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lunes, 22 de diciembre de 2025

NAVIDAD, MAGIA Y UN POCO DE DIPLOMACIA.

A unos días de Navidad y Casa Encantada sin adornar… ¡eso sí que era un problema! ¿Y qué sucedía? Pues que Matilda y Plumillas, una vez más, se habían enfadado. Ya sabéis cómo es la lagartija: revoltosa y protestona. Y cómo el ratón a veces la saca de sus casillas. Pero, claro, os estaréis preguntando qué había pasado.

Resulta que este año Matilda quería poner muchas luces de colores en la fachada de Casa Encantada y, además… montar muñecos enormes en el exterior. A Plumillas le pareció una ordinariez y dijo que no. Así, se hicieron dos grupos: los que querían una Navidad a tope de luz y decoración, y los que apostaban por una celebración sencilla y elegante, como de costumbre.

Y así… nos plantamos en vísperas de Nochebuena, sin acuerdo sobre los adornos de la casa. Para colmo, Matilda se había ido al bosque enojada, y hacía horas que no volvía. Aunque… esperad, creo que estaba el mago Pirú con ella.

—¡Vaaamos, Matilda! —dijo Pirú—. Esta actitud infantil y egoísta no es propia de ti.

—¿Y a Plumillas no le dices nada? ¡Ese ratón tonto y presumido! —lloriqueó Matilda—. ¡Si no me dejáis poner mis luces, me quedo en el bosque y aquí celebraré la Navidad yo solita!

Pirú sintió lástima por ella; a fin de cuentas, Matilda era la alegría de Casa Encantada. Sí, un poco traviesa y buscadora de líos, pero encantadora y cariñosa. Tampoco era tan malo dejarla poner unas luces… y unos muñecos… y los villancicos de Bisbal a todo dar. Aunque claro, la última vez que cedieron a lo del Santa gigante en la puerta, no quedó un ave en muchos kilómetros a la redonda. ¡Huyeron asustadísimos! Además, hubo que desactivar la cúpula de protección invisible de la casa.

—¡Pero cómo vas a pasar sola la Nochebuena! —insistió el mago—. Vamos a ver, vuelve a casa conmigo y tratemos de arreglar esto.

Camino de vuelta, encontraron a Plumillas, que venía de comprar el periódico para comprobar su último artículo, uno excelente sobre economía felina. Al ver a Matilda, torció el gesto, pero sonrió amable a Pirú para darle los buenos días.
 

—Hola —dijo Plumillas sin más, enrollando el periódico y poniéndose aún más serio—. No sé qué os trae por aquí, pero yo tengo mucha prisa. Ya que nadie se ha encargado este año de adornar la casa, iré yo al desván y pondré lo que considere. Pronto será Nochebuena, vienen nuestros amigos, habrá que recibirlos en condiciones y no con un salón aburrido, como si fuera una noche más.

Matilda se dio por aludida y, muy enfadada, comenzó a exponer sus quejas por la falta de compañerismo y el poco espíritu navideño:

—¡Y además me has escondido mis espumillones de colores para la chimenea!

—¿Has acabado? Mira, Matilda, tú no quieres adornar la casa; tú quieres convertirla en uno de esos lugares… poco recomendables. No te vamos a permitir esos horribles muñecos de plástico ni esas luces ordinarias por toda la fachada.

—¡Tú no mandas! ¡Cursi! —le espetó, poniéndose de puntillas y enseñando unos pequeños dientes afilados— 

—¡Ni tú y tu mal gusto! ¡Eres una maleducada!

Matilda se dio medio vuelta y echó a correr hacia el bosque. Estaba claro que este año la Navidad no iba a ser fácil.

Pirú estaba enfadado; la disputa entre amigos duraba ya demasiado. Para colmo, se habían formado dos bandos: en uno, Matilda con los cocineros Blasito y Benito, a quienes se había unido Smaugui, el culebre. Tener un dragón español de tu parte era un gran punto, porque amenazaba con quemar los adornos que no le gustaran. En el otro bando, Plumillas con la seño Yolanda, Bizcocho y doña Sinforosa. Ni don Leonardo ni el mago querían tomar partido en la pugna.

—Creo que tu actitud con Matilda no ha sido muy amable —le riñó Pirú a Plumillas—. Deberías ir tras ella y disculparte. Matilda es así, lo sabes. Enfadarse por este asunto es absurdo y poco generoso. ¡O acercáis posturas o este año no hay Navidad!

Diciendo esto, echó a caminar en dirección a donde se había ido la lagartija, dejando a Plumillas descolocado. Al llegar a Casa Encantada, el mago se fue derecho a la biblioteca para hablar con don Leonardo y buscar una solución. La Navidad estaba ya a unos días y debía ser una época de paz, no de rencores y enfados.


—Creo, querido Pirú, que esto ya no puede arreglarse ni con magia —dijo don Leonardo, sosteniendo en sus manos un libro sobre villancicos.

—¡Pues ya me dirá qué hacemos! No pienso pasar la Navidad en este ambiente, hágase cargo, mi querido amigo.

Don Leonardo se volvió hacia su mesa y, de un cajón, extrajo una agenda con aspecto de haber sido usada durante años.

—¡Esto solo puede arreglarlo mi amigo Jorge! —exclamó mientras agitaba la agenda en el aire. El ratón marcó un número y, al otro lado de la línea, alguien contestó raudo. Hablaron largo rato, y el mago decidió apartarse para dejar intimidad al bibliotecario.

