lunes, 27 de julio de 2026

EL GAMBIGRUPO Y LA GALERÍA DEL FRANCÉS

El verano había caído ya sobre la Charca de los Patos y el Gambigrupo seguía estudiando todo lo referente a las calzadas romanas. Tras el gran descubrimiento, estaban dispuestos a aprender cuanto pudieran sobre aquellas construcciones y se pasaban el día entre libros o preguntando a toda persona susceptible de saber algo sobre el tema.

Aprovechando que ya estaban de vacaciones, a primera hora de la mañana Pepa Jones y compañía se dirigieron a la Biblioteca Municipal de Peñarroya-Pueblonuevo, el templo del saber local. Nada más entrar, se fueron raudos a la sección de Historia para buscar información sobre las arterias que unían la Bética y la Lusitania, así como sobre los metales que se transportaban por ellas. Querían saberlo todo acerca de aquella calzada recién descubierta. Lo tenían claro: iban a buscar obras de Plinio, pues sabían que en sus escritos había mencionado el cobre de Corduba.

La auxiliar de la biblioteca sonrió al ver al Gambigrupo recorrer los estantes. No era la primera vez que aquellos cuatro niños entraban buscando respuestas. Lo que Inma no sabía era que aquella mañana, entre tantos libros, iban a encontrar algo que llevaba mucho tiempo esperando ser descubierto.

Se acercó a ellos y, conocedora de su interés por la historia del Guadiato, escuchó atentamente sus peticiones.

Los chicos se sentaron en la parte de la biblioteca que tenía unas enormes cristaleras desde las que se podía contemplar el jardín, mientras Inma se perdía entre estantes y libros. Al poco rato regresó con varios ejemplares. Entre ellos había un volumen enorme y muy antiguo sobre la historia minera del Guadiato que una familia acababa de donar a la biblioteca. Lo habían encontrado en el desván de una casa que acababan de adquirir. Llevaba un mes allí, pero nadie había pedido consultarlo.

Julián, extrañado, preguntó:

—¿Y este? Si nosotros buscábamos la calzada romana...

Inma respondió:

—Muchas veces la historia está unida. Las minas, los caminos, los ferrocarriles... Echadle un vistazo. Os dejo, chicos. Si necesitáis algo, ya sabéis dónde estoy.

Los amigos se afanaron en la búsqueda, cada uno con un ejemplar distinto. De repente, mientras Estrella y Julián hojeaban el viejo libro de minería, un papel amarillento cayó al suelo.

Estrella lo recogió y lo abrió con sumo cuidado. Se veía viejo y ajado. No era un pergamino ni un mapa del tesoro. Era un antiguo plano, repleto de líneas y anotaciones, perteneciente a una explotación minera del siglo XIX.

Sin embargo, lo que llamó la atención de los chicos no fue la fecha ni aquel laberinto de galerías dibujado sobre el papel, sino una anotación que alguien había escrito a lápiz en uno de los márgenes:

«No volver a entrar. La Galería del Francés»

Se miraron con los ojos encendidos de ilusión y aventura. Aquel mapa había permanecido durante quién sabía cuánto tiempo escondido entre las páginas del libro, sin que nadie lo descubriera.

Tenían ante ellos un auténtico tesoro.

—Ostras... Esto no puede caer en manos de cualquiera —aseveró Pepa, tomando el mapa con sumo cuidado, mientras Gambita olisqueaba el papel con evidente interés felino.

—Desde luego que no. Lo mejor será avisar a Inma para que lo guarde y hable con quien considere oportuno. Nosotros podemos hacer una copia y trabajar sobre ella —propuso Patricia.

Todos asintieron. Sí, era una buena idea.

Se levantaron y fueron a hablar con la auxiliar, que al ver aquel mapa se quedó atónita.

—¡Chicos, pero esto puede ser una grandísima noticia! Menos mal que lo habéis encontrado vosotros. Quién sabe... Podría haberlo visto alguien que no supiera valorarlo o, peor aún, alguien que lo valorara en exceso y...

