miércoles, 27 de agosto de 2025

TOMÁS, EL ÁNGEL TRAVIESO. Un cuento de amor, cielo y familia

Diez de la mañana en el cielo. Bueno… ya sé que en el cielo el tiempo no existe, pero para entendernos. Como cada día, san Rafael Arcángel repasaba la lista de los ángeles que irían a la Tierra como bebés; por supuesto, su área de acción era Córdoba y provincia. Y también como cada día, un pequeño revoltoso protestaba porque nunca le llegaba la hora de ver a su mamá.

En el cielo hay cole y, de todos los profes, san Rafael es el más esperado. Sin embargo, no siempre los angelitos vienen a la Tierra nada más elegir mamá, pues ello necesita una preparación muy, pero que muy organizada.

A la salida de clases, al pequeño Tomás lo esperaba la bisbi Carmelita, que es como llamaba nuestro protagonista a su bisabuela Carmen. Él ya había elegido mamá, pero… al Arcángel nunca le parecía lo suficientemente preparado como para ir a su barriguita.

—A ver, Tomás, ¿por qué lloras ahora? —le preguntó la bisbi.
—Porque san Rafael no quiere mandarme con mi mamá; dice que he sido travieso y que así no puedo ir con ella.

El pequeño ángel se frotaba la cara con los puños mientras las lágrimas le salían a borbotones.

—Bueno, muy bien no te has portado —le dijo bisbi Carmelita sonriendo—. Ayer le soltaste los bueyes a san Isidro y uno todavía no ha aparecido; y al tata Manuel y a la tata Luisa les escondiste las llaves del comercio y no pudimos abrir por la tarde. ¿Y qué le hiciste al bisbi Manolo la semana pasada? Le quitaste las muletas… ¡Muy bueno no eres, eh!

En realidad, las trastadas de Tomás siempre eran divertidas, pero claro, san Rafael era tan estricto que no dejaba pasar una.

Los familiares del ángel Tomás vivían en el cielo muy entretenidos con sus cosas, aunque no lo creáis: allí hacen lo que les gustaba hacer aquí, así que mientras cuidan de los que tienen que venir, pasan el "tiempo" con lo que más felices les hacía y les hace.

—Bisbi… cuéntame otra vez cómo es mami, por favor…

—Pues mami, que es mi nieta querida, es una preciosa jovencita morena, de pelo largo y suave, ojos como luceros y corazón enorme. Es muy lista y trabajadora y te va a querer muchísimo. Además, tiene dos hermanos: la tita Carmen y el tito Manuel Juan que no se lo dice a nadie, pero está deseando tener un sobrino.

—¿Y los abuelitos? —preguntó ilusionado.
—La abuelita Marce y el abuelito Jose. ¡No sabes lo bien que cocina tu abuela! ¡Ya verás! Como no pongas freno, te pondrás como una bolita.

Tomás reía a carcajadas porque su bisbi le hacía cosquillas en la tripa.

—Pero el abuelo Jose es serio, me dices, así que tendré que ser el doble de trasto que aquí.
—No es serio, solo que no le gustan… los malos —le aclaró bisbi Carmelita.
—Seré trasto —repitió sonriendo y ladeando la cabeza.
—Te va a querer igual.
—Pues trasto y medio ¡Hecho! Ja, ja, ja, ja, ja.
—Tienes muchas ganas de ir, ¿verdad? —le preguntó su bisabuela con el corazón encogido, porque si bien iba a hacer muy felices a los suyos en la Tierra, allí se quedaba sin su ángel favorito.
—Sí —contestó en voz baja— y no sé qué hacer para conseguirlo.
—¡Pero yo sí! Vamos ahora mismito a hablar con Jesús; él entenderá tus razones.

Desde el cole se dirigieron al bosque, donde a esas horas solía estar Jesús jugando con los niños que acababan de llegar. Nada más verlos, los invitó a acercarse agitando su mano. Tomás voló a sus brazos, y fue recibido con tanto amor que empezó a dudar de su venida a la Tierra.

—¿Qué trae por aquí a la bisbi Carmelita y a su ángel Tomás? —preguntó mientras los niños con los que jugaba se alejaban prudentemente hacia otra zona del bosque.
—Querido Jesús, mi bisnieto quiere ir ya a conocer a su mamá a la Tierra, pero el Arcángel san Rafael piensa que no está preparado porque es un poco… inquieto —lo dijo enarcando las cejas y mirando fijamente a su interlocutor para que entendiera.
—Ya… inquieto —contestó Jesús pellizcando con ternura el moflete de Tomás—. Vayamos a dar un paseo por el bosque y hablemos.

Jesús dejó en el suelo al pequeño y extendió sus manos con las palmas hacia arriba. Ellos las tomaron, uno a cada lado, y comenzaron un largo y bello paseo en el que hablaron de muchas cosas y ultimaron muchos detalles.

—Creo que lo mejor es que hables con san Rafael para ver si puedes hacer algún trabajo extra que te permita ir pronto con mamá —sugirió Jesús.
—¡Me tiene manía! ¡No le pregunto nada!
—¡Tomás! —le riñó la bisbi—. Aquí nadie tiene manía a nadie. ¡No seas maleducado! Después que elegí este nombre porque tenemos un familiar sacerdote en la Tierra… Jesús, no se lo tomes en cuenta, por favor.

Pero Jesús reía y reía con las cosas de aquel ángel simpático y revoltoso. En realidad, lo que más le gustaba era rodearse de pequeños traviesos, porque eran los más divertidos.

—Y por cierto… —dijo la bisbi Carmelita, tomando de un pico la túnica de Jesús, al que cogió desprevenido—. ¿Pero tú has visto cómo llevas la túnica? ¡Está llena de remiendos, alma de cántaro! Anda, pásate luego por casa, te cojo medidas y te hago una nueva.
—Pero…
—¡Ni pero ni peras! —le interrumpió la bisbi sin que pudiera decir ni mú—. Te vienes y te hago una con bordados a máquina; vas a estar guapísimo. Vamos hombre, ¿dónde se ha visto que el Hijo de Dios vaya como uno de esos que hay ahora por España y que andan…
—¡Carmen, que te veo venir! —le cortó Jesús divertido.
—Pues eso… los coletas esos o como se llamen.

Jesús meneó la cabeza sonriendo. La bisbi no tenía remedio; si se empeñaba en algo, había que hacerlo de inmediato, así que iría a por su túnica nueva, que era una cosa que en realidad… le hacía muy feliz.

Se despidieron con la promesa de que hablaría con san Rafael, pero a cambio, Tomás debía ser buenísimo durante al menos dos semanas.

Al día siguiente, san Rafael llamó a Tomás a la salida de clase. Le dijo que tenía algo para él, y el ángel se sintió tremendamente ilusionado.

—Bien, pequeño, no puedo decir no al Jefe y he decidido que pronto irás con mamá Grego…
—¡Yupiiiiiii! ¡Por fin! —exclamó el pequeño mientras revoloteaba feliz alrededor del Arcángel, sin dejarlo hablar.
—¡No tan rápido, jovenzuelo! Quiero que hagas algunos trabajos antes de ir a la Tierra.
—¡Jopé! ¡Mira que eres aburrido! —dijo Tomás tapándose la boca y dándose cuenta de que había metido la pata… una vez más.
—¿Cómo has dicho? —preguntó el Arcángel poniéndose en jarras.
—¡José! José ha venido, eso quería decir. El padre de Jesús… ya sabes, el carpintero. Sabes quién es, ¿no? La semana pasada me hizo un caballito de madera y…
—¡Tomás! —lo frenó san Rafael en su verborrea, mientras se moría de risa por dentro.
—Quéééé… ¡Madre mía, que me vais a borrar el nombre!

El Arcángel tomó aire y elevó los ojos buscando algo en lo que centrarse para no reírse. Tomás era de todos los ángeles, el que siempre lograba distraerlo de sus fines y, a la vez, uno de sus preferidos, aunque en el cielo todos son queridos por igual.

—Pero mira que eres sinvergonzón, Tomás —dijo san Rafael meneando la cabeza y sonriendo—.
—Ave…

Aquella palabra hizo que el custodio de Córdoba rompiera a reír sin freno. Cuando al fin recuperó el aliento…

—Creo que estás más que preparado para ir a Peñarroya-Pueblonuevo, pero antes… —levantó el dedo para impedir que volviera a hablar— irás al comercio de tus tatarabuelos. Allí la tata Luisa te enseñará a estar detrás de un mostrador, tratar a las personas, hacer cuentas…
—¡Guay! ¡Me gusta! ¿Y qué más?
—San Isidro no encuentra a uno de sus bueyes; tienes que ir con él y buscarlo.
—Bueno, pero que… san Isidro es un poco aburrido, ¡todo el día rezando y tiene aquí a Dios! Bueno… a su Hijo. Pero que es pesao el hombre… —murmuró mientras se atusaba las plumas de las alas.
—Tomás… es quien cuida de las cosechas y de los hombres que trabajan la tierra, los labradores. Debes tener más respeto hacia él; no ha estado bien soltar a sus bueyes.
—Vaaaaale, iré a buscar a ese animal con él, pero cuando lo encontremos quiero que me suba y me dé un paseo.

El Arcángel no salía de su asombro, pero accedió a su petición. Se despidieron y el pequeño se marchó volando y cantando, feliz de saber que pronto conocería a su mamá.

Como os decía, en el cielo hay comercios, claro que sí. No son muy distintos a los de aquí, la diferencia es que se paga con amor. Uno de ellos lo tenían Manuel y Luisa, y hacia allí se encaminaba volando como un rayo nuestro ángel. Esa mañana tenía que ayudar a ordenar estanterías e iba dispuesto a hacerlo muy bien para ir pronto con mamá.

Había mucha clientela en la tienda, entre ellos niños, con los que Tomás se puso a jugar hasta que su tata Luisa lo llamó.

—Se acabó lo bueno, chicos, me llama la tata —dijo Tomás despidiendo a sus amigos.
—A ver, pequeño, ¿ves todas esas chuches? Pues tienes que sacarlas de los saquitos y ponerlas en aquellos tarros de cristal que tienes en el otro lado del mostrador —dijo, señalando hacia la esquina—. Cada tarro tiene una etiqueta; no te equivoques y pon cada cosa en su sitio.

La tata se marchó a atender mientras Tomás se afanaba en su tarea, feliz y encantado con el encargo. Pasado un buen rato y habiéndose despejado aquello de personas, el tata Manuel llamó la atención de su mujer.

—Luisa, mira tu tataranieto —dijo señalando al ángel.

Tomás estaba sentado en el mostrador con varios tarros de chuches alrededor y con los mofletes abultados. Se había comido más de tres nubes, varios barquillos de chocolate y masticaba algún otro manjar de los muchos que había allí para la clientela menuda.

—¡Tomás! —exclamó la tata Luisa—. ¡Pero será posible…! ¡Este ángel es lo más glotón que he visto en mi vida!