Cuando se despidieron, Pirú se acercó intrigado:

—¿A quién ha llamado, si puede saberse?

—A mi amigo Dezcallar. Hemos llegado a un punto en que solo la diplomacia puede arreglar este conflicto, y para eso… Jorge es el mejor. Nos conocimos hace años en Nueva York cuando yo era bibliotecario y él consejero cultural. Primero nos unió el arte y luego… ¡el espionaje!

Su amigo lo escuchaba sorprendido. ¿Don Leonardo, espía? Prefería no preguntar y ver qué tal era aquel amigo del que nunca le había contado nada.

—Pero… ¿en qué han quedado? —preguntó Pirú, cruzando los brazos, cansado de tanta intriga.

—¡Oh, claro! Voy a enviarle a Smaugui para que lo traiga. La magia le sienta mal —le dijo, invitándolo a sentarse—. Verás, una vez estábamos almorzando en un restaurante cercano a la biblioteca en Nueva York, cuando recibió la visita de un chico que le informó que debía tomar un avión rumbo a Las Vegas para recuperar nada más y nada menos que un cuadro de Goya. El trayecto era largo y el tiempo escaso, así que me acordé de un amigo mago que vivía cerca de mi apartamento. Tuvo la gentileza de venir y envolverlo en una de esas nubes rosas que generáis para viajar en segundos… Pero la cosa no fue bien y anduvo horas desmayado. Al final… el cuadro se esfumó.

Pirú frunció el ceño: era la primera vez que oía que alguien se sintiera mal viajando con la magia. Estaba seguro de que el hechicero no ajustó bien las coordenadas. Ser buen mago no es fácil.

—No sé yo si mandar al culebre es buena idea. Tenga en cuenta que está en el bando de Matilda… —aseveró Pirú.

—No te preocupes, lo traerá sin rechistar.

El mago marchó a su laboratorio y, a eso de las cinco de la tarde, la seño Yolanda tocó a la puerta: había llegado el invitado.

Pirú se encontró con un ratón de porte distinguido y pelo gris. Su mirada serena reflejaba la sabiduría de quien ha recorrido el mundo y escuchado sus secretos. Caminaba con la elegancia natural de los diplomáticos y su sonrisa, siempre amable, tenía el poder de abrir puertas y corazones. En él convivían el refinamiento de los salones más ilustres y la calidez de quien nunca olvida el valor de un gesto sincero.

En resumidas cuentas,  le pareció un ratón único, capaz de llevar el peso del mundo con una ligereza que solo da la experiencia y el buen humor. Tras un rato de charla, se atrevió a preguntar:


—Me ha dicho don Leonardo que no te sienta bien la magia. ¿Cómo es que no puedes viajar en ella?

—¡No me hables! —respondió Jorge—. Anduve días desorientado, con dolor de cabeza… No vuelvo a probar algo así. Créeme, me hubiera venido muy bien en determinadas circunstancias, pero no… prefiero viajar por otros medios. Por cierto, este dragón español que me ha traído es muy cómodo y muy simpático; lo de decir tacos en lugar de lanzar llamas, supongo que será cosa de la tierra…

—Generalmente es educado, pero es que su amiga Matilda… —comentó Pirú.

—Sí… ¿Hay algo más español que soltar un taco? —preguntó Jorge sonriendo.

—¡Ya lo creo que sí! ¡Los churros! —y ambos rieron—.

Don Leonardo convocó a Matilda y a Plumillas para intentar arreglar el problema que arrastraban desde hacía más de un mes.




Cuando estuvieron en el salón, Jorge se presentó:

—Bien, Matilda, tú debes ceder algo y Plumillas también. Empecemos por algo pequeño, así avanzaremos —propuso Jorge, ante la atenta mirada de Pirú.

Matilda comenzó a dar vueltas en torno al diplomático, como solía hacer con los desconocidos. Lo olía, le rebuscaba en los bolsillos de la chaqueta…

—¡Matilda! —gritó Pirú, sabiendo que lo próximo, si no le gustaba, sería un mordisco. Pero no pasó nada.

—¡Qué bien habla este ratón! Me gustas —dijo Matilda, mostrando su dentadura blanca y su mejor sonrisa—. Coleguita, soy la mejor arquera de España y la galaxia. ¿Te gustaría echar unas flechas? Aún hay luz. ¿Qué dices?

—¿Eres arquera? —preguntó Jorge, sorprendido.

—¡La mejor! He cazado ojáncanos… ¿Te animas?

Jorge estuvo tentado, pero recordó su misión: mediar en un conflicto.

—Otro día, Matilda. Ahora estamos aquí para solucionar un problema.

—¡Te tomo la palabra! —dijo sonriendo—. Y dime, ¿qué hacías antes de que mi amigo Smaugui te trajera? Casi no me deja entrar al salón. Que si Jorge esto, que si Jorge lo otro…

—¡Vaya! Él también me cae bien. Estaba con mi amigo Arjun, embajador de la India en Francia…

—¡No me digas! ¿Y tiene elefantes? Me molan muchísimo los elefantes. ¡Tienes que llevarme contigo a ver elefantes!

El invitado rio ante las ocurrencias de Matilda; le pareció alegre y entusiasta, pero muy habladora. La tarde avanzó, recuperaron las negociaciones, pero solo a medias. Matilda, decepcionada, decidió marcharse con una pequeña maleta, pese a los ruegos de los asistentes.

