domingo, 15 de marzo de 2026

EL GAMBIGRUPO Y EL SECRETO DE LA CALZADA ROMANA. Exclusiva en la Charca de los Patos

Un sábado más en el Tejar, un sábado en el que la lluvia había dado paso a ese frío intenso que se instala en el Guadiato cuando llega el invierno. Aunque eso para el Gambigrupo no era obstáculo: bien abrigados podían salir a sus aventuras, y precisamente eso planeaban sentados junto a la chimenea en compañía del abuelo José, Dimas y las mascotas.

—¿Qué haces con esa piedra, Julián? —preguntó Pepa al ver a su amigo sosteniendo algo parecido a un ladrillo.

—Me la encontré en la charca esta mañana cuando fui a dar agua al toro Caprichoso. Sin embargo, no parece una piedra normal… mirad la forma que tiene.

Patricia la tomó en las manos y la giró para observarla.

—Esta piedra está trabajada, se nota a legua.

—¿A ver? —dijo el abuelo levantándose y tomando a su vez la piedra entre las manos—. Pues… un poco rara sí que es. A ver, chicos, la charca la hizo mi abuelo Francisco para abastecer de agua al tejar y al ganado. No recuerdo que hubiera zonas empedradas.

—¿Dónde la encontraste exactamente? —preguntó Dimas.

—En vez de tanto hablar, ¿por qué no nos abrigamos bien y vamos a verlo? —propuso Estrella levantándose.

—Es una idea magnífica, chicos, pero ni el abuelo ni yo podemos ir ahora. Tenemos cosas que hacer. Id vosotros y os seguiremos más tarde.

Así fue. Los chicos se levantaron, se pusieron los abrigos y salieron a todo correr con sus bicis hacia la charca. Al llegar a la zona, Tejo se puso a escarbar y Gambita le ayudó, aunque el gato dejó pronto lo que estaba haciendo para salir como un rayo a perseguir “algo” que nadie pudo ver.

Junto al hueco que había dejado la piedra que tenían aparecieron más. Julián apartó un poco de tierra con la punta de la bota.

—Esto no es un camino cualquiera —murmuró.

Patricia se agachó aún más. Las piedras estaban demasiado bien colocadas. Pepa levantó la vista hacia la Charca.

—Chicos… creo que acabamos de encontrar algo muy antiguo.

Entonces propuso ir a por palustres al Tejar. No hizo falta que acabara la frase: Julián montó en su bici y en menos de diez minutos estaba de vuelta con toda clase de utensilios.

Escarbaron, barrieron… hasta que, tras descubrir un metro de camino empedrado, se dieron cuenta de que no estaban ante algo común.

—Chicos… esto no lo ha hecho un tractor —dijo Patricia.

—No, ni es un camino de ganado. Estoy seguro de que continúa y de que es recto —respondió Julián con los ojos clavados en el suelo—. Las lluvias han descubierto un tesoro, amigas… un tesoro de verdad.

—Un tesoro que se hizo hace dos mil años… —pronunció Estrella con la mente en otro lugar: Mérida, su ciudad, y aquella aventura que vivieron en el Museo Nacional de Arte Romano donde consiguieron rescatar el busto de Augusto robado por ladrones. Aún quedaba en la memoria aquel viaje con el Gambigrupo y lo bien que fueron tratados por las autoridades emeritenses por resolver aquel caso.

Dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se miraron desconcertados, pero felices. Al fin Pepa rompió el momento mágico.

—Gambigrupo… acabamos de descubrir una calzada romana. Y está en nuestra charca. ¿Quién lo iba a decir? ¡Nosotros, que para poner a prueba a los amantes de la historia les pedimos decir de carrerilla los nombres de los emperadores julio-claudios! ¡Nosotros, que detuvimos ladrones con piezas extraídas de yacimientos romanos! ¡Nosotros… hemos sido nosotros!