Tomás, sorprendido por haber sido pillado infraganti, dejó de masticar. Tenía el moflete izquierdo como si se hubiera metido una pelota de tenis. Sus tatarabuelos se acercaron y al verlo, no pudieron contener la risa.

—Pero criatura… se trataba de ordenar las chucherías, no de comértelas —le dijo el tata Manuel riéndose—. Así no terminas nunca. Por cierto, ¿has probado las bolitas de anís?
—¡Sois los dos iguales! —les dijo la tata Luisa—. Anda, en vez de ordenar los dulces, que no vas a dejar uno, mejor ven conmigo a revisar las cuentas.

El ángel se bajó del mostrador, no sin antes coger un puñado de bolitas de anís con la complicidad del tata Manuel y la sonrisa de Luisa, y muy atento se sentó junto al cuaderno de las cuentas.

—Tata Luisa… no le digas nada a san Rafael de que me he comido las chuches. Porfi…
—Yo no le digo nada, pero él… es un Arcángel, lo ve y lo sabe todo —le dijo poniéndose las manos en la cara como si tuviera unas gafas, haciendo reír a Tomás.
—¡Pues qué faena! Porque así no hay modo —se quejó el ángel, dejando el lápiz y cruzándose de brazos en clara señal de enfado—. ¿Y hay Arcángeles en la Tierra, tata?
—No, al menos que los llames.
—¡Ni de broma llamo yo al metete de Rafael!

En ese momento, el Arcángel apareció, para disgusto de nuestro protagonista, pero decidió no darse por enterado de lo sucedido.


—¡Pero bueno, mi pequeño ángel! Veo que has seguido al pie de la letra lo que te encomendé y estás ayudando a tus tatas. ¡Eso está muy bien! —dijo alborotando los rubios cabellos de Tomás.
—¿Has visto? Mi tataranieto es un ángel muy bueno; san Rafael, creo que está listo para ir a ver a su mamá, a sus tíos, abuelos… ¿no crees? —preguntó Luisa.
—¡Por supuesto que sí! Pero aún queda una cosa. En la puerta te espera san Isidro; hay que buscar al buey.

El pequeño se despidió de sus tatarabuelos. Justo salía para reunirse con san Isidro, y Jesús entraba a la tienda.

—¡Hola, familia! —dijo alzando los brazos y haciendo brillar su sonrisa—. Hoy busco a Carmen, prometió hacerme una túnica nueva.

Manuel y Luisa se mostraron emocionadísimos; no todos los días Jesús entraba en casa de uno, así que salieron raudos a abrazarlo.

—¡Qué alegría que estés aquí! —dijo feliz el tata Manuel.
—Siempre es una alegría estar con vosotros, pero hoy vengo a ver a Carmen. Me prometió esa maravillosa túnica nueva, así que aquí estoy para las medidas. En realidad, es casi una orden, a su parecer; no debo andar por ahí con estos ropajes —y se encogió de hombros sin dejar de sonreír.
—Pasa, pasa, está en el patio con su hermana Luisa; creo que andaban eligiendo telas precisamente. Si Carmelita dice que tienes que tener una túnica nueva, es que tienes que tenerla —apostilló la tata Luisa divertida.

Mientras Jesús se perdía en el interior de la tienda, Tomás saludaba a san Isidro, que había venido con el otro buey, el que le quedaba…

—¡Hola, San! —exclamó volando en círculos.
—¡Hola, pequeño ángel! Espero que estés dispuesto a acompañarme hasta que encontremos al buey.
—Vale, pero dime su nombre, porque si no… ¿cómo lo vamos a llamar?
—Pues… el caso es que no tienen nombre más allá de lo que algunas localidades en la Tierra puedan darle. La verdad es que yo nunca les puse uno.
—¿En serio? ¿No pusiste nombre a tus bueyes? —preguntó muy sorprendido Tomás—. Pues hay que solucionar eso, porque si cada pueblo los llama de una manera… ¡apañados vamos! ¡Venga, San, a por ellos!

Echaron a andar los tres mientras el ángel y san Isidro discutían posibles nombres para los animales. Pasaron por huertas, lagos, arroyuelos llenos de vida y miles de flores en las orillas.

El santo reía con las ocurrencias de Tomás. A veces lo subía a lomos del buey y este le lamía los pies descalzos haciéndole cosquillas. Se cruzaron con labradores que en esa época segaban el trigo y también con un hortelano que les ofreció melocotones y agua fresquita. El ángel lo estaba pasando en grande, hasta que vieron algo marrón que se movía a lo lejos. San Isidro se detuvo.

—Mira, Tomás, creo que ese es mi buey.

Se acercaron, el animal dejó de pastar y levantó la cabeza. Reconoció a su amigo y fue a reunirse con él. El santo se sintió feliz de ver de nuevo a su buey.

—¡Mi querido amigo! ¡Cuánto te he extrañado! —dijo mientras acariciaba el testuz del animal.

El buey se separó de ellos y caminó unos metros, luego se detuvo y miró a Tomás y al santo como si quisiera indicarles que lo siguieran. Ellos se miraron entre sí y decidieron ir donde los llevaba.

El animal siguió caminando y mirando atrás para asegurarse de que lo seguían, hasta que llegaron a un llano. Allí, una linda vaquita los recibió.

—¡Vaya, vaya, vaya! ¡Así que te habías venido aquí porque te has enamorado, pillín! —exclamó san Isidro muy feliz por el gracioso acontecimiento.
—¿Lo ves, San? Si es que le hice un favor… No se puede privar a un enamorado de ver a su novia. Aunque la novia en cuestión sea una vaca. Criaturitas de Dios son, no te digo más… —explicó emocionado y divertido el ángel Tomás.
—¡Ay, Tomasillo, que siempre te sales con la tuya! —rio el santo cogiendo al ángel y sentándolo a lomos de la vaca—. ¿Y tú qué dices, bonita? ¿Te vienes con nosotros?

La vaca miró al buey y ambos empezaron a caminar rumbo a casa.

—Oye, San, ¿no tendrá dueño? —preguntó Tomás mientras se balanceaba a lomos de su nueva amiga.
—No, querido ángel, aquí no funciona así. Si ya olvidaste que los animales aquí nos eligen, es que debes ir a la Tierra; ya estás preparado.

Tomás no entendió muy bien qué quería decir, pero le encantó oír que estaba preparado; eso significaba que podía conocer a su mamá.

—¿Has oído, vaquita? ¡Voy a casa! ¡Voy con mamá!

Y así, los bueyes de san Isidro volvieron a estar con él, como debe ser, pero con la alegría de tener una amiga con ellos. Tomás les puso nombre: Solano, un buey fuerte y noble, como el sol del campo; Lucero, firme y luminoso, como la estrella que guía; y Estrella, la vaquita alegre y tierna que se suma al camino con luz propia. Feliz, regresó al hogar de los ángeles para dormir y descansar después de un día lleno de emociones.

Al día siguiente, fue al cole como siempre, acompañado de la bisbi Carmelita, que iba un poco más callada de lo normal.

—Bisbi, ¿te ocurre algo?
—No, cariño, es que estoy muy feliz por ti, nada más.

Al llegar al cole, los esperaba san Rafael y Jesús, sonrientes, rodeados de ángeles y de todos los amigos y familiares de Tomás en el cielo. El ángel supo lo que aquello significaba y de repente sintió vértigo. Voló y se abrazó fuerte a su bisbi.

—Promete que siempre estarás conmigo, que aunque me vaya a la Tierra, tú estarás cuando te llame.

La bisbi estaba tan emocionada que no podía hablar. Acarició el pelo de su bisnieto y lo llevó junto al Arcángel.

—Querido Tomás, ha llegado tu hora —dijo san Rafael—. Partes a la Tierra con tu mamá; ya sabes que se llama Grego y que desea tenerte muy pronto en sus brazos. Serás su felicidad en las horas que vienen, así que debes ser amoroso y bueno, como el ángel que eres.

En ese momento, Jesús tomó la palabra:


—He decidido no quitarte las alas. Llevas una misión muy importante y te harán falta, pequeño. A petición de tu bisbi, ella será tu ser protector y tu guía en la Tierra; siempre que la necesites estará, pero no actuará mientras no la llames. Debes recordar esto.

La bisbi Carmelita estaba feliz; no esperaba menos después de la túnica tan bonita que le había cosido. Ser el guía espiritual y ángel de la guarda de su bisnieto era lo más bonito que le había pasado desde su llegada al cielo y su reencuentro con la familia. ¡Esto, sin duda, era lo más!

—Gracias, querido Jesús, no esperaba tanta generosidad; ha sido una sorpresa —le dijo emocionada.
—¡Oh, vamos, Carmen! ¡Pero si te has pasado la eternidad pidiéndome hasta el color de los ojos! Ja, ja, ja, ja, ja. ¡Eres tremenda! He accedido a todo lo que me has pedido, así que espero que estés requetecontenta.

Todos celebraron las palabras de Jesús con aplausos y risas. Uno a uno, Tomás se despidió de sus familiares y amigos, tomó de la mano a san Rafael y se perdió entre unas nubes blancas que lo llevaron a su nuevo hogar.

—¡Caray! ¡Qué delgadita es mamá! Ainsss, que no me puedo mover en su barriguita. ¡Hola, mamiiiiiiii! ¡Voy ya, no puedo estar más tiempo aquí dentro!

Y al fin, un cuatro de julio de 2025…

—Bienvenido, Tomás, no puedes ser más bonito… —dijo mamá al ver a su bebé.

El ángel no podía hablar, pero sabía que mamá le entendería sin palabras, como solo se entiende la gente que se ama.

—Te quiero, mami; antes de que la vida me borre los recuerdos del lugar del que vengo, quiero decirte que todos te aman, que la familia está bien y que te van a cuidar mucho. Tú no la ves, pero aquí hay alguien muy especial para ti: es mi bisbi, que ahora es mi ángel de la guarda y el tuyo.

En ese momento, la bisbi Carmelita se acercó a su nieta, le acarició el cabello y se sentó en el filo de su cama. Tomás la miraba sonriente.

—La mamá más bonita de España, cuidaré de ti y de tu pequeño.

Pasados unos días, Tomás se revolvía en el coche de paseo. Su madre veía que miraba mucho hacia una esquina, como si viera a alguien.

—¡Bisbi! ¡Quítame esto que me pica!
—¡Pero te quieres estar quieto, criatura! A ver, tienes puesto un traje precioso para ir a pasear, haz el favor de estarte quietecito.
—¡Pero es que me apachurra las alas!
—A ver, la mami no puede verlas; haz el favor de portarte bien y cuando no estén mirando, yo te abro los botones traseros de la camisa y sacas las alas. ¿De acuerdo?
—Vale, bisbi ¡Dame un besito!

Grego no paraba de mirar al bebé; ¿qué estaría pensando tan pequeño? ¿Y por qué se movía tanto?