Se habían puesto de acuerdo en la música y en los adornos de la chimenea, pero las luces exteriores seguían siendo un obstáculo. Verla marchar dejó un ambiente de tristeza desconocido en Casa Encantada. Blasito y Benito no paraban de llorar, y la seño Yolanda culpó a todos de no haber sido más generosos.

—¿Qué hay de malo en adornar con exceso una casa? —se preguntaba—. ¿Merecía la pena perder a Matilda por eso?

Arrepentida por su intransigencia, se adentró en el oscuro bosque. Los demás, al verla, cayeron en la cuenta de su error. Rápidamente, organizaron cuadrillas de búsqueda. El frío arreciaba, y Matilda no resistiría mucho sin la magia de Pirú. 

Pararon en una gruta donde Smaugui previamente había lanzado una llamarada. El calor era tan agradable que a muchos les entró sueño. Mientras, Pirú escudriñaba su bola mágica. 

—¿Qué ocurre? —preguntó Jorge.

—No lo sé. Esta bola puede ver los tiempos, pero no me ofrece ninguna imagen actual de Matilda. Esta gruta fue de un mago blanco; no puede haber nada malo en ella.

—Amigos, si avanzamos más allá del río, nos adentramos en un territorio peligroso. Hay puertas giratorias escondidas, duendes de no muy buen carácter.... —dijo don Leonardo sin ocultar su preocupación.

En ese momento, entró Plumillas a todo correr, había salido para poder pensar un poco en lo que estaba pasando y tener las palabras de disculpa apropiadas cuando viera a su querida amiga. 

—¡Chicos! ¡He encontrado esto! —exclamó levantando en alto la pequeña maleta de Matilda. Estaba rota por un lado y tenía algunos arañazos.

Todos se levantaron a la vez. En sus caras se colgó el miedo. Si Matilda había perdido su maleta era porque estaba en peligro. Por fortuna, el carcaj, las flechas y el arco no habían aparecido y eso significaba que los conservaba.

De repente, la bola mágica de Pirú comenzó a lanzar destellos en todas direcciones, se giraron y pudieron ver a Matilda entre rejas. Estaba en una cueva y no parecía de ojáncanos.  La bola se apagó y todos allí se quedaron a oscuras. 

—Ahora sí que tenemos un problema —murmuró Pirú levantándose y mirando a los presentes. Si mi intuición no falla, Matilda está en la cueva de una bruja. Me las he visto algunas veces con ellas y en verdad os digo.. algunas pueden ser muy perversas.

—¿Cuál es el plan? —Preguntó Plumillas.
—La Navidad.

Se hizo el silencio ¿Cómo que la Navidad? 

En estos bosques —comenzó Pirú en voz baja—, hace muchos, muchos años, cuando yo aún era un mago inexperto, las gentes celebraban el solsticio con rituales antiguos. Honraban a los árboles, al fuego y al agua. Adornaban manantiales, colgaban flores en los balcones, bailaban bajo las estrellas y saltaban las hogueras para atraer la luz. Estamos en un lugar sagrado. Los seres elementales que habitan este bosque aún celebran una Navidad distinta, más antigua y más pura que la que conocemos hoy. Ellos pueden ayudarnos a encontrar a Matilda, de eso estoy seguro. Algo ocurre aquí… mi magia pierde fuerza, no sé por qué. No debemos quedarnos quietos. Es momento de ponernos en marcha.

Jorge escuchaba con los ojos muy abiertos, desde que había llegado palabras como: ojáncano, bruja, duendes... se pronunciaban con toda normalidad ¿Estaría despierto realmente o todo era un sueño? Una voz lo sacó de sus pensamientos.

—¿Estás bien? —La seño Yolanda se había sentado a su lado, alarmada por la expresión del diplomático.

—¡Oh, sí! ¡Qué diablos, no! ¿Qué es eso de ojáncanos y duendes? —se quejó Jorge.

—Es nuestra mitología —aclaró don Leonardo—. España tiene sus propias hadas y duendes. Tú mismo has conocido a Smaugui. ¿Qué te sorprende tanto?

De repente, una gran carcajada rebotó en las paredes de la cueva, todos reían mientras Jorge pasaba de la sorpresa a la indignación disimulada. Pirú se acercó y le dijo:

—¿Te has mirado, amigo?

Pero el diplomático no salía de su asombro y la bromita se le empezaba a hacer pesada.

—No te comprendo, Pirú —dijo, mirando su traje y reloj—, ¿qué es todo esto?

—Eres un ratón.

—Sí, claro —contestó—, soy un ratón, como la mayoría de vosotros. ¿Qué tiene eso que ver? —preguntó Jorge.

—A ver… eres un ratón que habla y viaja en un dragón español —le explicó el mago sonriendo—. Vives en un cuento, estás siendo soñado por Pepa. Todos nosotros vivimos porque ella nos sueña. Claro que eso no quita para que nos hayamos rebelado alguna vez, pero esa es otra historia.

Jorge se quedó boquiabierto. ¡Claro que era un ratón! ¡Un ratón mallorquín y viajero! ¿Pepa? ¿Qué Pepa? 

Entonces, de lejos, comenzó a llegar un cántico suave, con un deje antiguo, como si atravesara los tiempos hasta nuestros días. Siguiendo aquel sonido hipnotizante, caminaron por el bosque hasta ver luces centelleantes. De repente, apareció un enorme árbol. Miles de pequeñas bujías brillaban, moviéndose entre sus ramas… y en torno a nuestros amigos. La música celestial llenaba sus almas de paz.



—Es el árbol de la Navidad —habló Pirú sonriente—El auténtico árbol de la Navidad que los seres elementales elaboran cada año con los sueños cumplidos de los niños.