Se levantaron y se abrazaron muy fuerte tras estallar en carcajadas y vítores tan altos que la algarabía llegó hasta el Tejar. En nada se presentaron allí el abuelo José y Dimas. Los chicos les explicaron lo ocurrido.

—Abue, si nuestro instinto no nos falla, esta es la calzada romana que unía Córdoba con Mérida. Una de las grandes carreteras de Hispania —anunció Pepa con alegría contenida.

El abuelo José se quedó boquiabierto. Se mesó la barbilla y añadió:

—Si lo que hay aquí es lo que pensamos, estamos ante la “autopista” de los metales. Por aquí circulaban plomo, cobre, plata y distintos minerales de Sierra Morena que bajaban hasta el río Betis, nuestro Guadalquivir actual, para enviarlos a Roma.

Sonrió y miró a Dimas. No podía creer lo que veía. Al final era verdad eso de “por aquí pasaban los romanos” que siempre dijeron los mayores.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Julián.

—Está claro —respondió Patricia—. Llamar al Seprona, aquí no tenemos los de patrimonio, pero sabrán cómo proceder.

De repente se dieron cuenta de que Dimas permanecía serio, mirando el trozo de calzada que los chicos habían descubierto.

—¿Qué ocurre, Dimas? —preguntó el abuelo.

Dimas meneó la cabeza mientras miraba fijamente el hallazgo.

—José… ¿y si nos quitan la charca?

El silencio cayó como una losa sobre la Charca de los Patos. Las risas se apagaron por unos segundos hasta que el abuelo habló pasando su brazo por el hombro de su amigo.

—Tranquilo, Dimas. Nadie nos quitará nada; todo lo contrario. Si conseguimos que recuperen la calzada, la vida volverá a este lugar. Los niños vendrán de nuevo a merendar, los vecinos pasearán otra vez por aquí y los viajeros harán fila para ver esta maravilla.

Julián se acercó y cogió de la mano a Dimas.

—Dimas, también habrá que velar para que Caprichoso no se dé paseos por la calzada… porque él no tiene caligae.

El hombre miró al niño extrañado.

—Las caligae eran las sandalias que llevaban los soldados romanos —explicó Julián—. En la suela llevaban tachuelas y por eso sonaban cuando desfilaban.

De repente, Dimas imaginó al toro con sandalias y no pudo reprimir la risa. Quiso decir algo, pero cada vez que abría la boca le venía otra carcajada, que acabó contagiando a todos.

Con el paso de los días llegaron las pruebas definitivas para saber si aquello era, en verdad, una calzada romana. Un grupo de profesionales, ante la atenta mirada del Gambigrupo, utilizaba las últimas tecnologías para averiguar la verdadera dimensión del descubrimiento.

Se trataba de una tecnología aérea llamada LiDAR, un sistema láser capaz de analizar el terreno desde el aire y detectar caminos antiguos ocultos bajo la vegetación.

Para sorpresa de todos, los primeros resultados revelaron la existencia de unos 3,4 kilómetros de calzada, con aproximadamente 12 metros de anchura.

—¡Pero para la época eso era enorme! —exclamó Pepa—¡los caminos romanos no iban más allá de 5 o 6 metros!

—¡Ya lo creo! —respondió el técnico—. Esta vía estaba preparada para carros, tropas y transporte de mineral.


Estrella añadió:

—Chicos… esto forma parte del corredor natural del Guadiato, una antigua vía que atravesaba lugares como Belmez, Peñarroya-Pueblonuevo o Fuente Obejuna.

El Gambigrupo se miró en silencio. Aquellas piedras que habían descubierto junto a la Charca de los Patos podían formar parte de un camino construido hace casi dos mil años.

En ese momento se perfiló una silueta a lo lejos. Una dama elegante vestida con ropas de campo. Los chicos la reconocieron al instante.

—¡Doña Sinforosa!

La llamaron con júbilo y le contaron lo sucedido atropellándose en el relato.

—¡Pero esto es magnífico! ¡Un verdadero tesoro!

