviara un mensaje a Mónika. Sabían que estaba de noche.

PATRICIA:
Hola, Mónika.  👋👋Perdona las horas. El abuelo José, junto a Dimas y dos hombres más, están “retenidos” en el cortijo de Felipe desde mediodía. No pueden volver porque ha crecido el arroyo y estamos preocupados. Ya sabéis que ellos nunca llevan móvil…😟

PATRICIA:
¿Podéis ir a ver cómo están? 🙏Eso sí, por favor, no hagáis ruido, especialmente al volver. María está con nosotros y se asustará si os ve u os oye. Le hemos dicho que ya habéis ido y que los vais a rescatar mañana. Le hemos mentido un poquito…

A Mónika le resultó rarísimo aquel WhatsApp. Si José y sus hombres estaban en el cortijo de Felipe sin poder volver y lo sabían desde mediodía, ¿por qué no habían llamado? ¿Y por qué enviaban un mensaje a las tres de la mañana? Conocía al Gambigrupo: algo estaba pasando. Decidió mentir y seguirles la corriente.

MÓNIKA:
Sí, chicos. Felipe dio aviso al cuartel. Dos agentes quedaron en ir a verlos, pero ha habido imprevistos y no pudieron. Alberto y yo estábamos preparándonos para salir ahora. 

MÓNIKA:
Lo siento, ha habido muchos avisos. Estamos un poco desbordados. 🙆

PATRICIA:
¡Muchísimas gracias! 😍No os preocupéis, lo comprendemos. Acordaos de no hacer ruido 😉; la abuela María está muy preocupada por todo lo que está pasando. Nosotros también. Cuando estéis de vuelta, decidnos cómo están. Bastará con un WhatsApp cuando regreséis al cuartel. Volved lo antes posible, por favor. 

MÓNIKA:
De acuerdo, chicos. Llevamos algo de comer; Felipe nos dijo que en la despensa había para un día o así. Nosotros podemos pasar. Habéis hecho bien en no intentarlo vosotros, es peligroso. Iremos, nos aseguraremos de que están bien, dejaremos víveres y mañana, en cuanto podamos, los rescataremos.

PATRICIA:
Ok. Y ya sabéis, sin ruidos, por favor, que María es muy fina… 😘😘

MÓNIKA:
Tranquilos, así lo haremos. Dad besos a todos y decidles que no tardaremos nada en ir y volver. 😘😘

Algo no encajaba. Mónika no dudaba de que los hombres estuvieran atrapados sin poder cruzar el arroyo, pero conociendo al Gambigrupo, no les faltaría de nada… eso si no habían ideado ya algo para rescatarlos. Allí pasaba algo más. La reiteración en no hacer ruido, en que volvieran pronto, la palabra “retenidos” entrecomillada… Presentía que alguien podía estar leyendo los WhatsApp, alguien que no quería que la Guardia Civil estuviera allí, pero que, si llegaban para ver a los atrapados y se marchaban rápido, no sospecharía.


—Luis, el Gambigrupo está en peligro —murmuró Mónika, enseñando los mensajes a su compañero, que frunció el ceño—. Ellos no mandan mensajes a estas horas y mucho menos medio en clave y en estos términos. Llamarían. Los están vigilando. A ellos o a José y a los demás. Además, sabemos que María no suele dormir en el Tejar, hoy mismo la he visto entrar en su casa del pueblo a eso de las cinco de la tarde.

—Que no hagamos ruido, especialmente al volver… Quien sea nos verá llegar.

—Lo que no puede es vernos volver, al menos a los dos —añadió Mónika.

—¡Bingo! Iremos en una sola moto. Apagaremos la luz cuando lleguemos al arroyo. Avanzaremos con una sola linterna y luego uno de los dos volverá; el otro se quedará con ellos y sabremos qué está pasando.

—Buen plan. En marcha —ordenó Mónika, dándole una palmada en el hombro a su compañero.

Los chicos seguían despiertos a las cuatro y cuarto de la mañana cuando llegó un mensaje al móvil de Patricia.

MÓNIKA:
Chicos, todo bien. 😊Ha ido solo Alberto porque no hay efectivos y estamos atendiendo diversas urgencias. Le ha sido difícil pasar; ha tenido que subir bastante más arriba, pero quedaos tranquilos, ya está todo solucionado. No vayáis vosotros. 😉

MÓNIKA:
Les ha dejado comida y ha vuelto rápido. Ha hecho el menor ruido posible; espero que María no se haya percatado, las motos hacen tanto ruido… Por cierto, les ha dejado un melmi. A tu abuelo le encanta ese dulce y les hará bien en esas circunstancias. 😺😺

PATRICIA:
¡Gracias, Mónika! María no se ha enterado, sois fantásticos. Gracias por acordaros del dulce. Besitos 💖💖😘😘

MÓNIKA:
Besos a todos. Idos a dormir ya y me vais diciendo si sucede algo más. 😘😘😘😘😘

Patricia leyó en voz alta los mensajes.