Mientras admiraban aquel maravilloso espectáculo, el mago tomó una luz palpitante en su mano y en ese momento, un pequeño ser salió de debajo del árbol: un trenti, un duende travieso del bosque.

—¿Qué os trae por aquí? —preguntó el duende—. Soy Serafín y espero a otros amigos para dejar nuestros deseos junto a los de los niños. Si lo que deseáis no hace daño, los deseos cumplidos de los niños harán realidad el vuestro.

La seño Yolanda explicó lo ocurrido, pero al oír “bruja”, el duende arrugó el entrecejo.


—No hay brujas aquí, pero sí ojáncanos malhumorados. A unos veinte kilómetros al norte hay una gruta por donde nadie pasa. Allí viven dos. Las Anjanas los mantienen alejados, pero si vuestra amiga ha llegado hasta allí… será difícil rescatarla.

—¡Veinte kilómetros! —exclamó Plumillas.

—Eso no es problema —dijo Smaugui—. ¿Para qué estoy aquí?

El duende explicó al mago cómo recuperar su magia y le entregó una de las luces del árbol de Navidad, con la condición de devolverla al terminar. Aquella luz, amor puro, les ayudaría a sobrevivir y vencer el mal.

Subieron a lomos de Smaugui y en cinco minutos llegaron al lugar. Los árboles estaban muertos, los arroyos secos… los ojáncanos destrozaban todo a su paso. Jorge, prudente, no se separaba del mago y hacía preguntas.

—Un ojáncano es un ser malvado —explicó Pirú—. Gigante, cruel, temido, con un solo ojo, voz de trueno, pelo rojo y áspero, diez dedos en manos y pies, y dos hileras de dientes. Solo tiene un punto débil: un pelo blanco en la barba. Si lo arrancas, muere.

—¿Habéis matado alguno? —preguntó Jorge.

—Nunca. No ha hecho falta, pero son muy peligrosos. A veces la astucia es más hábil que la fuerza.

Jorge se estremeció, pero se quedó con un par de palabras de la frase del mago: astucia y habilidad, nadie más indicado que él en situaciones peligrosas para lograr un resultado positivo. Estaba decidido, negociaría con los ojáncanos.

Smaugui, valiente, se adelantó a sus amigos, entró en la cueva que tenían justo en frente  y comenzó a llamar a Matilda. Al oírlo, ella se volvió loca de contenta: ¡habían venido a rescatarla! Se había arrepentido mil veces de su tonta reacción. En su huida se topó con un duende tentirujo que, con engaños, la condujo hasta allí y, casi sin darse cuenta, se vio a oscuras en una cueva tenebrosa con dos de las criaturas más temidas del mundo.

Pensó que todo había acabado, pero al mismo tiempo sabía que era Navidad, que tenía derecho a su milagro, y comenzó a imaginar que tal vez alguien escucharía su llamada. No podía ser que Dios dejara a una criatura soñada terminar de ese modo. Aunque a veces era revoltosa, su corazón era noble; alguna solución habría para una lagartija cabezota… y para sus amigos, igual de cabezotas.

Al escuchar su nombre, Matilda supo que estaba a salvo y comenzó a gritar, a reír y a llamarlos a todos.

Pero de repente, un ojáncano desafiante se interpuso entre ellos y la cueva. El suelo tembló con su patada; todos cayeron rodando. Smaugui al oír el alboroto salió rápidamente y firme enfrentó al monstruo. Recibió un fallido zarpazo que esquivó volando mientras el resto corría en distintas direcciones. 

Armándose de valor, Jorge salió de detrás de unas piedras y se plantó delante de aquel horrible ser reuniendo toda la dignidad de la que era capaz.

—Permítame presentarme, señor del bosque… Soy Jorge Dezcallar. Propongo un acuerdo: deje en libertad a nuestra amiga.

El ojáncano bajó la cabeza para mirar al ratón con su único ojo. Jorge no parpadeó; su corazón latía a mil por hora. Pirú le gritó que volviera, don Leonardo también, pero el diplomático se mantuvo firme.

El monstruo bajó la cabeza hasta estar a su altura. Todos pensaron que no saldría de allí, su actitud podría costarle la vida.

—Escúcheme, señor ojáncano. Le encantan las bellotas y le ofrezco una finca con miles de encinas. ¿Qué me dice?

Plumillas se sorprendió. ¡No podían permitir que destruyera las dehesas! Don Leonardo pidió calma: Jorge sabía lo que hacía.

Mientras tanto, Smaugui atacó por detrás, hincando sus garras en el ojáncano. El monstruo gritó y se levantó, manoteando en busca del culebre. Los demás aprovecharon para entrar en la cueva.

—¡Corre, Jorge! —gritó la seño Yolanda—.

Pirú sacó la luz de Navidad que le dio Serafín y todo se iluminó: ¡allí estaba Matilda encerrada! Al ver a sus amigos, se volvió loca de alegría.

Pero faltaba don Leonardo. Una voz lejana anunció que el bibliotecario había sido interceptado por un segundo ojáncano.




Pirú formuló un hechizo y liberó a Matilda, que abrazó a todos con alegría. Debían salir de allí y rescatar a don Leonardo. Los dos enormes monstruos les esperaban, uno con el ratón en la mano. Pirú lanzó un rayo que impactó en el pecho del que aprisionaba al bibliotecario, pero no fue suficiente. Jorge retomó la negociación, prometiendo encinas y hasta ¡tortillas de patata! para ganar tiempo.