Dejó las palabras flotando en el aire mientras los niños la miraban muy atentos.

—Inma, ¿nos puedes hacer una copia del mapa? —preguntó Julián.

—¡Por supuesto! Nunca he oído hablar de la Galería del Francés. Voy a ponerlo en conocimiento del cronista y de algunas personas más. Quizá podamos averiguar de qué se trata.

Les entregó la copia y les pidió que esperaran. Diez minutos después se dirigió de nuevo hacia ellos.

—¡Os invito a desayunar! ¡Esto hay que celebrarlo! —exclamó Inma, feliz—. Vamos a la Churrería La Rosca. Sé que os encantan los churros que hacen María José y Sonia, así que ¡vamos! No hay tiempo que perder.

Felices, salieron rumbo a la churrería.

Sin embargo, mientras caminaban, en la cabeza del Gambigrupo solo rondaba una idea:

encontrar la Galería del Francés.

Al llegar a la churrería, Sonia y María José los recibieron con la alegría de siempre. Como los conocían tan bien, les reservaron la mesa de la ventana, la favorita del Gambigrupo, desde donde podían contemplar un poquito del Cerco Industrial mientras desayunaban. A Gambita, como de costumbre, le sirvieron un pienso muy especial que siempre tenían preparado para el gato más aventurero del Guadiato.

—¡Chicos, qué alegría veros! —saludó Sonia en cuanto los vio entrar—. Hace un momento se han marchado vuestros amigos de la Guardia Civil. Si hubierais llegado cinco minutos antes, también habríais visto a Mónika.

—¡Y mira quién viene por aquí! —dijo María José agachándose para acariciar a Gambita, que respondió con un sonoro ronroneo—. Cada día estás más guapo, ¿eh, campeón?

Después levantó la vista y sonrió al resto.

—Bueno... ¿Qué aventura traéis entre manos? Conociéndoos, espero que esta vez no sea nada peligroso.

Los niños se miraron unos a otros y, casi al mismo tiempo, dirigieron la mirada hacia Inma.

—¡Oh, no! —se apresuró a responder Estrella—. Estamos investigando las calzadas romanas. Ya sabéis que en la Charca de los Patos ha aparecido un tramo de una de ellas y queremos aprender todo lo posible. Como donde más información hay es en la biblioteca... allí estamos pasando las mañanas.

—Y como Inma es un encanto... —añadió Patricia sonriendo—, nos ha invitado a churros con chocolate.

—¡Eso sí que es un buen plan! —rio María José—. Aunque os noto un poquito misteriosos... Así que prometedme una cosa: nada de meteros en líos.

Mientras hablaba, despeinó cariñosamente a Julián, que protestó entre risas.

—¡María José...!

—¿Qué? Si estás más guapo despeinado.

Todos soltaron una carcajada.

María José miró entonces a Sonia con una sonrisa cómplice.

—Oye, Sonia... ¿Qué te parece si mañana los invitamos nosotras a desayunar?

—¡Me parece una idea estupenda! —respondió sin pensárselo.

—Pues decidido. Mañana os esperamos otra vez. Así cogéis fuerzas para seguir aprendiendo sobre las calzadas romanas... y sobre todo lo que haga falta.

Los niños dieron un pequeño salto de alegría. ¡Otro desayuno de churros con chocolate! Aquello sí que era una suerte.

Pepa miró a sus amigos con una sonrisa.

—Al final va a resultar que investigar la historia de Peñarroya-Pueblonuevo tiene más premios de los que pensábamos.

Todos rieron mientras Sonia comenzaba a servir el chocolate caliente y el delicioso aroma de los churros recién hechos llenaba la churrería.

Al término del desayuno, se despidieron de Inma y cogieron sus bicicletas para dirigirse a la Charca de los Patos. El abuelo José los había llamado para decirles que ya había llegado Neizan, el bisnieto de Dimas, y que estaba deseando abrazarlos. El chico había pasado su primer verano charcopatero el año anterior, encajó de maravilla en el Gambigrupo y llevaba meses contando los días que faltaban para volver. Por fin, aquel día había llegado.