—Mamá, ¿te has fijado que Tomás mira mucho a un punto fijo? Como si viera algo o a alguien. No sé… no para de moverse y de mirar —preguntó a su madre, que había advertido lo mismo desde hacía días.
—Cosas de bebés, hija. Lo importante es que esté sanito.


Y salieron a pasear por el barrio mientras Tomás miraba con amor infinito a su mamá y a su bisbi, que los acompañaba a todos sitios. Nuestro ángel había cumplido su sueño y estaba feliz de haber llegado a la Tierra y de tener a la mejor familia y a los mejores amigos. Ahora tocaba crecer, ser bueno a medias para que el abuelo Jose corriera mucho tras él y amar para siempre a la persona que le había dado la vida: su madre.

Y así comenzó la historia de Tomás en la Tierra. Un ángel travieso, lleno de amor y alegría, que llegó con las alas abiertas y el corazón dispuesto a aprender. Sus días estarían llenos de juegos, risas y aventuras, siempre acompañado por los que lo querían, visibles e invisibles, en un cielo que seguía atento a cada uno de sus pasos.

—Tomás, ¿te puedo contar un secreto? —susurró la bisbi.
—¡Sí! —contestó emocionado.
—Nunca olvides que siempre tendrás alas y que siempre podrás volar… pero el amor será tu mejor guía.

Y Tomás, feliz, cerró los ojos un instante, sintiendo que la magia del cielo lo acompañaría siempre.

FIN

Para Grego, que descubre en sus brazos la mayor de las aventuras: la de ser mamá.
Que cada página de este cuento recuerde que Tomás llegó rodeado de amor,
con alas invisibles y con una familia entera que lo acompaña desde el cielo.
Con todo mi cariño, para ti y tu pequeño ángel.


lunes, 18 de abril de 2022

PEPA JONES Y SU GATO GAMBITA. De visita al San José de Calasanz

Con la llegada de las vacaciones de Semana Santa, Pepa Jones tenía claro que el mejor sitio para estar era la Charca de los Patos. Si a eso sumamos que sus amigos del Gambigrupo estaban a punto de llegar, el plan para la semana estaba asegurado.

Nuestra amiga se había levantado muy temprano para acompañar al bueno de Dimas a dar agua al toro Caprichoso. Como siempre, disfrutó derramando agua sobre la espalda de aquel consentido animal que sin ese ritual, no bebía.

De regreso al Tejar, allí estaban ya sus amigos que al igual que ella, habían madrugado para llegar a su centro de operaciones. Tras los saludos y un buen desayuno, les esperaba una charla con el abuelo José y con Dimas alrededor de la chimenea.

—Abuelito, ¿hace muchos años que se fabrican ladrillos en El Tejar?

—Claro que sí, Pepita. Desde hace muchíííííísimos años. ¿Sabías que el abuelito Miguel ya servía ladrillos a la Sociedad Minero y Metalúrgica de Peñarroya Pueblonuevo? Antes de que hicieran su propia fábrica, claro.

Esa es la sociedad francesa que vino a explotar las minas, ¿verdad? —Preguntó Julián

—Así es —afirmó el abuelo José.

—Y sabéis francés alguno de los dos? —Preguntó Patricia muy intrigada.

—¡Oh, yes! —Contestó Dimas levantándose y haciendo una rara reverencia que provocó la risa incontenida de los niños.

—¡Pero Dimas, que eso es inglés! —Le espetó Estrella muerta de la risa.

—Es que yo tengo un francés muy de Inglaterra, chicos  —les dijo Dimas poniéndose muy interesante.

Los niños volvieron a reírse con ganas, hasta que el abuelo les hizo una propuesta que los dejó con la boca abierta.

—Chicos, aquí en el pueblo hay colegios bilingües de francés y yo conozco a la directora de uno de ellos: el San José de Calasanz. ¿Os gustaría visitarlo? 

—Si podemos ir con Gambita, aceptamos —contestó Julián.

—¡Y con Dimas! —Exclamó Pepa levantándose y corriendo a los brazos de su amigo

—¡Eso está hecho! Al regreso de las vacaciones, os llevaremos —les prometió el abuelo José con una gran sonrisa.

Al fin llegó el gran día. A los niños les parecía estupendo que en aquel pueblo, tan importante en su día, aún se conservara el idioma que trajo riqueza a aquel lugar. Además, les parecía de una elegancia extrema que los peques peñarriblenses hablaran francés.

A eso de las diez y media, María José, la directora del cole, los recibía a todos en su despacho.

—¡Bienvenidos al San José de Calasanz! Bueno..., y tú también eres bienvenido —dijo a la vez que se agachaba para acariciar la cabeza de Gambita. Tengo entendido que también conocéis a Gema, ¿verdad?

- ¡Oh, sí! —Habló Dimas. Visita mucho la Charca de los Patos con sus chicos, les encantan los cuentos y los animales así que se lo pasan pipa cada vez que van.

—Pues es una lástima que no podáis saludarla, ha salido con su curso a una visita al Cerco Industrial —les informó la directora.

En ese mismo instante, Gema les enseñaba a sus alumnos la mina Santa Rosa.

—Fijaos, chicos y chicas, de aquí salía el carbón. Era un lugar peligroso donde muchos de nuestros antepasados trabajaron. Bajaban en una especie de jaula y se introducían por unas galerías donde comenzaban a picar y extraer el oro negro de nuestra comarca.


—¿Qué son galerías, seño? —Preguntó un niño con cara de pillastre.

—Son como túneles. Había muchos de ellos bajo tierra y estaban oscuros, por eso se ayudaban de lámparas para poder trabajar.

—¿En esta mina trabajaban todos los abuelitos del pueblo? —Preguntó una de las alumnas.

—En esta y en otras muchas como esta. Los que eran mineros, claro. Y luego otros trabajaban de electricistas, reparadores de vías, maquinistas, mecánicos... Y había administrativos que trabajaban en las oficinas de ese edificio tan bonito que vimos la semana pasada.

Por encima de la voz de la seño se escuchó un ruido. Parecían golpes de martillo, pero... ¿Quién podía estar dando golpes tan temprano en el Cerco Industrial? Gema pensó que serían operarios del Ayuntamiento, probablemente reparando alguna de las bonitas chimeneas.

—Seño ¿Qué es ese ruido? —Preguntó extrañado uno de los niños que giraba la cabeza hacia el lugar del que venían los insistentes golpes.

—Deben ser trabajadores del Ayuntamiento, no os preocupéis. Sigamos con nuestra charla.

Pero no puedo proseguir. En ese instante, una furgoneta grande y negra pasó por su lado levantando una enorme polvareda y haciendo que todos tuvieran que llevarse las manos a la cara.

—Pero bueno.... —Murmuró Gema enfadada.  ¿Habrá visto por dónde va?

La seño siguió con la vista al vehículo y vio que se detenía delante de una de las chimeneas. Puso una mano a modo de visera para tapar el sol que le impedía la visión y observó que estaban cargando la furgoneta con algo. ¿Qué sería?.

—A ver chicos, nos vamos  a acercar a aquella chimenea para averiguar qué trabajos están realizando allí. Y si no es así, pues para saber qué está ocurriendo porque esto.... Me huele raro —dijo dándose varios toques con su dedo índice en la nariz. ¿Qué os parece el plan?

Las niñas y niños saltaron de emoción. ¡Una aventura a lo Pepa Jones y su gato Gambita! Eso sonaba  de maravilla. Caminaron valientes detrás de su seño, pero cuando anduvieron unos metros, Gema se detuvo porque lo que vio no le gustó nada de nada.

—Un momento, escondámonos aquí —señaló una vieja pared donde se puso a buen recaudo con sus alumnos.


Desde allí observaron a tres hombres picando sobre la base de la chimenea, extrayendo ladrillos y depositándolos dentro de la furgoneta que hacía un rato los había pasado a toda velocidad.

—¡Ladrones de patrimonio! —Gritó Gema.

En ese instante, los ladrones se percataron de la presencia de la seño y de los niños y sin pensarlo dos veces, se dirigieron hacia donde permanecían escondidos.

La mañana para el Gambigrupo, el abuelo José y Dimas transcurrió rápida. Los niños disfrutaron mucho con las explicaciones que les dio María José sobre las actividades que se realizaban en el cole. También visitando las clases y jugando en el amplio patio. Gambita, como buen gato aventurero, siguió todo muy atento y anduvo olisqueando todo aquello que le parecía raro o divertido. Lo pasó muy bien con tanta caricia y alguna que otra chuche.

De repente, María José se dio cuenta de que eran las doce y media de la mañana y Gema no había vuelto con su clase. Extrajo un móvil del bolsillo trasero de su tejano y marcó un número. Nada, no daba señal. Volvió a intentarlo en dos ocasiones más, pero el resultado fue el mismo: «El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura». Una especie de alerta interior se encendió y su cara habitualmente risueña, se volvió preocupada.

—¿Ocurre algo? —El abuelo José se había dado cuenta de que algo no iba bien. 

María José tomó del brazo al abuelo y a Dimas y los llevó a un lado para explicarles que hacía tiempo que Gema debía estar de vuelta con los niños, que la estaba llamando y su teléfono estaba apagado.

—Bien, no te inquietes —dijo el abuelo José. Puede que esté ahora mismo pasando por alguna zona donde no haya cobertura. Prueba de nuevo —la animó a que marcara otra vez, pero el móvil seguía sin dar señales de estar operativo-

Julián, que había estado pendiente de toda la conversación, se acercó y les propuso ir a echar un vistazo para saber qué estaba sucediendo. A la directora en un principio no le gustó mucho la idea, pero Dimas le aseguró que si había algo raro en todo aquello, nadie mejor que el Gambigrupo para averiguarlo.

María José, el abuelo José y Dimas volvieron al colegio para esperar noticias y Pepa jones, Gambita y el Gambigrupo se dirigieron al Cerco Industrial. Al llegar a la mina Santa Rosa, ni rastro de la seño y los chicos. 

—Qué raro... —Observó Patricia mirando a su alrededor. No debían estar muy lejos de aquí.

—A menos que se hayan dirigido a otra zona —apuntó Estrella.

—No lo creo, chicos —habló Pepa. Este lugar tiene sus peligros y no creo que la seño se atreviese a adentrarse mucho más ella sola con los peques.

—Pues tienes razón —asintió Julián mientras miraba hacia todas direcciones. Pero mira que es raro que no se les vea... Peinemos toda la zona en círculo, lo iremos agrandando y parándonos en todos los lugares que pudieran haber quedado atrapados. No descartemos nada.

—¿Y si llamamos a nuestros amigos de la Guardia Civil? —Propuso Pepa.

—Espera un poco —levantó la mano Patricia pidiendo calma. Si en media hora no hemos dado con ellos, llamamos a Mónika y a Alberto.

El Gambigrupo estuvo de acuerdo en todo, también en poner a Gambita una cámara en el collar para que les fuera enseñando todo aquello que encontrara a su paso. La cámara estaba conectada al móvil de Pepa.