—¿Pero qué dice? —Preguntó sorprendido Plumillas. ¿Tortillas de patata? 

Pirú le pidió calma, había que acumular segundos, minutos... Si lo conseguían, el plan del mago era que la seño Yolanda y Plumillas hicieran uso de la luz de la Navidad y él de la magia paralizante, sumando ambas cosas podrían salir de allí con vida. Ultimaban los detalles cuando vieron a uno de los ojáncanos taparse los oídos, acercarse enfadado a Jorge y capturarlo.

—¡Cállate! —rugió el monstruo mientras lo levantaba por la chaqueta. Nuestro amigo pataleaba para intentar soltarse.

—¡Suéltame bicho maloliente! ¡Haré que te quedes sin ese pelo espantoso de tu barba si no me sueltas ahora mismo! ¡Llamaré a mi amigo el marajá de Capurtala y te apisonarán sus elefantes y ... ¡¡¡¡AAAAAAAHHHH ¡SOCORRO QUE ME COMEEEEE!

El ratón desaparecía entre los temibles dientes del monstruo, mientras sus amigos gritaban su nombre, el otro ojáncano no perdía tiempo y los capturaba a todos. ¿Qué había pasado? ¿Cómo habían llegado a estar en esa situación?

Pero no contaban con que Matilda había regresado al interior de la cueva para recuperar su carcaj y su arco. Comenzó a disparar flechas que impactaron en los ojos de los monstruos El primero soltó a don Leonardo, que cayó desde gran altura al suelo, mientras aquel ser se arrancaba el dardo afilado, del tamaño de una pequeña aguja.

El segundo estaba a punto de tragarse a Jorge, pero abrió la boca… y el ratón saltó desde dos metros de altura, siendo rescatado por Smaugui, que aprovechó para atacar de nuevo tras dejar a su amigo en el suelo.

De repente, una luz poderosa surgió de la mano del ojáncano que aprisionaba a Pirú, Plumillas y la seño Yolanda. La luz se multiplicó por un millón y rodeó a los ojáncanos, que quedaron cegados por un instante.

Nuestros amigos cayeron al suelo, pero ilesos, se fueron levantando uno a uno. Las lucecitas los rodearon también a ellos, y un amor indescriptible los elevó. Smaugui brillaba como una llama gracias a las pequeñas piedras semipreciosas entre sus escamas.

Jorge y don Leonardo, suspendidos en el aire, giraban mientras sentían cómo su cuerpo y su alma se recomponían. Todos estaban siendo envueltos por la magia de la Navidad: aquellas luces llenas de amor, los deseos cumplidos de los niños, ahora ayudaban a nuestros amigos a regresar a casa.

Las luces se apagaron. Todos estaban bien. Los arroyos corrían, la vegetación volvía a la vida, y los ojáncanos se transformaron lentamente en dos hermosos árboles.

—Bien, amigos, acabáis de ver la fuerza del amor —exclamó don Leonardo—. El que sentimos por nuestros amigos nos hizo arriesgar la vida para rescatar a Matilda. Ese amor nos salvó a todos.

Matilda abrazó a Plumillas y le pidió perdón; él hizo lo mismo. Devolvieron la luz al árbol y volaron junto a Smaugui a Casa Encantada.

Al día siguiente, temprano, la cocina estaba llena de dulces, chocolates y churros. Era hora de decorar. Matilda y Plumillas pusieron villancicos clásicos: Sinatra, Dean Martin, Judy Garland… cuya voz recorría cada ladrillo mientras  los amigos colgaban guirnaldas, bolas de colores, bolas de nieve, cascanueces y un precioso Portal de Belén.

Jorge reía con las ocurrencias de Matilda; Plumillas sonreía al ver a su amiga entusiasmada y le preparó una sorpresa: un gran muñeco de nieve en el exterior. Todos estaban felices.

—¡Se acabó! —exclamó Matilda—. ¡Feliz Navidad, amigos!

Las risas y los vivas estallaron en Casa Encantada. Jorge se sintió feliz:

—Gracias por acogerme aquí. No sé si mi diplomacia os ha servido, pero a mí sí me ha servido vuestra magia. Contad conmigo para vuestras aventuras.

—¡Y con la tortilla de patata! —gritó Smaugui desde la ventana.

La Navidad había llegado a Casa Encantada. Los sueños de los niños brillaban en lo alto, velando por la inocencia del mundo.



Para Jorge, con todo cariño.
Ya ves que en Casa Encantada las cosas son un poco distintas. Aquí la diplomacia se ejerce entre ratones, lagartijas y dragones españoles; y la Navidad, a veces, salva lo que parecía imposible.
Si algún día te miras al espejo y te notas un poco más gris, o descubres que te han crecido las orejas… no te alarmes: es que alguien te está soñando en Casa Encantada.
Gracias por entrar en este cuento y por no enfadarte por verte convertido en roedor mediador. Bienvenido. Ojalá te haga sonreír.
Pepa.



lunes, 22 de noviembre de 2021

NAVIDAD CON RUFINA.



El invierno ha descendido ya sobre los campos y las hojas secas se mezclan con las primeras nieves. Alfombra multicolor que nuestra amiga Rufina pisa feliz en esta mañana de lunes.
Rufina es una liebre, tiene las orejas más bonitas del mundo y cuando corre se ven dos lunares blancos prendidos de ellas, como si fueran bolitas de algodón saltando entre la hierba.
Hoy está especialmente feliz, pues ha recibido carta de su tía Jesusa en la que le anuncia su llegada para las Navidades ¡Es fantástico pasar la Navidad en familia! Le acompañará el tío Ramón y por supuesto los primos, Pepino y Flor. 
Muy temprano, Rufina ha preparado la casa, porque nuestra liebre es muy peculiar y se hizo construir un hogar debajo de la encina más hermosa de la comarca. Don Matías, el topo, le ayudó y le ha quedado una vivienda espaciosa y ventilada que casi siempre está llena de amigos. 