Nada más oír el sonido de las bicicletas, Neizan salió corriendo de la casa. Sus amigos lo recibieron entre abrazos y risas. Dimas no les había dicho el día exacto de su llegada porque quería darles una sorpresa. Y, desde luego, lo había conseguido.


Tras los abrazos, los niños se fueron rápidamente a la Charca. Allí, como cada verano, el abuelo José les había delimitado una zona de baño donde podían bañarse con total seguridad. Pero este año había una sorpresa más: les había instalado una bonita carpa con aire acondicionado solar para que pudieran refugiarse del calor y pasar allí buena parte del día.

—¡Neizan, tío, qué alegría que hayas vuelto! —dijo Julián, pasándole un brazo por los hombros—. Las chicas son geniales... pero también se echa de menos tener otro chico con quien hablar.

—¡Eso seguro! —rio Neizan—. Así podemos hablar de... cosas de chicos.

Pepa, que había escuchado perfectamente la conversación, arqueó una ceja.

—Uy, uy... seguro que ya estáis tramando algo.

—¡Pues claro! —contestó Neizan riendo—. Para empezar, según el cuadrante, hoy le toca a Julián llevar a Gambita al veterinario... ¡y voy a ir con él!

—¡Pues me parece estupendo! —respondió Estrella—. Le toca desparasitarse, así que prepárate para un lanzamiento olímpico de pastilla y una colección de gruñidos tigre.

Todos rompieron a reír. Al llegar al centro de operaciones, se acomodaron bajo los eucaliptos. Aún corría una agradable brisa y la carpa podía esperar. Patricia sacó la copia ampliada del mapa y puso a Neizan al corriente de todo lo ocurrido desde que habían encontrado el misterioso plano escondido dentro del viejo libro de la biblioteca.

—¡Buah!… Chicos, esto sí que es una aventura... —exclamó Neizan cuando terminaron—. ¿Lo saben mi bisa y el abuelo José? —preguntó mirando a Pepa.


—No. Y, de momento, mejor que siga siendo así. Si se enteran de que andamos buscando una antigua galería minera...

Dejó la frase en el aire mientras pasaba las manos cuidadosamente sobre el mapa. Julián se inclinó sobre él y se quedó pensativo.

—Veamos... Aquí pone: «Explotación minera San José del Guadiato». Yo conozco el pozo San José porque mi abuelo me ha hablado muchas veces de él, pero esa coletilla de «del Guadiato»... nunca la había oído.

—Yo tampoco —añadió Pepa—. El pozo San José que conocemos es el de El Porvenir, en Fuente Obejuna, y siempre se llamó así. Además, empezó a explotarse en 1957, así que no puede ser el mismo.

—Exacto —continuó Julián—. Esa explotación es mucho más moderna y fue una de las más importantes de la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya. De ella sabemos prácticamente todo. Esta, en cambio, ni siquiera pertenecía a la SMMP, que en 1887 apenas llevaba unos años fundada. Aquí pone claramente que el propietario era D. Eusebio Laurent.

—¿Y si antes existió otro pozo con ese mismo nombre? —preguntó Patricia, señalando el plano con el dedo.

—Es posible... pero si hubiera sido importante, tendría que aparecer en algún libro, en los archivos... en alguna parte —respondió Pepa sin apartar la vista del mapa.

—Pues estamos bastante perdidos —suspiró Estrella—. Esperemos a ver qué consigue averiguar Inma.

Neizan negó despacio con la cabeza.

—Yo creo que estamos siendo demasiado pesimistas. Y también pienso que quizá no deberíamos ocultárselo a mi bisa y al abuelo José. Entre los dos conocen a muchísima gente del mundo de la mina. A lo mejor el nombre del propietario... o el del ingeniero... les resulta familiar.

En una esquina del plano destacaban dos nombres escritos con una elegante caligrafía:

Propietario: D. Eusebio Laurent.

