viernes, 2 de octubre de 2020

LA TORMENTA.

La tierra pone su aliento en el aire, huelo la vibrante fragancia que me recuerda la niñez. Vestiduras negras en el cielo, serpientes de luz. Trueno. La tormenta distribuye la sombra a lo largo y ancho del firmamento y el día retrocede. Se ha apagado, como si hubieran disparado a la bombilla del cielo y de repente, todo se vuelve oscuro. Las nubes gritan y un fogonazo ilumina el pasto marchito del verano. He aquí el testimonio del tiempo, apenas un bocado en la vida del hombre, pero una eternidad en estas tierras castigadas por el olvido.
Cierro los ojos, el viento tibio me envuelve con sus alas. Truena. De repente, lluvia. Armonía perfecta en esta ceremonia otoñal vista tantas veces con ojos siempre vírgenes. Cae el agua sobre el espíritu que en la quietud del campo tiembla emocionado. Y es entonces cuando soy nunca yo y en la tarde ciega de septiembre, vuelvo a la poesía, a galopar sobre las letras del jardín sagrado de la imaginación.

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