lunes, 31 de julio de 2017

CAPÍTULO II: DOÑA SINFOROSA BAJA AL PUEBLO. Una visita muy especial.


La nieve ha remitido al fin y las primeras flores multicolores asoman salpicando aquí y allá el verde manto. La primavera ha llegado al corazón de Villa Rosita y doña Sinforosa se siente feliz. Hoy, se ha levantado de muy buen humor, ha cogido su mantel, su pequeña sillita de eneas y ese bolso gigante fabricado con trozos de tela donde guarda todas sus muñecas de trapo. Va a dirigirse al mercado para venderlas y cerrar una ansiada compra que trae en mente desde hace meses. A Carmelo y Pepe les encantará la sorpresa que su amita va a darles en tan sólo unas horas. 
La dama se dirige a su armario.

-Ummmm, veamos..., creo que me pondré esta falda beige y la camisa de flores rosas. Sí, es apropiado para un día tan especial.

La falda, como es natural en una dama de su clase, le cubre hasta los tobillos. Elaborada en algodón y bordada en los bajos en tonos crudos, tiene bolsillos donde guarda caramelos que ella misma elabora con azúcar y esencias naturales. La camisa es de seda estampada con unos pequeñísimos ramilletes de flores color rosa palo. Para terminar el conjunto se coloca una pamela de rafia natural, a la que ha cosido unas flores secas. Cuando bajó, el gato y el jilguero dormían plácidamente acurrucados en sus respectivas camitas, así que doña Sinforosa se dirigió a la cocina para desayunar algo ligero y salir cuanto antes. No había contado con el fino oído de Carmelo.

- ¡Buenos días doña Sinforosa!, ¿sale ya para el mercado? - Preguntó el gato estirándose sobre las manos y alargando su fibroso cuerpo como si fuese de goma-
- Buenos días, querido. Así es, he de vender las últimas muñequitas porque con este invierno tan crudo que hemos tenido...Nuestra despensa está bajo mínimos.
- Bueno, no se preocupe, pronto volverá a estar llena. He pensado que Pepe y yo podemos trabajar en el huerto esta mañana, hay que arrancar algunas hierbas y cavar las fresas que ya están saliendo.

Doña Sinforosa cogió al minino cariñosamente entre sus brazos acercando la cara de Carmelo a la suya.

- Mi querido, querido amigo, no es necesario que trabajéis porque vuestra compañía me basta para ser feliz, las despensas de mi corazón están repletas.
-Rrrrrrrrrr. El gato comenzó a ronronear cerrando sus ojitos y acariciando la barbilla de la dama. - Lo hacemos felices doñi, somos una familia así que todos ayudamos en lo que podemos. 
Doña Sinforosa depositó a Carmelo en el suelo regalándole varias caricias extras en su suave cabeza.
- Te prepararé un tazón de leche con miel y unas galletas. Despierta por favor a Pepe y así desayunamos todos juntos- Rozó la nariz del minino con su dedo índice- ¿De acuerdo?
- ¡De acuerdo doñi! 
En un segundo Pepe el jilguero entraba en la cocina que voló hasta el hombro de la dama para acercar su cabecita a modo de caricia.

- ¡Buenos días mi pequeño cantor! - Exclamó doña Sinforosa acariciando a Pepe-
- ¡Buenos días doñi!

Mientras servía la mesa, el jilguero cantaba una linda melodía. Pronto hubo sobre el mantel leche calentita, galletas, algo de alpiste, miguitas de pan y tarta de frambuesa porque a Carmelo le encantaba. Desayunaron felices, después, el gato y el jilguero salieron a despedir a su amiga, pero ante la mirada extrañada de los animales, doña Sinforosa volvió sobre sus pasos.


- Chicos, ¿queréis acompañarme al pueblo?

Pepe y Carmelo se miraron, el gato tenía planes, se había empeñado en arreglar las fresas del huerto así que animó al jilguero a acompañar a la doñi. De este modo, quedaba más tranquilo sabiendo que doña Sinforosa no partía sola.
El gato vio como sus amigos se alejaban andando por el prado. La falda de la dama acariciaba las hierbas, flotaba sobre las flores secuestrándolas por segundos y liberándolas a cada paso que daba. El pájaro, feliz canturreaba en el hombro de su mentora.