Ingeniero jefe: J. M. de la Vega.

Y, justo debajo, una fecha: 1887

Patricia observó el plano unos segundos antes de hablar.

—Creo que esa fecha no indica cuándo se abrió la mina. Más bien será el año en que se dibujó este plano... o en que ocurrió algo importante. Quizá precisamente por eso alguien escribió aquella advertencia.

Pepa asintió lentamente.

—Tiene sentido. Si este plano ya existía en 1887, la explotación debía de ser bastante anterior. Incluso podría ser contemporánea de La Terrible, una de las primeras grandes minas de carbón de la cuenca, que comenzó a explotarse a mediados del siglo XIX. Lo raro es que no encontremos ninguna referencia a este pozo.

—Sea como sea... —dijo Estrella cruzándose de brazos—, seguimos sin saber dónde estaba.

En ese momento sonó el móvil de Estrella. Era un mensaje de WhatsApp de Inma.

INMA: ¡Hola, Gambigrupo! ¡Hola, Gambita! 🐱😊 He estado investigando por Internet y preguntando a todas las personas que he considerado oportunas, incluida la Escuela Politécnica de Belmez.

INMA: Nadie conoce un pozo llamado San José del Guadiato. Y eso, sinceramente... me tiene muy intrigada. 😳

ESTRELLA: Hola, Inma. 💙 Nosotros también hemos estado investigando y hemos llegado a un callejón sin salida.

INMA: Por cierto. No le he enseñado el plano a nadie. Solo he preguntado si conocían una explotación minera con ese nombre.

INMA: En la Politécnica creen que podrían localizar información sobre el propietario y sobre el ingeniero que firma el plano. Van a investigar.

ESTRELLA: ¡Eso ya es una buena noticia! ¿Nos vemos mañana a la misma hora?

INMA: ¡Claro! Si encuentro algo en la biblioteca, lo tendré preparado para cuando lleguéis.

ESTRELLA: ¡Fantástico! 😘😘😘😘😘 De parte de todos... y de Gambi.

INMA: ¡Hasta mañana, grupito! 💙🐱

Julián movió la cabeza afirmativamente  y volvió a contemplar el plano.

—¿Os dais cuenta? —murmuró sin apartar la vista del papel—. Lo raro no es que exista este mapa...

Los demás levantaron la cabeza.—Lo raro es que nadie recuerde la mina.

Durante unos segundos, nadie dijo una palabra. Incluso Gambita dejó de juguetear con una hoja seca y se acercó despacio al plano, como si también él quisiera descubrir el secreto que llevaba oculto... desde 1887.

De vuelta al Tejar, Neizan convenció a sus amigos para contar al abuelo José y a Dimas todo lo que habían descubierto. Los dos escucharon en silencio mientras los niños les enseñaban la copia del plano y les explicaban todo lo que habían averiguado hasta ese momento. Cuando terminaron, Dimas frunció el ceño.

—José... ¿te acuerdas de aquello que contaba tu padre? Decía que el suyo hablaba de un hombre que desapareció en una mina sin que hubiera habido ningún derrumbe ni accidente. Entró en una galería... y nunca volvió a salir. Creo que era un francés.

El abuelo José hizo un esfuerzo por recordar.

—No me acuerdo, Dimas... —respondió negando despacio con la cabeza—. ¿No era mi tío Santiago quien contaba esa historia?

—Pues... ahora que lo dices...

Los dos quedaron pensativos durante unos segundos. Los niños aguardaban impacientes. Al fin, el abuelo José volvió a hablar.

—Sí... mi tío Santiago decía que un francés había desaparecido en una mina y que, en las noches sin luna, se aparecía a los mineros del turno de noche preguntándoles dónde estaba la salida —sonrió levemente—Claro que aquello no dejaban de ser supersticiones de la época.

Los cinco amigos se miraron con los ojos como platos.

—¡Un fantasma! —exclamó Neizan.

Dimas soltó una carcajada —¡Anda ya, criatura! Los fantasmas existen en los cuentos, no en las minas.