Nada más soltar al gato, este salió disparado en dirección opuesta a la que se encontraban y los chicos, si perder un segundo, le siguieron tan rápido como pudieron.

Estaban agotados de correr y Gambita no paraba así que decidieron hacer un descanso, total con la cámara no podían perderlo, alguna imagen llegaría que pudieran identificar el lugar en el que estaba. No habían hecho nada más que sentarse cuando Pepa abrió su móvil y vio que Gambita enfocaba hierbas altas y una pared. Luego giró su cabecita hacia un lado y distinguieron algo que les resultó familiar.

—¿Esa no es la nave Nordon? —Preguntó Julián.

—Creo que sí  —asintió Patricia.

—Pues sí que nos lleva lejos el michi aventurero —se quejó Pepa dejando escapar un suspiro al final de su frase.

De repente, unas imágenes captaron la atención del Gambigrupo. En un rincón de la nave, se distinguía a una mujer rodeada de niños y niñas. Estaban sentados en el suelo y parecía como si estuvieran maniatados. Delante de ellos se paseaba un tipo vestido con un mono azul y cara de muy pocos amigos. 

Gambita volvió a girar la cabeza. No había nadie más. ¿Qué haría ahí la seño Gema con los chicos? Estaba claro como el agua que se habían metido en algún lío.

—Chicas, aquí hay algo gordo. La seño y los niños están secuestrados.

Gema intentaba tranquilizar a sus alumnos como podía. Algunos habían comenzado a llorar porque tenían hambre, otros porque sencillamente.... Estaban asustados. El hombre con cara de perro enfadado se volvió hacia ella.

—¿Quieres decirle que dejen de hacer ruido de una vez? 

—Verá, estos niños tienen que volver a su casa. Hágase cargo... ¿Por qué no nos deja ir? No diremos nada de lo que hemos visto.

—¡De aquí no se mueve nadie hasta que no desmontemos ladrillo a ladrillo esa chimenea!  Y luego.... Ya veremos qué hacemos con vosotros —elevó tanto la voz, que hasta la seño se asustó.

De repente, Gema se dio cuenta de que una de las niñas estaba intentando cortar su brida con un trozo de cristal que había encontrado en el suelo. Cada vez que el hombre malo pasaba cerca, la niña dejaba lo que estaba haciendo y bajaba la mirada para volver a la faena tan pronto salían de su campo de visión.

Los ladrones habían sido tan torpes que los habían maniatados a unos con las manos por delante y otros por  detrás, lo cual facilitó que se pudieran ir soltando poco a poco. Para disimular, seguían dejando las manos en la misma posición. La seño miró uno por uno a niños y niñas. Luego asintió levemente con la cabeza y enarcó las cejas dando entender que estuvieran atentos y preparados.

Los minutos pasaban y el paseo de aquel tipo delante de ellos no paraba. Gema se dio cuenta de que al pasar por su lado, iba distraído y mirando hacia un lado de la nave, momento que aprovechó para estirar su pierna derecha haciéndolo tropezar y caer de bruces en el suelo.

—¡Chicos, ahora! —Gritó abalanzándose sobre él.

Los peques, todos a la vez, saltaron sobre aquel hombre mientras la seño buscaba algo con que poder inmovilizarlo, pero no hizo falta. En ese momento Pepa Jones y el Gambigrupo entraban como una exhalación y Estrella corrió a atar las manos de aquel ladrón con un pañuelo que llevaba al cuello. 

No habían pasado ni cinco minutos cuando la Guardia Civil acudió. Pepa había enviado los vídeos que Gambita había grabado y su amigos se personaron allí antes de lo que se dice miau. Alberto, Mónika y cuatro Guardias más detuvieron a varios ladrones mientras otro se encargaba de atender a la seño y a los arriesgados chicos que después de aquella aventura ya no tenían miedo a nada.

—Bueno chicos y chicas ¡Habéis sido muy valientes! —Les dijo el Guardia Civil. Estos ladrones eran muy peligrosos, se dedicaban a desmontar chimeneas como las nuestras para luego venderlas a otros países. ¿Qué os parece? Y vosotros habéis ayudado a terminar con esa práctica que expoliaba el pasado  de lugares como el nuestro.

—¡Pero eso está muy mal! —Exclamó uno de los niños. ¡Nadie tiene derecho a quitarnos lo que es de todos y menos atacando a los niños!

—Pues sí, pequeño —se dirigió a él el Guardia-. Pero hay personas que no respetan el patrimonio, que lo deterioran, lo ensucian y en el peor de los casos... Lo roban. No podemos permitir que eso suceda porque si lo hacemos, se borrarán nuestras raíces y con ellas lo que somos y el lugar de donde venimos. En cuanto a atacar a los niños, no hay peor acto que ese porque si de algo estoy seguro es de que niños y niñas estáis en el mundo para equilibrarlo. Vosotros representáis todo lo bueno que muchos olvidan al crecer: el amor, la benevolencia y la paz. Quien ataca a un niño, ataca al mundo.

La seño agradeció aquellas palabras y aceptó de buen grado que los llevaran al colegio en coche. Había sido una aventura peligrosa y todos estaban muy cansados. Antes de emprender el viaje de vuelta, se dirigió a los alumnos y uno a uno fue felicitándolos por su valentía. Se sentía feliz de ser la tutora de aquel maravilloso grupo. 

A las dos de la tarde todos estaban ya de vuelta en sus casas, también el abuelo José, Dimas, Pepa, el Gambigrupo y por supuesto Gambita, que una vez más había demostrado ser el gato más aventurero y temerario de todo el Valle del Guadiato.

Y ahora que sabéis lo valientes que son las chicas y chicos del San José de Calasanz, contad a todo el mundo que en nuestro pueblo jamás permitiremos ladrones de patrimonio y que si alguno se atreve, se las verá con nosotros y el Gambigrupo.

lunes, 22 de noviembre de 2021

NAVIDAD CON RUFINA.



El invierno ha descendido ya sobre los campos y las hojas secas se mezclan con las primeras nieves. Alfombra multicolor que nuestra amiga Rufina pisa feliz en esta mañana de lunes.
Rufina es una liebre, tiene las orejas más bonitas del mundo y cuando corre se ven dos lunares blancos prendidos de ellas, como si fueran bolitas de algodón saltando entre la hierba.
Hoy está especialmente feliz, pues ha recibido carta de su tía Jesusa en la que le anuncia su llegada para las Navidades ¡Es fantástico pasar la Navidad en familia! Le acompañará el tío Ramón y por supuesto los primos, Pepino y Flor. 
Muy temprano, Rufina ha preparado la casa, porque nuestra liebre es muy peculiar y se hizo construir un hogar debajo de la encina más hermosa de la comarca. Don Matías, el topo, le ayudó y le ha quedado una vivienda espaciosa y ventilada que casi siempre está llena de amigos. 

Ahora se dirige a ver a Ernestina, una coneja con la que asistió al colegio y con la que guarda buena amistad desde entonces. Es la joven que más sabe de moda en el bosque, y necesita su opinión experta para el vestido que lucirá en Navidad. 
Rufina va distraída acompañada por el canto de los pájaros y el ir y venir de los vecinos del bosque. De camino al arroyo recoge unas bayas, a Ernestina siempre le gusta tomarlas con miel y algo de té. Seguro que éstas le van a encantar. 
Ya en casa de su amiga, le expone el motivo de la visita. 

- ¡Rufina, qué sorpresa! – Exclama Ernestina abrazando a la liebre- ¿Qué te trae por el arroyo? 
- Querida, he recibido carta de mis tíos, vendrán a pasar las Navidades a casa y no tengo nada decente que ponerme. Necesito tu consejo. 
- ¿Tus tíos? ¿Doña Jesusa y el señor Ramón? – Pregunta Ernestina- 
- Sí, ya sabes que son muy educados y no quisiera desentonar. 
- Pues entonces lo mejor es que hablemos con doña Petra, la araña que vive en la chumbera del camino, es una tejedora excelente y como cada estación viaja a la ciudad, siempre está a la última en cuestión de moda. 
- ¡De acuerdo! Me parece una idea estupenda, pero antes… ¿Qué te parece si tomamos un té con estas bayas que te he traído? – Propone la liebre- 

La mañana pasó entre risas y buena compañía. Doña Petra, como era de esperar, le propuso un vestido muy elegante para la cena especial y para el día a día, algunos más confortables a juego con toquita y gorro. Todo estaba listo para recibir a la familia y pasar unos días rodeada por el amor incondicional de los suyos. 
De vuelta a casa, don Matías le da las buenas tardes y le entrega un misterioso paquete. Al no estar en la encina, el cartero decidió dejarlo en casa del topo. 

- Gracias don Matías, usted siempre tan servicial – Dice Rufina- 
- ¡Oh, no hay de qué querida amiga! – Espero que sea una bonita sorpresa- 

Nerviosa cierra la puerta y se dispone a desenvolver el bulto rectangular. Aparece una caja sencilla, de madera de roble con unas letras que forman su nombre. Dentro, una tarjeta pequeña doblada en cuatro veces. Cuando la abre, el misterio se hace aún más grande: 

“Ahora que has abierto tu regalo, dobla esta carta y vuelve a abrirla el día de Navidad” 

Rufina se quedó pensando en el extraño mensaje pero obedeció. Guardó de nuevo el papel en la caja y la depositó sobre el mueble de la entrada. No sabía quién la enviaba ni por qué, pero merecía la pena descubrirlo. 


Los días fueron pasando y justo una semana antes de Navidad, llegaron los padres y los hermanos de nuestra amiga: doña Casilda y don Severo, junto a los pequeños Roque y Begoña. Fue maravilloso abrir la puerta y encontrarse con la familia, ¡oh ya lo creo! 

- Rufina, cariño, ¿qué te parece si salimos al bosque a recoger frutos y después adornamos la casa? – Propuso doña Casilda a su hija mayor. 

Así lo hicieron. Mientras, don Severo y el pequeño Roque se afanaban en cortar leña, preparar literas y disponer todo para la llegada del resto de familiares. Rufina y su madre aprovecharon para visitar a los viejos amigos y adquirir algunos regalos. A su llegada a casa, les esperaba una grata sorpresa y es que los chicos habían preparado una estupenda mesa con té y dulces para merendar. 


- ¡Papá, qué rico estaba todo! – Dijo Rufina regalando un beso extra grande a su padre- 
- ¡Eh Rufi! ¿Y yo qué? – Preguntó burlón Roque. 

El primer día junto a ellos había pasado volando y cuando nuestra querida liebre se fue a la cama, estaba tan cansada que solo tardó un segundo en dormirse. 
Al fin amaneció el 23 de Diciembre y los tíos de Rufina llegaron a casa; estaban contentísimos con su visita pues no se veían desde hacía dos años. Se instalaron y luego se fueron a dar un paseo por el entorno. Ya no nevaba, así que había zonas en el bosque donde la hierba aparecía brillante y apetecible. 
Los lebratos rápido hicieron buenas migas, de modo que esa tarde mientras en el salón se reía y se conversaba, en la habitación de juegos que don Severo había preparado para los pequeños, se tramaba una aventura. Pepino, Flor, Begoña y Roque tenían planes para el día siguiente. 