Ahora se dirige a ver a Ernestina, una coneja con la que asistió al colegio y con la que guarda buena amistad desde entonces. Es la joven que más sabe de moda en el bosque, y necesita su opinión experta para el vestido que lucirá en Navidad. 
Rufina va distraída acompañada por el canto de los pájaros y el ir y venir de los vecinos del bosque. De camino al arroyo recoge unas bayas, a Ernestina siempre le gusta tomarlas con miel y algo de té. Seguro que éstas le van a encantar. 
Ya en casa de su amiga, le expone el motivo de la visita. 

- ¡Rufina, qué sorpresa! – Exclama Ernestina abrazando a la liebre- ¿Qué te trae por el arroyo? 
- Querida, he recibido carta de mis tíos, vendrán a pasar las Navidades a casa y no tengo nada decente que ponerme. Necesito tu consejo. 
- ¿Tus tíos? ¿Doña Jesusa y el señor Ramón? – Pregunta Ernestina- 
- Sí, ya sabes que son muy educados y no quisiera desentonar. 
- Pues entonces lo mejor es que hablemos con doña Petra, la araña que vive en la chumbera del camino, es una tejedora excelente y como cada estación viaja a la ciudad, siempre está a la última en cuestión de moda. 
- ¡De acuerdo! Me parece una idea estupenda, pero antes… ¿Qué te parece si tomamos un té con estas bayas que te he traído? – Propone la liebre- 

La mañana pasó entre risas y buena compañía. Doña Petra, como era de esperar, le propuso un vestido muy elegante para la cena especial y para el día a día, algunos más confortables a juego con toquita y gorro. Todo estaba listo para recibir a la familia y pasar unos días rodeada por el amor incondicional de los suyos. 
De vuelta a casa, don Matías le da las buenas tardes y le entrega un misterioso paquete. Al no estar en la encina, el cartero decidió dejarlo en casa del topo. 

- Gracias don Matías, usted siempre tan servicial – Dice Rufina- 
- ¡Oh, no hay de qué querida amiga! – Espero que sea una bonita sorpresa- 

Nerviosa cierra la puerta y se dispone a desenvolver el bulto rectangular. Aparece una caja sencilla, de madera de roble con unas letras que forman su nombre. Dentro, una tarjeta pequeña doblada en cuatro veces. Cuando la abre, el misterio se hace aún más grande: 

“Ahora que has abierto tu regalo, dobla esta carta y vuelve a abrirla el día de Navidad” 

Rufina se quedó pensando en el extraño mensaje pero obedeció. Guardó de nuevo el papel en la caja y la depositó sobre el mueble de la entrada. No sabía quién la enviaba ni por qué, pero merecía la pena descubrirlo. 


Los días fueron pasando y justo una semana antes de Navidad, llegaron los padres y los hermanos de nuestra amiga: doña Casilda y don Severo, junto a los pequeños Roque y Begoña. Fue maravilloso abrir la puerta y encontrarse con la familia, ¡oh ya lo creo! 

- Rufina, cariño, ¿qué te parece si salimos al bosque a recoger frutos y después adornamos la casa? – Propuso doña Casilda a su hija mayor. 

Así lo hicieron. Mientras, don Severo y el pequeño Roque se afanaban en cortar leña, preparar literas y disponer todo para la llegada del resto de familiares. Rufina y su madre aprovecharon para visitar a los viejos amigos y adquirir algunos regalos. A su llegada a casa, les esperaba una grata sorpresa y es que los chicos habían preparado una estupenda mesa con té y dulces para merendar. 


- ¡Papá, qué rico estaba todo! – Dijo Rufina regalando un beso extra grande a su padre- 
- ¡Eh Rufi! ¿Y yo qué? – Preguntó burlón Roque. 

El primer día junto a ellos había pasado volando y cuando nuestra querida liebre se fue a la cama, estaba tan cansada que solo tardó un segundo en dormirse. 
Al fin amaneció el 23 de Diciembre y los tíos de Rufina llegaron a casa; estaban contentísimos con su visita pues no se veían desde hacía dos años. Se instalaron y luego se fueron a dar un paseo por el entorno. Ya no nevaba, así que había zonas en el bosque donde la hierba aparecía brillante y apetecible. 
Los lebratos rápido hicieron buenas migas, de modo que esa tarde mientras en el salón se reía y se conversaba, en la habitación de juegos que don Severo había preparado para los pequeños, se tramaba una aventura. Pepino, Flor, Begoña y Roque tenían planes para el día siguiente. 

- Chicos, ¿habéis visto la casona que hay al otro lado de la cerca? – Preguntó Pepino- 
- Sí –Contestó Begoña- Pero mi hermana dice que no debemos ir porque hay muchos peligros allí. 
- ¡Oh Begoña, no seas aguafiestas! – Exclamó Roque- ¡Ya sabes que para los mayores todo es peligroso! 
- Entonces, ¿vamos mañana? –Preguntó de nuevo Pepino- 
- No sé chicos…, los papás y los tíos se enfadarán si se enteran – Se oyó la voz sensata de Flor- 
- ¡Ohhhhhhhhhh, Flor! ¡Las chicas sois unas aburridas! – Exclamó Roque poniéndose en pie- 
- ¿Ah sí? –Contestó Flor- ¡Pues mañana seremos las primeras en entrar en la casona! 