Pero al Gambigrupo aquella historia le había despertado aún más la curiosidad.  Entonces, el abuelo José volvió a fijarse en el plano. De repente abrió mucho los ojos.

—¡Un momento!... Dimas... mira esto.

—¿Qué pasa?

José señaló con el dedo un pequeño triángulo invertido dibujado al final de la Galería del Francés. Dimas acercó la cara al plano. Durante unos segundos ninguno dijo nada.



—No puede ser... —murmuró.

—¿Qué ocurre? —preguntó Pepa.

—Ese símbolo... —Dimas levantó lentamente la vista.— Es exactamente igual que uno que hay grabado en los ladrillos del viejo pozo que está junto al Arroyo de la Hontanilla.

El silencio fue absoluto. El abuelo José comprendió inmediatamente lo que estaban pensando los niños y se puso serio. Muy serio.

—Escuchadme bien los cinco —dijo mientras los muchachos levantaban la cabeza.— Ni se os ocurra acercaros a ese pozo. Nunca os dejo ir por allí... pero desde este momento os lo prohíbo expresamente. Si me entero de que habéis puesto un pie cerca del Arroyo de la Hontanilla... —hizo una pausa.—Se acabaron los baños en la Charca de los Patos durante todo el verano.

Aquello iba completamente en serio, nunca habían visto al abuelo José hablar con esa firmeza. Pepa fue la primera en asentir.

—Vale, abuelo... mensaje recibido.

—Y otra cosa —añadió José mientras doblaba cuidadosamente la copia del plano—. Este mapa se queda conmigo.

Los chicos intercambiaron miradas de decepción. Sin embargo, ninguno protestó.

Mientras Julián y Neizan llevaban a Gambita al veterinario, las chicas no podían dejar de darle vueltas a todo aquello. Si el símbolo coincidía... ¿Aquella era realmente la mina del plano? Llamaron inmediatamente a Inma y la pusieron al corriente de todo.

Entretanto, el abuelo José y Dimas decidieron actuar. Llamaron a la alcaldesa y le explicaron con detalle el hallazgo. Le pidieron que enviara cuanto antes a la Policía Local y a técnicos especializados para señalizar y asegurar la zona del antiguo pozo. Si aquella noticia llegaba a hacerse pública antes de tiempo, no tardarían en aparecer curiosos, buscadores de tesoros y aficionados a la historia minera. Lo importante era que el lugar quedara protegido y que fueran los especialistas quienes lo investigaran.

A la mañana siguiente los chicos regresaron a la biblioteca. Inma los esperaba con una carpeta llena de notas y nada más verlos sonrió.

—Tengo noticias.

Los cinco se acercaron inmediatamente.

—He conseguido averiguar que D. Eusebio Laurent desapareció realmente en una explotación minera de su propiedad. Con el paso de los años, los documentos originales desaparecieron, probablemente durante el incendio de la biblioteca, y la ubicación exacta de la mina se perdió.

Los niños contuvieron la respiración.

—Pero... —Inma levantó una hoja.— Con la información que vosotros habéis aportado... todo apunta a que aquella explotación estaba junto al Arroyo de la Hontanilla.

Los cinco se miraron, era exactamente lo que temían. Inma los observó unos segundos antes de preguntar:

—No estaréis pensando en entrar, ¿verdad?

Nadie respondió. Ella suspiró.

—Además, la alcaldesa está al corriente y ya habrá ordenado asegurar el pozo para que nadie pueda acercarse.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. Finalmente habló Julián.

—No queremos entrar... —Inma lo miró desconfiada.—Solo queremos identificar exactamente cuál era la Galería del Francés.

—Julián... —dijo Inma sonriendo con resignación— os conozco demasiado bien.

Los chicos bajaron la cabeza.