- Chicos, ¿habéis visto la casona que hay al otro lado de la cerca? – Preguntó Pepino- 
- Sí –Contestó Begoña- Pero mi hermana dice que no debemos ir porque hay muchos peligros allí. 
- ¡Oh Begoña, no seas aguafiestas! – Exclamó Roque- ¡Ya sabes que para los mayores todo es peligroso! 
- Entonces, ¿vamos mañana? –Preguntó de nuevo Pepino- 
- No sé chicos…, los papás y los tíos se enfadarán si se enteran – Se oyó la voz sensata de Flor- 
- ¡Ohhhhhhhhhh, Flor! ¡Las chicas sois unas aburridas! – Exclamó Roque poniéndose en pie- 
- ¿Ah sí? –Contestó Flor- ¡Pues mañana seremos las primeras en entrar en la casona! 

Y tramando su aventura, les sorprendió la noche y con ella…, el sueño. 

El día de Nochebuena apareció nevando, así que la chimenea ardía desde muy temprano en el salón. Rufina, ajena a lo que sus hermanos y primos tramaban, fue a llamarlos para que bajaran a desayunar. 

- ¡Venga lebroncillos! ¡Hoy es Nochebuena! ¿Queréis que los Reyes Magos piensen que sois unos perezosos? ¡Que sepáis que sus pajes ya están dando vueltas para ver qué tal os portáis! 

Tocó a la puerta de la habitación de Flor y Begoña, pero no contestó nadie así que pensó que estaban dormidas y como eran días de vacaciones, decidió dejarlas un ratito más. 

- Oye Rufina, ¿los chicos no bajan? – Preguntó doña Jesusa al cabo de media hora- 
- Pues tía, creo que entraré y los despertaré, van a dar las diez de la mañana. 

La sorpresa al abrir las habitaciones fue mayúscula, ni rastro de sus hermanos y primos. Rufina fue a los armarios y vio que se habían llevado sus mochilas y los abrigos. Aquí pasaba algo raro. 
Preocupadísima bajó las escaleras a todo correr. 

- ¡Papá, mamá, tíos! ¡Los chicos no están en sus habitaciones! 
- ¿Cómo que no están? – Preguntó doña Casilda quitándose el delantal- Rufina, no es posible, tu padre y yo nos levantamos al alba, los habríamos visto salir. 
- Mamá, no están. – Repitió nuestra amiga- 

Ajenos a la preocupación de la familia, los pequeños hacía buen rato que habían llegado al borde de la cerca que separaba el bosque del territorio de los hombres. 

- Tengo hambre, chicos – Se quejó Flor- Podíamos comer un poco, estoy agotada de la caminata. 
-  Suerte que tuve la precaución de hacer buen acopio de provisiones en la despensa de la prima – Contestó Pepino- 

Nuestros amiguitos dieron buena cuenta de las viandas y tras trazar un plan para entrar en la casa, se lanzaron al ataque. 


Dentro de la casona habitaba un joven huraño que vivía apartado del pueblo. No le gustaba la Navidad y mucho menos los niños así que en aquel lugar, había conseguido la paz que decía desear. Tenía un perro con muy malas pulgas al que el resto de perros de la comarca no querían tener como amigo, así que eran tal para cual. 
Los cuatro aventureros lograron llegar hasta la ventana que daba al salón, se habían subido unos encima de otros y ahora Roque, que era el más pequeño, les contaba lo que sucedía en el interior de la casa. 

- Hay un hombre muy delgado y muy feo que está desayunando algo que humea, debe ser café porque está migando pan. A los pies hay un perro dormido, no parece peligroso. 
- ¡Déjame ver a mí, por favor! – Pidió Begoña- 

Se disponían a deshacer la torre cuando Pepino, que aguantaba el peso de todos, estornudó e hizo que sus primos se vinieran al suelo. El perro, al oír el estruendo salió corriendo de la casa. 

- ¿Qué pasa ahí afuera? – Preguntó el malhumorado joven- 

Los lebroncillos intentaron escapar por el lugar que vinieron, pero el can les cerraba el camino. 


- Chicos, no perdáis la calma – Acertó a decir Flor muy asustada- Todo saldrá bien. 

No terminó sus palabras cuando una oscuridad impenetrable se cerró en torno a las jóvenes liebres. 

- Bien amigo, creo que esta noche cenaremos carne – Dijo el joven enjuto levantando la bolsa en la que había atrapado a los incautos exploradores- 


Mientras, en la encina de Rufina todo era preocupación. Era ya la una y media del mediodía y ni rastro del personal menudo, así que habían decidido llamar a los amigos y organizarse por patrullas. Don Matías, el topo, encabezaba la que estaba compuesta por sus propios familiares y las ardillas. La coneja Ernestina había hablado con sus hermanos y se pusieron en marcha junto a los patos y la araña doña Petra, nadie mejor que ellos conocían tan bien los arroyos. Y por último, nuestros amigos. 
La nieve arreciaba y las voces de los buscadores se perdían llevadas por un viento fuerte y aullador. La búsqueda se hacía cada vez más difícil. 

- ¡Flooor, Pepino, Begoña, Roqueee! – Gritaban todos- 

Al pasar por el camino que lleva al pueblo, don Sebastián el búho, se sorprendió al ver a su amiga Rufina en un día tan desapacible. Teniendo en cuenta que además, era víspera de Navidad. 

- Rufina, querida… ¿Cómo es que salís en un día así? ¿Ocurre algo? Te veo preocupada. 
- Oh, don Sebastián, se trata de mis hermanos y mis primos, salieron esta mañana de casa y no han regresado. 
- ¿Te refieres a cuatro pequeñas liebres con mochila y abrigo de colegio? – Preguntó el búho bajando sus lentes- 
- Sí, ellos mismos. – Contestó don Ramón- ¿Les ha visto? 
- ¡Ya lo creo! Pasaron muy temprano por aquí, oí que una de las chicas hablaba de una casa…, y una cerca. No les escuché muy bien porque en ese momento me llamó mi mujer. 
- ¡Oh Dios mío! ¡La casa de don Ruperto! – Exclamó espantada Rufina- Ayer les llamó la atención cuando pasamos por la vereda. 
- Pues si se dirigían allí…, me temo querida amiga que necesitaréis ayuda para salvarlos de un futuro negro… - Dijo el búho- Iré con vosotros. 

Mientras, en casa del joven Ruperto, los lebratos permanecían dentro del saco. Intentaban por todos los medios rasgarlo con uñas y dientes, pero era de una lona tan fuerte que todo empeño era inútil. Para colmo, tenían poco espacio y se les hacía difícil respirar. 

- Chicos no teníamos que haber venido…. – Se lamentó Flor entre sollozos- 
- ¡Oh no seas llorica, Flor! Hay que trazar un plan para salir de aquí – Expuso Begoña- 

En la cocina, un gran caldero hervía con verduras. 

- Esto ya está, ahora pondré a esos conejos – Indicó el malvado hombre- 

Al oírlo, nuestros amigos se asustaron. 

- ¡No somos conejos! – Gritó Pepino- 
- ¿Quieres callarte? ¡No estamos en condiciones de tener discusiones de ese tipo ahora!– Zanjó Roque- 

En ese instante, Rufina y el resto de amigos llegaban a las puertas de la vivienda. Había que hacer algo rápido. Don Sebastián había observado la escena y si no actuaban, los pobres lebroncillos servirían de cena a ese majadero y su perro. Lo primero era precisamente, distraer al can. 

- Nosotros nos encargamos – Planteó Ernestina, la coneja- 

Se subió a la ventana y comenzó a golpear con sus manos, el perro al verla salió a toda mecha por la puerta. 

- ¡Chicos, corred! – Gritó Ernestina a sus hermanos- 

Don Severo estaba muy preocupado, aquello no saldría bien…. 

- Escucha cariño – Dijo la mamá de Rufina – Vamos a sacar a nuestros hijos y sobrinos de ahí, así que no te pongas triste. 

En ese momento a doña Petra se le ocurrió un plan. No había mortal que resistiera la cercanía de una buena araña y ella, era la más hermosa de la comarca. Se iba a enterar ese don Ruperto de lo que era un buen susto. Antes, preparó una cuerda bien larga con su resistente hilo. 
La araña se introdujo por la puerta que el perro al salir había dejado abierta, lentamente subió hasta la mesa de la cocina y se plantó detrás de don Ruperto, éste, fue a girarse para coger una botella de aceite justo cuando se encontró con doña Petra en posición feroz. Fue tal el susto que se llevó que trastabilló y cayó al suelo, momento que aprovecharon todos para entrar y reducirlo con la extraordinaria cuerda que doña Petra había tejido. El joven, al ver a los animales se desmayó, hecho que facilitó con creces la tarea. 


Imagen extraída de la web 

- ¡Estamos aquí! – Gritaron los cautivos al escuchar las voces familiares- 

Rufina deshizo el lazo que cerraba el saco y los pequeños salieron uno tras a otro, corriendo directamente a los brazos de sus madres. 

- Bien, ahora no hay tiempo para regañinas, hay que salir de aquí pero ya tendré una charla con vosotros, amiguitos. – Dijo Rufina cogiendo de la oreja a su hermano Roque- 
- ¡Ay, ay ,ayyy, mamááááá! – Se quejó el pequeño. 

A todo correr, se alejaron de la casa. En el camino se encontraron con Ernestina y sus hermanos, que habían conseguido burlar al perro y volvían por si necesitaban ayuda. Gracias a Dios, todo estaba ya resuelto. Los amigos no quisieron dejar solos a la familia, así que les acompañaron hasta la encina, sin embargo, a la llegada les esperaba otra desagradable sorpresa. Con las prisas habían dejado la puerta abierta y los ratones se habían comido la cena de Nochebuena. 

- Oh Dios mío…, es culpa mía por no haber cerrado el portón, fui la última en salir – Dijo pesarosa doña Jesusa- 
- No tía, por favor…, no te acuses. Ha sido mala suerte, nada más. Lo importante es que todos estamos a salvo – Dijo Rufina abrazando a su tía- 
- Y digo yo amigos – Propuso don Matías- ¿No es mucho más divertido pasar esta noche juntos en lugar de cada cual en su casa con su familia? 
- ¡Claro que sí! – Exclamó don Sebastián- Voy a por mi mujer, traeremos la cena. 


Y así, una a una, todas las amistades de Rufina fueron y volvieron con viandas para celebrar la noche de Nochebuena junto a ella y su familia. Nadie echó en falta nada, pues habían traído tanta comida que podrían haber invitado a todos los animales del bosque. 