Y tramando su aventura, les sorprendió la noche y con ella…, el sueño. 

El día de Nochebuena apareció nevando, así que la chimenea ardía desde muy temprano en el salón. Rufina, ajena a lo que sus hermanos y primos tramaban, fue a llamarlos para que bajaran a desayunar. 

- ¡Venga lebroncillos! ¡Hoy es Nochebuena! ¿Queréis que los Reyes Magos piensen que sois unos perezosos? ¡Que sepáis que sus pajes ya están dando vueltas para ver qué tal os portáis! 

Tocó a la puerta de la habitación de Flor y Begoña, pero no contestó nadie así que pensó que estaban dormidas y como eran días de vacaciones, decidió dejarlas un ratito más. 

- Oye Rufina, ¿los chicos no bajan? – Preguntó doña Jesusa al cabo de media hora- 
- Pues tía, creo que entraré y los despertaré, van a dar las diez de la mañana. 

La sorpresa al abrir las habitaciones fue mayúscula, ni rastro de sus hermanos y primos. Rufina fue a los armarios y vio que se habían llevado sus mochilas y los abrigos. Aquí pasaba algo raro. 
Preocupadísima bajó las escaleras a todo correr. 

- ¡Papá, mamá, tíos! ¡Los chicos no están en sus habitaciones! 
- ¿Cómo que no están? – Preguntó doña Casilda quitándose el delantal- Rufina, no es posible, tu padre y yo nos levantamos al alba, los habríamos visto salir. 
- Mamá, no están. – Repitió nuestra amiga- 

Ajenos a la preocupación de la familia, los pequeños hacía buen rato que habían llegado al borde de la cerca que separaba el bosque del territorio de los hombres. 

- Tengo hambre, chicos – Se quejó Flor- Podíamos comer un poco, estoy agotada de la caminata. 
-  Suerte que tuve la precaución de hacer buen acopio de provisiones en la despensa de la prima – Contestó Pepino- 

Nuestros amiguitos dieron buena cuenta de las viandas y tras trazar un plan para entrar en la casa, se lanzaron al ataque. 


Dentro de la casona habitaba un joven huraño que vivía apartado del pueblo. No le gustaba la Navidad y mucho menos los niños así que en aquel lugar, había conseguido la paz que decía desear. Tenía un perro con muy malas pulgas al que el resto de perros de la comarca no querían tener como amigo, así que eran tal para cual. 
Los cuatro aventureros lograron llegar hasta la ventana que daba al salón, se habían subido unos encima de otros y ahora Roque, que era el más pequeño, les contaba lo que sucedía en el interior de la casa. 

- Hay un hombre muy delgado y muy feo que está desayunando algo que humea, debe ser café porque está migando pan. A los pies hay un perro dormido, no parece peligroso. 
- ¡Déjame ver a mí, por favor! – Pidió Begoña- 

Se disponían a deshacer la torre cuando Pepino, que aguantaba el peso de todos, estornudó e hizo que sus primos se vinieran al suelo. El perro, al oír el estruendo salió corriendo de la casa. 

- ¿Qué pasa ahí afuera? – Preguntó el malhumorado joven- 

Los lebroncillos intentaron escapar por el lugar que vinieron, pero el can les cerraba el camino. 


- Chicos, no perdáis la calma – Acertó a decir Flor muy asustada- Todo saldrá bien. 

No terminó sus palabras cuando una oscuridad impenetrable se cerró en torno a las jóvenes liebres. 

- Bien amigo, creo que esta noche cenaremos carne – Dijo el joven enjuto levantando la bolsa en la que había atrapado a los incautos exploradores- 


Mientras, en la encina de Rufina todo era preocupación. Era ya la una y media del mediodía y ni rastro del personal menudo, así que habían decidido llamar a los amigos y organizarse por patrullas. Don Matías, el topo, encabezaba la que estaba compuesta por sus propios familiares y las ardillas. La coneja Ernestina había hablado con sus hermanos y se pusieron en marcha junto a los patos y la araña doña Petra, nadie mejor que ellos conocían tan bien los arroyos. Y por último, nuestros amigos. 
La nieve arreciaba y las voces de los buscadores se perdían llevadas por un viento fuerte y aullador. La búsqueda se hacía cada vez más difícil. 

- ¡Flooor, Pepino, Begoña, Roqueee! – Gritaban todos- 

Al pasar por el camino que lleva al pueblo, don Sebastián el búho, se sorprendió al ver a su amiga Rufina en un día tan desapacible. Teniendo en cuenta que además, era víspera de Navidad. 

- Rufina, querida… ¿Cómo es que salís en un día así? ¿Ocurre algo? Te veo preocupada. 
- Oh, don Sebastián, se trata de mis hermanos y mis primos, salieron esta mañana de casa y no han regresado. 
- ¿Te refieres a cuatro pequeñas liebres con mochila y abrigo de colegio? – Preguntó el búho bajando sus lentes- 
- Sí, ellos mismos. – Contestó don Ramón- ¿Les ha visto? 
- ¡Ya lo creo! Pasaron muy temprano por aquí, oí que una de las chicas hablaba de una casa…, y una cerca. No les escuché muy bien porque en ese momento me llamó mi mujer. 
- ¡Oh Dios mío! ¡La casa de don Ruperto! – Exclamó espantada Rufina- Ayer les llamó la atención cuando pasamos por la vereda. 
- Pues si se dirigían allí…, me temo querida amiga que necesitaréis ayuda para salvarlos de un futuro negro… - Dijo el búho- Iré con vosotros. 