—Vosotros nunca os quedáis solo en mirar —prosiguió mientras juntaba las manos como si estuviera rezando y su voz se volvía muy seria.—Escuchadme, por favor. Ya habéis hecho un descubrimiento extraordinario. Gracias a vosotros, el plano está a salvo, los especialistas lo están estudiando y vuestro nombre quedará unido a este hallazgo. Eso ya es muchísimo— los miró uno por uno.—Ahora dejad que trabajen los profesionales.. No os imagináis lo peligrosa que puede ser una mina abandonada. Mucho más una que lleva cerrada cerca de dos siglos —sonrió con cariño— Prometedme que no vais a acercaros.

Los cinco asintieron, pero Inma los conocía demasiado bien. Mientras los veía marcharse, no pudo evitar pensar que aquella promesa... quizá no duraría mucho.

De allí se fueron directamente a La Rosca, donde Sonia y María José ya les tenían preparada su mesa de siempre. Nada más verlos entrar, saludaron con cariño a Neizan, a quien recordaban perfectamente del verano anterior. Sin embargo, enseguida notaron que algo no iba bien.

—Chicos... ¿qué os pasa? —preguntó Sonia extrañada—. Os veo un poco tristes.

Pepa dejó la mochila junto a la silla, alzó a Gambita para sentarlo frente a su cuenco de pienso y suspiró.

—Nada... que los mayores, a veces, son un auténtico rollo.

Las dos mujeres intercambiaron una sonrisa divertida.

Mientras desayunaban, los niños les contaron todo lo que había sucedido: el plano, la antigua mina, la advertencia del abuelo José, la conversación con Inma y el pozo al que no se podían acercar. Cuando terminaron, Sonia y María José se miraron un instante.


—Pues siento deciros que vamos a ponernos de parte de los mayores —dijo Sonia con una sonrisa.

—Y del abuelo José —añadió María José—. Una mina abandonada no es un sitio para jugar. Así que, esta vez, hacedles caso.

Los cinco dejaron escapar un suspiro casi al mismo tiempo. María José soltó una carcajada.

—¡Bueno, bueno! Esas no son las caras habituales de nuestro Gambigrupo. Quiero volver a ver esas sonrisas inmediatamente.

Los niños no pudieron evitar reír. Después, María José miró a Neizan.

 —Y tú, disfruta muchísimo del verano. Estoy segura de que os esperan un montón de aventuras... aunque, si puede ser, que no os den tantos sustos como esta —todos rieron.—Venga, terminad el desayuno. Y antes de iros, avisadme.

—¿Para qué? —preguntó Julián.

—Porque os voy a preparar unos churros para que se los llevéis al abuelo José y a Dimas. Seguro que también se merecen un desayuno como Dios manda.

—¡Eso sí que es una buena idea! —exclamó Pepa.

Y, por primera vez desde que habían descubierto que no podrían investigar el pozo "San José del Guadiato", el Gambigrupo volvió a sonreír de verdad.

De vuelta al Tejar vieron movimiento junto a los restos del viejo pozo que, finalmente, había resultado ser el del plano, a orillas del Arroyo de la Hontanilla. Varios operarios colocaban vallas y cintas de seguridad alrededor de la boca de la mina. Parecía que la aventura terminaba allí. O, al menos, eso pensaban los mayores. Fue entonces cuando Neizan sonrió de esa forma que todos conocían.


—Chicos... ¿y si le gastamos una broma a mi bisa Dimas y a los demás?

Estrella frunció el ceño.

—¿Una broma? ¿Qué estás pensando?

—¿Os acordáis de la leyenda? La del francés que se aparecía a los mineros preguntando dónde estaba la salida...

Los cinco comenzaron a sonreír. Aquello prometía.

—Esta noche todos los hombres que están trabajando en la siega van a dormir en la era. Los he oído hablar. Estarán el abuelo José, mi bisa Dimas y los demás... 

Patricia comenzó a reír antes incluso de poder hablar 

—¡Espera... espera...! —tuvo que respirar hondo un par de veces—¡Ya está! —Todos la miraron—Necesitamos un traje de licra negro.

—¿Para qué? —preguntó Julián.