Estaban bailando y riendo cuando el reloj del salón dio las doce de la noche y una pequeña caja de madera se iluminó sobre el mueble de la entrada. Rufina recordó lo que había leído en el papel que se contenía en ella y de nuevo la abrió expectante. Cuando lo hizo, la carta esta vez decía lo siguiente: 

“El verdadero Espíritu Navideño no está en los regalos, ni en las cenas, ni en los vestidos de fiesta, ni en los adornos. La verdadera Navidad está en el Amor que se desprende de la familia y los amigos. Feliz Navidad” 

Fdo: El Niño Jesús. 

PD: Me han dicho SSMM los Reyes Magos de Oriente que todos los habitantes del Guadiato habéis sido muy buenos. 

Y así fue como la liebre Rufina y su estupenda familia pasó las mejores Navidades de su vida. 
¡Feliz Navidad, amigos! 


domingo, 22 de agosto de 2021

Un catering para Pirú. Cumpleaños encantado.

 

La primavera había llegado a Casa Encantada con sus cielos de sábanas blancas y azules, los pájaros en clase de vuelo y una alegría desbordada en el corazón de sus habitantes. A todos les gustaba esta estación, pero especialmente al mago Pirú que celebraba su cumpleaños. ¿Cuántos? Ni se sabe, además, es de mala educación preguntar la edad a  un mago.

Y es justo lo que don Leonardo Peinacanas le explicaba a Bizcocho, nuestro ratón goloso, que aprovechando la ausencia del mago esa semana, se podría organizar una bonita fiesta de cumpleaños, pero recordando que jamás, jamás se debía preguntar la edad. 

Poco a poco la biblioteca de don Leonardo se fue llenando de amigos, la noticia de la fiesta había corrido como la pólvora por toda la casa y cada uno tenía su propia propuesta.

- ¿Y si hacemos una enorme piñata con su cara? - Propuso la lagartija Matilda-
- Desde luego... ¡Pero qué cosas tienes! - Le replicó Benito Mondanueces-  Pirú merece algo mejor, propongo un enorme pastel que haremos Blasito y yo. Para eso somos los cocineros de Casa Encantada.

Casi una hora después, muchas propuestas pero ninguna acababa de convencer a todos, en eso, la puerta principal se abrió y apareció Plumillas. Era el único que no había asistido a la reunión porque estaba trabajando en un interesante artículo para Casa Encantada Noticias.


- ¡Al fin llegas, alma de cántaro! -Le espetó Matilda nada más verlo-

Don Leonardo puso al corriente a nuestro amigo sobre lo que traían entre manos y este de repente tuvo la solución.

- A Pirú le encanta la buena mesa en todos los sentidos ¿Y si le organizamos una fiesta que reúna menú excelente con mesa preciosa y sorpresa? - Dijo mirando a todos sus amigos que habían enmudecido con la propuesta-
- ¿Y cómo vamos a hacer eso? - Preguntó Blasito-
- No lo haréis vosotros, pero ayudaréis. Llamaré a mi amigo Borja Artiñano, coincidimos en Estados Unidos cuando estudiábamos y trabajábamos como camareros. ¡Ahora tiene una empresa de catering magnífica!
 
Matilda se levantó y comenzó a andar alrededor de su amigo.

- ¿Tú has estudiado en Estados Unidos? ¿Y qué hace un ratón cordobés allí?
- Enseñar a los americanos a hacer salmorejo. ¿Te parece poco? 

A todos les pareció buena idea, especialmente a los cocineros Blasito y Benito que sí conocían Pocheville Catering y se pusieron nerviosísimos con la noticia. ¿Estarían a la altura? ¡No podían creerse la suerte que tenían!
Plumillas llamó a su amigo que aceptó de inmediato, ¿una fiesta sorpresa para un mago? ¡Por supuesto! Al día siguiente llegaba a Casa Encantada cargado de ideas y deseando conocer a todos los habitantes. Se paró ante la puerta y llamó, Matilda salió de inmediato.

Este ratoncito es propiedad de OLGA KOLVALCHUK y puedes adquirirlo en su web: www.olgakovalchuk.tedsby.com Está hecho a mano. 

- Buenas tardes, usted debe ser Matilda,  soy ... - Borja intentó presentarse sin éxito porque inmediatamente la lagartija lo interrumpió-
- ¡Ah, no se moleste! No queremos cambiar de línea telefónica ni de compañía eléctrica, aquí no necesitamos nada de eso porque esta casa es mágica así que si viene usted de Ratadrola Electricidad, no se canse, no nos interesa. Gracias por su visita, adiós.

Y cerró la puerta dejando al pobre Artiñano sorprendido y plantado como una lechuga. Ya había sido advertido del carácter de Matilda, pero no se esperaba experimentarlo nada más llegar. En fin, habría que volver a llamar. De nuevo,  la lagartija.

- ¿Otra vez usted? Ya le he dicho que....

Esta vez fue Borja quien no dejó hablar a la maleducada Matilda-

- Soy Borja Artiñano, de Pocheville Catering y he quedado aquí con Plumillas. ¿Podría hacer el favor de avisar a mi amigo? - Dijo un poco molesto con la actitud de la lagartija-
- ¡Aaaaaaaaanda que la he liao! - Exclamó llevándose ambas manos a la cabeza- Perdona coleguita, es que te había confundido con otra persona. Pero, ¡pasa, pasa!, no te quedes en la puerta. 

¿Coleguita? ¿De dónde salían los amigos de su amigo? - Pensó nuestro invitado cuando atravesó la puerta- Enseguida acudió Plumillas para aclarar todo.

- ¡Querido amigo! Espero que hayas tenido buen viaje. Veo que ya conoces a Matilda.

Borja tomó del brazo a Plumillas y lo llevó a un lado. 

- Oye, ¿esta lagartija es la misma de la que me hablaste?
- Sí, claro. ¿Por qué?
-  Bueno, creo que ya he pagado novatada con ella.

Plumillas se disculpó por lo ocurrido y luego fueron derechos al salón donde Borja pudo conocer a todos los habitantes de la casa. Acto seguido expuso la idea que tenía para la fiesta de Pirú y pidió colaboración para hacerlo entre todos. Los cocineros estaban tan nerviosos que casi dejan caer la bandeja con dulces variados que traían para agasajar al invitado. 
La mañana trascurrió entre idas y venidas a la cocina e ideas para montar las mesas. Estaban absolutamente maravillados con las hermosas vajillas que Artiñano puso ante sus ojos, todos menos Bizcocho que solo atendía a los dulces que pasaban por delante. 
Terminado el día, se despidieron hasta la mañana siguiente en la que Matilda y Plumillas lo acompañarían al bosque para recoger algunas flores, ramas o cualquier otro elemento natural que le sirviera para hacer un bonito arreglo floral para adornar las mesas.

- Oye, Matilda - Llamó Plumillas a su amiga con un gesto para que lo siguiese a la cocina- 
- Dime, Plumis.
-¡No me llames Plumis! ¡Qué manía tienes! - Exclamó molesto el ratón- Haz el favor de portarte bien y ser educada, mi amigo lo es y espero lo mismo de ti.
- Yo soy educadísima. ¿Tu amigo es como tú o es normal?

Plumillas elevó las cejas en un gesto de asombro ¿Qué significaba esa pregunta?

- ¿Es que yo no soy normal? - ¡Mira que eres bruja!
- Bueno... Eres un poco pesao y un sabidillo.
- ¡Mira qué graciosa! Borja es un señor muy educado, así que trátalo bien y no seas bruta.
- ¿Puedo gastarle bromas?
- Si, pero sin pasarte. 
- Sí, piri sin pisisrte... ñe, ñe, ñe. ¡Eres un cursi! Le haré la morición, ea.

Amanecía sobre las ocho cuando Borja escuchó ruido tras su puerta. Era Plumillas, venía a disculparse por no poder acompañarlo al bosque, se le había presentado un imprevisto y tenía que partir hacia Los Altos. Lo dejaba con Matilda a la espera de que todo fuera bien.
Nuestro invitado bajó y fue a desayunar, luego dio un largo paseo por los alrededores, pero la lagartija no aparecía. A las nueve y media, su paciencia estaba al límite y decidió buscarla.

- ¿Matilda? ¡Está en la emisora! - Le dijo la seño Yolanda que salía con sus alumnos de excursión-
- Bueno, ¡esto es el colmo! ¡En esta casa nadie se toma nada en serio! - Pensó nuestro amigo cuando decidió ir a hablar con la lagartija y darle las quejas por su plantón-

Al verlo entrar, Matilda se dio cuenta de su despiste: ¡Lo había vuelto a dejar plantado! Porbre Borja - Pensó-

- Matilda, por favor, ¿tienes un momento? 

La lagartija le hizo una señal para que esperase un minuto. Puso una canción y luego atendió a Borja, que no parecía enfadado con su despiste. Antes de dejarlo hablar, se disculpó.

- ¡Ostras, nene, perdona! Es que el Plumis se ha tenido que ir pitando y tenía que atender la emisora. No te enfadas, ¿no? Yo te doy unas explicaciones molonas,  te pinto un mapa y te vas tú solito a buscar tus adornos. ¿Hace?

No daba crédito a lo que escuchaba, pero, ¿quedaba otra alternativa? La lagartija cogió lápiz y papel y empezó a dibujar.

- Mira, cuando llegues aquí, giras a la derecha, tienes que ver un grupo de rocas y detrás el arroyo y la arboleda. No  tienes pérdida. Ahí encontrarás musgo y también flores en cuanto andes unos metros. Si te despistas, en la casa de madera vive doña Carmelita Despistillos, puedes preguntar. Y ahora que lo pienso, ¿por qué no vas con Smaugui?
- ¿Smaugui?
- ¡Sí! El Culebre. ¿No te han hablado de él? Es como un dragón, pero en español.
- ¿Dice palabrotas en lugar de escupir fuego?

Matilda comenzó a reír, ¡era lo mejor que había escuchado en años! Le explicó quien era y que con una sola llamarada, ponía en marcha la calefacción de Casa Encantada. Le aconsejó ficharlo para mantener caliente las viandas.
Tras un rato de charla pudo convencer a la lagartija para que lo acompañase y esta accedió. Aunque solo un rato. 

Ya en el bosque, Borja disfrutaba de lo que la Naturaleza le ofrecía para sus arreglos.

- Mira, Matilda, esas flores son maravillosas

- Pero si son de lo más normalitas... - Objetó la lagartija-
- A ver... Esto es un evento en mitad del campo, ¿no querrás que monte las mesas como si estuviéramos en la embajada de Portugal, no?
- Pues mira, sería todo un detalle por tu parte. 
- Eres terrible, de verdad. Anda, ve por allí y mira a ver si hay musgo, yo iré por este lado.

Se separaron unos instantes y Borja descubrió unas setas preciosas.


- ¿Pero qué maravilla es esta? Me las llevo para mis arreglos. 

Tan ensimismado estaba buscando flores y piedrecitas aquí y allá que no se dio cuenta de que Matilda llevaba un buen rato llamándolo.