- Me preocupa que lleve tanto peso usted sola, si pudiese ayudarle... - Habló Pepe al percatarse de los aparatosos trastos que portaba la doñi-
- No te preocupes querido, estoy acostumbrada a estos menesteres, además, ahora pasaremos por la granja de los Silva, allí siempre hay alguien que a estas horas baja al pueblo y seguro que tiene a bien llevarnos.

Abandonaron el camino y llegaron hasta un gran caserón blanco; el pájaro se quedó asombrado por la cantidad de animales que pastaban en los alrededores. Bajo un roble, don José cargaba varios fardos en un carro tirado por una mula, al ver acercarse a la dama detuvo su trajín y fue raudo a saludarla.


- ¡Doña Sinforosa! ¡Ya la echábamos de menos por la granja! Hace semanas que no baja al pueblo así que estábamos preocupados. Hoy mismo, sin ir más lejos, iba a enviar al mozo hasta Villa Rosita para saber de usted.
- ¡Ay don José, ustedes siempre tan amables! Gracias, de salud estoy bien pero con el tiempo que hemos tenido no me he atrevido a salir de casa, así que he aprovechado para coser y arreglar algunos muebles que ya necesitaban un poco de atención.
- Bueno, bueno amiga mía, eso está muy bien. Voy a bajar al pueblo a llevar la leche y algunos quesos que me encargó don Hilario, el de los ultramarinos Ambrojo. Si quiere puedo llevarla, siempre tengo sitio para una dama y sus muñequitas - Dijo sonriendo-
- ¡Oh, muchas gracias don José!, ya sabe que me viene muy bien poder transportar todo esto en el carro.
-Faltaría más, señora mía.

Don José se percató de la nueva compañía de la dama.

- Doña Sinforosa, ¿y ese pequeño jilguero? Es realmente bonito.
- Pues mire, llegó a casa moribundo en mitad de una tormenta, lo recogí y lo cuidé, ahora alegra con su canto mis días. Es tan simpático que me acompaña allá donde voy, así que hoy he decidido llevarlo conmigo al mercado. 
- Usted y ese amor por los animales...La envidio señora, créame. Tenga cuidado allí abajo porque un animal tan manso puede ser un plato apetitoso para cualquier amigo de lo ajeno. Por no hablar de los gamberros...
- Pierda cuidado, no lo perderé de vista -Contestó doña Sinforosa-

Don José pone su dedo cerca de las patitas de Pepe que raudo se dispone a tomar posesión del mismo. El hombre sonríe y le otorga unas caricias.

- Don José, quisiera pasar un minuto a saludar a doña Amparo, hace tanto que no nos vemos...
- Faltaría más, pase, pase. Yo me quedo aquí ultimando las cosas. 
- Voy a entrar por la puerta de atrás, como siempre,  así veo a sus preciosas ovejas; ya sabe que me parecen las más hermosas de la comarca.

Doña Sinforosa dio rodeo a la casa, sabía que en el cercado estaría su amiga Lola y aprovechó para entregarle un presente.

- ¡Doña Lola! ¡Amiga mía cuánto tiempo! 
La oveja levantó la mirada y vio a su amiga que la saludaba sonriente; rápido corrió hasta la valla para corresponder al saludo.
-¡Buenos días tenga, amiga querida! No sabe cuánto la hemos echado de menos. Pero bueno, ¡qué bien acompañada viene! ¡Pepe, encantada de volver a verte!
- Buen día doña Lola, ya ve, de buena mañana acompañando a la doña. 

Intercambiaron saludos y algunas buenas noticias, como la maternidad de doña Francisquita, -la burra de los vecinos-, y la incorporación de un nuevo capataz a la granja. Don Severo estaba ya viejito y casi no podía hacer su trabajo, ahora vivía con sus hijos en el pueblo, pero pasaba casi toda la semana con los Silva. A decir verdad, don José le echaba de menos y había decidido que se quedara, de ese modo descansaría de sus años de trabajo disfrutando de la quietud y tranquilidad de los campos que había cuidado como si fueran propios. De paso, le hacía compañía a su suegro, don Marcelino, con quien había trabado buena amistad a lo largo de los años.