—¡Chicos, han captado el mensaje! —dijo Pepa, muy contenta—. Melmi es el gato de Mónika. Significa que ella se ha quedado con el abuelo y los demás. No sé cómo lo han hecho, pero Alberto no ha ido solo: han ido los dos y ella se ha quedado.

Estallaron de alegría al saber que lo más importante estaba a salvo. Confiaban en que los delincuentes no se hubieran percatado de la treta.

Se echaron a dormir apenas una hora y, a las cinco y media, ya estaban en pie, colocándose aquellas ropas tiesas y oscuras que olían a alcanfor, pero que eran ideales para volver sin ser vistos. El hecho de que no hubiera luna ayudaba, aunque también dificultaba andar por el campo si no se conocía bien el terreno.

A las seis, con linternas en las manos y acompañados de Gambita y Tejo, ambos con arneses, se dirigieron a la Charca. Por suerte, había dejado de llover, pero los caminos estaban impracticables. Tal y como habían dicho los delincuentes, había una mochila colgada del pomo de la puerta y dentro unos documentos donde aparecían los datos del abuelo José e incluso una copia de su DNI.

Se quedaron sorprendidos. Los papeles decían que el abuelo les cedía la charca de por vida por un precio simbólico de cinco euros. Aparecía incluso un número de cuenta que, efectivamente, era real. Había también unos planos y un dibujo con un complejo turístico.


Querían convertir el centro de operaciones del Gambigrupo en un hotel.

—¡Chicos, ni de broma vamos a consentir esto! —estalló el tío Jose, indignado.
—¡Por supuesto que no! —secundó Julián.
—Vamos a cambiar estos papeles. Pondremos otra cuenta corriente y la transferencia será nula, con lo cual se invalida el documento —razonó Patricia.
—Es brillante —aprobó Estrella.
—Esperad, chicos, hay algo más —advirtió Pepa, sacando una última nota de la mochila.

“Ahora dejad una sola luz, de móvil o de linterna, y sentaos juntos. Agrupaos. Enviad un WhatsApp al 323 25 26 25 y esperad respuesta. Recibiréis un enlace. Es una transmisión en tiempo real. Tenéis que tener el teléfono enfocando a vuestras caras, a todas… Os conocemos. No podréis tramar nada. A las siete se apagará la transmisión y podréis volver.”

Hasta nunca. Os enviaremos invitación cuando inauguremos el hotel… 😆

—Chicos… hasta aquí hemos llegado —murmuró el tío Jose, abatido.
—¡De eso nada! ¿Qué hora es? —preguntó Estrella con rapidez.
—Las seis menos cinco. Hemos llegado un poco antes —respondió Julián.
—Patricia, ¿puedes grabar un vídeo y luego ponerlo en reproducción en bucle?
—¡Fantástica idea! —respondió ella al instante—. Conectaremos, haremos como que, con los nervios, se cae el móvil y aprovecharé para meter el vídeo. Después, Julián y yo seguiremos con el plan.

Así lo hicieron. No pareció que al otro lado se percataran de la trampa. Julián y Patricia continuaron con el plan: volvieron en total oscuridad con Tejo, que los guio de regreso al Tejar campo a través, eludiendo charcos y zonas peligrosas donde tropezar y caer. 

Rápidamente retiraron una parte interior de la mochila. Patricia colocó algodones, introdujo el móvil con el geolocalizador, volvió a poner más algodones y cerró. Nada hacía sospechar que había sido manipulada ni que se hubiera introducido nada en ella. Cambiaron el documento donde figuraba la cuenta corriente y firmaron.

Julián quiso acompañar a su amiga de vuelta, pero la niña no quiso. Tejo y ella regresaron junto a los demás y él se escondió cerca del establo. Cubierto con ramas y forraje, era imposible verlo. Allí permaneció, a la espera de que llegara la hora en que volvieran los animales.

Estaban todos agotados y nerviosos, deseando que aquella pesadilla terminara cuanto antes, especialmente Julián, que no paraba de temblar de frío y de nervios. A eso de las siete menos veinticinco escuchó pisadas de animales. Estaban cerca, pero rezaba para que no vinieran por el lado del camino donde él se escondía. Afortunadamente, llegaron por el otro lado. Supo que pasaban por delante de la casa y luego escuchó las pisadas sobre el suelo del patio.

