lunes, 17 de septiembre de 2018

OTOÑO EN EL GUADIATO.

Cosas maravillosas, cosas de eternidad que rompen el pacto con el verano para renacer en otoño. Rosados los días salpicados de gente contenta que gasta los ojos mirando a las nubes. No se cansan de mirar el raudal de luz viva que apagará la sed de la tierra y las pardas encinas. La brisa madrugadora pone la piel de pie y bendice las praderas y las magnas besanas preparadas para la fecundación. Hay hombres en el campo, fatigados rostros sobre la tierra consagrada que espera un año más el milagro del pan y los animales. 

Y sonarán los arroyos que pondrán el verde loco y el rojo reventón mientras el sol abre la cola de pavo real. Otoño en el Guadiato, delirio de colores en los cielos de santa Bárbara donde el minero olvidó su lámpara y ahora es fantasma desamparado que se mece entre las ruinas. Este cielo se vacía sobre tejas agrietadas y chimeneas ásperas que sueñan con volver a ser niñas, pero alrededor, todo es pasto envejecido. 

Este valle sigue siendo nuestro y también el agua que cae de los sollozos del cielo, aquí la sierra no se llena de polvo, sus frutos bendicen gargantas que duermen hijitos y llenan de dulzura la esperanza a golpe de verdades piadosas. 

Estos cielos, ladrones de miradas, tienen pupilas color del universo y cada noche, rondan castillos en vigilia desde siglos. Cada aurora pura y santa lleva prodigio sobre estas tierras de amor inmenso y plenitud. Otoño en tierras cordobesas llenas de deseos invencibles y corazones echados a los caminos, esos que el rocío trémulo despierta del divino sueño de la tarde. 

Mirad arriba y poneos los collares de nubes, son de terciopelo y vuelven arco iris los relámpagos. Sentaos aquí, en este lugar que podría ser otro y lo es para quien abandona, sentaos bajo la fiesta del crepúsculo que derrama el otoño entre los árboles y los nonatos del Guadiato.

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