La tarde caía y todos se despidieron. Acordaron que, de momento, era mejor tapar la parte que los chicos habían descubierto para evitar peligros. Doña Sinforosa se despidió y siguió su camino.

A no muchos kilómetros de allí, Casa Encantada se preparaba para la noche. La llegada de doña Sinforosa, cuando el sol ya se había despedido, les resultó un tanto extraña. Don Leonardo Peinacanas, el ratón bibliotecario, salió a saludar y a saber el motivo de tan estupenda visita.

—¡Querida amiga! ¿Qué la trae por aquí?

Doña Sinforosa le contó todo lo que había visto en la Charca de los Patos, pero no se dio cuenta de que una pequeña y revoltosa lagartija estaba escondida tras el cuadro de la chimenea y escuchó todo. Rauda, se dirigió a la emisora de radio: el Guadiato tenía que conocer el hallazgo y ella tendría el gran honor de dar la exclusiva.

Sin embargo, en su camino se topó con Plumillas.

—¡Ey, Matilda! ¿Adónde vas tan apurada? —le preguntó el ratón, feliz de ver a su amiga.

—A la emisora. Quiero repasar el programa de esta noche para que salga muuuy bien —contestó disimulando el fastidio.

Plumillas oyó voces en el salón y miró a su amiga. Reconoció a doña Sinforosa y pensó en salir a saludar, pero la lagartija intentó distraerlo con toda clase de propuestas. Sin embargo, el ratón insistía en ir a saludar.

—Está diciendo algo de una calzada romana —comentó el ratón, dirigiéndose ya al salón, mientras la lagartija lo sujetaba e intentaba convencerlo para que entrara en la emisora—. ¡Matilda, suéltame, por favor!

Su amiga obedeció fastidiada. Sus deseos de ser la que diera la exclusiva de aquel descubrimiento se esfumaban.

En ese momento, los ratones cocineros, Blasito y Benito, se acercaron felices.

—¡Ah, estáis aquí! ¿No os habéis enterado de la noticia? —preguntó Blasito—. Un grupo de jóvenes ha descubierto una calzada romana en la Charca de los Patos.

Plumillas miró a Matilda y entendió. Su afán por distraerlo no obedecía a otra cosa que al interés de la lagartija por mantenerlo al margen y poder dar ella la noticia. Al achacarle la fea intención, Matilda quiso hacer ver que no era así, pero sus excusas eran cada cual más absurda y peregrina.

Se enzarzaron en una discusión elevando tanto el tono de voz que en toda la casa se percataron de que, de nuevo, Matilda y Plumillas andaban enzarzados en una de sus disputas. Don Leonardo salió al pasillo y los llamó al orden. Luego los hizo ir hasta el salón.

—¡Quería quedarse con la exclusiva del descubrimiento de la calzada romana! —gritó Plumillas, muy enfadado.

—¡Eres un embustero! ¡Te lo iba a decir! —gritaba también Matilda, enseñando sus afilados dientecitos.

Poco a poco, los habitantes de Casa Encantada se fueron dando cita en el salón principal de la casa. El Mago Pirú les reprendió duramente. Hacía pocos meses del enfado de Navidad, cuando tuvieron que hacer venir nada más y nada menos que al embajador Jorge Dezcallar para que mediara entre ellos.

—¡Bueno, ya está bien! —se impuso la voz del mago por encima de las demás—. ¡La exclusiva la vais a dar los dos o no la dará ninguno, porque convertiré vuestra emisora en un pajar!

Cuando el mago se enfadaba daba bastante respeto. Su cara afable se transformaba y hasta parecía crecer de tamaño.

—Exacto, chicos —le apoyó doña Sinforosa—. Mañana por la mañana me acompañaréis hasta el Tejar y desde allí daréis la noticia. ¿Os parece bien?

—De acuerdo —contestó Matilda—, ¿pero qué pasa si nos ven? Ellos son gente no mágica.

—¡Ay no te creas! —contestó la doña—. Vais a ver al Gambigrupo. Ellos… salvaron la Navidad hace unos años.