Salió de su escondite con el corazón a mil por hora. Se asomó a la esquina justo a tiempo para ver a dos hombres con palos en las manos entrando detrás de los animales. Corrió a todo lo que sus piernas daban, empujó el portón y echó el enorme cerrojo, cerrando después el candado. Estuvo a punto de fracasar en el intento porque, al oír el ruido de la puerta, los hombres se volvieron, pero Julián había pasado ya el cerrojo.

Comenzaron a golpear la puerta y a gritar que abrieran. Poco después dejaron de hacerlo. Julián supuso que intentaban llamar por teléfono. Tenían poco tiempo hasta que se dieran cuenta de que no había cobertura.

En la Charca, el tío Jose sujetaba el teléfono deseando que todo acabara. De repente, el WhatsApp dio por terminada la sesión. Se miraron y, sin decir una palabra, salieron corriendo hacia el Tejar.

Nada más llegar, consultaron el geolocalizador para ver si habían retirado la mochila. Había que impedir que los que estaban encerrados gritaran o dieran golpes, así que entraron y se dirigieron rápidamente al patio. Sin abrir la puerta y a través de la reja, les ordenaron que guardaran silencio, explicándoles que era la única manera de salir bien de aquella situación.

El tío Jose les aseguró que la Guardia Civil estaba ya en camino, y no mentía. Julián había puesto al corriente a Mónika, que había detectado a dos hombres vigilando la casa donde el abuelo José, Dimas y los demás estaban retenidos. A la espera de que los chicos dieran la señal, Mónika aguardó con aquellos hombres en total silencio y, después, avisó a sus compañeros, que en ese mismo momento se dirigían hacia allí. Confiaba plenamente en el Gambigrupo; conocerlos era su mejor baza.

De repente, comprobaron que la mochila se movía rápido. Salía de la Charca en dirección a Pueblonuevo y, en unos trece minutos, tomaba la circunvalación rumbo a Badajoz. Todo había terminado. La Guardia Civil podía actuar cuando quisiera.

Y así fue. Mónika y Alberto llegaron al Tejar. Sus compañeros habían detenido a los hombres que vigilaban el cortijo de Felipe y, aprovechando que el arroyo había bajado, trajeron de vuelta al abuelo José y a Dimas. Antonio y Casiano habían sido llevados a sus respectivas casas.

—¡Abue! ¡Dimas! —gritó Pepa al verlos, corriendo a los brazos de los dos.

Dimas la levantó en el aire mientras la niña reía feliz. El resto se unió en un gran abrazo, incluido el tío Jose, que no podía contener la emoción.

—Papá, lo hemos pasado fatal sin saber qué iba a pasar. No sabes qué alegría me da verte… —dijo, fundiéndose en un abrazo largo y sincero con su padre.
—Ya pasó todo, tranquilo —respondió el abuelo.


—Bueno, chicos, una aventura más cerrada —dijo Mónika con una sonrisa—. No sé de quién salió la idea de colocar el geolocalizador, pero ha sido brillante. Ya hay una patrulla rastreando la señal y en breve los detendrán.

—Habéis demostrado una vez más que sois muy valientes. Efectivamente, eran parte de la banda de ladrones de patrimonio que desarticulamos hace unos años gracias a vosotros. Son muy peligrosos, chicos.
—¡Y muy tontos! ¡Siempre los pillamos! —rio Julián, abrazándose a sus amigas.

Todo había terminado bien. Entraron en el Tejar y prepararon un gran desayuno. Aunque la lluvia seguía cayendo, no importaba, porque tarde o temprano dejaría de llover. Lo que verdaderamente importaba era que todos estuvieran bien y que el centro de operaciones del Gambigrupo siguiera siendo la Charca de los Patos. Como antes, como siempre y para siempre. 


—Abue, ¿sabes una cosa? El tito tiene novia, se llama Alicia —dijo Pepa, muerta de risa.

—¡Pero eso es una buenísima noticia! —respondió el abuelo, mirando al tío Jose, que enrojecía por momentos.
—¡Sois unos cotillas! ¡Os vais a enterar!

Y comenzó a correr tras los chicos, que, muertos de risa, se escondían aquí y allá para evitar las cosquillas que vendrían si los atrapaba. Dimas y el abuelo reían tanto que las lágrimas les caían a borbotones.

Así terminó una mañana de emociones y risas, algo habitual en aquella casa. Ahora tocaba descansar de una noche larga y tensa, porque pronto el Gambigrupo saldría a vivir nuevas aventuras y, para eso… había que estar muy descansado.

Para el tío Jose, con mucho cariño.
Espero que hayas pasado un rato divertido leyendo este cuento y que el abrazo que te has dado con el abuelo lo hayas sentido tan vivo como esta aventura.
Bienvenido al Gambigrupo. ¡Cuidado con ellos, que son unos cotillas!