—Porque voy a pintarle encima un señor del siglo XIX. Levita, leontina... todo. Desde lejos parecerá un fantasma de verdad.

—¡Pues sí que has mejorado mi idea! — Dijo Neizan abriendo mucho los ojos.

—Y todavía no he terminado —Patricia sonrió satisfecha.—.Tenemos focos solares... sedal transparente y esos muñecos viejos del almacén del Tejar.

—¡Ya te veo venir! —comentó Julián empezando a reír

—Los colocamos delante de la era. Al principio parecerán simples muñecos...

—¡Y cuando todos estén mirándolos... los moveremos con los sedales! —Estrella terminó la frase.

—¡Exacto! —exclamó Patricia entre carcajadas.

—Y entonces apareceré yo caminando despacito por el camino... —añadió Neizan.

—¡Y yo me encargo de las luces! —dijo Julián aplaudiendo con entusiasmo—Las esconderé cerca del pozo. Las encenderé y apagaré poco a poco... unas doradas y luego una blanca.

Pepa ya estaba pensando en el material.

—La media negra para la cara la tengo. El traje de licra lo buscamos esta tarde en algún bazar. Patricia, haznos una lista con las pinturas que necesitas.

—La hago en un segundo porque alguna cosa me falta —sacó un papel de la mochila y un lápiz donde escribió con rapidez.— Tomad. Y no os olvidéis del rotulador blanco.

Todos rompieron a reír., la operación acababa de comenzar.

Mientras Neizan y Estrella iban al pueblo a comprar lo necesario, los demás prepararon los muñecos, los sedales y los focos solares. Al caer la tarde todo estaba listo, solo faltaba esperar. Y aquella noche tenía un ingrediente perfecto: ¡No había luna!

Poco antes de medianoche, el Gambigrupo ocupó sus posiciones. Las chicas arrastraron cuidadosamente los muñecos hasta dejarlos frente a la era. Julián escondió los focos junto a las vallas del pozo Neizan terminó de ponerse el traje. La verdad era que Patricia había hecho un trabajo increíble, desde lejos parecía realmente un hombre vestido como a finales del siglo XIX. Para rematar el disfraz, le colocaron un viejo sombrero que habían "tomado prestado" al abuelo José.

—Como se entere... —susurró Pepa.

—Primero tendrá que pillarme —contestó Neizan muerto de risa.

En la era seguían hablando y riendo alrededor de la cena. Alguno terminaba su vaso de gazpacho, otro se disponía a acostarse y entonces... Una luz dorada surgió lentamente desde el lugar donde estaba el antiguo pozo, subió despacio hacia el cielo, se apagó y volvió a encenderse. Después apareció otra. Y otra más.

Uno de los segadores dejó el vaso sobre el suelo.

—José... ¿estás viendo eso?

Todos guardaron silencio. Una luz blanca iluminó de repente los tres muñecos.

—Pero... si eso no estaba ahí hace un rato... —murmuró Dimas—Voy a echar un vistazo.

Tres hombres comenzaron a acercarse despacio, sin hacer ruido. Entonces... Los muñecos se movieron, cada uno dio un pequeño salto en una dirección distinta. Los tres hombres se quedaron completamente inmóviles. Nadie dijo una palabra y  justo en ese momento... Por el camino apareció una figura caminando muy despacio. La luz lo iluminaba unos segundoss, luego desaparecía en la oscuridad... Y volvía a aparecer.

—¡Madre mía! —Murmuró uno de los hombres dando dos pasos hacia atrás.

—¿Pero... qué demonios es eso? —Dijo otro dejando caer el sombrero

Y entonces alguien gritó... —¡¡Corred!!

Aquello fue un auténtico caos.  Unos echaron a correr hacia las naves, otros hacia el arroyo y  alguno salió disparado hacia la casa. Hasta Dimas, que intentaba hacerse el valiente, acabó acelerando el paso al ver acercarse aquella misteriosa figura.