- ¡Jolines, Borja que estás sordo! Llevo llamándote una hora.
- ¡Ya será menos, exagerada!. Y no digas jolines.
- ¿ Y eso por qué?
- ¡Porque lo digo yo! Es una cosa muy fea y tú eres una lagartija muy bonita. No lo digas.
- ¡Jolines! - Dijo Matilda con los brazos en jarra y arrugando la nariz-
- ¡Matilda! 
- Ahora te hago la morición.

Y sin pensárselo dos veces se tiró al suelo y se hizo la muerta. Nuestro amigo no sabía ya donde meter tal cantidad de sensaciones. ¿Era así de verdad aquella criatura o lo hacía para probar la paciencia del prójimo? Estaba asimilando la visión que tenía frente a sí cuando Matilda abrió un ojo.

- ¿Puedo decir jopé?
- ¿Quieres probar los platos que vamos a preparar y participar en la fiesta? - Preguntó agachándose y mirando a la lagartija muy fijo-
- ¡Ya no lo digo más! - Y se incorporó de un salto-

La vuelta a casa fue divertida. Borja le contó mil anécdotas y Matilda reía tanto que no podía caminar. Otras veces era él el que moría de risa con las cosas de aquella criatura verde y revoltosa. 
El día se cerró mucho mejor de lo que había empezado. En dos días sería la gran sorpresa así que muy temprano comenzó el trajín de mesas, recetas, vajillas....
Borja estaba en la cocina dando instrucciones a Benito y Blasito.

- Chicos, esa crema más suave, por favor. ¿Alguien ha visto la cesta que traje ayer del bosque?
- Pues como la hayas dejado en la despensa, olvídate. Bizcocho se lo come todo. - Le dijo Blasito-
- ¡Qué horror! ¡En esta casa sois todos unos zampones!

La cesta estaba en el exterior donde ya se montaban las mesas. Borja extrajo sus tesoros y se dispuso a adornar. Plumillas llegaba en ese momento.

- Hola Borja ¿Qué tal ayer con Matilda? Es buena chica, aunque un poco sinvergüenza.
- ¡Lo pasamos de lujo! Es bruta como ella sola, pero muy divertida. Además, ¡me ha enseñado a hacer la morición!
- No me lo puedo creer... - Murmuró Plumillas-
- Pues créetelo, fue divertidísimo.
- ¿Qué es eso que tienes ahí? - Preguntó muy serio -
- Pues unas setas, las cogí ayer para .....
- ¿Pero qué has hecho, insensato?

Plumillas puso una mano en el hombro de su amigo y le contó que no eran setas, sino casas. Sí, las casas de los gnomos que vivían en esa zona y que tenían una mala pipa... 

- ¿No te aseguraste de que estuvieran vacías? - Preguntó Plumillas preocupado-

Borja no daba crédito a lo que oía. ¿Casas? ¡Si eran setas! Llevaba utilizándolas años y jamás había tenido problemas de ningún tipo. Era de locos. ¿Cómo iba a haber gnomos dentro? ¿Dónde se había metido aceptando ese trabajo?

- Pero, Plumillas, por Dios, que estamos hablando de setas.... - Se explicó intentando disimular su hartazgo-
- Exacto, pero mira, mira por esta ventana y verás.

Acercó la seta a los ojos de su amigo. ¡Por todos los dioses! ¡Si dentro había una casa perfectamente decorada y amueblada! En ese instante se escuchó hablar a lo lejos. Pumillas pidió a su amigo que aguardara un instante y caminó hasta la verja de entrada. Allí se encontró con varios gnomos con cara de pocos amigos. La seño Yolanda intentaba calmarlos, pero no había forma, ¡estaban enfadadísimos!



- A ver, ¿qué ocurre aquí? 
- ¡Queremos hablar con Pirú! - Exigió el más joven.

En ese instante salía don Leonardo acompañado de Borja. Cuando los gnomos vieron al ratón bibliotecario, se calmaron.

- Don Leonardo - Tomó la palabra el más veterano- Ese señor que le acompaña se ha llevado la casa de mi sobrino, la de la señora Gumersinda y toda la calle de Martín el zapatero. ¡No tenemos bastante con las orugas okupas que ahora nos vienen los ratones!
- Cálmese, don Laureano. Aquí nuestro amigo no ha tenido ninguna intención de robar nada, todo ha sido un terrible malentendido. El señor Artiñano está preparando la fiesta sorpresa de Pirú y no sabía que esas setas estaban ocupadas. ¿Cómo podemos arreglar este entuerto?
- Tienen que devolvernos las casas - Ordenó el gnomo-
. Pues si solo es eso, lo haremos ahora, antes de que puedan deteriorarse.

Borja se adelantó y se puso a la altura de los gnomos. Traía unos dulces de lo más apetecibles  y eso hizo que la visita se relamiera solo con verlos.

- Ruego me disculpen, nunca había estado en un lugar mágico y claro... ¿Cómo iba yo a saber que esas setas tenían gnomos dentro? De haberlo sabido, jamás las habría recolectado. Acepten estos dulces a modo de disculpa. Son unos eclair  de chocolate hechos por mis mejores reposteros: Blasito y Benito.


Imagen extraída de la cuenta de Instagram de Pocheville Catering. Os animo a seguirla. 

Cuando los gnomos vieron aquello se les pasó el enfado rápidamente. Probaron y les encantó así que los invitaron a pasar al salón de Casa donde sirvieron otros platos igual de interesantes. Además, estuvieron admirando las vajillas que servirían para la fiesta sorpresa de Pirú. El gnomo don Laureano llamó aparte a Borja para hablar con él.

-- Querido amigo, me pregunto si podrías venir a la boda de mi hija. Me gustaría que organizaras tú el catering porque  estoy sorprendido de lo bonito y bueno que es y está todo.
- Sí, claro, faltaría más. ¿Me perdonan entonces?
- ¡Por supuesto! Además, cuando las setas estén en su sitio, te regalaré algo que te va a encantar.

Le guíñó un ojo cómplice y siguió degustando de todo aquello que estaba a su vista.
Esa misma tarde, Borja y Matilda dejaron las setas en el lugar donde fueron recogidas y los gnomos pudieron volver a sus casas que además.... estaban repletas de dulces. Antes de marchar, don Laureano le regaló unas preciosas setas de cristal de Murano para que con ellas hiciera  arreglos para sus mesas. Agradecieron el presente y se dispusieron a regresar, sin embargo, no se dieron cuenta de que la noche estaba ya cercando el bosque.

- Mira que son interesados estos gnomos -Dijo Matilda- Perdonan todo a cambio de dulces.
- ¡Lo que son es unos golosos! De todos modos, me encantan las setas de Murano, ya verás la de cosas bonitas que pienso hacer.

Charlaban animadamente cuando la noche cayó y todo lo conocido se volvió extraño.

-  Matilda, sabes bien por donde vamos, ¿verdad? - Preguntó Borja mirando atrás un poco asustado.
- Claro que sí, coleguita, estás hablando con la exploradora number one del mundo mundial. Además, mira, llevo mi arco y mi carcaj lleno de flechas.

Eso no tranquilizó a nuestro amigo que se sintió un poco indefenso en aquella inmensidad. Los bosques siempre le parecieron catedrales naturales, unas enormes catedrales que admiraba pero en las que era fácil perderse sin apagaban las luces. Y  esa noche la bombilla principal se había apagado, era una noche sin luna. Los sonidos típicos de las horas comenzaron a escucharse; el ulular de las lechuzas, los grillos desperezando sus alas y algún canto más que Borja no supo identificar. 
Mientras caminaban, Matilda le contaba historias del programa que hacía con Plumillas "Cuarto Ratenio". A Borja no le pareció nada apropiado escuchar relatos de miedo en esas circunstancias, pero esa lagartija debía estar cruzada en loro. ¡No paraba de hablar!

- Total, que cuando fuimos a casa de don Avelino Churrete, ni fantasma ni flautas, era Bizcocho que se metía en la despensa y se zampaba todo.... - Hablaba Matilda sin parar-

De repente, el suelo comenzó a temblar. Un ruido fuerte, como de pisadas de gigante hacía que todo se tambaleara alrededor. Borja cayó al suelo al tercer golpe y sobre él, Matilda. 

- ¿Qué es eso?- Preguntó el ratón asustado-
- Pues.., esas pisadas solo pueden ser de un Ojáncano o un Roblón. - Contestó Matilda poniéndose en pie y recomponiéndose-
- ¿De qué? - Volvió a preguntar abriendo los ojos de manera desmesurada-
- Son criaturas mitológicas, antes solo estaban por Cantabria, Asturias.... Pero han bajado al sur y aquí los tenemos dando por saco. Y hablando de tener, lo que de verdad tenemos es un problema si no llegamos pronto a la caseta de la vía. Allí estaremos a salvo hasta que lo que sea se tranquilice.

Borja se asustó muchísimo. ¿Roblones? Matilda le explicó que era un viejo roble que se había tragado a una muchacha y los ojos que se veían en el árbol eran de ella. Ojos abrasados de dolor. Que eran enormes y muy peligrosos. Y luego esos otros seres.... ¡Los Ojáncanos! Esos sí que daban miedo... Eran como ogros, pero españoles. Un detalle, si te comen, al menos que sea en tu idioma. -Pensó-
Aceleraron el paso para llegar hasta la caseta, pero esta no aparecía y las pisadas se oían próximas. Cayeron al suelo un par de veces más. Matilda se dio cuenta de que los sonidos del bosque habían cesado y eso solo podía significar una cosa: Lo que fuera..., estaba cerca, muy cerca.

- ¿Qué pasa? -Preguntó Borja deteniéndose a la vez que la lagartija-
- Aquí debería haber un camino que desciende hasta la caseta. -Dijo rascándose la cabeza-
- ¡Nos hemos perdido! 
- Pues me da que sí...
- ¡Estupendo! No sé en qué estaba pensando cuando acepté venir aquí. ¡Todo es culpa de Plumillas!
- En eso te doy la razón. Tú cuando no sepas a quien echarle la culpa, se la echas al Plumis. Yo lo hago siempre y me va bien.

La lagartija no parecía tomarse nada en serio, hasta que delante de sus narices apareció el viejo Roblón. Enfadado, con los espinos alrededor de los ojos que ardían en la noche alumbrando todo como si hubiera luna, con aquella melena de hierba seca que le daba un aspecto aterrador. Su respiración agitaba las ramas de los árboles próximos y paralizaba de miedo a todo el que osara mirarlo.


- ¡Ahora sí que tenemos un problema! ¡Corre, Borja!

Y los dos echaron a correr como alma que lleva el diablo siendo perseguidos por el Roblón muy de cerca. Cada que vez que aquella criatura ponía un pie en el suelo, todo el bosque temblaba y nuestros amigos salían rodando por los suelos. En una de esas, El árbol cogió a Borja que no pudo zafarse de aquellas ramas secas que aprisionaban su tobillo.

- Matildaaaaaa!