Mientras, en casa del joven Ruperto, los lebratos permanecían dentro del saco. Intentaban por todos los medios rasgarlo con uñas y dientes, pero era de una lona tan fuerte que todo empeño era inútil. Para colmo, tenían poco espacio y se les hacía difícil respirar. 

- Chicos no teníamos que haber venido…. – Se lamentó Flor entre sollozos- 
- ¡Oh no seas llorica, Flor! Hay que trazar un plan para salir de aquí – Expuso Begoña- 

En la cocina, un gran caldero hervía con verduras. 

- Esto ya está, ahora pondré a esos conejos – Indicó el malvado hombre- 

Al oírlo, nuestros amigos se asustaron. 

- ¡No somos conejos! – Gritó Pepino- 
- ¿Quieres callarte? ¡No estamos en condiciones de tener discusiones de ese tipo ahora!– Zanjó Roque- 

En ese instante, Rufina y el resto de amigos llegaban a las puertas de la vivienda. Había que hacer algo rápido. Don Sebastián había observado la escena y si no actuaban, los pobres lebroncillos servirían de cena a ese majadero y su perro. Lo primero era precisamente, distraer al can. 

- Nosotros nos encargamos – Planteó Ernestina, la coneja- 

Se subió a la ventana y comenzó a golpear con sus manos, el perro al verla salió a toda mecha por la puerta. 

- ¡Chicos, corred! – Gritó Ernestina a sus hermanos- 

Don Severo estaba muy preocupado, aquello no saldría bien…. 

- Escucha cariño – Dijo la mamá de Rufina – Vamos a sacar a nuestros hijos y sobrinos de ahí, así que no te pongas triste. 

En ese momento a doña Petra se le ocurrió un plan. No había mortal que resistiera la cercanía de una buena araña y ella, era la más hermosa de la comarca. Se iba a enterar ese don Ruperto de lo que era un buen susto. Antes, preparó una cuerda bien larga con su resistente hilo. 
La araña se introdujo por la puerta que el perro al salir había dejado abierta, lentamente subió hasta la mesa de la cocina y se plantó detrás de don Ruperto, éste, fue a girarse para coger una botella de aceite justo cuando se encontró con doña Petra en posición feroz. Fue tal el susto que se llevó que trastabilló y cayó al suelo, momento que aprovecharon todos para entrar y reducirlo con la extraordinaria cuerda que doña Petra había tejido. El joven, al ver a los animales se desmayó, hecho que facilitó con creces la tarea. 


Imagen extraída de la web 

- ¡Estamos aquí! – Gritaron los cautivos al escuchar las voces familiares- 

Rufina deshizo el lazo que cerraba el saco y los pequeños salieron uno tras a otro, corriendo directamente a los brazos de sus madres. 

- Bien, ahora no hay tiempo para regañinas, hay que salir de aquí pero ya tendré una charla con vosotros, amiguitos. – Dijo Rufina cogiendo de la oreja a su hermano Roque- 
- ¡Ay, ay ,ayyy, mamááááá! – Se quejó el pequeño. 

A todo correr, se alejaron de la casa. En el camino se encontraron con Ernestina y sus hermanos, que habían conseguido burlar al perro y volvían por si necesitaban ayuda. Gracias a Dios, todo estaba ya resuelto. Los amigos no quisieron dejar solos a la familia, así que les acompañaron hasta la encina, sin embargo, a la llegada les esperaba otra desagradable sorpresa. Con las prisas habían dejado la puerta abierta y los ratones se habían comido la cena de Nochebuena. 

- Oh Dios mío…, es culpa mía por no haber cerrado el portón, fui la última en salir – Dijo pesarosa doña Jesusa- 
- No tía, por favor…, no te acuses. Ha sido mala suerte, nada más. Lo importante es que todos estamos a salvo – Dijo Rufina abrazando a su tía- 
- Y digo yo amigos – Propuso don Matías- ¿No es mucho más divertido pasar esta noche juntos en lugar de cada cual en su casa con su familia? 
- ¡Claro que sí! – Exclamó don Sebastián- Voy a por mi mujer, traeremos la cena. 


Y así, una a una, todas las amistades de Rufina fueron y volvieron con viandas para celebrar la noche de Nochebuena junto a ella y su familia. Nadie echó en falta nada, pues habían traído tanta comida que podrían haber invitado a todos los animales del bosque. 


Estaban bailando y riendo cuando el reloj del salón dio las doce de la noche y una pequeña caja de madera se iluminó sobre el mueble de la entrada. Rufina recordó lo que había leído en el papel que se contenía en ella y de nuevo la abrió expectante. Cuando lo hizo, la carta esta vez decía lo siguiente: 

“El verdadero Espíritu Navideño no está en los regalos, ni en las cenas, ni en los vestidos de fiesta, ni en los adornos. La verdadera Navidad está en el Amor que se desprende de la familia y los amigos. Feliz Navidad” 

Fdo: El Niño Jesús. 

PD: Me han dicho SSMM los Reyes Magos de Oriente que todos los habitantes del Guadiato habéis sido muy buenos. 

Y así fue como la liebre Rufina y su estupenda familia pasó las mejores Navidades de su vida. 
¡Feliz Navidad, amigos!