Escondidos entre los matorrales, los niños ya no podían contener la risa. Solo hubo una persona que no perdió la calma: el abuelo José. Se quedó quieto unos segundos, escuchó aquellas carcajadas y sonrió para sí.

—Ya decía yo... —miró directamente hacia el lugar donde intuía que estaban escondidos.—Si ya sabía yo que prohibirles algo iba a acabar exactamente así...

Fue tranquilamente hasta el porche, cogió la manguera, abrió el grifo y sin decir una palabra más...Se dirigió hacia los matorrales.

—¡Ahora os vais a enterar vosotros!

Un potente chorro de agua salió disparado. Las primeras en gritar fueron las chicas.

—¡¡¡Abueeeee!!! —Gritó Pepa riendo y corriendo sin rumbo fijo.

Los demás salieron corriendo entre carcajadas. Neizan apareció empapado con su traje de fantasma, Julián intentó esconder los focos, Patricia sujetaba los muñecos mientras no podía parar de reír. En pocos segundos todos quedaron completamente calados, pero ninguno dejó de reír.

Al escuchar las carcajadas, los hombres fueron regresando poco a poco y al descubrir el truco comenzaron a reír también.  Dimas cogió el traje de licra entre las manos y lo observó con detenimiento.



—Pero... ¡Si esto lo habéis pintado vosotros!

—Nos ha llevado toda la tarde —contestó Patricia orgullosa

—¡Qué imaginación tenéis! —Dimas negó con la cabeza, admirado.

—Es que nos habéis dejado sin aventura... —Dijo Pepa cruzando los brazos.

El abuelo José soltó una carcajada.—¿Cómo que sin aventura? ¿Os parece poco haber encontrado una mina perdida durante más de cien años?

Neizan sonrió —Sí... ¡pero investigar está mucho mejor!

El abuelo le revolvió el pelo —Anda, investigadores... Coged vuestras mantas y venid a dormir con nosotros. Creo que os lo habéis ganado.

Los cinco se miraron sorprendidos.

—¿Y mañana? —preguntó Julián.

—Mañana vendrá un ingeniero de minas a examinar el pozo —les dijo el abuelo José guiñando un ojo. Luego hizo una pequeña pausa .—Y me da la impresión de que le vendrán muy bien cinco ayudantes... siempre que prometan no gastarles ninguna broma.

Todos levantaron la mano al mismo tiempo.

—¡Prometido!

—Bueno... Casi prometido —Añadió Neizan.

Aquella noche la era se llenó de risas. Los segadores no dejaban de probarse el traje del supuesto fantasma mientras otros intentaban descubrir cómo habían conseguido mover los muñecos sin que nadie los viera. Poco a poco, el cansancio fue venciendo al Gambigrupo.

Antes de quedarse dormidos, Pepa miró hacia la oscuridad donde se escondía el viejo pozo. La aventura no había terminado, solo acababa de empezar porque, pasara lo que pasara... Algún día descubrirían qué había ocurrido realmente en la Galería del Francés.

MENSAJE IMPORTANTE DEL GAMBIGRUPO: Antes de despedirnos queremos contaros una cosa.

La aventura que acabáis de leer es una OBRA DE FICCIÓN inspirada en la historia minera del Valle del Guadiato y en algunos lugares reales de Peñarroya-Pueblonuevo.

La Galería del Francés, la historia del señor Laurent y muchas de las aventuras del Gambigrupo han nacido de la imaginación de la autora.

Las antiguas minas son lugares apasionantes, pero también pueden ser muy peligrosos. Por eso queremos pediros un favor: No entréis nunca en una mina abandonada, ni traspaséis un recinto vallado o señalizado. Si queréis descubrir la apasionante historia minera de nuestra comarca, hacedlo siempre a través de rutas guiadas y profesionales que conocen este extraordinario patrimonio.

Las mejores aventuras son aquellas que nos permiten descubrir, aprender y volver a casa con una sonrisa.

¡Nos vemos en la próxima aventura! ¡Ah! ¡Y bienvenido, Neizan!

El Gambigrupo y Gambita.