Luchaba por soltarse, pero era imposible. La fuerza de aquel ser no era normal y por más que lo intentaba no podía escapar. Matilda vio asustada cómo el Roblón se acercaba la presa a sus ojos. Rápidamente sacó sus flechas y se dispuso a soltarlas hacia la cabeza, pero necesitaba fuego, algo que prendiera las hierbas secas. Nada de lo que hacía daba resultado,  a fin de cuentas, sus flechas no eran más que pequeños alfileres para el Roblón. Si al menos le acertara en los ojos...
Borja comenzó a sentir un calor inmenso que salía de las brasas que el árbol tenía por ojos. No podía soportar aquella temperatura y se desmayó abandonando toda esperanza por salvarse.

- Menudo final tan tonto. Chamuscado por un árbol que no sabía ni que existiera y que tiene unas malas pulgas que cualquiera le tose. ¡Por no hablar de lo que le huele el aliento a cenicero! Qué muerte tan ordinaria, de verdad..... -Pensaba a medida que se sumía en el mundo de las sombras-
- ¡Borja, no! ¡Despierta, amigo! - Le gritó Matilda desesperada.

La lagartija volvió a disparar sus flechas y esta vez acertó en un pie a su amigo que rápidamente despertó con un grito de dolor. El árbol no lo esperaba y se asustó dejando caer al ratón, momento que aprovechó para esconderse tras unos matorrales a todo correr. Matilda lo siguió y se resguardó con él.

- Estupendo, ¡ahora estoy vivo pero con una flecha en el pie! ¡Aaaaaaay!
- ¡Haz el favor de no quejarte! -Gritó Matilda- ¿Prefieres ser ratón a la parrilla? Desde luego, ¡eres igual de quejica que tu amigo Plumis!

El Roblón volvió a la carga, pero la lagartija vio sobrevolar algo en el cielo. ¡Smaugui!.

- ¡Mira, Borja! ¡Es Smaugui!. ¡Estamos salvados!

El Culebre había escuchado las pisadas desde Casa Encantada y reconoció rápidamente al ser que las provocaba. Decidió volar para espantarlo cuando se encontró con el panorama de Matilda y Borja acorralados por el Roblón. Enseguida lanzó una llamarada que sorprendió al árbol.

- ¡Bien! -Exclamó Matilda!. ¡Estamos aquí, Smaugui! -Agitaba las manos en el aire-

El Culebre lanzó fuego de nuevo y esta vez impactó en la cabellera del Roblón que salió corriendo en dirección al arroyo más cercano. Entonces, cuando el peligro pasó, descendió.

- Ese pie no tiene muy buena pinta . -Dijo echando humo por la nariz-
- ¡Me duele mucho! 
- ¡Pero te he salvado la vida, so quejica!- Exclamó Matilda.

Bueno, dejad la discusión, lo importante es que estáis vivos. Matilda, ayuda a Borja a subir a mi cuello y cobijaos en mis escamas, voy a elevarme mucho para ver dónde ha terminado esa criatura y podéis tener  frío. Luego volaremos a Casa Encantada.
A pesar de las circunstancias, Borja disfrutó muchísimo de aquel paseo. Pudieron ver al árbol metiendo la cabeza en la cola del pantano, por un tiempo, no tendría ganas de molestar a nadie. Después sobrevoló todo el bosque para terminar en casa y a salvo.
Don Leonardo inspeccionó el pie, era algo que solo podía curar Pirú y no regresaría hasta el día siguiente así que con la atención de Teresa Recetillas y algún calmante, pasó la noche. 
Al fin llegó el día del cumpleaños  y ayudado por un bastón que le prestó don Leonardo, se levantó temprano y dispuso todo en los jardines de la casa.

- ¡Venga, chicos, que Pirú está al caer! - Iba cojeando de un lado para otro y dando órdenes a diestro y siniestro-
- ¡Tú mandas mucho! - Le dijo Matilda. ¡Vas a ir al sindigato!
-Pero... ¡Serás sinvergüenza! ¡Si tú no estás haciendo nada!
- Te estoy vigilando, que me ha mandado Plumillas y también don Leonardo.

No hizo caso a la insolente lagartija y siguió preparando para que las cosas estuvieran  dispuestas a la llegada del cumpleañero. Todo estaba quedando como le gustaba a nuestro amigo; mientras daba los últimos toques a un bodegón, se acercó Smaugui.

Extraído de la cuenta de Instagram de Pocheville Catering. Una genialidad de Borja Artiñano.


- Borja, ¿voy calentando ya la comida?
- Sí, yo creo que sí, pero espera que te acompaño no la vayas a liar.

Fue hasta donde estaban las viandas preparadas y dio instrucciones precisas de cómo tenía que lanzar las llamas, pero claro... un Culebre es un Culebre y no calculó muy bien.

- ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaay! ¡Que me chamuscas! ¡Voy a tener que pedir un plus de peligrosidad!
- Los siento, lo siento! Si te sirve de consuelo, a Plumillas lo quemo siempre en las barbacoas.
- Sí, un consuelo. Mal de muchos...


Cuando consiguieron regular  la potencia de Smaugui, Borja sacó los arreglos que había hecho con las setas de cristal de Murano y los colocó por las mesas. Habían quedado realmente bonitos.
Extraído de la cuenta de Instagram de Pocheville Catering. Me he atrevido a hacer un montaje para que se vea lo mejor posible. Las fotografías son del invierno, pero los habitantes de Casa Encantada no lo saben. ¡Chssssssh, no les digáis nada!


Al fin pudo terminar y se sentó con su patita en alto para descansar un poco. Plumillas se acercó para darle la enhorabuena, todo había quedado precioso. 

- A Pirú le va a encantar. ¿Te duele mucho el pie? - Le preguntó señalando con el dedo-
- Un poco. Matilda tiene buena puntería, si no llega a ser por eso, no las cuento.
- Sí, es muy bruta, pero es buena lagartija.
- Y hablando de lagartijas, por ahí viene.

Matilda venía corriendo para anunciar que el mago llegaba.

- ¡Chicooooooos!¡Escondeos que viene!

En menos que se dice miau, no quedó ni un alma en el jardín, todos corrieron a esconderse en la casa. Cuando Pirú abrió la verja se encontró con una veintena de mesas maravillosamente dispuestas y con un olor exquisito que envolvía todo. Pero... ¿Dónde estaban sus amigos? ¿Habría pasado algo en su ausencia? Era raro, todo preparado y ni rastro de Matilda, ni don Leonardo...  También le parecía extraño que todo fuera tan perfecto, las comidas en Casa Encantada nunca tenían ese nivel. Qué raro...¿Qué estaba sucediendo?- Llamó una vez más a Matilda, Plumillas..., pero nada, no obtuvo respuesta. 
Siguió avanzando y entonces se topó con un rollo de papel atado y suspendido en la rama de un árbol. Era una carta.

Querido Pirú, en el día de tu taitantos cumpleaños hemos querido darte una sorpresa de esas que no se olvidan. Es nuestro modo de darte las gracias por todo lo que haces por nosotros. Por tus pantallas mágicas que nos aíslan de los malos, por tu medicina exprés a golpe de conjuros y por tu sabiduría que nos regalas siempre que Matilda no interrumpe. Por todo ello, GRACIAS.
Que disfrutes de este día y esta comida tan especial que te prepara Pocheville Catering, sabemos que eres fans absoluto de Artiñano que hoy está aquí para ti.
Feliz y encantado cumpleaños. Con cariño de,

Los habitantes de Casa Encantada.

¡Pirú no podía creer lo que estaba leyendo! ¿En serio los de Pocheville habían preparado todo aquello para él? ¿Tanto le querían sus amigos? Y en medio de su emoción  vio venir a Plumillas, don Leonardo, Blasito, doña Sinforosa, Bizcocho, la seño Yolanda.... Todos sus queridos compañeros que salían cantando el "Feliz en tu día" con una pancarta donde se leía: "Felicidades Pirú" y lanzando papelillos y serpentinas que luego tendría que recoger con magia. 
Arriba de la escalera había alguien con un bastón, alguien que nuestro mago reconoció al instante.

- Pero... ¿Qué le habrá pasado? - Se preguntó en silencio mientras saludaba a todos-

El mago subió la escalera para reunirse con Borja que aguardaba paciente su turno para conocer a tan entrañable personaje. Alguien de quien había oído mucho hablar gracias a su amigo Plumillas. 

- ¡A mis brazos, pequeño! - Le dijo el mago cuando estuvo a su altura-

Era la primera vez que un mago de verdad le daba un abrazo. Uno de esos que si tienes penas, se van. Uno de los que recomponen el alma.

- ¿Me vas a decir qué te ha ocurrido? - Le preguntó-
- Es una larga historia, pero lo dejaremos en que me atacó un Roblón y Matilda pudo salvarme con sus flechas.
- Matilda tiene una puntería endiablada, supongo que el disparo está justificado. Ahora ven, ponte allí.

Le señaló con la mano para que bajara las escaleras y se pusiera en un claro del jardín- Pirú lo siguió y cuando estuvo a su lado, giró el báculo del que salió una luz brillante y azulada. Le ordenó que entrara y al momento se vio envuelto por millones de partículas brillantes de una luz cegadora. Notó algo caliente en el pie y de repente desapareció toda molestia. ¡Podía andar! 

- ¡Ya no me duele! ¡Puedo andar! - Dijo saltando de alegría-
- Esta es la medicina de Casa Encantada, querido amigo - Le dijo Plumillas que se acercaba para interesarse por su reacción.

Y sin más, dio comienzo una fiesta que duró todo el día y buena parte de la noche, cuando agotados de bailar y divertirse, cada uno regresó a su habitación de la casa mágica. Había sido maravilloso estar allí y así lo sintió Borja que agotado se durmió enseguida.
A la mañana siguiente llegaron las despedidas, no era fácil dejar un lugar como aquel, pero prometió que volvería.

- Smaugui, me encantaría que me echaras una mano en una boda que tengo en un par de semanas. ¿Vendrás? - Le preguntó Borja-
- ¡Por supuesto!  Cuenta conmigo.
- ¡Yo también voy! -Gritó Matilda-

Y en ese momento, Borja se tiró al suelo e hizo "la morición", cosa que hizo reír a todos, incluso a la lagartija. 

- ¡Moriré con tus trastadas! - Exclamó nuestro amigo mientras se levantaba ayudado por Plumillas- Pero bueno, aceptaré tu compañía y si aparece algún pesado, siempre podrás hacer de las tuyas.

Con todo dispuesto para la marcha, Smaugui se prestó a llevarlo a casa. ¡Menuda envidia iban a pasar sus vecinos! No todos los días vuelve uno del trabajo en Culebre privado. 
Y así, Smaugui subió y subió mientras nuestro nuevo amigo sacudía la mano en el aire con un  "hasta pronto".

NOTA. A Borja Artiñano, por su genialidad y su generosidad. Gracias por servirme de inspiración y gracias por ser un señor estupendo. Bienvenido a Casa Encantada.



¡Espero que no hayáis pensado que Borja era un ratón de verdad! 😅😅😅
Aquí os dejo la fotografía del auténtico.