- Lola, tienes razón, don Severo no se hará nunca a estar en el pueblo, él pertenece a estos paisajes y es aquí donde ahora debe estar, disfrutando de un tranquilo retiro.
- Ya lo creo, doñi, tenía usted que ver cuando llega el hijo los sábados para llevarlo a su casa, el pobre es todo tristeza…, y eso que tiene dos nietecitos. A doña Amparo se le parte el corazón, así que los domingos por la tarde, su regreso es toda una fiesta.

- Te entiendo, querida, te entiendo- Dijo doña Sinforosa moviendo afirmativamente la cabeza-
- ¡Oh, casi me olvido! Lola, te he traído un presente, creo que te gustará porque se llama igual que tú.

Doña Sinforosa extrajo de su bolso una linda oveja fabricada con rizo de toalla, iba acompañada de un jabón que ella misma había elaborado y un botecito de esencia del bosque con un cepillo especial para la lana.

- ¡Oh, doña Sinforosa!, ¡es lo más bonito que he visto en mi vida! Pero... No tenía que haberse tomado tantas molestias por mí.
- Querida, no es ninguna molestia, espero verte el sábado por casa a la hora del té.
- Cuente conmigo. Le agradezco mucho este presente, el mismo sábado estrenaré la esencia para ir a visitarla. Dele recuerdos a Carmelo. Pepe, cuida bien de la doñi.
-Gracias Lola, nos vemos en unos días, hasta entonces cuídate mucho. Llevo algo de prisa porque tengo que saludar a doña Amparo y bajar al pueblo. Me alegra haberte visto.

Doña Sinforosa acarició varias veces la cabeza de la oveja y ambos se despidieron de ella hasta el sábado.
Ya en el mercado, nuestra amiga dispuso como de costumbre su pequeño puesto. Don José se aseguró de que todo estaba en orden antes de marchar y desearle una buena venta.

- Vamos a ver... Carmelita, hoy te pondremos aquí cerca de doña Juana, y a ti Paquita junto a Flor.

Una a una fue sentando a las muñecas en la mesa, todas preciosas y elaboradas con ese amor que solo ella sabía poner en sus labores. Había traído también unos cojines muy hermosos que había bordado junto a Pepe en las tardes que la nieve blanqueaba los prados. Doña Sinforosa pinchaba la aguja y el jilguero tiraba del hilo bien arriba. ¡Fue divertidísimo! 


- Bien, todo dispuesto, estas verjas que me ha dejado don José son preciosas y creo que le darán un toque hogareño a la composición- Susurró la dama al terminar de colocar su puesto-

La mañana transcurría tranquila, había vendido ya dos muñecas y un cojín cuando el jilguero pidió permiso para echar un vistazo por el mercado. Doña Sinforosa le recordó la necesidad de andarse con precaución, pues los chicos andaban a esas horas con los tirachinas y algunos tenían una puntería endiablada.

-Descuide doñi, tendré mucho cuidado.

No habían pasado quince minutos desde la partida de Pepe, cuando en los puestos de más arriba se organizó tremenda algarabía.

- ¿Qué sucede? -Preguntó la dama a una señora que bajaba justo del lugar de donde provenían los gritos.
- Pues al parecer, unos chicos han querido cazar a un pájaro que andaba revoloteando por los puestos, el animal intentado escapar se ha escondido en el tenderete del señor Amalio, el lechero, con tan mala fortuna que ha tirado una cántara de leche; y ya sabe usted el humor que se gasta ese hombre. ¡Está que trina!

- ¡Oh Dios mío! ¡Ese es Pepe!- Pensó doña Sinforosa-

Agradeció la información y se dirigió hacia el puesto del lechero.
- ¡Ahí viene! - Se oyó decir- ¡Ella es, ella es la dueña de ese pajarraco, la he visto esta mañana mientras montaba el puesto!

Una mujer entrada en años, enjuta, arrugada como un sarmiento y envuelta en un elegante vestido negro, señalaba a nuestra amiga con el dedo.