De repente se hizo el silencio. Había gente mágica al otro lado de la casa y ellos no lo sabían.

—Bueno, pero eso es una historia que os contaré otro día. A ver, el periodista y la lagartija, acercaos. Os voy a enseñar unas fotos que hice a los mapas para que las publiquéis en el periódico Casa Encantada Noticias.

Obedecieron y, más calmados, decidieron colaborar y hacer las cosas bien.

A la mañana siguiente, andando, llegaron hasta la Charca de los Patos. Por el camino, doña Sinforosa les había dado toda la información sobre la charca, el Tejar, el abuelo José, el Gambigrupo…

Al ver el lugar, se quedaron maravillados. Aquello era precioso. La hierba crecía verde y brillante, salpicada de margaritas y amapolas. Algunos patos nadaban tranquilos y las garcetas se veían aquí y allá. Matilda y Plumillas se quedaron mudos. Así que aquel era el centro de operaciones del grupo más atrevido del Guadiato.

Plumillas propuso grabar y que fuera Matilda quien diera la noticia. Montó el trípode y colocó el móvil mientras esperaba a que la lagartija se bajara de los muros de la charca. No había parado un segundo desde su llegada.

—¡Matilda! ¡Que te bajes! ¡Van a salir del Tejar y nos van a pillar! ¡Boba! —le gritó el ratón, perdiendo la paciencia.

Del Tejar no saldría nadie porque doña Sinforosa había ido a saludarlos y evitar así que pudieran interferir. El Gambigrupo era muy avispado; toda precaución con ellos era poca.

La lagartija acudió rauda, dando saltitos entre la hierba, hasta que al fin se colocó sobre la calzada descubierta por los chicos y que aún no habían vuelto a cubrir. Se recolocó el lazo rosa de la cola, se pasó los dedos por las pestañas y cogió el micrófono.


—Buenos días. Estamos en directo desde Los Tejares.

—¡El Tejar! —corrigió Plumillas.

Una vez terminaron, decidieron no esperar a doña Sinforosa y volvieron a la emisora. Habían dado la noticia más importante del día y estaban pletóricos. Pero para la lagartija no era suficiente, así que escribió sola un artículo, sin esperar a Plumillas, que se había entretenido con don Leonardo comentando la buena nueva.

El lunes aparecía en los periódicos:


El Gambigrupo devoró las noticias, satisfechos por haber sido ellos los descubridores de aquella calzada. Sin embargo, Pepa…

—¡Cómo que Los Tejares! ¿Quién ha escrito esto?

—Pues… aquí firma una tal Matilda —contestó Estrella leyendo uno de los periódicos—. También pone Charca de los Patos, aunque su auténtico nombre es “Charca del Tejero”.

—Bueno, eso se les puede perdonar porque por aquí todo el mundo la conoce como Charca de los Patos. Pero Los Tejares, no. Un buen periodista siempre debe documentarse bien. ¡Es el Tejar! Voy a averiguar quién es esa Matilda.

Mientras, en Casa Encantada, Plumillas reñía a Matilda por no haber esperado a escribir juntos el artículo.

—¡Y encima vas y te equivocas! ¡Siempre igual! —decía mientras agitaba el periódico en el aire delante de la lagartija.

—¡No es para tanto! Todo el mundo llama así a esa charca, ¿no? Y bueno… ¡puse Los Tejares en vez de El Tejar! ¡No se va a apagar el sol por eso!

Plumillas salió de la emisora enfadado, dispuesto a escribir un nuevo artículo y visitar el lugar. Eso sí, le habían hablado del tal Gambita, del que tenía que cuidarse mucho. Pero un ratón que se había batido con Ojáncanos ya no temía a nada.

Así que… ¡Charca de los Patos! La aventura romana comienza

Y mientras el Gambigrupo seguía vigilando su descubrimiento, Roma volvía a abrir camino en el corazón del Guadiato.