- Buenos días don Amalio ¿Qué ha sucedido? -Preguntó doña Sinforosa en tono amable-
- ¿Es suyo este pájaro, doña Sinforosa? -Le enseñó una jaula donde Pepe permanecía encerrado. A la dama casi se le rompe el corazón al ver a su amigo allí metido-
- Sí, lo es. Se ha debido escapar mientras montaba mi puesto; ruego me disculpe si le ha ocasionado algún contratiempo.
- ¿Algún contratiempo, dice? ¡Señora mía, su querido pajarraco ha tirado una cántara de leche llena y no pienso soltarlo mientras usted no me pague los reales que cuesta! ¡Con que ya está poniendo el dinero sobre la mesa o le juro que esta mediodía comeré pájaro frito!
- Don Amalio, no creo necesaria esa medida, ahora mismo abonaré el importe del destrozo.

Las gentes murmuraban alrededor de doña Sinforosa, el mercado se había quedado prácticamente vacío y todas las señoras se habían concentrado en el lugar del altercado.

- Ahí tiene, creo que con eso será suficiente. Ahora, por favor suelte a mi pájaro- Ordenó la doñi muy seria-
- De mil amores, pero mire lo que le digo, si vuelvo a verlo por aquí sacaré mi escopeta y no tendré piedad.
- ¡Es usted un ....! - Por educación, la dama retuvo sus palabras. Recuperó a Pepe y se alejó con él entre las manos, abriéndose paso entre una multitud que a veces le daba la razón y a ratos se la quitaba.
- Doña Sinforosa, le pido mil perdones por haber sido tan poco cuidadoso, pero de verdad que no vi esa cántara - Habló el jilguero en tono angustiado-
- Pierde cuidado Pepe, tú no tienes la culpa, ese viejo diablo es un cascarrabias que habría hecho cualquier cosa por sacarle los cuartos al primero que se lo pusiera fácil.
- No la entiendo...
- Pues que aprovecha cualquier oportunidad para colocar su mercancía de modo que esté a punto de caer con un leve roce. No es la primera vez que él mismo empuja disimuladamente alguna cántara y culpa a los chiquillos o a cualquier señora mayor que camine con cierta dificultad. Es una actitud abyecta y despreciable.
- ¿Lo dice en serio? - Preguntó Pepe extrañado-
- Totalmente querido, tú no has podido tirar esa cántara, no tienes fuerza suficiente para ello, así que no te apures.
- Pero el dinero...
- El dinero va y viene. Fin de la conversación - Zanjó doña Sinforosa-

Pepe respiró aliviado, recogieron el puesto y se dirigieron hacia el interior del pueblo. La doñi tenía que resolver allí un asunto muy importante.
Llegaron hasta una casa señorial pintada en colores muy llamativos, en la puerta un señor dio la bienvenida a la mujer.
El interior era algo oscuro para el gusto de la dama, pero elegante y distinguido. Los muebles parecían tallados a mano y los cuadros eran muchos y variados. Anduvo unos metros y llegó hasta un precioso jardín interior con plantas exóticas, allí, un matrimonio entrado en años la recibió con toda amabilidad. 
- Don Matías, doña Mariquilla, encantada de volver a verles- Pronunció doña Sinforosa al tiempo que empujaba la cabecita de Pepe para que permaneciese en el interior del bolsillo de su falda-
- La estábamos esperando, por favor, tome asiento - Pronunció don Matías poniéndose en pie-

Doña Sinforosa procuró sentarse de modo que su amigo estuviese cómodo, en nada, éste volvió a subir la cabeza sabiendo que bajo la mesa nadie podría verlo. Por no hablar de que así escucharía mucho mejor la conversación...

- Entonces - Tras los saludos de rigor tomó la palabra la dama- La oferta del dog-cart, ¿sigue en pie?
- Oh sí, doña Sinforosa- Habló la vieja señora- Nosotros ya no vamos a salir a la montaña, y hemos pensado que ese carruaje podría venirle de perlas para sus traslados desde Villa Rosita, por ello nos pusimos en contacto con usted antes de las nieves.
- La verdad es que no imaginan lo mucho que me ayudaría, siempre ando necesitando de la amabilidad de todos y con ese coche incluso podría desplazarme a otros pueblos para vender mi mercancía.
- ¡Oh, por supuesto! Es una excelente idea amiga mía- Exclamó don Matías- La animo a que la ponga en práctica.
- Pues bien, si el precio sigue siendo el mismo, no hay más que hablar. Me lo quedo – Sentenció doña Sinforosa sonriente-
- ¡Esto hay que celebrarlo! - Propuso don Matías- Tome con nosotros un licor de almendras amargas de nuestras bodegas. Mientras, uno de los criados dispondrá el coche y el caballo para que pueda llevárselo.

Tras cerrar la compraventa, los señores y su invitada salieron al jardín para ver el dog-cart, un modelo de coche muy funcional y bastante apropiado para nuestra amiga.

- Ahí lo tiene, doña Sinforosa- Dijo don Matías- La verdad es que he pasado muy buenos ratos con él pero uno se hace mayor y no necesita la mitad de las diversiones que tenía de mozo. El caballo es muy noble, sé que estará bien con usted.
-Descuide, de sobra sabe que los animales son mi debilidad. El coche es una maravilla y estoy segura de que el caballo será también un fiel compañero.


En unos minutos el carruaje estaba listo. Habían acoplado el caballo y sólo faltaba que su nueva propietaria tomase posesión de ambos.

- Gracias por todo, han sido ustedes muy generosos conmigo porque de sobra sé que el precio que me han puesto por él, es muy inferior al que hubiese podido alcanzar en cualquier mercado.
- Oh querida, pero queríamos que lo tuviera usted, sabemos que no podrá estar en mejores manos- Dijo doña Mariquilla- Pero espere, ¡casi me olvido! Se adentró en la casa con pasos acelerados y al instante volvió con una preciosa manta inglesa.
- Tome, la he usado durante muchos años, ahora quiero que la tenga usted. Me he permitido la licencia de bordarle sus iniciales.

La señora le entregó la manta sonriente, doña Sinforosa no escatimó palabras de agradecimiento. Se despidieron con la promesa de volver a verse el domingo.
Pronto abandonaron el pueblo y se adentraron en los caminos. El coche era una bendición, doña Sinforosa y Pepe estaban tan contentos que no pararon de cantar en todo el trayecto.

A la llegada a Villa Rosita...

- ¡Carmeloooo! ¡Sal tienes que ver esto! - Voló Pepe hasta el interior de la casa sorprendiendo al gato que se hallaba preparando un postre a base de nata.
- Pero... ¿Qué ocurre? ¿A que viene tanto jaleo?- Preguntó desorientado-
- Sal ahí afuera y lo verás- Le contestó el jilguero-

Carmelo se quedó sorprendido ante la visión que ofrecía doña Sinforosa feliz sobre su flamante coche. Una lagrimita se escurrió entre las pestañas del minino, de sobra sabía los esfuerzos de la mujer para bajar al pueblo cada día en los periodos de frío y los de fustigante sol. Ahora, un sueño largamente acariciado se hacía realidad ¡Por fin, por fin, doña Sinforosa tenía un medio de transporte como merecía!

- ¡Carmelo! ¡Pero no llores querido! -Exclamó la dama al ver la emoción del gato!- Venga, sube que vamos a dar un paseo los tres.
- De acuerdo pero.... ¡Yo también tengo una sorpresa!

El jilguero y la doñi se miraron extrañados viendo como el gato corría al interior de la casa.

-¡Que alguien me eche una mano! - Se oyó desde su interior-

Doña Sinforosa bajó rauda y se encontró con una grata visión. Carmelo había preparado un almuerzo a base de empanada de atún y frambuesas con nata para el postre. Ahora sólo quedaba coger un mantel y la cestita para llevarlo hasta algún lugar en mitad del hermoso bosque, una vez allí, los tres darían buena cuenta de la vianda.
Ya acomodados en el coche, tomó la palabra el jilguero.


- Habrá que poner un nombre al caballo, ¿verdad?

- Oh, no es necesario. Me llamo Juan, Juanito para los amigos- Contestó el equino sorprendiendo a los presentes-
- Bien Juanito, pues llévanos a un sitio hermoso donde celebrar que nos hemos conocido ¡En marcha! –Anunció doña Sinforosa exultante de alegría-


El carruaje se adentró en el bosque, desde lejos se oían los cánticos de la feliz y peculiar familia a la que sin pensar, había llegado un nuevo integrante, Juanito.
Número de Registro Propiedad Intelectual: 201399901322175

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